Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 29. Rafe
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29. Rafe

Rafe

El sol pende sobre el horizonte y sus últimos rayos se extienden sobre el Pacífico para cubrir la iglesia de San Pío con un aura angelical.

Resulta muy irónico, porque este edificio ha presenciado pecados que encajarían mejor en las profundidades del infierno.

Aparco y contengo una sonrisa al ver el Bugatti de Angelo y la Harley de Gabe justo delante de mi coche. Han llegado antes que yo. Supongo que siempre tiene que haber una primera vez para todo.

Me levanto el cuello de la chaqueta y camino por la gravilla helada.

Al cruzar el cementerio noto que el ambiente está cargado de anticipación navideña, de aire gélido y del aroma terroso del humo de las chimeneas.

Me prometí a mí mismo que no me iba a detener, pero mi autocontrol ya no es lo que era y ralentizo la marcha al pasar por delante de la tumba de mis padres.

«En memoria del diácono Alonso Visconti y de su adorada esposa, Maria».

Se me escapa una risotada amarga acompañada de una nube de condensación. Hace nueve años, en este mismo sitio, creí que el amor de verdad había muerto con mis padres. Unos meses más tarde, cuando fundé Sinners Anonymous y Angelo llamó para confesarse, descubrí que en realidad nunca había existido.

Nuestro padre se había estado tirando a otra desde el principio, y después decidió liquidar a nuestra madre para sacársela de encima. Cuando escuché la confesión de Angelo desde la suite de mi hotel me reafirmé en mi decisión de haber elegido el rey de diamantes en vez del de corazones.

Me ajusto los gemelos, escupo sobre la tumba y sigo avanzando hacia la iglesia.

Total, mi madre está enterrada en el jardín de la casa de Angelo.

Siempre que atravieso estas puertas de roble podrido me parece que viajo atrás en el tiempo. Los recuerdos de la infancia me persiguen por el pasillo. Veo a Gabe sentado en primera fila, y a Angelo de pie frente al altar. Alza la vista de la pantalla del móvil y me dedica una mirada aburrida.

—Nunca llegas tarde.

Ah, ya veo que sigue enfadado por lo de Kelly.

—Me tenía que lavar el pelo —le devuelvo con parsimonia y con la voz tan seca como la mojama.

No es del todo mentira. Seguro que me ha quedado el pelo limpísimo después de haberme pasado una eternidad en la ducha pajeándome.

Llevaba todo el día torturándome el recuerdo de los gemidos ahogados de Penélope contra mi boca y el calor de su coño húmedo alrededor de mis dedos.

Si no me hubiese desahogado, me habría vuelto loco.

Para no empalmarme en medio de una iglesia, que seguro que te condena al décimo círculo del infierno, decido ir directo al grano.

—Señores, antes de empezar, tengo que pediros un favor. Sea cual sea el pecador que salga elegido, quiero encargarme yo de él.

Gabe se queda tan inexpresivo como siempre.

—Entonces yo me pido a Martin O’Hare.

—Nada de eso, hermano.

Me topo con miradas pétreas y un silencio hirviente.

—Joder —gruñe Angelo, y se pasa una mano por el pelo—. ¿Vas a soltarle a Martin a tu golden retriever en vez de dejárselo a Gabe?

Se refiere a Griff, pero decido no rebajarme a su nivel.

—No, pretendo ocuparme de él personalmente.

Más silencio. Suelto un suspiro.

—He tenido un mes muy caótico, ¿vale? Necesito desfogarme.

Seguro que mis hermanos creen que quiero liquidar a Martin para que no pueda vengar la muerte de su hermano, y en parte así es.

Sin embargo, si esa fuera la única razón, les encargaría el trabajo a mis hombres.

La verdad es que sigo molesto por lo que me contó Penélope en la Reserva cuando la tenía agarrada del cuello.

«Me hizo exactamente lo mismo que me estás haciendo tú ahora».

Esas palabras me apagaron la ira como un buen soplido apaga una vela.

Y como parece que soy incapaz de pensar con claridad cuando estoy con ella, al imaginar que otro hombre le ponía las manos encima, estuviese o no justificado, me provocó un impulso violento.

