31. Penny #3
Me percato de la irritación que destila su tono. Con lo sucio que ha jugado para ponerme en esta posición, debería sentir al menos una fracción de mi incomodidad.
—Por cualquier tío bueno que ponga un pie en este barco.
Farfulla algo en italiano entre dientes y después me agarra de los tobillos para subirme los pies a la mesa y pegármelos a los muslos. El movimiento me pilla desprevenida y me obliga a deslizar la espalda unos quince centímetros hacia atrás y, por consiguiente, a tirar varios papeles al suelo.
Ojalá sean importantes.
Aprieto los puños contra el cuerpo, junto los omóplatos e intento controlar el calor que se me está extendiendo por cada centímetro de mi piel. La brisa fresca combinada con el aliento cálido que siento ahí abajo me recuerda lo expuesta que me encuentro.
Sin previo aviso, me planta la boca sobre el clítoris, con la lengua plana sobre el ramillete de nervios que ahí se congrega, y empieza a chupar.
Despacio. Sin miramientos. Este procedimiento contrasta tanto con su porte aterciopelado, que me resulta diez veces más excitante.
Me arde tanto la sangre que se me evapora y bulle por mis venas, contorsionándome el cuerpo de esa forma tan única que solo posee la lujuria.
Se me arquea la espalda y doblo las caderas.
Se me abre la garganta para soltar un grito ahogado.
Y entonces se aparta.
El instinto me obliga a incorporarme como un resorte y agarrarle el pelo para volver a colocarlo donde debe estar. Él levanta la barbilla, que brilla por mi flujo, y me mira con ojos enloquecidos.
Se lame los labios.
—¿Sí?
Lo miro, casi incapaz de pensar a causa de los latidos de mi coño. Su respiración va ralentizando el ritmo a cada segundo que pasa, y en su mirada se va forjando a fuego un reto.
—¿Querías decir algo, Penélope? —dice con voz ronca.
Sí. Quiero rogarle que no pare. Quiero implorarle que vuelva a lanzar la moneda al aire para ofrecerme la esperanza de ganar otra ronda.
Sin embargo, no pienso decir nada de eso a no ser que me apunten con una pistola a la sien.
Porque todo eso es suplicar. Y él ya va ganando; si estoy desnuda de cintura para abajo, por el amor de Dios.
Tengo que igualar la balanza.
A lo mejor es que la lujuria me está volviendo loca, o tal vez es que estoy resentida porque me haya robado dos orgasmos en menos de veinticuatro horas, pero le hago lo mismo que él me ha hecho a mí.
Cuando le suelto el pelo, él sigue mi mano con la mirada para ver cómo me la deslizo por encima del hueso púbico.
Me agarro el coño. Cuando cae en la cuenta de lo que está pasando, se le evapora hasta el último resquicio de triunfo de los ojos.
Entonces yo me meto dos dedos y el sonido que emite da fe de mi humedad.
Raphael me agarra del muslo y se me queda mirando, fascinado.
—Penélope...
—Eres malo, Raphael —digo, y hundo más los dedos en mi interior—. Y ¿sabes lo que les pasa a los hombres malos?
Se le tensan los hombros y, tras tranquilizarse, me mira a la cara a regañadientes.
Al reconocer sus propias palabras en mi boca, se le pinta una sonrisa diabólica en los labios.
Sabe lo que voy a decirle.
No me aparta cuando lo agarro del cuello con la mano que me queda libre. No retrae la cabeza cuando me saco los dos dedos del coño y le extiendo mis flujos por el labio inferior.
Suelta un gruñido gutural que me hiela los nudillos mientras le cubro la boca con mi humedad. Dios, no voy a poder mirarme al espejo e intentar convencerme de que soy una dama en lo que me queda de vida. Esto es completamente animal. Depravado. Un producto del rencor y la lujuria desquiciante.
—Que nunca ganan —susurro.
Me agarra de la muñeca con la mano en la que tiene el anillo de cuarzo y detiene el movimiento de mis dedos por su labio inferior. Me sostiene la mano ahí para después mirarme a los ojos con desidia y los párpados entrecerrados mientras se mete mis dedos en la boca y los chupa hasta dejarme limpia.
En este estado alterado en el que me encuentro, no puedo evitar soltar un gemido. Parece tan depravado como yo me siento. El traje a medida, los accesorios de oro y el corte de pelo perfecto ya no sirven para ocultar al monstruo que vive en su interior.
Cuando termina de lamerme los dedos, se muerde el labio inferior y se alisa los pantalones.
—Vuelve al trabajo, Penélope.
A pesar de que su cara permanece inexpresiva, en su tono percibo algo similar a la derrota. Creo que he ganado. ¿O no?
A lo mejor hemos perdido los dos.
Sea como fuere, no protesto. Si no salgo de la oscuridad de este despacho a la de ya, temo no volver a ver la luz del día. Con el corazón y el clítoris latiendo a destiempo, me bajo de la mesa y cojo los pantalones.
Bajo la mirada hacia el puño de Raphael, que tiene apretado sobre el muslo. Veo el borde de mi tanga asomando por la parte de arriba.
—¿Puedo...?
Lo aprieta más fuerte.
—No. —Lo miro a los ojos—. Ahora es mío.
Siento una oleada embriagadora por todo el cuerpo que me deja vacía de respuestas ingeniosas. En cambio, me pongo los pantalones, sin tanga, consciente de que la humedad que tengo entre las piernas no me va a abandonar en lo que me queda de turno.
Me encamino hacia la puerta con las piernas temblorosas y me obligo a no mirar atrás, porque no sé si seré capaz de soportar lo que veré detrás del escritorio.
Al salir a la luz del pasillo, dejo escapar el aire de manera agitada.
A mi espalda, oigo cómo se gira la cerradura de la puerta.
Dos veces.