Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 32. Rafe
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32. Rafe

Rafe

Mi coche está rodeado del tipo de quietud que solo existe pasadas las tres de la madrugada.

Los primeros copos de nieve caen sobre el capó, y la escarcha se extiende como una telaraña por el parabrisas.

Dentro, en cambio, el cuerpo dormido de Penélope exuda calor y llena el espacio con un candor embriagador.

Cuando le di largas por la ventana del salón a la una de la mañana, fue con intención de vengarme.

Me había pasado la tarde entera con la polla latiendo y sin dejar de pensar en lo que habíamos dejado a medias en mi despacho, y en si tendría bastante sitio para rematarlo en el asiento de atrás.

Ahora que sé a lo que sabe su coño, el ansia de volver a saborearlo me estaba volviendo loco.

Envolverme la polla con su tanga empapado no iba a servir de nada, porque no hacía más que venirme a la cabeza lo que me dijo: que siempre estaba húmeda.

Tenía pensado castigarla por hacerme perder la noche pensando en ella, pero entonces salió de su edificio con dos tazas de chocolate caliente y con el pijama puesto debajo del abrigo de plumas.

Se metió en el coche, me tendió una taza en silencio y después se bebió la suya con la mirada soñolienta clavada en el salpicadero.

El dolor se me trasladó de la polla al pecho y llenó el agujero negro que tengo ahí.

Sentí el peso de una perversa satisfacción y, por una vez en la vida, no provenía de ganar una apuesta rastrera.

Penélope estaba a gusto ahí, en mi coche, sentada a mi lado, con el cabello amontonado en la coronilla y la cara lavada.

Me percaté, con una dulzura nauseabunda, de que buscaba el calor de mi coche para llevar a cabo la acción más vulnerable que puede hacer el ser humano: dormir.

La satisfacción que sentí se tiñó de malestar, pero aun así me dispuse a conducir por Devil’s Dip con la calefacción a tope hasta que se quedó profundamente dormida debajo de la manta que le traje.

Bajé hasta el puerto para comprobar el progreso de la reconstrucción antes de acercarme al Hollow y trazar planes para Nochevieja con Cas y con Benny.

Ahora estoy aparcado delante de la antigua iglesia de mi padre, apagando fuegos por correo.

Tengo el brillo de la pantalla al mínimo e intento no hacer ruido al teclear.

Me cuesta creer lo que ven mis ojos. De hecho, me reiría si no fuera porque el ruido de mis carcajadas despertaría a Penélope. Si me viesen mis socios, gestionando mi negocio multimillonario encorvado ante el volante, creerían que se me ha ido la olla.

Y tendrían razón.

Me vibra el móvil en la consola central y el sonido rasga el silencio. Miro con precaución a Penélope y lo cojo para silenciarlo, pero me freno en seco cuando veo el nombre que aparece en pantalla.

Gabe.

Mi hermano no me llama nunca. Ni siquiera me manda mensajes. Nuestra conversación solo consiste en mensajes míos con dos marcas azules. Le escribo, él se presenta, y siempre ha sido así.

A pesar de que me late el corazón a cien por hora, intento moverme lo más despacio que puedo para salir del coche. Cierro la puerta a mi espalda con un suave clic y camino por la nieve recién caída hacia el borde del acantilado.

—¿Qué has hecho?

—¿Por qué susurras?

Pongo los ojos en blanco.

—Son las cuatro de la mañana, hermano. La gente a estas horas habla en voz baja. ¿Qué te pasa?

Un momento de silencio. Me doy la vuelta y, entre la aguanieve, veo a Griffin apearse de su coche blindado. Se me acerca y me hace un gesto con la barbilla para preguntarme sin palabras si hay algún problema. Yo niego con la cabeza.

—¿Qué necesitas, Gabe? ¿Atención médica? ¿Un abogado? ¿Un hombro sobre el que llorar? —Me paso la mano por el pelo—. Joder, espero que no sea esto último.

—Nos vemos donde colgamos al Viejo MacDonald.

Corta la llamada.

Me quedo mirando el móvil hasta que se apaga la pantalla por falta de actividad.

«¿Va en serio?». El Viejo MacDonald era el antiguo conserje de la Academia Devil’s Coast, o al menos ese fue el mote que le pusimos de chavales.

Siempre nos pareció que tenía algo raro, y lo confirmamos un domingo que se coló en el confesonario y admitió que le había hecho tocamientos a una alumna debajo de las gradas.

Como es evidente, lo elegimos pecador del mes.

Lo colgamos de un roble en el Hollow, pero no sin que Angelo le partiera antes el cuello.

Quería saber qué se sentía al hacerlo.

Miro por el parabrisas de Griffin y señalo el Hollow con el dedo. Él asiente y arranca el motor.

Avanzo despacio y no retiro la mano del muslo de Penélope, tapado con la manta, hasta que no llegamos a la carretera de la Parca.

No es más que una hilera de asfalto que resigue la curvatura del acantilado, no merece ni el nombre de carretera, y mucho menos durante la primera nevada de la temporada.

Maldigo a Gabe entre dientes por obligarme a recorrerla en plena noche con Penélope en el coche.

