Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 32. Rafe #2
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32. Rafe #2

A pesar del calor que emiten las llamas, se me congela la sangre.

—¿Qué cojones es esto, Gabe?

Sin decir ni una palabra, mi hermano rodea la hoguera y se sienta en un sofá hecho trizas que hay apoyado contra una pared irregular.

—Técnicamente estamos en el Dip, aunque la entrada esté en el Hollow.

Se me cierran los ojos. Este tío está chiflado si cree que lo que me preocupa es un tema territorial en vez del fulano que está amordazado y atado a una silla al otro lado de la fogata.

Me desabrocho la chaqueta, me desembarazo de la sensación de sorpresa y me pongo en modo solucionador de problemas.

Tengo mucha experiencia en control de daños, sobre todo en los causados por los idiotas de mis hermanos.

El mes pasado, sin ir más lejos, tuve que venir de Las Vegas para resolver el desastre que montó Angelo al volar por los aires el coche del tío Al.

Primer paso: evaluar los daños. Me acaricio el alfiler de cuello y repaso la cueva con la mirada. El sofá de cuero agrietado en el que está sentado mi hermano. La taquilla de metal cerrada con cadena y candado. El hombre sudoroso amarrado con cuerdas.

Me mira a los ojos, con una mezcla de miedo y desesperación. Es lo que tienen los trajes buenos y los afeitados apurados. Cumplen su cometido a la perfección: dar la impresión de que soy un caballero.

Aparto la mirada.

—Es demasiado tarde para pagarle por su silencio. Métele un tiro en la frente y deja que se lo coman los osos.

Con una sonrisa perezosa, Gabe se reclina en el sofá y enciende otro cigarrillo.

—Aún no he acabado con él.

—Entonces ¿para qué coño me has llamado? —Nos quedamos mirándonos, la música reverbera por las paredes y me retumba en los oídos—. ¿Puedes apagar esa mierda? —suelto—. No me oigo pensar.

Gabe le da una patada al subwoofer que tiene a los pies y el estruendo se apaga al instante.

—Ese es tu problema. Que piensas.

Ignoro su burla sobre mi tendencia a pasar el cuarenta por ciento del tiempo sentado a un escritorio y recorro la mirada por la cueva.

—¿Por qué aquí?

Con un gruñido, Gabe se coloca el cigarrillo en la comisura de los labios y se acerca a su prisionero. No sé cuánto tiempo lleva este hombre en manos de mi hermano, pero, por cómo le cuelga la cabeza y por la cantidad de sangre que tiene Gabe en el torso, seguramente no le quede mucho.

Se estremece cuando el cuerpo de su captor proyecta una sombra negra encima de sus hombros, pero no le queda energía para hacer mucho más.

Esto cambia cuando Gabe le tira de la cabeza hacia atrás, se saca el cigarrillo de la boca y se lo mete en el ojo al tipo.

De pronto, tiene energía suficiente como para llenar la cueva con un alarido ensordecedor.

Mi hermano me mira con ojos de demente.

—Me gusta la acústica que tiene.

«Dios santo».

Nunca me he preguntado de dónde le viene esa vena perversa; la tenemos los tres, es como si formara parte de nuestro ADN.

Solo me he cuestionado por qué yo soy el único que oculta el sadismo.

Angelo intentó huir de él, pero Gabe decidió lanzarse de cabeza hace años, como si estuviera desesperado por descubrir qué había en el fondo.

—¿Quién es?

—Uno de los nuestros.

Frunzo el ceño.

—¿De la mafia?

—Un Visconti. Uno de nuestros primos lejanos de Sicilia. Dante ha enviado un barco lleno de ellos para que lo ayuden.

Me paso la lengua por los dientes, siento que se me agolpa la irritación en el pecho.

—No estás siguiendo el plan, Gabe. Acordamos actuar con sutileza. Esto no parece una jugada de ajedrez.

Mi hermano se queda mirando el fuego, inexpresivo.

—El ajedrez me resulta muy aburrido, y cuando me aburro, pasan cosas malas.

Resoplo con aire sarcástico. Se me va la mente hacia el coche, hacia Penélope, y entonces me aliso la camisa y voy directo al grano.

—Creía que necesitabas ayuda. ¿O me has traído aquí para celebrar un reencuentro familiar?

—No, para que te desfogues.

—¿Cómo?

Señala la nuca del hombre atado a la silla.

