27. Rafe
Rafe
Whisky Under the Rocks, Devil’s Hollow.
La partida de póker de cada mes está a pleno funcionamiento.
Si solo te fijas en la superficie, la cueva que aloja este establecimiento vibra de diversión, y la emoción de la proximidad de las Navidades añade un toque eléctrico a la velada.
El alcohol fluye y los dados ruedan sobre las mesas entre los árboles de Navidad que han instalado en cada recoveco disponible.
Sin embargo, en lo profundo, una tensión bulle como una corriente peligrosa.
Tras hacer unas llamadas, he conseguido que mis clientes más importantes retomen su participación en la partida, pero Tor sigue sin hacer acto de presencia.
No esperaba que viniese, pero organizar esta velada sin él es como tener un agujero con forma de bala en el corazón.
Y también está el irritante tema de que Angelo no deja de lanzarme miradas asesinas desde la mesa de la ruleta.
Ni siquiera está jugando, pero sigue enfadado conmigo por haberle pegado un tiro a Kelly.
No porque no quisiera exponer a la sádica de su mujer a más violencia, sino porque ahora le he dado a Gabe otra tarea en la que centrarse, además de en echarles cianuro en los cigarrillos a los lacayos de Dante: declararles la guerra a los irlandeses.
—Ah, vale. ¿Otra? Sí, creo que voy a pedir otra.
Hablando de la sádica de la mujer de mi hermano, tengo a Rory sentada al otro lado de Gabe, farfullando entre dientes.
Estamos jugando al blackjack de los Visconti.
Normalmente me niego a jugar contra ella, y no solo porque ya me aburre ganarla, sino porque me da en la nariz que cada vez que pierde hace un disparate.
Como escupirme en la copa.
Sin embargo, si mi hermano pretende ignorarme, yo estaré encantado de despojarlo de sus ahorros. Además, Rory es la única persona de esta familia que no me ha estado dando la brasa toda la noche.
Se me tensa la mandíbula cuando siento que se me pone una mano escayolada en el hombro.
—¿Son ciertos los rumores, cugino ? ¿En serio disparaste tu propia pistola? Dio mio , ¿para qué quieres a todos esos esbirros?
Mantengo una sonrisa tensa y apacible, me quedo mirando el vacío que hay encima de la cabeza de Rory e ignoro a Benny. Por desgracia para él, continúa hablando.
—¿Qué tal la puntería? Estarás oxidado después de tantos años sin ejercitarla.
Tomo un perezoso sorbo de whisky y dejo el vaso sobre la mesa para a continuación darle un codazo en la entrepierna.
—Tengo la puntería a pleno rendimiento, Benny.
Suelta una blasfemia en italiano entre dientes y se aleja tambaleándose.
A pesar de la sonrisita que se me acaba de plantar en los labios, comprendo por qué mi reciente salida de tono es la comidilla de la familia.
Llevaba años sin apretar un gatillo, a excepción de Sinners Anonymous .
Griff está que echa humo. Gabe, encantado.
Todo el mundo cree que se me ha ido la pinza, y tal vez no vayan muy desencaminados, porque, si no, ¿cuál es la razón de pegarle un tiro a Kelly O’Hare?
Si lleva años siendo un excelente socio.
Empezó como siempre: con la imposibilidad de negarme a una apuesta. Solo que esta vez no estaba listo para perder lo que me pidió.
A Penélope.
Dios, nunca había apostado una de mis chicas. Me parece un acto barbárico, algo más propio de los rusos. Sin embargo, al ver cómo la miraba, cómo la tocaba, se me nubló el juicio.
Antes de unir los puntos que unían a mi nueva empleada con el incendio en el casino de su hermano, la parte más amargada de mi ser ansiaba que me la quitase de las manos.
Mi reloj favorito, la explosión del puerto.
Perder a Miller no puede ser real. No quiero que lo sea; acaba de entrar y la mitad de los tíos aquí presentes ya la están mirando.
—Rory, ¿has invitado a Penélope?
—Sí, pero se llama Penny. También he invitado a Wren y a Tayce.
Ah, sí. Ni siquiera las había visto, pero es verdad que están detrás de ella. Y no es que sean de las que pasan desapercibidas, precisamente.
