26. Penny #2
No me suelta. Yo me vuelvo a colocar mirando hacia delante y me centro en lo que está sucediendo al otro lado del parabrisas.
En las ramas que se mecen al viento. En las finas nubes que pasan por delante de la luna.
En lo que sea que me consiga distraer del dedo meñique que está a punto de tocarme el dobladillo de los pantalones cortos.
—La última vez que me obligaste a subirme a tu coche no te siguieron.
El silencio que nos separa se hincha, después Raphael me acaricia la curvatura de la pierna y pone la mano sobre el reposabrazos central. Cuando abre la boca, su voz es inexpresiva. Casi severa.
—Cómete la cena, Penélope.
La cabeza me está dando demasiadas vueltas como para hacer cualquier otra cosa que no sea obedecer.
Bajo su intenso escrutinio, desenvuelvo la hamburguesa y le doy un mordisco.
El sonido de mi masticación anega el coche, junto con la energía nerviosa que me vibra en los oídos.
Cuando me dispongo a dar otro mordisco, una enorme mano me agarra de la muñeca para detenerme.
Alzo la vista para mirar a Raphael. Sin romper el contacto visual, baja la cabeza y le da un enorme bocado a mi hamburguesa. Dios santo. Se me contraen los dedos de los pies dentro de las deportivas y me sube la temperatura de la sangre varios grados.
Se me escapa un pequeño siseo de los labios, acompañado de una pregunta que no sabía que necesitara plantear.
—¿Qué le apostaste?
Se lame la sal del labio inferior y veo que se le oscurecen los ojos con algo que me impacta en las terminaciones nerviosas.
—Algo de lo que no quería desprenderme.
Se me corta la respiración cuando coge el batido de la consola central. Da un sorbo y después me roza con el brazo al pasármelo a mí. Trago saliva y me acerco más a él para poner los labios en el mismo lugar que acaban de ocupar los suyos.
Su aliento me roza la punta de la nariz y, Dios santo, nunca me había sabido tan dulce un batido de chocolate.
—Entonces ¿por qué lo apostaste? —susurro. Hablo en voz tan baja, tan tensa, que, si no tuviese la frente casi pegada a la suya, seguro que no me oiría a causa del estruendo que está armando mi corazón al latir.
Le veo una diversión amarga en el rostro.
—Porque esperaba no ponerme tan... sentimental con ello.
Su mirada tiene garras que se me clavan en la piel. Es demasiado intensa, demasiado reflexiva, y la forma en la que me atenaza los pulmones contrasta con todas mis creencias sobre los hombres.
Cuando pretendo alejarme para poder respirar un aire que no esté contaminado por su esencia, veo un destello verde y de repente una mano potente me agarra de la nuca para evitar que me mueva.
—¿Qué...?
—Estás nerviosa.
Escruto su expresión estoica, estupefacta.
—N-no, qué va.
—Mientes fatal, Penélope.
Exhalo temblorosa para recuperar toda la compostura que puedo. Intento aligerar el ambiente.
—Y tú juegas fatal al blackjack .
Vislumbro un destello negro en su mirada. Los segundos van pasando gota a gota, pero a mí me parecen minutos. Al final, sus dedos se deslizan por mi cuello y se aleja de mí. Saca una ficha de póker del bolsillo y la gira entre el pulgar y el índice mientras mira por el parabrisas.
—Últimamente parece que todo se me da fatal.
El ambiente del coche cambia con tal brusquedad que me provoca un latigazo cervical. Hemos pasado de tensión sexual y de compartir comida a algo que me pone el vello de los brazos de punta.
Cuando la sedosa voz de Raphael corta la tensión, se me tensan los hombros de repente.
—Me pareció entender que Kelly te conocía. ¿Habíais coincidido alguna vez?
Me entran náuseas.
—No.
—Qué raro, porque su hermano Martin es el dueño del casino Hurricane, en el que trabajabas antes.
«Mierda. Mierda, mierda, mierda».
Las palabras «Sabía que eras tú» se iluminan sobre el salpicadero, y me siento como si alguien me hubiese atado un cinturón alrededor de los pulmones. Me cuesta toda la disciplina de la que dispongo no permitir que el pánico se me pinte en la cara.
—Qué coincidencia.
—¿Sabes qué más me parece una coincidencia?
—No —exhalo.
Me lo dice aunque no le he preguntado.
—Que ese casino ardió un miércoles y ese jueves apareciste aquí con una maleta en la mano.
Ya sabía lo que me esperaba, pero, aun así, reculo ante el impacto. La sangre me bombea en las sienes y se me estrecha la visión; me resulta casi imposible mantener la cara de póker.
—Mírame, Penélope. —Y yo, como una imbécil, obedezco. Me arrepiento de inmediato porque no hay ni un ápice de caballerosidad en su rostro. Ni tampoco en su voz cuando sisea la siguiente pregunta—: ¿Qué hiciste?
Mis ojos siempre acaban por revelar mis intenciones, así que esta vez me aseguro de no mirar la manilla de la puerta antes de agarrarla, tirar de ella y salir corriendo.
El asfalto resbaladizo enseguida da paso a un manto de hojas congeladas y el viento me ruge en los oídos. Echo a correr hacia la oscuridad sin saber adónde me llevará. Parece que siempre que me encuentro con las consecuencias de mis actos impulsivos tiendo a hacer esto mismo.
Huir sin plan alguno.
La luna desaparece entre las ramas de los árboles y, cuando el silencio reverbera entre los troncos más alto que los latidos de mi corazón, me detengo. Giro sobre mí misma en medio de un pequeño claro y siento el peso de otra mala decisión sobre los hombros.
«Mierda. ¿Por qué he entrado en la Reserva?».
Hace frío. Ahora que ya no estoy corriendo, el gélido aire de diciembre me atenaza los brazos y las piernas y me provoca un escalofrío en los huesos. Me encamino hacia la dirección por la que creo que he venido y me tropiezo con una raíz. Me tuerzo el tobillo.
—Mierda —siseo hacia la oscuridad. Cuando me agacho para masajearme la articulación dolorida, oigo algo que me pone el vello de la nuca de punta.
El crujido de una ramita bajo un pie.
La presencia de Raphael me sube por la columna vertebral antes de que emita ni una sola palabra. Antes de que me agarre de la cintura y me empotre contra un árbol.
Da un paso al frente para bloquearme la huida.
—¿Incendiaste el casino de Martin O’Hare, Penélope?
El corazón me titila como una llama; en parte agradezco su calor, pero al mismo tiempo sé que será la última vez que lo sienta.
No quiero revelarle la verdad, y no solo porque me aterra su expresión.
Ya sabe demasiado sobre mí; me derrumbé como un castillo de naipes en la plataforma flotante y le conté todos mis traumas infantiles sin ningún tipo de filtro.
Me parece que cada trocito de mí que le revelo es una parte de mi ser que no podré recuperar.
Un trozo tras el que ya no me podré esconder.
¿Qué voy a hacer ahora? ¿Quedarme aquí plantada, desnudar mi alma ante un hombre que ni siquiera me cae bien y al que no le gusto ni un pelo?
Como no contesto a tiempo, me agarra del cuello y me empuja contra la corteza del árbol hasta que esta me araña los hombros. Contengo un siseo y aprieto los puños, que se me han quedado helados.
—Necesito que me contestes, Penélope —dice, con aire aburrido.