—Tu perfecta existencia se ha ido a la mierda. Despáchate a gusto.

Nos miramos por encima de las furiosas llamas y de una frente perlada de sudor; de pronto caigo en la cuenta de lo que me está queriendo decir.

—Lo dices en serio.

No hace sino mantenerme la mirada.

Una mezcla de diversión e incredulidad me eleva las comisuras de los labios; me las limpio de la cara con la mano.

—Estás como una cabra, pero eso ya lo sabías. —Como no me contesta, alzo las manos y le enseño los nudillos, que tengo impolutos; es la única parte de la fachada que no me puedo quitar cuando cae el sol—. Esto no es lo mío, hermano.

Gabe asiente.

—No te creas que no me acordaba, guapito.

Sus pasos reverberan contra el techo de la cueva cuando se dirige hacia el baúl, se saca una llave del bolsillo trasero del pantalón y abre la tapa.

Debatiéndome entre el asco y la fascinación mórbida, me acerco para revisar las herramientas. A primera vista parece un arsenal de tortura estándar, pero cuando cojo las herramientas para sentirlas en las manos noto que ha habido... modificaciones.

Hachas de tres hojas. Nunchakus con cables alrededor. Miro a mi hermano y le dedico un leve gesto de negación con la cabeza.

—¿En serio?

No responde.

Paso el dedo por el filo del cuchillo de carnicero. Le ha cambiado el mango por el mecanismo de un destornillador eléctrico. Mientras intento descubrir cómo funcionará, algo amargo y venenoso rompe la barrera de la incredulidad y sale a la superficie de mi piel para quedarse.

No puedo mentir; me resultaría muy satisfactorio oír un grito torturado.

Y seguro que trajinar con el peso de su cuerpo me desataría los nudos que se me han formado en los músculos de la espalda.

Además, el pecador de este mes no va a ser tan satisfactorio, dado que Angelo metió en el juego a su mujercita animalista.

Me lamo los labios, dejo el aparato de carnicero y cojo algo más clásico: un martillo. Siempre ha sido mi herramienta fetiche. No solo es muy fácil de agarrar, sino que, al tener un mango largo, siento que estoy alejado de lo que sea que estoy rompiendo con él.

Lo dejo sobre la mesa de trabajo y me quito el alfiler de cuello. Me desabrocho la camisa y la dejo bien doblada sobre el reposabrazos del sofá.

—Mejor no le decimos nada a Salvaje, ¿eh?

Gabe se apoya contra el banco de trabajo y se enciende otro cigarrillo.

—Mejor no.

Cuando cojo el martillo, suena un chirrido de metal contra metal. Me giro hacia la hoguera. Calor, sudor y gemidos de anticipación danzan por encima de las llamas. Me acarician el bíceps cuando las rodeo, y antes de que esos gemidos se conviertan en gritos, AC/DC se desparrama por toda la cueva.

Gabe tiene un gusto atroz para la música, pero hay que admitir que es perfecta para esta situación.

Cuando salimos de la cueva, ya se está haciendo de día.

La luz fría se cuela entre los árboles y se oye a los pájaros trinar entre las ramas.

Resulta desorientador y, entonces, comprendo por qué Gabe se pasa semanas enteras desaparecido.

El crujido de los huesos y las súplicas ahogadas se comen las horas.

El viento me congela el sudor bajo la camisa.

Fijo la mirada sobre el torso desnudo de mi hermano; la sangre que lo cubre ha adoptado un color marrón óxido.

A plena luz del día su presencia parece aún más obscena, y no creo que vaya a favorecer a la imagen que se tiene por aquí de nuestra familia si alguien que va de camino al trabajo lo ve en pleno apogeo de violencia y desnudez.

—Pareces el malo de una peli gore de los noventa —farfullo, mientras me enderezo el alfiler de cuello—. No salgas conmigo a la carretera.

Su paso es de lo más confiado, como si pudiera atravesar zanjas nevadas hasta dormido.

—No se me ocurriría arruinar tu reputación de caballero —dice sarcástico.

—Alguien tendrá que mantener las apariencias.

—Hmmm. Supongo que cualquiera con más de una neurona se daría cuenta de que quien con lobos anda, a aullar se enseña.

Suelto una carcajada entre dientes.

—Menos mal que aquí las neuronas escasean.

Se detiene a unos metros de los arbustos que delimitan el bosque y revisa con indiferencia los botones de mi camisa y la raya de mis pantalones.