31. Penny #2
Mi mente rechaza la idea con vehemencia. Con una probabilidad de error del cincuenta por ciento y un millón de dólares que no tengo en juego, sería imbécil si aceptase, por mucho que me arda el colgante contra el pecho.
Mi cuerpo, por otra parte...
La entrepierna me late solo de pensar en sentir sus labios sobre los míos. Se me hace la boca agua con el subidón que me provoca aceptar una apuesta tan arriesgada.
Con un escalofrío temerario en los huesos que me espolea, planto las manos sobre la mesa y me inclino hacia delante.
—¿Cuál es la trampa?
Me desliza su mirada caliente y sin remordimientos por el cuello hasta fijarla sobre mi colgante.
—No hay trampa.
—Pues entonces cruz, que nunca defrauda.
Me salen las palabras de la boca y atraviesan el denso ambiente que me rodea antes de que pueda detenerlas.
Él sigue mirando mi colgante y veo que se le dibuja una sonrisa lenta y diabólica en los labios. Los hoyuelos se le marcan y en ellos veo travesura y algo de cariz ordinario.
El corazón se me pone a mil por hora cuando se saca un centavo del bolsillo del pantalón. La sangre se me sube a los oídos cuando se lo coloca sobre la uña del pulgar.
Me lanza una mirada rápida y, cuando lo lanza, lo noto en el clítoris.
Todo se ralentiza excepto mi pulso. «Una vuelta. Dos vueltas. Tres». Cuento todas las cabriolas que da la moneda antes de caer sobre la mesa.
El traqueteo del cobre contra la madera es ensordecedor.
Aterriza entre la copa y un pisapapeles. Contengo la respiración al inclinarme para mirarlo. Raphael ni se molesta, se limita a recostarse contra su silla, pasarse dos dedos por los labios y escrutar mi reacción.
«Cruz».
Un cóctel de entusiasmo y alivio me inunda las venas, me hace flaquear las rodillas y vibrar las puntas de los dedos.
Con una risa maniaca, me aparto de la mesa y empiezo a dar vueltas por el despacho como si fuese mío. No sé qué me ha provocado este subidón, si la idea de que acabo de ganarme un millón de dólares o la de descubrir a qué sabe la lengua de Raphael.
Venga ya, ¿a quién pretendo engañar?
—Un millón de dólares. Uf. A lo mejor me compro un yate y lo aparco justo ahí...
—señalo el mar oscuro como la boca de un lobo que hay al otro lado de la ventana—, me compraré un puntero láser y te haré rabiar cada vez que intentes trabajar.
—Deslizo la mano por la cortina de seda—.
O me compraré todas las agujas de cuello del mundo para que tengas que volver a las viejas y aburridas corbatas.
Me doy la vuelta y miro a Raphael a los ojos. Él me contempla con un deje de diversión, girando la silla para seguir mis movimientos mientras yo correteo por su despacho en penumbra.
—¿Dónde quieres besarme, pues? Supongo que podríamos hacerlo arriba, en el casino, para que todo el mundo sepa que eres un perdedor con mayúsculas.
O... —Me vuelvo hacia las puertas que dan a la terraza y pongo la mano sobre el cristal mojado.
Después suelto un suspiro dramático—. Podríamos besarnos bajo la lluvia.
Como en la escena de El diario de Noah .
—No la he visto.
—Madre de Dios, entonces no has vivido la vida. —Vuelvo a mirarlo, con la expectativa pintada en la cara—. ¿Y bien?
Hunde el talón en la moqueta y desplaza la silla unos centímetros de la mesa. Da un par de golpecitos en el borde del escritorio.
—Aquí arriba.
—¿Cómo?
Ladea la cabeza y veo el culmen del chiste ardiendo detrás de sus ojos.
—¿Te parece que soy de los que se arrodillan, Penélope?
—No... No lo entiendo.
Me mira durante unos segundos, como bebiéndose mi confusión para saciar su sed de entretenimiento. Después finge sorpresa.
—No creerías que iba a besarte en los labios, ¿verdad? —Niega con la cabeza mientras se desabrocha los gemelos—. Eso implicaría tener que pagarte un millón de dólares.
Me pitan los oídos, y al darme cuenta de lo que pretende se me apaga todo rastro de calor que me había hecho arder la piel. De repente, las extremidades me pesan un quintal y se me nubla el entendimiento.
—Has dicho que me besarías —susurro, demasiado aturdida como para que me importe lo lamentable que sueno.
—Y eso voy a hacer.
—P-pero dijiste que no había trampa.
Frunce el ceño.
—Y no la hay. Dije que, si ganabas, te besaría, y si ganaba yo, me besarías tú a mí. —Un brillo pecaminoso le ilumina la mirada—. Pero no especifiqué dónde.
Con el corazón bombeando desesperado, doy un paso atrás y apoyo los omóplatos contra el ventanal.
La condensación no ayuda a enfriarme la sangre ni a rescatar un argumento coherente de mi cerebro.
No creo que se refiera a... «ahí abajo».
Alzo la mirada para toparme con la suya y nos enzarzamos en una nueva batalla... de poder.
Me lo quedo mirando.
Él se me queda mirando a mí.
