25. Penny
Penny
El viento es tan cruel como frío, y transporta mis recuerdos más dolorosos desde la costa para que me abofeteen en la cara.
Los peores siempre son los más viscerales.
Esos que no solo ves, sino que también sientes.
El estruendo de las botellas de whisky al impactar contra el suelo y la peste que emana el alcohol desde los azulejos de la cocina.
La sangre de mi madre, de color carmín, caliente, en la parte de atrás de mis muslos.
Los gritos de mi padre, demasiado guturales, al invocar a un dios que les había dado la espalda.
El siseo del tambor de una pistola al girar, el acero sobre mi sien y la ausencia de esa tercera detonación que nunca llegó.
Al salir de la sala del yate sentí que me perseguía el pánico por la cubierta y eché a correr.
No me detuve hasta que me topé con la barandilla que me separaba del agua.
Ahora que ya no tengo ningún lugar al que escapar, me encuentro aferrada a la barandilla de la plataforma flotante y me planteo si la corriente será tan peligrosa como parece.
Se me tensan los pulmones con cada bocanada de aire que no soy capaz de contener, y veo unas manchas oscuras inexistentes bailando bajo las nubes grises como aves en vuelo rasante.
Siento un calor en la espalda y de pronto se plantan un par de manos a ambos lados de mi cuerpo.
—Respira.
Bajo la mirada del cielo a las manos. Las observo alternativamente, la derecha y la izquierda, la derecha y la izquierda, mientras me pregunto cuál de las dos habrá apretado el gatillo.
—Es que...
Me interrumpen unos suaves labios sobre la nuca.
—Eso es hablar, no respirar.
Inhalo el aire helado por la nariz y me encojo al sentir que me quema las paredes de los pulmones. Al soltarlo, siento que se extiende por el cielo plomizo como una pincelada temblorosa.
—Buena chica —dice Raphael con ternura—. Otra vez.
Su voz es tan tranquila que me resulta hasta molesta. Es un claro contraste con el calor que emana de su pecho y con el acto violento que acaba de cometer hace menos de tres minutos. Hay un cadáver en la cubierta superior y él pretende que respire.
Cuando me atraganto con la siguiente respiración, suelta una mano de la barandilla y la pone sobre mi vientre.
La noto cálida e irritantemente reconfortante, y cuando empieza a mover el pulgar de arriba abajo para acariciar un centímetro cuadrado de tela una y otra vez, mi respiración se acomoda a ese ritmo.
—Me dijiste que la pistola era falsa —consigo decir con acritud.
—Te mentí.
—Creía que eras un caballero. ¿Eso también era mentira?
Se me acerca aún más, me aprieta el cuerpo contra la barandilla hasta que la última costilla se me queda pegada a la baranda de metal.
Sin mediar palabra, recoge mi cabellera, que está ondeando al viento, y la agarra en forma de moño en la base de mi nuca.
La utiliza a modo de palanca, tira de ella suavemente para apoyarme la cabeza sobre su pecho.
—Ser un caballero no implica ser siempre amable.
Me agarro aún más fuerte a la barandilla y siento que el corazón me late desbocado.
—¿Era la primera vez que...?
Noto que se le tensa el vientre.
—No.
—¿Y volverás a...?
—Supongo que sí.
No puedo contener un grito ahogado.
—Eres un psicópata, ¿lo sabías?
Su risa, exenta de humor, me roza la vena del cuello.
—¿Por qué lo dices?
Cierro los ojos y me centro en el sonido de los latidos de su corazón.
—Porque ni siquiera se te ha acelerado el pulso.
—Soy un mafioso, Penélope. Estamos hechos de otra pasta. —Suelta la mano de la barandilla y me agarra por la cintura para apretarme aún más contra su calor. Cómo de grande será el trauma que me ha quedado que ni siquiera intento resistirme—. La primera detonación siempre es horrible.
La carcajada burlona que suelto está cargada de amargor y de incredulidad.
—No lo dudo, pero esta no ha sido la primera que oigo. Ni la segunda.
—Las del paintball no cuentan.
Sé que está intentando distraerme para que no me centre en lo mucho que me pitan los oídos, pero ese tono paternalista me prende una mecha de irritación.
A lo mejor por eso mismo le permito acceder a mis recuerdos, o a lo mejor es que el pánico que me nubla la vista ha hecho lo propio con mi sentido común.
Observo mis nudillos sobre la barandilla, los tengo azules por el frío y blancos por lo mucho que estoy apretando. Respiro profundamente y dejo que el viento se lleve mi historia.
—Presencié el asesinato de mis padres. —Lo digo a toda prisa y medio farfullando—.
Fueron dos hombres con pasamontañas. No tengo ni idea de quiénes eran.
Mis padres eran alcohólicos, y ya se sabe que ese tipo de personas suelen cabrear a la gente.
Se colaron por la ventana del salón y los mataron de sendos tiros.
Mi madre ni se enteró. Estaba profundamente dormida, se había quedado traspuesta sobre la mesa de la cocina después de haberse pasado la noche llorando a moco tendido al ritmo de las baladas de Whitney Houston, así que dudo que sintiera nada.
Mi padre, en cambio, sí que tuvo un final trágico.
Estaba durmiendo la mona y se despertó justo para ver el cañón de una pistola y echar a correr hacia la puerta del jardín.
Me trago el denso nudo que se me ha formado en la garganta y alzo la mirada al cielo.
—Yo escuché el disparo que mató a mi madre, pero creí que había sido un sueño.
No me desperté del todo hasta que oí los gritos de mi padre.
—Se me escapa una risa ácida entre los labios—.
