26. Penny #3
Las líneas de su silueta se emborronan y lo hacen parecer aún más grande, aún más aterrador. No debería estar a solas con un hombre como él, y el vacío negro que habita tras sus iris está de acuerdo conmigo.
La impaciencia se le filtra en la respiración cuando me aprieta aún más la yugular.
—¿Le prendiste fuego a su casino? —La posibilidad, cada vez más tangible, de morir se me presenta detrás de los párpados y me obliga a asentir.
Se le tensan los abdominales.
—¿Por qué?
Allá voy, a desmoronarme otra vez. Tenso los músculos del cuello bajo su mano y comienzo a hablar.
—No tenía ni idea de que el nuevo casino era propiedad de la mafia irlandesa —digo con voz ahogada—. No sabía quién era Martin O’Hare; lo único que me importaban eran las posibilidades de timar que se me habían abierto. Una noche, me pilló con las manos en la masa...
Dejo la frase en suspenso.
—Timando —concluye Raphael con la mirada completamente negra.
«No, contando cartas». Sin embargo, me da la sensación de que contarle eso al dueño de la mayoría de los casinos de Las Vegas aquí, en medio del bosque y sin nadie más alrededor, no sería muy buena idea. En cambio, asiento.
—Me dijo que me largase de Atlantic City y que no volviese a poner un pie allí nunca más.
Raphael entrecierra la mirada.
—Y ¿a qué vino lo del incendio? ¿Por qué no te marchaste sin más?
Nos quedamos mirándonos.
—Porque Martin O’Hare me acorraló en un callejón oscuro y me hizo exactamente lo mismo que me estás haciendo tú ahora.
En el momento en que Martin O’Hare me agarró de la garganta, me recordó a cuando tenía diez años y me encontraba en el callejón de atrás de otro casino, con otro hombre de su misma fuerza.
A pesar de que no tuvo el mismo final horrendo, me provocó un recuerdo amargo.
Tan amargo que tomé la impulsiva decisión de dejarle una botella de vodka en llamas a la puerta del casino mientras esperaba a que llegase el autobús que me tenía que sacar de Atlantic City.
Durante los tres temblorosos latidos siguientes de mi corazón, a Raphael se le pinta la confusión en el rostro y baja la vista hacia la mano que tiene alrededor de mi cuello.
La desliza por mi clavícula y la convierte en un puño cuando la coloca al lado de su cuerpo.
—Eres mujer muerta, Penélope.
Exhalo, temblorosa, y siento un susurro de rebelión en mi cuerpo.
No porque considere que tengo demasiada suerte como para haber evadido en dos ocasiones a la muerte, en realidad ya no sé si tengo suerte o no, sino porque de pronto se me viene a la mente la imagen de mi padre en posición fetal antes de morir, esa que lleva grabada a fuego en mis retinas desde hace siete años.
Qué vergüenza, menuda forma de morir. En ese mismo instante juré que cuando me encontrara a la muerte, yo la recibiría con la espalda recta y la miraría a los ojos.
Alzo la barbilla.
—No me apetece entrar en jueguecitos esta noche. Si vas a matarme, hazlo ya.
Me castañetean los dientes. El viento menea las ramas sobre nuestras cabezas. Al final, Raphael se pasa el pulgar por el labio y alza la mirada hacia el cielo oscuro.
—Eso no sería divertido en absoluto.
«¿Cómo?».
Antes de que pueda contestarle, se agacha y me pasa un brazo por la cintura.
Me levanta en volandas y me carga sobre un hombro.
Se me sube la sangre a la cabeza y me hormiguean las piernas a causa de la perversa expectación que me provoca sentir el calor de su mano justo debajo de la curvatura de mi culo.
No debí de alejarme mucho, porque no tardamos ni un minuto en volver a ver la luz de la luna y, poco después, el coche.
Me coloca en el lado del copiloto y abre la puerta.
—Sube.
Abro la boca y la vuelvo a cerrar. Cruzo la mirada con uno de sus lacayos, que está fumando apoyado en su berlina al otro lado de la calle. Exhala una bocanada de humo hacia el cielo y se encoge de hombros.
—¿Adónde...?
—Sube antes de que cambie de opinión sobre lo de matarte, Penélope.
No me lo tiene que pedir dos veces.
Cuando obedezco, el salpicadero vomita un aire caliente que me quema las extremidades. Raphael cierra su puerta con más fuerza de la necesaria y, antes de que me pueda abrochar el cinturón, estamos volando sobre el asfalto helado.
Estoy confusa, incómoda hasta lo indecible y aturdida hasta las entrañas. No dejo de mirar a Raphael, pero la expresión que muestra en la cara es tan inescrutable que no sé si debería disculparme o soltar un chiste.
Me decanto por ahogarme en el silencio.
Toqueteo la radio.
Busco patatas fritas en el lateral del asiento.
Cuando me pongo a garabatear en la condensación que se ha formado en mi ventanilla, el coche se detiene de sopetón.
Casi se me sale el corazón del pecho a causa del frenazo, y cuando me giro para mirar a Raphael, él me agarra del cogote y me separa la cabeza del asiento.
Cuando me suelta, siento algo suave detrás de la cabeza.
Una almohada.
Sin mostrar expresión alguna, vuelve a estirar el brazo hacia el asiento trasero y coge una manta. Me la tira a la cara y vuelve a poner el coche en marcha.
—Duerme.
—Pero...
—Pero nada, Penélope. Olvídate de Martin O’Hare; ahora es problema mío.