—¿Por qué?
—Pues... porque es amiga mía.
Ignoro la sonrisita que esboza Gabe detrás del borde de su vaso de whisky .
Sigo los movimientos de Penélope con la mirada mientras se desliza entre la muchedumbre con Wren y Tayce a su lado.
Cuando percibe que la estoy mirando, alza la vista y se detiene, como si le sorprendiera verme tanto como a mí me ha sorprendido verla a ella.
Como si no fuese el propietario del treinta por ciento del suelo que están pisando esos tacones tan ridículos.
Deslizo la mano debajo de la mesa y aprieto una ficha de póker. Intento, sin éxito, ignorar el hecho de que se me está hinchando la entrepierna. Se me descompone el cuerpo porque esta noche no parece una delincuente que va por ahí prendiendo fuego a casinos.
Parece la reina de corazones. Aparto la mirada.
—Tan guapas como siempre, señoritas —les digo a Tayce y a Wren. Me pongo en pie para apartarles las sillas que hay a ambos lados de la mía, mientras que Penny se acomoda al lado de Rory.
Wren me dedica una sonrisa nerviosa y mira a Gabe. Tayce me planta un beso en la mejilla.
—Con esa coquetería llegarás adonde te propongas, Rafe.
—Menos a lo más alto de tu lista de espera.
Tayce se ríe.
—Ni Dios en persona podría llegar a lo alto de mi lista de espera.
Finjo poner los ojos en blanco y me siento a su lado.
No solo intento ganarme el favor de Tayce porque es la mejor tatuadora del planeta, aunque sí que se encuentra en la lista de razones, sino también porque es una tía relajada, inteligente y cuya compañía disfruto mucho, ya esté ella sentada en una de mis sillas o yo en la suya.
Cuando apoyo el brazo en el respaldo de su asiento, se acerca a mí, me quita el alfiler de cuello y me desabrocha varios botones de la camisa.
—Creo que antes deberías sacarme a cenar, ¿no?
Me ignora y echa un ojo por el cuello de mi camisa.
—¿Cómo va la serpiente? ¿Está cicatrizando bien?
—Maravillosamente.
Siento que una mirada me quema la mejilla y desvío la vista hacia Penélope.
Rory le está susurrando algo al oído, pero ella no le está haciendo caso.
Está demasiado ocupada contemplando la mano que tiene Tayce posada sobre mi pecho.
Siento una chispa de satisfacción entre las costillas porque es evidente que me hace querer ser tan rastrero como una colegiala de catorce años.
Devuelvo la atención a Tayce. Le dedico una sonrisa encantadora.
—Tayce, ¿has visto a Tor?
Ella pone los ojos en blanco.
—No, el muy capullo no se presentó a la cita que tenía la semana pasada.
Me invade un malestar. Tor atravesaría brasas al rojo vivo para ir al estudio de Tayce.
—¡ Blackjack !
El grito de emoción de Rory corta el ambiente de la mesa y me pilla desprevenido. Frunzo el ceño y compruebo las cartas que tiene delante, que, cómo no, suman veintiuno.
—Debo de haber entrado en un universo paralelo —digo sin afectación, y alzo el vaso para brindar con ella—. Ahora ya puedes tachar «ganar a Rafe al blackjack » de tu lista de cosas que hacer antes de morir.
Se le ilumina la mirada.
—¿Jugamos otra?
—¿Te ves con suerte?
Sonríe.
—No sabes cuánto.
Deslizo la mirada hacia el trébol de cuatro hojas que lleva Penélope al cuello. Claramente su optimismo erróneo se le está pegando a mi cuñada.
—Muy bien. Pero primero vamos a ponerles algo de beber a estas señoritas.
Llamo a un camarero para que tome nota de las consumiciones de la mesa. Mientras Penélope está distraída mirando la carta, aprovecho la oportunidad para contemplarla.
«¿Quién cojones eres, tía?». Ojalá usase Sinners Anonymous como es debido y no como una caja de resonancia en la que vuelca hasta el más insulso de los pensamientos que se le pasan por la cabeza, porque ahora sé muchas cosas sobre ella que preferiría ignorar.
