Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 26. Penny
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26. Penny

Penny

El sonido de una detonación de arma de fuego se me pega al cuerpo como un aura nerviosa mientras observo a Matt darle golpes a mi televisor del paleolítico.

Y otro más. Parece que a la tercera va la vencida porque, de pronto, la imagen borrosa recupera nitidez y la música del inicio de la película Dando la nota emerge de sopetón por los altavoces.

Matt se derrumba a mi lado en el sofá y me mira el perfil. Yo me meto un puñado de palomitas en la boca para ahogar un suspiro. «Allá vamos».

—¿Cuántos cuartos de baño tiene?

—No lo sé, Matt. Para mear solo me hace falta uno.

—Ya, pero ¿así a ojo?

Pongo los ojos en blanco cuando Matt empieza a enumerar los posibles aseos, baños anexos y duchas que puede tener una casa de diez habitaciones.

Está hablando de la mansión de Rory y Angelo, evidentemente.

No ha dejado el tema ni un segundo desde que se enteró de que pasé la tarde allí jugando al blackjack , comiendo chucherías y viendo Romy y Michelle con Rory.

Al menos el número de cuartos de baño es un tema menos peliagudo que el motivo por el que tuve que ir a su casa: haber presenciado el desplome de un hombre como un saco de patatas tras recibir un disparo y haber quedado incapacitada para retomar mi trabajo.

Matt es como un golden retriever , todo pelo rubio despeinado y sonrisas de felicidad. No quiero aplacarle el entusiasmo con temas negativos como asesinatos o el hecho de que Anna no se acuerda ni de cómo se llama, por no hablar de que no tiene intención alguna de salir con él.

«¿Viste los coches que tienen en el garaje?».

«¿Tienen de esos grifos tan pijos que dispensan agua caliente?».

«¿Y habitación del pánico? Seguro que tienen».

Las preguntas de Matt se van espaciando hasta que, al mirarlo de reojo, veo que se ha quedado dormido con el bol de palomitas en equilibrio precario sobre el regazo.

Me quedo mirando las luces de la pantalla con un restallido nervioso en la sangre hasta que aparecen los títulos de crédito.

Cuando apago el televisor ya es casi la una de la madrugada y, a pesar de la música que hace vibrar la pared que tenemos detrás, se hace un silencio estremecedor. Hay demasiado poco ruido para una mente nerviosa.

«Sabía que eras tú».

Bang.

«Sabía que eras tú».

Bang.

Todo lo sucedido ayer por la tarde se reproduce en mi mente en bucle y, cada vez que la detonación me revuelve las entrañas, me pongo un poco más tensa.

Ese hombre sabía quién era y, a pesar de que ahora está en una bolsa para cadáveres solo Dios sabe dónde, tengo la horrible sensación de que mi secreto no murió con él.

Martin O’Hare podría estar de camino ahora mismo.

Me quedo mirando a la pared y toqueteo el colgante en forma de trébol de cuatro hojas, pero no consigo aplacar mis nervios.

No sé si de pronto me he convertido en la persona con peor suerte del mundo porque mi pasado me ha dado alcance en el tercer pueblo más tranquilo de todo Estados Unidos o la persona con mejor suerte del mundo porque Raphael le pegó un tiro al hermano de Martin por un motivo que nada tiene que ver conmigo.

Sea como sea, debería largarme. Coger toda la pasta que tengo en el primer cajón de la cómoda y pirarme a Canadá. Si regresé aquí fue para escapar de mis pecados, pero ahora estoy empezando a creer que lo único que he hecho es descender a un nivel inferior del infierno.

Al cerrar los ojos, vuelvo a sentir las suaves palabras de Raphael contra mi oreja, sus cálidas manos sobre mi vientre, y un escalofrío se apodera de mí.

Y lo peor es que creo que me gusta estar aquí.

De pronto, a través de los párpados, veo una luz naranja y abro los ojos, confusa. Pasan un par de segundos hasta que el salón se vuelve a iluminar con dos flashes seguidos.

«¿Qué coño está pasando?».

Contengo la respiración, me levanto del sofá y miro por la ventana. Veo un Clase G de sobra conocido aparcado de cualquier manera al otro lado de la calle, con los faros apuntando hacia mi ventana. En cuanto abro las cortinas, vuelve a darme largas.

No me fastidies. ¿Qué narices está haciendo él aquí?

Al alejarme de la ventana noto que el corazón me late a toda velocidad.

No pienso subirme a su coche, a pesar de lo mucho que deseo volver a sentir sus manos sobre mi cuerpo.

Acaba de liquidar a un hombre por ganarlo al blackjack .

Salir con él en plena noche entraría entre las tres mayores estupideces que hubiera cometido en la vida. Y he hecho un montón de estupideces.

Me sobresalto cuando me vibra el móvil sobre la mesilla de centro. Es un mensaje de un número desconocido.

Diez.

Miro la pantalla sin poder creer lo que veo. Entonces llega otro.

Nueve.

Y otro.

Ocho.

No tengo mucha paciencia, Penélope.

El cristal de la mesa resuena con cada vibración y yo observo desesperada que la cuenta atrás avanza como una bomba de relojería.

Uno.

