31. Penny
Penny
—Me dijiste que ibas a dejar la mala vida, pequeña P.
La voz de Nico me roza la espalda desde el otro lado de la barra, y yo suelto un suspiro contra la coctelera.
Anoche, cuando me escabullí por las cuevas para intentar aprovechar la falsa ventaja de diez segundos que me dio Raphael, me topé con la mirada de Nico desde el otro lado de la mesa de póker.
Me miró, luego a su primo, y de nuevo a mí, y a juzgar por la irritación que le vi en las pupilas, supe que nadie me iba a librar de esta conversación.
—Estoy limpia como una patena.
—No me parece que enseñarle a Rory a contar cartas sea lo más limpio del mundo.
Hago de tripas corazón y lo miro en el reflejo del espejo que hay detrás de la barra con la esperanza de que mi sonrisa angelical lo ablande un poco.
No funciona.
—Y más te vale no haber mencionado mi nombre.
Esa promesa es inquebrantable.
—Anda ya, Nico. Eso debes darlo por descontado.
Ignoro el calor que me provoca su mirada y vierto ron, almíbar y menta sobre el hielo mientras compruebo la receta que me he escrito en la cara interior de la muñeca para no meter la pata.
Me doy la vuelta con la coctelera en la mano e intento hacer uso de mi sonrisa angelical de nuevo.
Por si acaso Nico no la vio la primera vez que la saqué al ruedo.
—¿Te apetece hacer de conejillo de indias para mi primer mojito? Invita la casa.
Se me queda mirando.
—Soy un Visconti. Yo nunca pago.
—Madre mía, nunca llegaré a entender cómo se puede sacar dinero de este barco...
—Escúchame —me interrumpe Nico, que apoya los antebrazos sobre la barra para acercarse más a mí—. Rafe te ofreció este empleo como un favor personal para mí, y después del numerito de anoche, tienes mucha suerte de no estar en la cola del paro. Sé que todas creéis que Rafe es un...
Tamborilea con los dedos tatuados sobre la madera como si intentara hacer llegar la palabra a la lengua.
«Como se le ocurra decir “caballero”, juro que...».
—Caballero.
«Bufff».
—Pero por mucho que sonría y por muy agradable que sea, no te confundas. Sigue siendo... —Otra ronda de tamborileos—. Sigue siendo Raphael Visconti.
No le he dicho toda la verdad. En cierto sentido sí que he dejado la mala vida.
Aparte de robarle la cartera a Blake, al único hombre al que he intentado engatusar desde que volví a Devil’s Coast ha sido Raphael.
Pero es que todas las interacciones que tenemos se convierten en un juego.
Siempre que se me acerca me parece estar frente a una ruleta, con los ojos cerrados, a punto de apostar mi alma al negro.
Desvío la mirada hacia la puerta del casino, tal como llevo haciendo cada dos minutos desde hace una hora. Esta tarde me desperté delirante, con el subidón de haber tenido las manos de Raphael dentro de mi ropa interior y su confesión en mi oído.
A la mierda Martin O’Hare y el asqueroso de su hermano; ahora en lo único en lo que puedo pensar es en que Raphael Visconti me ha admitido que es supersticioso.
Y no solo eso, sino que considera que le traigo mala suerte.
Yo. La chica del colgante y la que tiene la reputación de salir de situaciones de riesgo máximo con vida.
Y pienso usarlo para mi beneficio de aquí en adelante, evidentemente.
Bueno, o eso pensaba hasta que Raphael entró en el casino, le echó una sola mirada a mi sonrisa de bobalicona y pidió un vodka. Ahora ya no estoy tan convencida.
Una voz pastosa desvía mi atención de las apuestas millonarias y los besos alcoholizados de la sala.
—Si Raphael te despide, siempre puedes venir a trabajar para mí, nena.
Benny. Se coloca al lado de Nico y se dirige a mi escote al hablar.
Le planto la coctelera delante y le lanzo una mirada amenazadora.
—¿A cuál de las dos tetas le estás ofreciendo el trabajo, Benny? ¿A la izquierda o a la derecha?
Levanta la mirada hasta que la planta sobre mis ojos y esboza una media sonrisa traviesa.
—A las dos por el precio de una. ¿Cómo lo ves?
Nico farfulla algo entre dientes y se pone a mirar el móvil con desgana.
—Sabes que pienso escupir en todas las consumiciones que me pidas esta noche, ¿verdad? —le devuelvo.
Él se lame los labios y me guiña un ojo.
—Mejor sabrán.
Benny siempre me ha caído bastante mal. Hasta cuando éramos unos críos siempre me pareció el hermano capullo de Nico.
Siempre andaba metido en peleas, siempre se colaba en las habitaciones del Gran Hotel Visconti con la primera chica que pillaba.
Dudo que tenga más de tres neuronas en esa cabezota.
Seguramente tenga el cerebro lleno de tetas, peleas y apuestas.
Antes de que pueda volver a abrir la boca para soltar más marranadas, alguien le da una colleja. Laurie aparece a su espalda con cara de irritación.
—Deja de acosar a mis empleadas, Benedicto.
—Si volvemos a follar, me lo pienso. —Le mira el culo cuando ella avanza hacia el almacén.