Ahora tengo a cuatro hombres turnándose para vigilar la entrada de su apartamento mientras busco un hueco para ir a por Martin y hacerle lo mismo que le hice a su hermano.

—Son muchas muertes para un solo mes, guapito —murmura Gabe, que no aparta la mirada de la rejilla de hierro forjado sobre la que tiene apoyadas las botas. Desliza la vista hacia mí y en sus ojos veo una cierta diversión—. ¿Piensas ensuciarte las manos?

Alzo las palmas y les doy la vuelta un par de veces para enseñárselas. Después observo sus nudillos destrozados.

—Cuando decida convertirme en un animal, ya te avisaré. A lo mejor me puedes hacer un poco de sitio en tu jaula.

Angelo suelta un bufido divertido.

—El día que Rafe suelte un puñetazo será el mismo en el que a ti te mire un bebé sin echarse a llorar. —Le echa una ojeada nerviosa al reloj y coge el iPad del banco de la iglesia—. Vamos al lío, que tengo muchas cosas que hacer.

—¿Tienes que decorar el árbol con Rory o algo?

Angelo me mira con irritación.

—El árbol lleva semanas decorado. Quiere que vayamos a la perrera a saludar a los perritos sin dueño.

—Mañana vas a tener un zoológico en casa, hermano.

Angelo suspira.

—No me lo recuerdes. —Gira el iPad para que Gabe y yo podamos ver la hoja de cálculo que tiene abierta—. Ya sabéis cómo va esto. Cada uno hemos elegido a cuatro candidatos, a los que hemos asignado un número al azar del uno al doce. —Me señala con la cabeza y yo me saco los dados del bolsillo.

Siento un latigazo de adrenalina en la columna vertebral, como un relámpago. Es mi momento favorito del mes, y en esta época es aún mejor, porque la gente deja sus mejores pecados para Navidad. Es como si quisieran librarse de la ropa sucia antes de Año Nuevo.

Con la mala suerte que estoy teniendo últimamente, sé que es muy poco probable que los dados señalen a uno de mis candidatos, pero confío en que mis hermanos hayan elegido bien.

Con un giro de la muñeca, suelto los dados y dejo que rueden por el suelo de madera y por las rejillas metálicas.

Silencio. Entonces Angelo se agacha para mirarlos.

—Cuatro. —Mira el iPad y frunce el ceño—. Vamos, no me jodas.

—¿Qué pasa? —pregunto, con un ligero malestar en la sangre—. ¿Quién ha salido?

Se pasa una mano por la nuca y le veo una expresión nueva. Parece... avergonzado.

—Es un fulano de Tacoma que mató a un gato con una escopeta de perdigones.

Gabe le dedica una mirada extrañada.

—¿Y?

—Y nada. Ese es su pecado. —Nos lo quedamos mirando como si se hubiese vuelto majara. Se masajea el puente de la nariz y niega ligeramente con la cabeza—. Dejé que Rory eligiese uno de los candidatos de este mes, ¿vale? Dios santo —maldice—. ¿Qué probabilidad había de que saliera justo ese?

Suspiro con sarcasmo.

—Una entre doce, capullo. No es tan complicado echar las cuentas.

Se me hincha el pecho al pensar en lo irónico que es esto y suelto una carcajada de incredulidad.

Cómo no, justo el mes que me quiero poner sádico resulta que sale un pecador patético.

No digo que matar gatos esté bien, pero estamos acostumbrados a lidiar con asesinos en serie y violadores.

Este se merece un tiro en la cabeza, pero no lo que tenía pensado hacerle.

Fuera, la oscuridad ha tomado el acantilado y ha traído consigo una lluvia helada que cae en diagonal. Hundo la barbilla en el cuello del abrigo y me reúno con mis hermanos bajo el sauce llorón.

Angelo enciende un cigarrillo y suelta el humo hacia las ramas temblorosas que nos cobijan antes de pasárselo a Gabe.

—¿Cuántos hombres nos quedan para llegar a Dante?

Gabe inhala y la brasa del cigarro destella con un brillo rojo y airado.

