Sitio para tres (Seattle Emerals 4)
© inepub.com
Capítulo 1
Natalia
El sonido del aire acondicionado es siempre el mismo. Lo he escuchado en São Paulo, en Lyon, en Mánchester o en Nueva York. Cambia el idioma de los carteles. Cambian las cortinas. Cambia el mar, o la ausencia de mar, al otro lado de la ventana. El sonido, no. Es casi idéntico en todas partes.
Once años durmiendo en cientos de hoteles con el mismo sonido.
Ahora me toca Florida. Pretemporada. Llevo tres días en el equipo y anoche, antes de dormirme, intenté contar a cuántas de mis compañeras sería capaz de reconocer de espaldas. Llegué solo a seis. Me quedé dormida buscando la séptima.
No es así como pensaba aterrizar en las Seattle Emeralds. La verdad es que no pensaba aterrizar en este equipo de ninguna manera; no entraba en ninguno de mis planes.
Pero se cruzó un periodista. Una conversación que las cámaras no grabaron y un empujón que sí. Cuatro segundos de vídeo que dieron la vuelta al mundo. Una agresión sin el audio que la explicaba.
Me tapo la cabeza con la almohada. No voy a pensar en eso a las cinco y media de la mañana.
Lo que vino después está más ordenado, porque lo firmó gente en un despacho, abogados, agentes y ese tipo de personas que saben de contratos y de cláusulas.
Cuatro partidos de suspensión. Un traspaso a cambio de una de las jugadoras de Seattle que en los papeles ponía consensuado, aunque de consensuado no tenía nada de nada.
Y una cláusula que mi agente aceptó sin consultarme, porque consultarme, al parecer, era demasiado pedir.
Tengo que presentarme dos tardes por semana en los campos auxiliares del club para ayudar a entrenar a un equipo de niñas de once y doce años.
Como si yo fuese un buen modelo a seguir.
Todavía no entiendo por qué firmaron algo así. Pero ahí está, en papel y con mi firma debajo.
Como diría mi abuela, es lo que hay.
***
A las ocho de la mañana, en el desayuno, el equipo entero parece que ha bebido demasiado café y algunas de las jugadoras cambian del inglés al español sin esfuerzo. Me quedo de pie unos segundos con mi bandeja, calculando dónde sentarme para molestar lo menos posible.
Pero apenas me da tiempo.
—¡IDIS no, no, que caigo! Mila, ez Nata —grita un niño al otro lado del comedor, y antes de que pueda entender que esa “Nata” soy yo, una jugadora con coleta rubia viene hacia mí a la velocidad de un partido oficial.
Lleva a un niño colgado del cuello como si fuese un saco de patatas que se ríe y grita.
Iris Vance. A ella sí la reconozco. A Iris la reconoce todo el mundo.
—Buah, Brasileña, no te escondas en la puerta como si fueses nueva, que llevas tres días en el equipo y eso ya no cuela — dice, dejando al niño en el suelo delante de mí—. Este es Wesley. Jefe, saluda, que es del equipo.
El niño me estudia con una seriedad que no pega con la cara redonda que tiene. Tendrá unos cuatro años como mucho. A continuación, estira el brazo y pretende darme un trozo de plátano que ha apretado tanto en el puño que ya es casi puré.
—Ez pa ti —anuncia.
—No, no, muchas gracias, no tengo hambre —me apresuro a responder, soltando una mano de la bandeja por si tengo que impedir que se acerque más a mí.
Iris se agacha, coge la cabeza del crío con ambas manos y le hunde la nariz en el pelo. A continuación, cierra los ojos como si estuviese oliendo algo carísimo.
—Magia pura —murmura—. Toma. Huélelo tú.
—Estoy bien así, gracias.
—No, no, no, tienes que olerlo, Brasileña. Te lo digo en serio, es como un ritual. Lo hacemos todas. Pura magia.
—De verdad que estoy bien —insisto.
—Brasileña —protesta, y ahora me mira muy seria—. No estás bien. Eso lo veo. Pero eso lo arreglamos otro día. Hoy solo te pido que huelas al jefe.
El niño levanta la cara y me observa con paciencia. Así que me encojo de hombros porque no tengo escapatoria, me inclino y hago como que huelo.
—Nata, huelez ralo —me dice el chiquillo, arrugando la nariz.
—¿Qué?
—Raro. Quiere decir raro. No te lo tomes a mal, este año se lo dice a todo el mundo —explica Zoe Méndez. Jugué contra ella un partido internacional hace tiempo y nos volvió locas con sus pases.
Wesley me mira de nuevo y se queda un rato callado, como si estuviese decidiendo algo importante.
—Tú elez Nata —sentencia, y se marcha corriendo a sentarse con otra jugadora.
Nata. En los clubes soy Costa, o Costa Oliveira. Cuando juego en Europa o Brasil, soy Natalinha. Nunca me habían llamado Nata.
—Le has gustado —dice Iris, asintiendo lentamente con la cabeza—. Y el jefe tiene muy buen criterio para decidir si le gusta una nueva jugadora, así que enhorabuena. Cómete algo, anda, que estás en los huesos y Hades hoy nos saca a la playa.
