Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 28. Penny
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28. Penny

Penny

Vale que soy una mentirosa y una tramposa, pero Raphael también. No contó hasta diez antes de ponerse de pie y atravesar la muchedumbre para salir tras de mí.

Con el pánico en las venas, salgo a toda velocidad por una puerta sin señalizar sin saber adónde lleva.

Cuando se cierra de golpe a mi espalda, amortigua el barullo de la fiesta y me asalta un olor a tierra mojada.

Estupendo, otra cueva. Ahora que nadie me ve, dejo de caminar rápido para echar a correr torpemente hacia la oscuridad.

Esta cueva da paso a otra, y después a otra, y cuando giro otra vez y no veo ningún rastro de luz, me doy cuenta de que soy una imbécil redomada.

«¿Por qué no dejo de meterme en sitios que no sé adónde llevan? ».

Supongo que porque la incertidumbre que me ofrecen me da menos miedo que la certeza que dejo atrás.

Contengo el terror que me escala por la garganta y no dejo de avanzar; decido practicar el monólogo que tengo preparado para distraerme un poco.

«Contar cartas sin ayuda externa no es ilegal. Ninguna ley impide a los jugadores asignar un valor a una carta para estimar el que tendrán las cartas que aún no se han jugado».

Tengo este discurso almacenado en una de esas cajitas de «romper en caso de emergencia» desde hace años, pero nunca he tenido que recurrir a él. Lo intenté con Martin O’Hare, pero me cogió del cuello antes de poder soltarlo.

¿De dónde me agarrará Raphael cuando me pille?

El jueves por la noche, me agarró del cuello. Lo que no esperaba era que me soltase cuando le confesé mi peor pecado, y mucho menos que me permitiese subir a su coche y que me dijera que él se encargaría de todo. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Debería preocuparme o aliviarme?

Me da un escalofrío, y no solo por el frío que hace aquí dentro. Ahora está incluso más oscuro que antes, y no veo ni los soplos irregulares de vaho que salen de mi boca.

Acaricio la pared rugosa con los dedos, siguiendo la curvatura hacia otro puto túnel, donde me choco contra algo pétreo. Algo con manos calientes, un latido violento y ni la más mínima contemplación por mi seguridad cuando me empotra contra la pared.

Si me estuvieran siguiendo un millón de enemigos por estos túneles, aun así habría reconocido a Raphael.

Porque, Dios, ningún otro olor me enciende un fuego tan intenso entre las piernas como esa mezcla de colonia, menta y peligro que emana por los poros.

Ni siquiera me molesta la amarga brisa de whisky que se desliza entre sus labios y me acaricia la garganta; estoy demasiado colocada por el peso de su cuerpo sobre el mío.

«Caballero». Esa palabra ni siquiera existe bajo la capa de la oscuridad que nos envuelve, y cuando sus manos empiezan a explorar mi cuerpo, sé que tampoco me gustaría que existiese.

Agarran la falda de mi vestido y me la suben por los muslos.

Si la urgencia que he percibido en sus movimientos no me hubiese mareado, le diría que se anduviese con cuidado porque no le he quitado la etiqueta para poder devolverlo mañana.

—Qué vestido tan bonito —sisea, un veneno aterciopelado que impacta contra el pulso que me late en el cuello—. ¿Lo has robado?

Me pone las manos sobre la piel desnuda de las caderas y la tela del vestido ahora le cae por encima de los antebrazos.

Hasta el último centímetro de mi cuerpo canta de anticipación, la brisa fresca silba en el pequeño hueco que nos separa, como un recordatorio de que no debería sentir tanto calor en pleno diciembre.

—Este no —respondo entre dientes, con los labios pegados a su pecho—. Lo compré con el dinero que me saqué haciendo estriptis...

Una palmada caliente e intensa me impacta en el trasero, y el alarido de sorpresa que suelto penetra en la tela lujosa de su camisa.

—¿Qué te tengo dicho de desnudarte para otros hombres, Penélope? —dice, su tono áspero contrasta con los círculos lentos y tranquilizadores que me está trazando en la piel dolorida de mi culo con la mano.

—No me hace falta desnudarme para otros hombres. Tengo un cliente que me paga maravillosamente bien por hacerle estriptis en su coche.

Otra nalgada. Esta es tan fuerte que el impacto reverbera en el techo goteante. El gemido que suelto la sigue, como el vaho en una sauna. Antes de que pueda tomar aliento de nuevo, me pega más a la pared con las caderas, y noto algo duro y palpitante entre ellas.

«Hostia puta». Se me abre un vacío en el bajo vientre que ansía que alguien lo llene con fricción. No tengo que darle la satisfacción de restregarme contra su cuerpo como hice en el coche, porque me agarra con ambas manos por debajo del culo y me alza hasta su erección.

Esta encaja a la perfección entre mis muslos y su magnitud me provoca tal delirio que soy incapaz de pensar en una contestación sarcástica.

Me roza la coronilla con los labios.

—Me dijiste que ibas a reconducir tu vida. ¿Acaso Martin no te ha enseñado nada?

—Así es. O sea, tengo...

Otra nalgada. Es tan violenta que me impulsa hacia delante, de modo que mi clítoris impacta contra su erección.

