Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 30. Rafe
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30. Rafe

Rafe

Cuando la lancha del personal impacta contra el parachoques del yate, casi puedo distinguir la silueta de Laurie sobre la plataforma flotante. Tiene un paraguas en una mano y un portapapeles apretado contra el pecho.

—Vaya, menudo recibimiento por todo lo alto —digo con parsimonia, cogiendo el paraguas que me tiende y sosteniéndolo sobre nuestras cabezas—. ¿Quieres pedirme un aumento o algo?

Laurie me sonríe.

—A ver, tampoco me voy a negar si me lo ofreces.

Me río y empiezo a caminar a su lado hacia la cubierta lateral.

—¿Qué tal vas con los mareos?

—Ya solo echo la papilla una vez en cada turno, así que ni tan mal.

—Perfecto. No estarás pensando en volver a Las Vegas, ¿verdad?

Alza la vista hacia el paraguas.

—¿Y dejar atrás este clima tan maravilloso? Toma. —Me tiende el portapapeles—. Fírmame esta autorización para la fiesta de Navidad de los empleados.

—Ya sabes lo que hay, Laurie. No tenemos presupuesto para fiestas de empleados.

—Mejor, porque acabo de comprarme un Audi de regalo de Navidad y lo he cargado a la cuenta de la empresa.

—Mierda. Pues tendré que devolver al concesionario el que te iba a regalar yo, entonces.

Abre la boca y la vuelve a cerrar, y se decanta por lanzarme una mirada de refilón como respuesta.

Aunque ella ha dicho de broma lo del Audi, no sabe si yo estoy hablando en serio.

Y no la culpo, porque el año pasado le pagué un billete de avión a Nueva York y le dejé elegir el artículo que más le gustase de Tiffany’s.

Con una sonrisa divertida, cierro el paraguas y le abro la puerta del casino.

—¿Algo más?

Mira a los empleados que están limpiando la estancia y reponiendo las botellas en el bar.

—Pues sí. Hay una... mancha marrón en la alfombra del salón. Los de la limpieza han sido incapaces de sacarla con los productos habituales. ¿Quieres que llame a un especialista?

Me distrae algo que veo por encima de su hombro: Penélope secando flautas de champán detrás de la barra. Está observando el trapo como si le fuese la vida en ello, pero veo que se le ponen las orejas rojas.

Puto Gabe. Resulta evidente que no es un profesional del mocho. Le dedico una sonrisa amable a Laurie y le digo:

—Ya me ocupo yo.

Laurie asiente con la cabeza, se acerca a las puertas de la terraza y me señala con un dedo.

—Con tapicería de cuero blanco y asientos calefactables, ¿entendido?

Le dedico un guiño y observo cómo se marcha. Por eso Laurie recibe todo lo que quiere de Tiffany’s y coches de alta gama. Porque no hace preguntas.

—Jefe. —Me giro para mirar a Anna. La chica deja una caja de decoraciones navideñas en el suelo y se acerca a mí—. Han llegado los uniformes nuevos. ¿Qué te parecen? —Remata la pregunta con un giro.

Recorro la mirada por su cuerpo sin hacerle apenas caso y después me fijo en Penélope.

Me está dando la espalda, pues se ha agachado para reponer las bebidas de la neverita.

Se me tensa la mandíbula al ver la silueta de su tanga marcada en la tela de los pantalones.

Joder. ¿Cómo es posible que hasta un pantalón y una camisa parezcan de lo más sexi cuando los lleva ella?

Igual debería decirle a Laurie que pidiese bolsas de basura a modo de uniforme del personal.

Anoche llamó a Sinners Anonymous a las cuatro de la madrugada.

Dos veces. Y en ambas ocasiones su respiración desprovista de palabras se coló a través de la línea telefónica, por los altavoces de mi portátil y hasta mi polla.

Había bebido demasiado como para coger el coche y plantarme en su calle a enfocar su ventana con las largas, así que decidí sentarme a mi escritorio a esperar, con los puños apretados a ambos lados de la copa de whisky .

Estaba seguro de que llamaba para quejarse de que la dejé a punto del orgasmo solo para retirarle la miel de los labios en el último segundo, pero no hubo suerte.

En realidad, nunca llama para contar nada importante, a fin de cuentas.

Solo habla de asuntos triviales, como que se le acaba el acondicionador o que su vecino se tiró un pedo en su salón, pero hace demasiado frío para abrir la ventana.

Le dedico unas cuantas naderías a Anna y después paso al lado de la barra justo cuando Penélope se da la vuelta con una caja vacía en los brazos. La deja sobre la barra, me mira a los ojos y sonríe.

Vaya, esa no era la reacción que me esperaba.

Mucho menos después de haberla pillado con las manos en la masa ayudando a Rory a contar cartas y a continuación haberle esparcido sus propios fluidos vaginales por la boca.

Se lame el labio inferior como si al mirarme se le hubiese venido el recuerdo a la memoria.

Joder. Voy a tener que cerrar la puerta con dos vueltas de llave cuando me meta en mi despacho.

Consciente de que tanto Anna como Claudia tienen la mirada clavada en mi espalda, me acaricio el alfiler de cuello para tranquilizarme y le dedico una sonrisa encantadora.

—Hola, Penélope.

—Hola, jefe —responde, con el mismo tono impostado que yo.

Bajo la mirada hacia su mano, que está deslizando sobre la barra. Cuando alcanza el salero, le da un manotazo con fuerza. Este se cae y esparce un montón de granos de sal por la madera.

—Ups.

Automáticamente se me tensan los hombros. Me paso una mano por la mandíbula para ocultar la irritación que me invade y después obligo a mi cara a mostrar toda la indiferencia de la que soy capaz.

¿Cómo se me puede haber olvidado? Anoche le revelé mi mayor secreto: lo supersticioso que soy. Supongo que logró sacármelo al tenerme bien hundido en su coño, y ahora voy a cobrarme el precio de esa confesión.

Nuestras miradas chocan. La irritación que bulle a fuego lento en mi interior se convierte en algo más eléctrico. No me había sentido tan vivo en todo el día.

—Pediré que te lleven un Smugglers Club a tu despacho enseguida, jefe —dice Dan, que acaba de aparecer por la puerta del almacén con un trapo sobre el hombro.

No aparto la mirada de los ojos de Penélope.

—Que sea un vodka.