***
Y efectivamente, Hades nos saca a la playa.
Carrera por la arena dura, junto a la orilla, con el sol todavía bajo y el agua de un color anaranjado. Después, sesión técnica en el césped del complejo deportivo junto al hotel. Rondos, transiciones, un partidillo a espacio reducido.
Juego bien. Más o menos. No juego para enmarcar, pero juego bien: no pierdo balones tontos, llego donde tengo que llegar. En Brasil aprendí a destacar para sobrevivir y llevo media vida sabiendo adaptarme a equipos nuevos.
Diana Creed me observa toda la mañana, aunque no me dice ni una palabra.
Al principio me pone nerviosa. Luego, viéndola corregir a otras, empiezo a entender cómo funciona.
Si Hades te corrige, es porque cree que puedes mejorar.
A veces lo hace a gritos, como si te fuese a asesinar en cualquier momento, pero es justa.
Si te observa en silencio, no es que pase de ti.
Es que te está estudiando. Está decidiendo de qué eres capaz antes de gastar saliva.
Termino el entrenamiento empapada y sin saber qué piensa de mí, aunque sospecho que le ha gustado.
***
Por la noche, organizan la cena en una terraza, con mesas largas desde las que se ve la piscina del hotel.
Alexandra Drummond, la directora general, se pone de pie con una copa y suelta un discurso.
Habla de familia, de proyecto, de exigencia, del legado de las Emeralds.
Es un discurso correcto, corporativo, de los que se olvidan mientras se escuchan, no muy diferente a los que he soportado otros años en otros clubes.
A mi derecha, Iris murmura algo que no llego a oír. A su lado, una jugadora que creo que se llama Tina escupe medio sorbo de champán sobre la servilleta y tiene que disimular la tos. Drummond las mira enfadada, aunque Iris pone cara de no haber dicho nada.
A mi izquierda está Mireya Guerrero.
A Mireya tampoco hacía falta que me la presentasen.
Llevo dos semanas leyendo mi nombre y el suyo en la misma frase, en los mismos artículos.
Las dos fichadas de fuera, las dos obligadas a demostrar lo mismo.
¿Costa Oliveira o Guerrero?, como si fuésemos dos opciones de un menú.
Como si solo hubiese sitio para una de nosotras en el campo.
No hablamos mucho. En algún momento de la cena, alargo la mano hacia la cesta del pan y ella me pasa un trozo antes de que lo pida.
—Vamos a jugar en bandas diferentes —me dice muy bajito, como si tuviese información que las demás jugadoras no tenemos.
Nada más llegar a la habitación, abro el portátil y llamo a Bianca.
Responde a la tercera. Está en la cocina de su casa de Belo Horizonte, detrás de ella se oye una tele y la voz de alguien. Supongo que Julia.
—¿Cómo estás? —pregunta al verme.
—Todo bien.
Se queda mirándome a través de la pantalla un segundo más de lo normal. Tiene veintidós años y a veces me mira como si tuviese setenta.
—No estás bien —suspira.
—Estoy bien, Bianca. De verdad. Cansada del viaje y de los entrenamientos, pero bien.
Sé que no me cree. Lo sé porque la conozco, y porque le han mentido muchas veces y ha aprendido a saber cuándo lo que le dicen es verdad. Pero no insiste. Bianca aprendió hace tiempo a no insistir, y eso es lo que más me duele.
Hablamos diez minutos de todo y nada. Del calor de Florida, del calor de Belo, de una jugadora de su equipo que se ha lesionado. Cuando colgamos, me quedo un rato con el portátil cerrado entre las manos, en la cama, mirando el techo y escuchando otra vez el ruido del aire acondicionado.
Estoy a punto de apagar las luces cuando alguien pasa por el pasillo, frena en seco delante de mi puerta y la aporrea.
Iris asoma media cara cuando abro. Va en chándal, descalza, y por algún motivo que desconozco, con un cepillo de dientes en la mano.
—Buah, Brasileña, una cosa rápida y me voy.
—Habla a toda velocidad, como si llegase tarde a algún sitio, aunque no creo que llegue tarde a ningún sitio—.
Mañana entrenas mejor, ¿vale? Que hoy te has dejado dos balones detrás en el partidillo, no te creas que no lo he visto, lo veo todo.
Yo le digo a Hades que necesito gafas, pero es mentira.
Para esta entrenadora dejarte un balón detrás es delito grave, peor que llegar tarde, y mira que llegar tarde es grave, te lo digo por experiencia, que yo soy reincidente.
Si alguien te roba el balón, tienes que salir corriendo detrás de ella como si te acabase de robar el móvil, aunque sea fingiendo.
Bueno. Eso. Buenas noches —añade antes de irse.
Se va descalza por el pasillo, sin esperar respuesta.
Y se me escapa una sonrisa.
Se me escapa sin querer, en una habitación de hotel idéntica a todas las demás habitaciones de hotel en las que he estado en muchas ciudades, escuchando el mismo ruido del aire acondicionado.
Creo que es la primera vez que sonrío desde que salí de mi antiguo club.