24. Penny #2
Abre la boca, pero la cierra a toda velocidad. Vuelve a centrarse en escribir en su cuaderno, pero con una sonrisa bailándole en los labios.
Clic.
El sonido que emite la puerta al abrirse me baila por toda la columna vertebral. Rory gira la cabeza y, con pánico, esconde la baraja y el cuaderno en el escote y se baja del taburete.
—Tengo que hacer una llamada —farfulla antes de salir a cubierta.
Raphael la sigue con una mirada divertida antes de fijarla sobre mí. Yo me aliso el vestido y le ofrezco el mejor intento de compostura que puedo. Dan, por su parte, está tan fresco como una lechuga.
—¿Qué hay, jefe? ¿Qué os pongo?
Raphael sigue mirándome durante un segundo más antes de acercarse a la barra y ofrecerle a Dan toda su atención.
—Dos whiskies y un agua que parezca whisky . —Se pasa la mano por la mandíbula, que tiene bastante tensa—. Creo que Kelly está mezclando el alcohol con benzodiacepinas.
—Marchando, jefe.
Dan se dirige al almacén y me deja sola ante el peligro que es la atención de Raphael. Me resulta demencial pensar que en la oscuridad de su coche, colocada por su calor, anhelaba esa mirada, sin embargo, en la sobria luz del día, ansío esconderme debajo de una piedra.
Me mira el escote con un deje de decepción.
—¿Aún no han llegado los uniformes nuevos?
—Según Laurie, llegan mañana.
Asiente, tenso, y revisa un mensaje que le acaba de llegar al móvil.
El silencio nos envuelve como una tormenta, en cuyo centro se encuentra el hecho de que me corrí encima de su muslo y después me pasé seis horas durmiendo en su coche.
Cojo un trapo y me pongo a limpiar salpicaduras imaginarias de la barra de roble en un intento de ignorar la decepción que se cierne sobre mí.
No sé... A la fría luz del sol que entra por las ventanas, Raphael derrocha perfección corporativa. Recién afeitado, traje de raya diplomática, zapatos tan brillantes que reflejan el abatimiento de mi cara.
Anoche era otra persona. Sus tatuajes brillaban a través de su camisa empapada por la lluvia como si esos fueran sus rasgos más sinceros.
Estar con ese hombre me provocó un subidón distinto.
Me parecía estar descubriendo un secreto oscuro que solo él conocía.
Pero este hombre es el que muestra a todo el mundo.
Y, por el motivo que sea, no me gusta compartirlo con nadie más.
Bloquea la pantalla del móvil y me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Has dormido bien?
Una pregunta sencilla, pero que me provoca una oleada de alivio tan inmensa que hasta me mareo. Al menos ahora sé que no fue todo un sueño.
Evidentemente, no permito que nada de esto se me refleje en la cara.
—Bueno. No del todo.
Se le alzan las comisuras de los labios.
—¿Ah, sí? ¿Y eso?
—No tenía almohada, y tuve que usar una americana a modo de manta. Si tu coche fuese un Airbnb, le daría cuatro estrellas. —Me doy unos golpecitos en el labio como si estuviese pensando—. No, mejor tres y media.
—¿Por qué le has quitado media?
—Porque había un tío mirándome que me dio mal rollo.
Suelta una carcajada preciosa y real y me arrolla un subidón al saber que la he provocado yo.
Cuando sus rasgos recuperan la normalidad, los escruto sin reticencias. Tiene los ojos rojos y unas oscuras ojeras.
—¿Era muy importante la reunión?
—Mmm.
—Pareces cansado. ¿No has dormido bien?
Se inclina por encima de la barra y me baña en su calor corporal. Se me entrecorta la respiración.
—No —dice en voz baja—. Según parece, me pasé toda la noche demasiado ocupado mirando a una chica guapa y dándole mal rollo.
El bochorno se me pinta en la cara en distintos tonos de rojo. Él suelta una risotada y me dedica otro guiño.
Madre mía, sí que puede llegar a ser encantador cuando se lo propone. Aunque sé lo que hay detrás de esa fachada, no me extrañaría que me engatusase.
Dan sale con una bandeja con tres copas y aparta una de las dos restantes. Raphael da unos golpecitos sobre la barra con el nudillo y se pone en pie.
—Penélope, tráenoslos tú.
Y, sin más, atraviesa la puerta dejando la ausencia de un «por favor» a su espalda.
Dan no dice nada, se limita a mirar con los labios fruncidos cómo cojo la bandeja con manos trastabillantes y la llevo al cuarto de al lado.