La carretera se estrecha entre terrenos pedregosos y barrancos, y cuando ya tengo a la vista el viejo roble, apago el motor y siseo lo más bajo que puedo.

«¿A qué cojones estás jugando, Gabe?». Estoy a punto de preguntárselo por mensaje cuando me llama la atención una sombra que se mueve entre la espesura que hay al lado de la carretera.

Gabe aparece ante la luz de mis faros, descamisado y cubierto de sangre.

Se me cuela el malestar en el pulso y salto del coche con la pistola en la mano.

— Dio mio, cazzo. Cosa è successo? —«¿Qué ha pasado?».

Su mirada parsimoniosa desciende hasta mi pistola.

—No es mía —gruñe sin más, antes de volver a desaparecer entre los arbustos.

El aliento irritado que suelto conforma una nube blanca y se confunde con los copos de nieve.

Sin apartar la vista de Penélope, que sigue durmiendo al otro lado del parabrisas, vuelvo a acercarme al coche.

He dejado la puerta abierta porque sabía que, si la cerraba, iba a dar un portazo.

Apoyo el culo en el asiento del conductor y la observo.

Unos cuantos mechones rojizos se le han escapado del coletero y están esparcidos encima de la almohada como un halo de cobre.

Deslizo la mirada por su piel pálida, tintada de rosa por el calor de la calefacción, y después la bajo hasta sus labios, que están ligeramente abiertos en una expresión de dulce serenidad.

Me cago en todo. Hay una batalla en mi interior, un tira y afloja entre la lógica y la superstición.

La lógica me dice que un millón de dólares no es nada.

La superstición me dice que la deje aquí abandonada y me largue por patas.

Me decido por limpiarle el chocolate caliente de la barbilla con el pulgar y arroparla con la manta.

Subo un poco más la temperatura de su asiento calefactable y cierro la puerta con cautela antes de acercarme al coche que tengo detrás. Al bajar la ventanilla, sale a la luz la expresión nada agradable de Griff.

—¿Qué vamos a filmar, El proyecto de la bruja de Blair ?

Ignoro su comentario ingenioso y le tiro las llaves sobre el regazo.

—Vigila mi coche.

Se me queda mirando unos segundos. Es una mirada de esas que indican que está cansado de mis mierdas y que desearía que volviese a Las Vegas, donde lo único que le preocupaba eran los criminales de guante blanco y el imbécil oportunista de turno.

Sin embargo, el que toma la palabra es el zoquete que está sentado en el asiento del copiloto.

—¿Qué quieres que vigilemos, el coche o la chica?

Alzo la mirada para clavarla sobre la sonrisa de bobo de Blake.

¿Sabes qué más? Que este niñato ya me ha tocado los cojones demasiado.

Rodeo el coche, abro la puerta y lo agarro del cuello de la camisa.

El grito que ahoga me sube por las mangas y mentiría si dijera que no disfruto al verle el miedo en los ojos.

—Échale el aliento encima y será la última respiración de tu vida —digo sin alterarme.

Noto la mirada salvaje de Griffin quemándome la espalda cuando me dirijo hacia el lugar por donde ha desaparecido mi hermano.

Me está esperando en un claro, fumándose un cigarro. Le miro el torso con desagrado, lleno de músculos y tatuajes teñidos de rojo. Doy un paso a un lado para evitar mancharme el abrigo de lana nuevo.

—Ya veo que no te entusiasma la ropa, ¿eh?

No me contesta.

Caminamos en silencio bajo la nieve, iluminados por la linterna de mi móvil y con la única interrupción de algún que otro gruñido de Gabe para alertarme de algún obstáculo: «Tocón. Raíz. Zanja». Cuando llegamos al borde de un hoyo, me paro en seco.

—No pienso bajar ahí.

—¿Te preocupa estropearte el traje?

—Pues sí, la verdad.

Gabe me lanza una mirada.

—Puedes bajar caminando, o puedo cogerte a hombros y bajarte como a una mocosa miedica.

—¿Cómo es posible que seamos familia?

Suelta un gruñido divertido y, dado que probablemente se huela que si le da por cogerme a hombros se llevará un buen puñetazo en las pelotas, comienza a descender.

A tomar por el culo la sastrería italiana.

Hundo los zapatos de cuero en el barro helado y noto que se me rasga el abrigo al engancharse con las ramas.

Al llegar al fondo, viramos a la derecha para seguir el curso del arroyo a contracorriente.

Un poco más allá se abre una cueva que se ensancha a cada paso que damos hacia su interior hasta que la negrura nos engulle a los dos.

La oscuridad viene acompañada de un frío húmedo.

Aumento la potencia de la luz del móvil y sigo el sonido de los pasos retumbantes de Gabe.

Nos agachamos para pasar por debajo de una zona de techos bajos y, al erguirme al otro lado, una melodía de rock duro flota en el aire y se me cuela en las orejas heladas.

—Si has decidido montar un tugurio sin consultarme, me voy a enfadar, hermano.

Al doblar una esquina un cálido fulgor prende la oscuridad. Viene acompañado de un calor y un centelleo ominoso que danza por las paredes de la cueva. Nos adentramos en un espacio cavernoso y entonces se hace evidente que proviene de una hoguera.