24. Penny #3
Cierro de un portazo con el talón y apoyo la espalda contra la puerta. Rory ha desaparecido, pero al otro extremo de la barra veo que Dan deja lo que está haciendo para mirarme con una ceja enarcada.
—¿En serio es tan horrible Kelly?
Cuando niego con la cabeza, las palabras «Sabía que eras tú» se agitan dentro de ella. Yo no lo reconozco, pero él, aun en este estado tan lamentable, parece haberme reconocido a mí.
A no ser que todo hayan sido imaginaciones mías. Lo dijo en voz tan baja, tan farfullado, que podría haber dicho cualquier cosa. Sin embargo, hay un pequeño detalle que me impide hacer la vista gorda.
Es irlandés.
Igual que Martin O’Hare.
No. Eso sería tener muy mala suerte. ¿Verdad?
Los nervios me atacan el cuerpo como un tren desbocado, pero consigo asentir y contestar en los momentos apropiados cuando Dan me enseña a preparar el cóctel de la semana, de fruta de la pasión, y parlotea sobre la comida que hay en el comedor de la tripulación: bollos de queso crema y salmón.
Me importan una mierda los cócteles y los bollos ahora mismo, y me duelen las mejillas de tanto mantener la sonrisa falsa.
Cuando oigo el teléfono sonando detrás de la barra, casi se me sale el corazón del pecho.
—¿Sí? —exhalo al descolgar.
Me llega la voz de Raphael por el auricular, suave y sombría.
—Dile a Dan que traiga un vaso de agua sin hielo. —Una pausa—. ¿Penélope? —Agarro el teléfono con fuerza, me preparo para el impacto—. Que venga Dan, no tú.
Cuelga.
—¿Era el jefe? —pregunta Dan en un tono demasiado animado para mi precario estado.
Asiento, cojo un vaso con las manos temblorosas y lo lleno de agua. ¿Por qué tiene que ir Dan y no yo? Madre mía, estoy salivando del suspense.
A lo mejor sí que lo reconozco, pero no lo vi del todo bien.
Solo hay una forma de descubrirlo.
Coloco el vaso de agua sobre la bandeja y me encamino hacia el salón principal.
Ahora en el aire pende algo que no tiene nada que ver con el humo del tabaco y la competición amistosa.
Recorro la vista por la nuca de Kelly y después la dirijo a la pétrea expresión de Angelo.
Por último, me detengo en Raphael. Sus ojos bullen de furia verde que me comunica que estoy en un buen lío por desobedecer sus órdenes, pero ahora mismo me importa una mierda.
Dejo el vaso al lado de Kelly y contemplo su perfil.
No, no me suena de nada.
Gira la cabeza para dedicarme una sonrisa lisonjera.
—¿Qué harías tú, princesa?
Parpadeo. Desvío la mirada hacia las cartas que tiene delante. Está jugando la última mano de la partida; la pila de descartes es enorme, y no queda más que una carta en el sabot.
No sé por qué se me escapa entre los labios. A lo mejor es porque quiero que se me quede mirando para poder escrutarle la cara y ver si lo reconozco. O a lo mejor es que soy una imbécil redomada.
—Depende de si estáis jugando con los ases a once o a uno —susurro.
Pasa un segundo como un tañido de tambor.
Raphael se restriega el puente de la nariz. Angelo suelta un resoplido. Y la carcajada estruendosa de Kelly reverbera en el vacío que tengo en el pecho.
—Saca.
Tras dedicarle una cautelosa mirada a Raphael, Angelo saca la última carta del sabot y la deja en la mesa.
El as de picas.
Se hace un silencio tan absoluto que oigo el tictac del Breitling de Raphael que llevo en la muñeca. El rugido de la batidora al otro lado de la puerta. ¿Cómo puede preparar Dan cócteles de fruta de la pasión en un momento como este?
Miro a Raphael en busca de respuestas; una flagrante tontería, porque no sé ni qué quiero preguntar. Tiene la cabeza desplomada entre los hombros, alza la mirada hacia mí y no me gusta nada lo que veo en sus ojos.
Suavidad. En contraste con la asfixiante tensión que presiona las cuatro paredes de la sala. Cuando me percato de que me mira el colgante que llevo al cuello, le nace una decisión en la mirada.
—Penélope.
—¿Sí? —susurro.
—Dime qué tiempo hace.
Parpadeo. No sería capaz de cortar el ambiente ni con un cuchillo de obsidiana, y va él y se pone a hablar del tiempo.
—¿Cómo?
Como si intentase transmitirme algo de tranquilidad con la mirada, señala la puerta doble que tengo a mi espalda.
—Mira por la ventana y dime qué tiempo hace fuera.
Tras un segundo ahogado, obedezco. Mis pasos torpes se encaminan hacia el cristal y, cuando llego, apoyo una mano sudorosa sobre su fría superficie.
Trago saliva.
—Pues... Está nublado, pero no creo que vaya a...
Mi previsión se ve interrumpida por un sonido que reconocería en cualquier parte. Es un ruido que he oído antes, dos veces en concreto, cuando se llevó la vida de los inútiles de mis padres.
Bang.
El disparo reverbera contra las paredes y provoca que me piten los oídos. Todo se detiene: mis palabras, el tiempo, los latidos de mi corazón.
—¿Penélope? —Me aferro a la calma que destila la voz de Raphael como a un salvavidas—. No te des la vuelta. Abre la puerta y sal a dar un paseo.
Sigo las instrucciones que me da esa voz tan tranquila. Abro la puerta con los dedos temblorosos y salgo al exterior.
Inhalo el aire helado y alzo la cabeza hacia el cielo.
Vaya, pues puede que al final sí que llueva.