—La última vez que follamos tuve que cambiar de número de teléfono porque no me dejabas en paz —dice por encima del hombro.
Yo rompo a reír y Benny me mira.
—Eso es mentira —gruñe, y se levanta del taburete—. Cazzo ...
Se va hecho una furia tras Laurie y yo vuelvo a centrarme en Nico.
—Tu hermano es un capullo.
—Tiene sus momentos. —Se saca una cartera del bolsillo. De inmediato sé que no le pertenece porque tiene las iniciales «BV» grabadas en letras doradas—. Toma. —La abre y saca un fajo de billetes—. Por las molestias.
Me quejo, pero me guardo el dinero en el sujetador de todos modos.
—Eres una mala influencia, Nico.
—Haz lo que digo, no lo que hago, pequeña P —replica, con un brillo en esos ojos gris tormenta—. Ahora en serio. Sé que dijiste que no querías trabajar en el Hollow, pero si te acaban echando, tengo el puesto ideal para ti.
—No te voy a mentir; se me da como el culo esto de trabajar detrás de la barra. —Le enseño la receta que tengo anotada en la muñeca, emborronada por completo—. ¿Ves?
—No me hace falta más que echarle un vistazo al color de ese mojito.
¿Sabes que no debería ser marrón? —Se levanta del taburete y le da un golpecito a la barra—.
Es un puesto que creo que te gustaría más que la hostelería.
—Mira el móvil que tiene en la mano—. En fin, ¿nos vemos en la fiesta de Navidad de los empleados?
Podemos hablarlo en más profundidad entonces.
Con un leve gesto de la mano por encima del hombro, se lleva el móvil a la oreja y se larga a la habitación de al lado.
Yo rumio sus palabras. ¿A qué narices me podría dedicar yo en el Hollow si no es a la hostelería?
El pueblo entero es una red de cuevas repletas de partidas de póker y fiestas.
También tienen la academia pija, evidentemente, pero yo ni siquiera terminé los estudios, así que no creo que me contrate para nada académico.
Antes de que pueda darle demasiadas vueltas, suena el teléfono. Lo cojo sin pensar y me coloco el auricular entre la oreja y el hombro.
—¿Sí?
El tono aterciopelado de la voz de Raphael atraviesa la línea y me acaricia la mejilla.
—Ah, justo la pequeña pirómana con la que quería hablar.
A mi corazón se le olvida latir y yo me agarro al teléfono en un intento de que no se me note la alteración.
—¿Te apetece que te lleven otro vodka a tu despacho, jefe? —digo con dulzura—. ¿O algo de salvia para ahuyentar los malos espíritus?
Me llega un resoplido divertido por el auricular.
—No, Penélope. Quiero que vengas tú.
Clic.
Con el estómago encogido, me quedo mirando el auricular antes de volver a colgarlo en la base con un suspiro de derrota.
«¿Raphael quiere verme en su despacho?». Esto no puede ser bueno.
La implacable tormenta sacude los pasillos de color crema y las gotas de lluvia repiquetean contra los ojos de buey como unos dedos desesperados porque les haga caso. Cada estancia que atravieso es más silenciosa que la anterior y está más llena de expectación nerviosa.
Me planto delante del despacho de Raphael, respiro hondo para tranquilizarme y llamo a la puerta. No recibo respuesta. Insisto con un poco más de ímpetu, pero el silencio no se rompe.
Cada vez más irritada, empujo la puerta con el hombro y me arrepiento de inmediato de mi impetuosidad.
Aquí dentro el ambiente es muy distinto.
Hace demasiado frío para sentirse cómodo, demasiado silencio para sentirse en paz.
La presencia de Raphael se hace presente desde la silla de cuero que hay detrás de su escritorio, y su esencia sale por sus poros perfectos para rodearme el cuello y las muñecas como cadenas forradas de seda.
El instinto de supervivencia me obliga a agarrarme a la puerta.
El siseo imaginario de una ruleta al girar y el clic clac de los dados me obligan a cerrarla con un golpe de mi talón desnudo.
—¿Querías verme, jefe?
Iluminado solamente por los fragmentados rayos de luz de luna que atraviesan a duras penas las ventanas empapadas, las duras líneas que conforman la silueta de Raphael permanecen inmóviles.
Solo desvía la mirada de la ficha de póker dorada que tiene en la mano hasta mi cara.
Sus pupilas son tan negras como la tinta.
Inmorales. De pronto el silencio se llena de calor, un fuego que se come el aire gélido y me hace arder la piel.
Encojo los dedos de los pies sobre la densa moqueta para no derrumbarme.
—¿Te apetece jugar a un juego, Penélope?
«¿A un juego?».
—¿A cuál?
—Cara o cruz. Los clásicos nunca pasan de moda, ¿verdad?
Le veo una diversión perversa en la mirada, mientras que la mía intenta desesperadamente transmitir indiferencia.
Doy un paso adelante para acercarme más al peligro.
—¿Qué nos apostamos?
Le recorro la mano con la mirada mientras él la acerca a la copa de cristal tallado que tiene sobre la mesa. Tanto el líquido cristalino como la cara de su reloj refulgen cuando la inclina para dar un trago.
—Si ganas, te beso yo a ti. Si gano yo, me besas tú.