Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 28. Penny #2
89%

28. Penny #2

Nos quedamos mirándonos. No podría respirar ni aunque quisiese. El ruido de la fiesta se desvanece mientras mis ojos comunican la desesperación que ya soy incapaz de esconder. Los suyos se suavizan y veo algo en ellos que provoca que la piel de los brazos se me ponga de gallina.

Tras un destello de color verde y cuarzo, tengo que ahogar un grito cuando siento que me aprieta el clítoris con el pulgar y con la otra mano me agarra de la base del pelo.

Me obliga a echar la cabeza hacia atrás y me pone los labios sobre el cuello para gruñir la siguiente pregunta contra mi garganta.

—¿Quién te enseñó a contar cartas?

—Nadie. Ya sabes la suerte que...

Me corta la protesta con un rayo de placer en lo más hondo de mi centro. «Dulce fricción. Bendita caricia». El pulgar de Raphael se mueve a toda velocidad, trazando unos círculos implacables que me hacen ver chiribitas blancas tras los párpados cerrados.

—La suerte no te acompaña, Penélope. O al menos en lo que a mí respecta. Desde que apareciste en mi vida, he sido el hombre más desafortunado del planeta. Estoy perdiendo todo lo que había conseguido, y todo por tu culpa.

La lujuria queda eclipsada por el estupor, y lo agarro del pelo para obligarlo a echar la cabeza atrás y que sus labios queden pegados a los míos. Sonrío contra su boca.

—Entonces sí que crees en la suerte. ¿Por eso me odias?

Suelta una carcajada amarga y yo me bebo hasta el último resquicio de su cálido aliento como si fuese lo que me estuviera manteniendo con vida.

—Soy supersticioso como el que más, Penélope.

Aunque no lo he sido siempre. Y tampoco quiero serlo.

Porque nadie se fía de un CEO ni de un segundo que evita pasar por debajo de escaleras o que toca madera cada vez que un pensamiento malintencionado se le escapa de los labios.

Es irónico, si lo piensas. He construido toda mi fortuna sobre la base de los juegos de azar y de la probabilidad estadística.

Nunca he tomado una decisión basada en un criterio emocional, y de pronto apareces tú y empiezo a matar a mis socios solo porque te miran mal.

Estoy empezando a plantearme que esa puta pitonisa tenía razón.

—¿Qué pitonisa?

Un dedo caliente y grueso se desliza por mi entrada y todos los pensamientos, incluidos los que tienen que ver con supersticiones y pitonisas, desaparecen de mi cabeza.

Dios. Lo mete más adentro y después lo saca, lo mete y lo saca, como si pretendiese aprenderse de memoria las paredes de mi coño.

Apoyo la frente contra la suya, nuestra respiración se entrelaza.

Baja la mirada hacia mis labios y suelta un gruñido.

—¿Qué pasa, que quieres besarme o algo? —digo, con una pizca de esperanza entre el sarcasmo.

—O algo —murmura a modo de respuesta, y me da un golpecito en el clítoris para castigar mi insolencia.

Se me tensa la espalda al sentir esa descarga eléctrica y engancho el pulgar en su alfiler de cuello para evitar que se aleje de mí.

—Entonces, ¿qué te lo impide?

Se ríe.

—No quiero darte esa satisfacción, Penélope.

Siento que se me agolpa el orgullo en el pecho como un sarpullido.

—Ya, pues yo tampoco quiero besarte.

—¿Ah, no?

—Nah. No me gusta el sabor del whisky .

Me suelta el pelo, desliza la mano por mi espalda y me agarra del culo para acercarme más a él y así poder hundir aún más sus dedos en mi interior.

Suelto un grito y me estremezco a causa de la presión que se está acumulando en mi centro.

Joder, ¿esto son los preliminares? ¿Cómo aguantan las tías hasta la penetración? No lo entiendo.

—Te apuesto a que me acabarás besando tú primero.

Me río, el delirio me nubla la vista.

—Te apuesto un millón de dólares a que mis labios no serán los primeros que toquen los tuyos.

Otro golpecito en el clítoris. Otro paso más hacia el abismo. Cuando vuelve a hundirse en mi interior, ahora utiliza dos dedos. Mi túnel arde de perversa satisfacción al ensancharse para hacerle sitio. «Estoy a punto».

—No tienes un millón de dólares —dice, con un ademán aburrido.

—Da igual, porque no voy a perder.

Su risa me resulta tan suave sobre los labios que en este estado alterado me siento tentada a pedir un préstamo al banco ahora mismo. En cambio, echo la cabeza atrás para escapar de la tentación y me deleito con sus dedos.

Noto chispas en el bajo vientre que me atenúan la visión y me desatan una lujuria embriagadora por las venas. Cuando Raphael vuelve a hablar, casi ni lo oigo de lo mucho que me pitan los oídos.

—Eres una chica mala, Penélope.

—Sí —digo casi sin aliento.

—Y ¿sabes lo que les pasa a las chicas malas?

Estoy tan a punto del orgasmo que lo noto hasta en la lengua.

Pero entonces Raphael me lo arrebata, saca los dedos de mis bragas con un leve chasquido de la goma.

Asombrada, bajo la vista del techo para clavarla en sus ojos justo cuando su mano húmeda se me clava en la mandíbula. Controla el movimiento con una perversa fascinación mientras me unta mis propios flujos por el labio inferior.

—Que no se corren.

Y como si hubiésemos dado por finalizada una reunión de negocios, se pone en pie.

Se alisa el pantalón y se pasa un dedo por el alfiler de cuello antes de sumergirse en el gentío.

Me deja con el clítoris palpitante, el corazón frustrado y un renovado odio hacia los hombres de manos grandes y voz aterciopelada.