Cuando volví a esta costa y bajé por esa escalera, Raphael y yo comenzamos una partida de ajedrez. Ambos jugamos sucio y a ninguno nos gusta perder. Ahora me encuentro sola sobre el tablero, sin siquiera un mísero peón para protegerme.
¿Qué opciones tengo? O bien me acerco a la mesa o bien me largo por la puerta. Y si elijo la segunda, no solo me amargará la derrota, sino que este capullo arrogante ganará por segunda vez.
Así que decido dar los seis pasos que me separan del escritorio de Raphael. Sus ojos se oscurecen y parecen incluso más siniestros al seguir cada uno de mis movimientos. ¿De verdad creía que iba a elegir salir por patas en vez de ver su farol?
Cuando deslizo el culo sobre la mesa, noto una oleada de nervios que se traduce en un calor húmedo en la entrepierna. Mi respiración resuena más aún que la tormenta que impacta contra las ventanas, y con cada tenso segundo que pasa, se vuelve más irregular.
Raphael, por el contrario, es la definición misma de la tranquilidad.
Se recuesta contra el respaldo, se lleva la copa de vodka a los labios y estudia clínicamente las vistas por encima del borde del vaso.
Al final deja la copa al lado de mi muslo derecho y yo siento el frescor del vaso a través de la fina tela de los pantalones del uniforme.
Se lame los labios. Me mira, desafiante. Después, con un suspiro que indica que llevar a cabo esta apuesta le resulta tan emocionante como hacer la declaración de la renta, se inclina hacia delante.
Se me nubla la vista cuando me pasa las palmas de las manos por la parte superior de los muslos hasta detenerse a la altura de mis caderas.
Engancha los dedos índices en la cinturilla del pantalón, justo encima de la goma del tanga, y agarra ambos.
Esboza una sonrisa de obra de caridad que contrasta con el pecador que tiene detrás de los ojos.
—¿Me permites?
No es una pregunta. Aunque lo parezca. Si lo fuese, habría esperado a recibir respuesta antes de dejarme desnuda de cintura para abajo. La ropa se desliza sobre mis piernas como la mantequilla porque el impacto del movimiento me ha obligado a plantar las manos sobre la mesa y arquear la espalda.
Raphael se toma su tiempo para sacarme los pantalones por los pies.
Después, tan inexpresivo como de costumbre, desenreda el tanga de la tela y lo sostiene entre el pulgar y el índice entre nosotros.
El pulso se me vuelve irregular al verle ese trocito de tela de encaje entre los dedos.
Parece como si lo hubiese encontrado, por desgracia, entre su colada.
Lo mira detenidamente. Traga saliva.
—Esto no es nada apropiado para un entorno laboral, Penélope.
La tensión que destila su tono me pone la piel aún más caliente.
Se dedica a estirar mis pantalones en silencio.
Luego los dobla por la mitad sobre el regazo, y después otra vez más, para acabar dejándolos a mi lado, sobre la mesa.
Luego procede a hacer lo mismo con el tanga.
Cada suave y lento movimiento de sus manos añade otro segundo de tortura a mi condena.
Parece que esté evitando lo inevitable, no sé si para castigarme a mí o a sí mismo.
La anticipación me está dando vueltas la cabeza y no sé si podré aguantar ni un segundo más.
Me recuesto sobre los codos y abro las piernas. Con los ojos entrecerrados, veo que Raphael se queda helado. No levanta la vista de los pantalones de mi uniforme, y de pronto la delicada tela de mi tanga desaparece en el interior de su puño.
Al fin, sin siquiera mover la cabeza, desliza la mirada hacia mi entrepierna. Se le oscurecen las pupilas y se pasa una mano por el cuello.
—Vas... —se le tensa la mandíbula— al natural.
A pesar de la lujuria desquiciante que me late en el bajo vientre, de repente me lleno de irritación. Mantengo la zona bien arreglada, pero no calva. No sé cómo no pudo darse cuenta de ese detalle cuando me metió el dedo hasta el alma en la penumbra del Whisky Under the Rocks.
—No del todo. ¿Algún problema?
Suelta una carcajada suave y amarga, como si me considerase una puta imbécil.
—No soy como esos niñatos a los que te sueles tirar, Penélope.
Bueno, solo me he tirado a dos niñatos, y ninguno me hizo esto. Al recordar todos los años que me saca me siento intimidada, y de pronto siento unas ganas locas de cerrar las piernas.
Él carraspea y arrastra la silla para acercarse a mi entrepierna. Las mangas de su chaqueta me rozan la parte interior de los muslos y provocan que se me tensen las paredes del estómago.
Estoy ardiendo. Me encojo bajo la intensidad de su mirada, bajo el peso del silencio. Miro al techo para intentar ralentizar mi respiración.
Cuando Raphael vuelve a hablar, su cálido aliento me cosquillea el clítoris y mis ojos están a punto de darse la vuelta en las cuencas. «Está demasiado cerca».
—Ya estás húmeda —dice, sin emoción alguna.
Joder, ¿a qué vienen todas estas observaciones? ¿Se trata de otra forma de tortura desconocida para mí?
Aprieto las muelas y finjo desidia.
—Tengo veintiún años; siempre estoy húmeda.
Un siseo tintado de vodka me impacta contra el clítoris. Dios.
—¿Por quién, Penélope?