Ojalá me hubiese quedado en mi cuarto, porque los hombres de los pasamontañas no sabían que existía hasta que me planté en la cocina y me puse a chillar.
Uno arrastró a mi padre al jardín y lo mató como si de un perro rabioso se tratara mientras el otro me acorraló entre la nevera y la lavadora y me dijo que les habían ordenado no dejar ningún testigo con vida.
Una lágrima solitaria y caliente me atraviesa la mejilla. No hago ademán de limpiármela porque, entonces, Raphael se percataría de su existencia. En cambio, parpadeo con fuerza y rezo para que no me caiga ninguna más.
—Me puso la pistola en la sien y me dijo que cerrara los ojos y que contase de diez a cero.
Los médicos usaban ese mismo truco para administrarme las vacunas, así que enseguida supe lo que pretendía hacer.
Me dejaría llegar al cinco o al cuatro y luego apretaría el gatillo para que no lo viese venir.
—Me llevo los dedos al colgante y lo desplazo de un lado al otro de la cadena, igual que hice aquella noche—.
No pude pasar de ocho. —Aprieto los párpados al recordar el clic que sonó justo después del número—.
Se le encasquilló la bala. Y ¿sabes lo que me dijo?
Que no sabía la suerte que tenía, que era...
—Una entre un millón —murmura Raphael contra mi pelo, y siento que se le tensa el cuerpo a mi espalda—. Por eso no te gustan los rayos, porque hay una posibilidad entre un millón de que te caiga uno encima.
Me paso la lengua por los dientes y niego con la cabeza.
—Sé que es una lógica irracional y egocéntrica, pero si puede pasar una vez, puede pasar otra.
A pesar del silencio que danza con el viento, es la primera vez que respiro con calma desde que oí el disparo.
Supongo que hablar las cosas sí que sirve de algo.
Aunque sea con un asesino de guante blanco.
Noto cómo se le expande y se le contrae el pecho con cada respiración y eso me provoca una falsa sensación de seguridad.
Por eso me pilla completamente desprevenida cuando desliza la mano por mi vientre para pasar por encima de mis pechos y tocarme el colgante que llevo al cuello.
—Por eso crees que tienes tanta suerte.
Al sentir su caricia, mi corazón comienza a dar latidos dobles.
—Es uno de los motivos, sí —susurro.
—Cuéntame los otros.
Abro la boca, pero la vuelvo a cerrar a la misma velocidad. Cuando recuerdo cómo me agarró del vestido con estas mismas manos, decido quedarme callada. En lugar de hablar, intento escabullirme de su abrazo y decido responder algo que volverá a poner el mundo como es debido.
—Pues por ejemplo el hecho de que te he ganado a absolutamente todos los juegos en los que nos hemos enfrentado.
Aparta la mano del colgante y después me suelta el pelo.
Al sentir mi melena cayéndome sobre la espalda, trago saliva y me atrevo a darme la vuelta para mirarlo.
Sus ojos buscan los míos y en ellos veo un destello de diversión socarrona.
Me invade el alivio; si al darme la vuelta le hubiese visto pena en la mirada, no me habría quedado más remedio que sacarme los ojos.
Se me queda mirando un rato demasiado largo antes de que el rugido de un motor nos obligue a darnos la vuelta y fijarnos en el océano.
Bajo la panza preñada de las nubes aparece una lancha motora a una velocidad ridículamente elevada.
Al volante destaca una figura solitaria, todo líneas amplias, grandes músculos y gafas reflectantes.
Justo antes de que la lancha toque la plataforma flotante, da un giro pronunciado y aproxima la embarcación al yate en el último segundo.
Raphael frunce el ceño.
—No me lo rayes, capullo.
Gabriel Visconti se levanta las gafas de sol y desvela una mirada pétrea y una cicatriz tan airada que me tensa la garganta.
Amarra la lancha al poste que hay en la plataforma en un pesado silencio. Bajo la mirada hacia la camiseta negra que lleva bien ceñida al cuerpo, en pleno diciembre, y hacia la cantidad de tatuajes que le asoman por las mangas.
Salta hacia la plataforma y se detiene al lado de su hermano. Se gira para mirarme y clava la vista en mi colgante durante un rato que me parece tan interminable que me vibran los dedos de las ganas que me entran de arrancármelo del cuello para tendérselo a él.
—La pintura del yate es lo que menos debería preocuparte, hermano.
El barco se menea más de lo normal cuando Gabriel empieza a subir los escalones de dos en dos hasta que desaparece de nuestra vista.
Noto un escalofrío en la espalda. Si Angelo es el primer boceto y Raphael el retrato a limpio, finalizado, Gabriel es el demonio que habita en las pesadillas del pintor.
Tras soltar un bufido, Raphael vuelve a prestarme atención. Se le suaviza y se le atempera la mirada al contemplar mi rostro. Yo contengo otro escalofrío, aunque por un motivo completamente distinto, cuando me coge de la mandíbula y me acaricia el pómulo con el pulgar.
—No llores.
El siguiente aliento que se me escapa de la boca va a parar al dorso de su mano, a pesar de que no ha podido ser tan profundo como el anterior. Esta misma mano es la que acaba de apretar un gatillo que ha segado una vida. ¿Por qué me da tanto placer notarla sobre mi piel?
Se me tensa la mandíbula bajo su palma e intento recuperar un poco de compostura.
—¿Por qué no quieres que llore?
Se mira el pulgar mientras lo desplaza hacia abajo, por encima de mi labio inferior y hasta mi barbilla. Me agarra de ella un segundo y le veo el arrepentimiento en la mirada.
—Porque anoche te vi reír.