«Me voy a volver loca». Cuando vuelve a hablar, me pitan tanto los oídos que apenas lo oigo.

—En esta costa solo hay una mocosa capaz de enseñarle a Rory a contar cartas.

Las ardientes yemas de sus dedos me provocan destellos de calor en el coño cuando se deslizan a lo largo de la fina goma de mi tanga. Cuando se unen justo debajo de mi ombligo, me quedo sin respiración.

Si deslizase los dedos un poco más hacia abajo, descubriría que mi cuerpo no lo odia tanto como mi mente.

En cambio, se limita a chasquear la goma con un siseo irritado y a agarrarme de la muñeca. Me arrastra hacia la oscuridad y, cuando me resisto, me agarra aún más fuerte.

—No vas a poder salir de aquí sola, Penélope.

Ya, en eso tiene razón. Con el culo dolorido y el corazón desbocado, lo sigo a ciegas por los túneles. «¿Cómo coño sabe adónde se dirige?».

El eco de sus potentes pisadas reverbera contra las gruesas paredes y cuando el sonido de la fiesta va aumentando de volumen, mi cuerpo se aligera de alivio.

Ha sido un castigo sorprendentemente liviano para el crimen cometido.

Igual que ayer, cuando me persiguió por el bosque y le confesé el motivo por el que había venido a Devil’s Coast, me dejó irme de rositas.

Atravesamos una puerta y es como si no hubiésemos salido del bar.

La mesa de la ruleta vibra con los gritos de los jugadores, las conversaciones alcoholizadas sobrevuelan los cócteles sobre la barra.

Hemos entrado por otra puerta, desde aquí veo la melena rizada de Rory al otro extremo de la sala.

Doy un paso hacia ella, pero un tirón en la muñeca me arrastra hacia un reservado en la penumbra.

Suspiro. Resulta evidente que Raphael aún no ha terminado de torturarme.

—No te muevas.

Desaparece y regresa al poco rato desde la barra con dos consumiciones en las manos. Sostiene el whisky con las yemas de los dedos y me planta un cóctel de fruta de la pasión en la mesa, delante de mis narices.

Me lo quedo mirando.

«¿Cómo sabía que es mi bebida favorita?».

Sin embargo, no tengo tiempo de ponderarlo, porque me pasa una de sus pesadas manos por el dobladillo del vestido y la deja sobre la rodilla. A pesar de los gritos de mi conciencia feminista, no puedo más que encogerme al sentir la posesividad de ese gesto.

Se saca una baraja del bolsillo. Desvela la primera carta.

—La siguiente será más alta o más baja.

Fijo la vista en su perfil. Está mirando al frente, con una expresión neutra, salvo por el tic que se le nota en la mandíbula.

—No...

Me aprieta la rodilla.

—No estoy de humor, Penélope.

Respiro profundamente para tranquilizarme.

Sé lo que está haciendo porque es lo mismo que hizo Nico conmigo, y yo con Rory.

Cuando estás aprendiendo a contar cartas, así es como se practica.

Repasas la baraja e intentas adivinar si la siguiente carta será más alta o más baja que la anterior.

Si recuerdas lo que va saliendo, las probabilidades de acertar van aumentando cuanto más te acercas al final de la baraja.

Este juego es mi especialidad, pero por cómo me tiene agarrada de la rodilla Raphael, casi preferiría que no lo fuese.

Miro el tres de tréboles. Con la estadística en la mano, la respuesta es obvia.

—Más alta.

Se me tensa el estómago cuando noto que desplaza la mano unos centímetros más arriba. Vaya, esta versión no la había jugado nunca. Lo miro a la cara, pero sigue sin mostrar ninguna expresión en absoluto; podría pensarse que está esperando al autobús.

Oigo otra carta impactando contra la mesa. El cuatro de picas.

Suspiro. Alzo la mirada hacia el techo de roca viva.

—Más alta —suspiro.

La jota de picas.

Me aferro al borde del banco cuando siento el tacto frío de la hebilla de su reloj en la piel exterior de mi muslo y el calor de la suave yema de su pulgar por el interior.

Con el corazón titubeante, miro a mi alrededor con desesperación. El brillo festivo de la estancia no alcanza esta esquinita de la cueva, y no me cabe duda de que los asistentes ni siquiera saben que estamos aquí, y mucho menos lo cerca que tiene el pulgar Raphael del forro de mi tanga.

Jota de picas, vale. Joder. La lógica me dice que la siguiente debería ser más baja, pero la anticipación que me abrasa el clítoris tiene mente propia.

—Más alta.

Raphael me mira de reojo y veo en sus pupilas un destello tosco antes de descubrir la siguiente carta.

La reina de corazones.

Resopla con desdén.

—Vamos, no me jodas.

Cuando engancha el dedo en el bajo de mi ropa interior, se produce un choque de miradas. Sé, por la oscuridad que le inunda los iris, que nota lo que ha sucedido entre mis piernas desde el momento en el que me levantó el vestido en la cueva.

Hunde el nudillo en mi humedad y después, agarrándome por el interior del muslo, extiende el pulgar para deslizarlo por debajo del encaje y trazar un sendero desquiciantemente lento por mis pliegues.

Se detiene demasiado cerca de mi clítoris.