Cierro los ojos con fuerza.

Silencio.

Y de pronto el bocinazo más estruendoso que he oído en la vida atraviesa el cristal de la ventana y anega el salón de mi piso.

—Hostia —grito mientras me llevo las manos a las orejas.

Matt se incorpora como un resorte y me siembra el suelo de palomitas de maíz.

—¿Qué cojones es eso?

«Un capullo con delirios de grandeza». El ruido no decae, y sé que Raphael es lo bastante rastrero como para no soltar la bocina hasta que no me presente en la calle.

Farfullo que vuelvo enseguida, salgo a toda velocidad al pasillo, cojo las llaves de casa y me enfundo unas deportivas sin detenerme.

Una vez abajo, salgo a la gélida noche, abro la puerta del conductor y grito a la oscuridad que me espera en el interior:

—¡Para ya! Por Dios, ¡deja de pitar!

Raphael es la viva imagen de la impasibilidad. Tiene una mano sobre la bocina, con la manga remangada hasta el codo, y con la otra está leyendo correos electrónicos en el móvil. Alza la vista de la pantalla y me lanza una mirada de indiferencia.

—Si me lo pides por favor.

—Por encima de mi...

—Así no se pronuncia «por favor».

Espoleada por una mezcla de frustración y cabezonería, entro al coche y empiezo a pelearme con su antebrazo tatuado.

—Por el amor de Dios, que tengo vecinos...

Me corta la queja al tirar el móvil en el asiento del copiloto, rodearme los muslos con el brazo y subirme a su regazo de un solo gesto. Como voy en pantalones cortos, la piel me restalla de anticipación al sentir la suave tela de lana de sus pantalones.

Me agarra por la cintura como un cinturón de seguridad y, de pronto, me parece escuchar el sonido de la bocina amortiguado, como si estuviese bajo el agua.

Estoy demasiado concentrada en el peso de su pecho contra mi espalda y en el aroma cálido y masculino que me rodea.

Es una combinación peligrosa que me nubla la visión de las farolas de la calle.

Su aliento me roza la piel de la nuca.

—Pídemelo por favor, Penélope.

—Por favor —susurro.

—No te oigo.

La irritación me devuelve a la realidad. Me doy la vuelta y lo agarro de la cadena del alfiler de cuello.

—Por favor —gruño.

Sus pupilas impactan contra las mías. Cuando aparta la mano de la bocina y me roza el muslo con ella, la expresión divertida que tenía en la cara cobra calor.

Se le derrite la sonrisa de la cara y, de pronto, el silencio que tanto anhelaba me resulta demasiado atronador.

—¿Ves? —dice en voz baja—. ¿A que no era tan difícil?

Con el corazón latiéndome al mismo ritmo que el clítoris, consigo apearme de su regazo y sentarme en el asiento del copiloto.

—Qué ruido tan molesto —refunfuño, y observo a mis vecinos, que salen a sus balcones y miran hacia la calle.

—Anda..., eso mismo pienso yo cada vez que abres la boca.

—¿Para eso me has sacado de casa? ¿Para meterte conmigo?

El motor se pone en marcha y, con un volantazo, avanzamos por la calle Mayor.

—No —dice despreocupado—. Lo que pasa es que me han dicho los abogados que, como jefe tuyo que soy, debería asegurarme de que no muestras síntomas de estrés o de trauma.

—Y una mierda.

—Te lo digo en serio.

—Y ¿cuáles son esos síntomas?

Se le elevan las comisuras de los labios.

—Irritabilidad. Pérdida de apetito.

—Irritada estoy, de eso no cabe duda.

Se gira para coger algo del asiento trasero y me tira una bolsa de comida basura sobre el regazo.

—¿Y lo del apetito?

Me quedo mirando la bolsa durante unos segundos con los puños apretados. Cuando la abro y veo mi pedido habitual de la cafetería, siento algo calentito e indeseado en la boca del estómago.

«Se ha acordado de lo que me gusta».

Carraspeo porque se me está calentando la garganta.

—¿Estás comprobando que no demuestre síntomas o no es más que una excusa para pasar el rato conmigo?

—Estoy intentando que no me denuncies, cariño.

Lo busco con la mirada. Él la tiene clavada en la carretera, distraído. Por un momento, no sé si me está diciendo la verdad.

—Bueno, quiero que sepas que estaría más que dispuesta a aceptar una compensación económica para no tener que ir a juicio.

Su carcajada me florece en el pecho y, cuando me mira el reloj que llevo en la muñeca, veo una breve suavidad en sus facciones.

—No me cabe ninguna duda.

Seguimos avanzando en un silencio nervioso hasta llegar a lo alto del precipicio. Raphael aparca en la penumbra de detrás de la iglesia y sube la calefacción del coche. Se me tensan los nervios al ver cuatro pares de faros por la luna trasera.

—Nos están siguiendo —digo con la voz estrangulada mientras me doy la vuelta para mirar entre los reposacabezas.

Una mano cálida se me desliza por los muslos desnudos y me disuelve todo pensamiento coherente. Dios, ¿por qué no habré tenido la lucidez de ponerme algo más de ropa antes de salir pitando del apartamento?

—Tranquila, son de los míos.