Sitio para tres (Seattle Emerals 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Holland

Los lunes salgo del instituto a las cuatro y cuarto. Eso me deja cuarenta y cinco minutos para recoger a Lina del colegio, cruzar medio Seattle hasta los campos auxiliares del club y tener todo el material montado antes de que aparezca la primera niña con su madre un poco antes de las cinco.

Lo he hecho tantas veces que ya ni siquiera miro el reloj; es algo que llevo en el cuerpo, igual que sé, sin necesidad de abrir la bolsa que dentro hay doce petos amarillos y que deberían ser dieciséis, porque se perdieron cuatro hace meses y nadie los repuso.

Lina va en el asiento de atrás, con una tostada que le he preparado al salir y que se está comiendo a un ritmo que no augura nada bueno para la tapicería.

Le he hecho la trenza esta mañana y ya la lleva medio deshecha, con dos mechones colgando a la altura de la oreja.

A los siete años, la trenza dura lo que dura el recreo.

Normalmente le daría una barrita energética, pero hoy vienen dos jugadoras nuevas y una de ellas es alérgica a los cacahuetes, así que prefiero no arriesgarme.

—En el recreo Andrea me dijo que su abuelo dice que las niñas no pueden tener dos mamás —suelta de pronto, con la boca llena.

Giro a la derecha sin contestar. Es lo que hago siempre: dejo pasar uno o dos segundos antes de dar una respuesta.

—Cada familia es diferente, ya lo sabes. Hay niños con dos madres, con dos padres, con una sola madre o un solo padre… lo importante es que haya cariño. ¿Tú qué le has dicho?

—Que yo no tengo dos. Tengo una, porque a la otra ya casi nunca la veo.

Aprieto el volante con fuerza. Lo noto en los nudillos.

No es por ella; Lina lo ha dicho sin drama, masticando su tostada, igual que diría que Andrea todavía no sabe atarse bien los cordones de los zapatos.

El patio de un colegio es así y tienen siete años.

Lo que me revuelve el estómago es el miedo a que un día llegue una carta con el membrete de un despacho de abogados de Richmond solo porque mi ex ha decidido de pronto que quiere volver a formar parte de la vida de Lina.

Llego al campo de entrenamiento con media hora de margen, es justo como me gusta. Está vacío, con la hierba todavía húmeda de la lluvia del mediodía y un cono partido junto a la banda que alguien debería haber tirado.

Compruebo la caseta del material. La puerta sigue sin cerrar bien; el pestillo gira en falso y vuelve a abrirse solo, así que dejo los balones buenos en el coche. Lo apunto en el móvil para mandárselo el martes al coordinador.

Lina hace sus deberes sentada en la grada mientras monto las porterías pequeñas y separo los petos por colores.

A las cinco comienzan a llegar las niñas, y detrás de ellas, los padres.

Bueno, casi todas son madres, salvo dos o tres padres, que suelen ser los que más lata me dan.

Se sientan en la parte de arriba de la grada con sus cafés y graban cada jugada con el teléfono móvil, convencidos de que esto es algo más serio de lo que en realidad es.

Tengo cuarenta crías de once y doce años que vienen a pasárselo bien dos tardes por semana.

Mi único objetivo es que ninguna se vaya a casa pensando que no vale para esto.

Eso es todo. No me importa la liga, ni la clasificación, tampoco si ganamos un partido o lo perdemos.

Llevo seis años explicándoselo a los padres y todavía hay alguno que trata de convencerme de que si su hija no tiene más minutos de juego no llegará a ser profesional y será todo por mi culpa.

A las cinco y diez aparca un coche del club junto a la valla. Uno de esos grises y caros, de los oficiales. Del asiento de atrás se baja una mujer con gafas de sol, chándal del primer equipo y los gestos de alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta antes que aquí.

Mierda, pensé que los correos de Alexandra Drummond eran solo para crear una tapadera, jamás pensé que Natalia Costa Oliveira se presentaría de verdad en un campo auxiliar para ayudarme a entrenar a niñas de once y doce años.