Al entrar, noto que el ambiente está más cargado que antes, en parte a causa del humo de los puros que pende sobre la mesilla de centro y en parte porque hay una baraja de cartas extendida en ella.
Reconozco la disposición del blackjack de los Visconti y eso me inyecta un chute de adrenalina. «Eso ha quedado en el pasado, Penélope. Ya no te dedicas a ello».
En el presente me dedico a servir a los que están alrededor de la mesa, no a sentarme a su lado. Pongo una copa al lado de Angelo. Él me mira el reloj y después a la cara, con una expresión ilegible. Se me sobresalta el corazón, pero de su boca no sale ni una palabra.
Me dirijo a Raphael. Él parece no darse ni cuenta de mi presencia, pero, aun así, me restalla el brazo cuando mi piel roza la manga de su americana. Entonces, sin mutar su expresión estoica, me posa una mano en la parte trasera del muslo y la desliza hasta el dobladillo de la falda.
Y tira hacia abajo.
Contengo un grito ahogado. Angelo saca una carta del sabot y la tira sobre la mesa.
La reina de corazones.
Raphael se retira.
Suelta un resoplido y se recuesta en el sillón.
Aún temblorosa por el tirón de falda, dejo la copa del irlandés con demasiado ímpetu. Él se encoge y después me mira con los ojos desencajados. Se oscurece su mirada, y siento que se inclina hacia delante para acercarse a mí.
—¿Pido otra o me planto, princesa?
Se me tensa la mandíbula al oír ese mote, pero no puedo evitar que se me vayan los ojos a la mesa. Con un vistazo ya sé que debería plantarse, ya se han jugado demasiadas cartas bajas, pero decido cerrar el pico y limitarme a sonreír.
—¿Cómo quieres que lo sepa? No soy más que una princesita ignorante.
Su risa da paso a un silencio denso. Aunque es incapaz de centrar la mirada y se mueve como un muñeco de trapo, le veo algo en los ojos que me provoca un escalofrío denso y lento por la columna vertebral, como un reguero de sirope.
Hago ademán de apartarme de él, pero es más rápido de lo que aparenta.
Alarga la mano y me agarra de la muñeca.
Tres pares de ojos, entre los que se cuentan los míos propios, se lo quedan mirando. Por el rabillo del ojo veo a Raphael inclinarse hacia delante y apoyar los antebrazos sobre las rodillas.
—¿Cómo te llamas, muñeca?
«Piensa en la propina».
—Penny.
Otra risotada. Demasiado estruendosa para una reunión tan íntima.
—Un nombre con suerte. ¿Cómo es esa superstición? Si encuentras un penique, 1 tendrás suerte para todo el día. Aunque, ahora que lo pienso, una pelirroja en un barco trae mal fario.
—Eso dicen —contesto sin inmutarme, aunque por dentro me encojo al recordar esa cantinela que siempre me decían de pequeña.
Aparto el brazo, pero entonces su mano se dirige a mi colgante. Acaricia el trébol de cuatro hojas con curiosidad.
—Kelly —dice Rafe, demasiado tranquilo para mi gusto.
—Cuentas con la suerte de los irlandeses —murmura Kelly, que decide ignorar la sedosa advertencia de Raphael—. ¿Tienes ascendencia irlandesa, muñeca?
—Nop.
—¿Te gustaría tener descendencia irlandesa?
Raphael se pone en pie, pero yo me adelanto a sus movimientos y le escupo a Kelly a la cara:
—Si no apartas la mano de mi cuerpo, te la acabaré mordiendo.
Se me queda mirando unos largos e incómodos segundos. En algún lugar de la estancia se oye el tictac de un reloj. La mirada de Raphael me quema la mejilla. Angelo carraspea.
Al fin, con una sonrisa satisfecha en sus finos labios, Kelly me suelta.
Pero no sin ofrecerme unas palabras a modo de despedida. Una frase que sé que quiere que no oiga nadie más que yo.
—Sabía que eras tú.
Parpadeo y entonces me impacta el pánico. Es un goteo lento, caliente y pegajoso que se me cuela en las venas y me duerme las extremidades. Se me acumula en el pecho y me ralentiza la frecuencia cardiaca; me anega los pulmones.
«Sabía que eras tú».
Vacía de todo sentimiento, me yergo y miro a Raphael. Él guarda la compostura, pero no me quita de encima los ojos, que le bullen con una ira de lo más pura. Angelo, recostado en el sillón, dice algo en italiano y, con un leve giro de la cabeza, Raphael se desploma en su asiento.
Me encamino hacia la barra, nadando entre palabras llenas de arrogancia y de diversión.
—Era broma. —Oigo a mi espalda—. ¿Subimos un poco la apuesta?