Como qué bollitos le gustan y de qué color se va a pintar las uñas el viernes que viene.
Su parloteo superficial no me ha proporcionado respuestas, sino más preguntas.
Quiero saber por qué no puede dormir en su cama, pero en mi coche sí. Por qué no ha vendido mi reloj. Qué me echa en el whisky que me obliga a protegerla cuando debería meterle un tiro en la sien.
Cuando le devuelve la carta al camarero, mi reloj se le desliza por la muñeca hasta el codo.
A pesar de que estoy casi seguro de que lo lleva para cabrearme, no soy capaz de ignorar el subidón que me provoca vérselo puesto.
Supongo que se parece a lo mucho que les gusta a los tíos ver a sus chicas vestidas con sus camisas.
A mí no. Siempre me acaban manchando el cuello de pintalabios y después soy incapaz de que se les vaya el olor a perfume.
—Una limonada para mí, gracias.
Wren ha estado tan callada que se me había olvidado que estaba ahí hasta que el camarero le toma nota.
—¿Limonada sola?
Clava la mirada en la mesa, con el bolso agarrado en el regazo.
—Sí, por favor.
—¿No le apetece algo un poco más fuerte?
Wren niega con la cabeza y le ofrece una sonrisa amable al camarero.
—No bebo.
—Venga ya, si casi es Navidad...
La combinación del chirrido de la silla de Gabe al apartarse y el crujido de la madera cuando su puño impacta contra la mesa provoca un silencio atronador en la cueva. Por el rabillo del ojo veo a Angelo poniéndose en pie.
—Ha dicho que quiere una limonada —gruñe Gabe.
El camarero toma la carta con manos temblorosas y se aleja a toda velocidad. Wren se pone roja y farfulla que tiene que ir al baño. Tayce, con un susurro entre dientes, la sigue entre la muchedumbre.
Mi mirada divertida le calienta la mejilla a mi hermano. Él no levanta la vista de la baraja que está mezclando entre sus zarpas tatuadas.
—Despídelo —dice, con el volumen suficiente para que solo yo lo oiga—. O le acabaré sacando los ojos con la navaja más oxidada que tengo.
Suelto un gruñido dentro de la copa de whisky . Con todos los problemas que tengo, esto era lo que menos falta me hacía ahora mismo.
—Venga, vamos a empezar.
El alivio de Rory ante mi propuesta es palpable, porque resulta evidente que tenía las mismas ganas que yo de romper la tensión. Gabe coloca nuestras cartas sobre la mesa con más intensidad de la necesaria, y mi cuñada se las queda mirando durante demasiado rato.
Como me empiezo a aburrir, señalo el dos de corazones que tiene delante con la barbilla.
—Te doy una pista: del dos al veintiuno hay muchos números.
—Chis —me chista, y se lleva los dedos a las sienes—. Déjame pensar. —Pasa un rato—. Vale, otra.
Yo también pido otra y añado un siete de picas a mi cuatro de diamantes.
Según va creciendo el mazo de descarte y menguando el que tiene Gabe en las manos, siento que me sube un malestar por la columna vertebral que me acaba por atenazar la nuca.
A lo mejor no me habría dado ni cuenta si no estuviese tan centrado en todos y cada uno de los movimientos de Penélope. Si no le hubiera contemplado los labios carnosos cuando susurró «valor bajo» o si no hubiera admirado mi reloj en su muñeca cuando le dio un apretujón en el brazo a mi cuñada.
Dirijo la atención a Rory y estudio con más interés ciertas actitudes que había achacado a su peculiaridad. Entonces caigo en la cuenta: ese tamborileo de los dedos sobre la mesa no es un tic nervioso, es que está contando cartas.
—¡ Blackjack ! —vuelve a chillar.
Esta vez no le doy la enhorabuena. En cambio, desvío la mirada hacia Penélope y alzo las cejas.
Al verme la cara, se le borra la sonrisa de los labios.
—Penélope.
Se le tensan los hombros.
—Te doy diez segundos de ventaja.
Sin embargo, para cuando esa amenaza se desliza entre mis labios, la muy bribona ya se ha puesto de pie.