—Llegas tarde —digo a modo de saludo—. He repartido a las niñas en dos grupos. Puedes encargarte de las del peto rojo, yo me encargo de las que llevan el peto azul.

No contesta. Levanta las gafas y mira los conos que he preparado para el entrenamiento.

—Esos pasillos están demasiado juntos. Así no aprenden a recibir bien, aprenden a darle al balón y rezar. ¿Quién ha montado esos conos?

Me lo suelta como quien dice que el cielo hoy está nublado.

—Los he preparado yo —respondo con sequedad.

—Ah, vale.

—Gracias por venir —digo, aunque es darle las gracias por nada porque ni ella quiere estar aquí ni yo quiero que esté—.

Mira, esto no es una liga profesional, es una actividad recreativa que las niñas hacen dos días por semana.

Quizá deberías hablar con Alexandra Drummond y que te asigne a un equipo más competitivo o con jugadoras de más edad.

—Estoy bien aquí —dice sin discutir.

—Pues entonces no te quejes de la distancia a la que he colocado los conos, porque para mí es un trabajo voluntario y lo único que pretendo es que estas niñas se lo pasen bien —gruño.

La sesión de entrenamiento funciona a pesar de nosotras. Las jugadoras ni siquiera se dan cuenta de nuestra pequeña discusión. Bueno, al menos su grupo funciona bien, las niñas del mío están más interesadas en ver cómo Natalia Costa Oliveira hace malabares con el balón que en entrenar.

—¿Tú eres la jugadora de la tele? —pregunta una de ellas, rompiendo mi entrenamiento—. ¿La que empujó a un periodista?

El campo casi se queda en silencio, y eso que un campo con cuarenta niñas no se queda nunca en silencio. Varias madres han dejado de mirar el teléfono porque se lo ha preguntado justo al lado de la grada.

Natalia Costa no contesta de inmediato. Se queda mirando a la niña durante un buen rato, como si la pregunta le hubiese llegado totalmente por sorpresa.

—Creo que ya es suficiente entrenamiento por hoy —anuncio, poniendo la mano en el hombro de la jugadora—. El jueves os quiero a todas puntuales.

Las crías se van haciendo bromas hacia la grada, recogen las mochilas para unirse a sus madres o se quedan hablando en pequeños grupos. Natalia Costa sigue de pie en el mismo lugar, tocando ligeramente un balón a sus pies.

Natalia

En el despacho de Hades hace frío. Ethan no está; me ha hecho pasar y se ha ido, así que eso ya me dice que no es una charla de bienvenida.

—La cláusula por la que tienes que entrenar a esas niñas dos días a la semana no es un capricho —me explica sin levantar la vista de unos papeles—.

Tuviste una suspensión disciplinaria por varios partidos en tu antiguo club.

Necesitamos lavar tu imagen, pero si alguien te pregunta, debes decir que lo haces de manera voluntaria como colaboración con la comunidad.

—Vale —respondo, encogiéndome de hombros. Supongo que no tiene mucho sentido protestar.

—Es un programa piloto del comité de jugadoras.

Alguien de arriba decidió que había que enseñar fotos bonitas de jugadoras con problemas disciplinarios haciendo cosas por la comunidad.

Iris ya pasó por ello el año pasado. Ahora te toca a ti.

No la cagues, porque si lo haces, no recibes solo una bronca mía y de Drummond, seguramente serán titulares.

Y los titulares ya sabes lo que hacen —insiste, ahora sí levantando la mirada.

No digo nada. Si de algo sé, es de generar titulares.

Y entonces se quita las gafas muy despacio y las deja sobre la mesa, con las patillas hacia mí.

—Sé lo que ocurrió con Bianca Loureiro —dice de pronto—. No quiero que me des ninguna explicación.

Me quedo sin aire un par de segundos. Es la primera persona que me lo dice a la cara, sin rodeos ni medias tintas.

—Eres muy buena, pero quiero que trabajes duro. Y haz que lo del equipo de niñas funcione —añade antes de volver a los papeles.