—Demasiados. A este paso, llegará a ver el Año Nuevo. —Cuando me pasa el cigarro, me clava la mirada en el alma—. Para la próxima, mejor un misil tierra-aire.

Suelto una risotada seca antes de llenarme los pulmones de sustancias químicas.

Me parece que ha pasado una eternidad desde que me encontré sentado en la silla del escritorio del despacho de Cas en Whisky Under the Rocks y barrí todas las piezas de ajedrez de la mesa.

Madre mía, cuánta paciencia tenía entonces.

Le devuelvo el cigarrillo a Angelo y me dirijo a Gabe.

—¿Sabemos algo de los hijos de puta que atracaron el Lucky Cat?

—Está todo controlado. Por mucho que me joda admitirlo, ese lacayo tuyo tenía razón. Fue un atraco fortuito. —Se cruje los nudillos—. ¿Quieres que te cuente cómo eligieron tu casino?

—No —digo secamente.

Aun así, me lo cuenta.

—Colgaron un plano de Las Vegas en la pared y le tiraron un dardo.

Angelo me clava la mirada a través de una nube de humo.

—Qué mala suerte.

Me paso la mano por la mandíbula y noto que se me tensan los hombros. Respiro hondo y poco a poco intensifico la indiferencia de mi voz.

—Dado que la mayoría de los casinos de Las Vegas me pertenecen, las probabilidades estaban en mi contra desde el principio.

Sin embargo, no me lo creo ni yo, y no entiendo por qué me estoy intentando convencer a mí mismo.

Cuando Gabe le arrebata el cigarro a Angelo, se queda de piedra. Mira por encima de mi hombro y veo algo tan caliente como la lava en su rostro.

—Siempre está ahí. Esperando.

«¿Cómo dice?».

Miro a mi espalda y veo a Wren, que se halla cobijada bajo la marquesina de la parada de autobús. Lleva un abrigo acolchado y tiene cuatro bolsas de plástico amontonadas a sus pies.

—Nunca deja que la lleve a ningún sitio.

Se me tensa la mandíbula cuando me acuerdo del puñetazo que pegó Gabe sobre la mesa anoche. Y la amenaza que hizo sobre las navajas oxidadas.

—¿Querías llevarla en el asiento del copiloto o en el maletero?

—Wren no acepta que nadie la lleve en coche —dice Angelo cortante—. No se sube con nadie. Y tú —aplasta el cigarro con la suela de su zapato pala vega— la vas a dejar en paz.

Gabe aprieta los labios y mira a Wren unos segundos más hasta que al final le da la espalda y se aleja hacia su Harley a grandes zancadas, sin dedicarnos ni una palabra más. El motor recobra la vida, el faro alumbra las lápidas del cementerio y nuestro hermano desaparece de nuestra vista.

Angelo farfulla algo entre dientes.

—Me parece que me voy a quedar aquí un rato más.

El final de la frase se queda en una mera insinuación. «Hasta que Wren se suba al autobús».

Asiento secamente y después me saco las llaves del coche del bolsillo.

—Dile a tu mujer que el chef Marco va a preparar su volcán de chocolate favorito esta noche; si se aburre de acariciar hurones abandonados, podéis pasaros...

Angelo me interrumpe al ponerme una mano sobre el hombro. Bajo la mirada hacia el lugar en el que me está tocando y después la vuelvo a levantar para ver su expresión, repentinamente suavizada. Tiene la otra mano extendida delante del cuerpo, y yo siento que se me forma un nudo en la garganta.

Me lo trago. Mantengo el contacto visual con mi hermano cuando coloco mi mano al lado de la suya. Está quieta. Convincente. Con un gesto de aparente satisfacción, Angelo me hace una inclinación con la cabeza y vuelve a centrarse en vigilar a Wren.

—Sí que nos pasaremos esta noche. Rory y Wren quieren ir a ver a Penny.

Cuando me dirijo hacia mi coche, se me llenan las pupilas de las luces titilantes del Signora Fortuna. Siento un escalofrío perverso en la columna que me llega hasta la entrepierna.

Si tengo que esperar para desahogar mi frustración con un hombre, tendré que conformarme con jugar con una pelirroja mientras tanto.