Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 24. Penny
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24. Penny

Penny

—Echo muchas cosas de menos de Atlantic City.

—Dejo el móvil en la encimera del baño y me paso el cepillo por el pelo con la mano temblando—.

Pero nada... importante, ¿sabes lo que te quiero decir?

El bollo con queso crema y salmón de la cafetería del puerto.

Los cócteles de fruta de la pasión del bar de Ronnie. Esto..., ¿qué más?...

Cojo el teléfono y me lo llevo a la habitación; me lo acerco a la boca mientras rebusco en el armario.

Saco un par de pantalones vaqueros y un jersey, y dejo el móvil sobre la cama para cambiarme de ropa.

Cuando rebota sobre el colchón, veo el tiempo que llevo hablando y alucino.

Madre mía. Llevo tres cuartos de hora hablando con Sinners Anonymous .

Hablando sin decir nada, solo para llenar el vacío de mi apartamento con algo que no sea mi energía nerviosa.

Los huesos me vibran por lo que pasó anoche.

Sigo sintiendo la caricia de la lana entre las piernas.

Las suaves órdenes musitadas entre dientes me muerden los lóbulos de las orejas.

Y cada vez que miro a una de las paredes blancas de mi piso, veo la impronta de la piel tatuada de Raphael sobre ellas.

Siento algo en los nervios, algo... extraño. Algo que cabalga la línea que separa el malestar de la derrota. Le seguí el juego a Raphael y le ofrecí un espectáculo, ¿por qué no siento que lo he vencido en su propio terreno?

Puede que el hecho de haberme corrido como un animal rabioso encima de la entrepierna de los pantalones de su traje tenga algo que ver. O, en fin, el hecho de quedarme dormida en el asiento del copiloto de su coche.

Se me vuelven a calentar las mejillas por enésima vez en lo que va de día.

¿Por qué no puedo reprimir lo que sucedió anoche, tal como hago con el resto de mis problemas?

De pronto vuelve a asomar la cabeza el miedo a que me pille Martin O’Hare.

Raphael Visconti, desde el traje impoluto hasta ese ridículo alfiler de cuello, llena hasta el último resquicio de mi consciencia, hasta tal punto que creo estar a punto de reventar por las costuras.

Contengo un resoplido de frustración, atravieso la estancia y miro por la ventana para contemplar la calle vacía.

—Pasarme el día sin hacer nada ha sido como una tortura.

Además, esta noche no trabajo y tampoco tengo planes —le digo al contestador automático—.

Matt tiene entrenamiento de hockey ; Rory, clases de pilotaje; Tayce trabaja y Wren también.

En fin, supongo que podría ir a The Rusty Anchor para hacerle una visita...

Hace un rato estuve a punto de hablar de Raphael con el contestador automático, pero me contuve.

Supongo que, como ha estado presente durante casi toda mi vida, considero a la voz robótica del otro lado de la línea como una amiga de la infancia y no quiero contaminarla con la obscenidad de los estriptis y la manera en que me restregué contra su entrepierna. Por eso prefiero no entrar en detalles.

Pip, pip. Pip, pip.

Frunzo el ceño, miro la pantalla del móvil y me percato de que me está llamando Laurie.

«Mierda». Con el corazón a doscientos, cambio de línea y descuelgo.

—¿Sí?

Del otro lado de la línea me llega una carcajada espontánea.

—Tranquila, mujer, que no te voy a despedir todavía. En realidad, te llamaba para ver si podrías trabajar esta noche. Sé que te aviso con poca antelación, pero se ha organizado una reunión superíntima en el yate y...

—¡Sí! Sí, sí que puedo.

—Madre mía, qué fácil me lo pones. Normalmente tengo que pagar el doble para que la gente venga a currar en su día libre.

«Maldita sea». Me dispongo a recular cuando clavo la mirada en el montón de billetes que tengo encima de la cómoda. No había visto tanto dinero junto en la vida.

Laurie me comunica que la lancha del personal me espera dentro de una hora y me cuelga.

Al cabo de una hora, Blake me ayuda a subir a la lancha con unas maneras demasiado toscas.

Por cómo me guiña el ojo al soltarme la cadera, veo que no se ha dado cuenta de que le he robado la cartera, o bien cree que es muy probable que lo tire por la borda si no deja de silbarme cada vez que me alejo de él.

Entro en el vestuario para quitarme los zapatos y el abrigo y después obedezco las órdenes que me ha dado Laurie y me dirijo al bar que hay en la cubierta superior.

Estoy sola con el barman, así que o bien los asistentes a esta reunión son poco bebedores o bien no dan mucho trabajo.

Sea por lo que fuere, dudo que ninguna de las dos opciones sea la correcta.

Cuando llego a lo alto de la escalera, no puedo evitar poner los ojos en blanco al ver a Blake.

Otra vez. Joder, mira que todos los empleados de Raphael son imbéciles de un modo u otro, pero yo creo que este se lleva la palma.

¿Por qué no dejo de encontrármelo en todas partes?

Ahora está montando guardia en la puerta de la sala junto con un lacayo calvo de pocas palabras, y cuando paso por su lado sin dedicarle ni una mísera sonrisa, él me ofrece otro silbidito de los suyos.

Se me tensa la espalda y provoca que me suba un calor ardiente por los puños.

—No soy una perra, ¿sabes? —siseo.

—Seguro que follas como una perra —murmura él.

El calvorotas se ríe.

Miro el pomo dorado de la puerta, inspiro y espero a que se me aclare la vista. «Ya no eres así. Ya no eres así. Ya no eres así».

Cuando la furia deja de borbotear en mi ser, echo los hombros atrás y entro en la sala.

La puerta pesa menos de lo que me esperaba, por lo que se estampa contra la pared, provocándome un sobresalto. Cuando abro los ojos, me quedo helada.

«Hostia puta».

No sabía que la reunión era aquí, en el cuartito que hay al lado de la sala principal. Sin embargo, tiene sentido, porque no hay más que tres personas, una baraja y una caja de los mejores cubanos.

Y un acento irlandés a todo volumen. Pertenece a un hombre con pinta de querubín, pelo canoso rapado y unos penetrantes ojos azules.

Sin embargo, su voz no tiene nada de angelical: es irritante, y cada palabra que sale de su boca es de mal gusto.

Los tres pares de ojos se clavan sobre mí, pero yo consigo dejar la vista en los pies y escabullirme al lado de la pared hasta colarme detrás de la barra que hay al otro lado de la pared.

La puerta que me conduce hasta ella la abro con más delicadeza e incluso me giro para amortiguar el impacto que provoca al cerrarse.

Por el hueco restante veo la mirada divertida de Raphael.

Le dedico una sonrisa avergonzada.

Él me guiña un ojo.

Madre mía. Me entra un mareo repentino y, después de cerrar la puerta, apoyo la cabeza contra la madera mientras espero que la sangre me baje a una temperatura más apropiada.

Tenía tantas ganas de salir de mi apartamento que acepté hacer horas extras sin pensar en las consecuencias: ver a Raphael después de aquello.

—¡Sorpresa! —Un alarido femenino me obliga a abrir los ojos. Veo a Rory sentada en un taburete, con una sonrisa en la cara. Lleva un traje de aviadora de color caqui atado a la cintura y una camiseta blanca.

Le devuelvo la sonrisa.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Pues resulta que Angelo tenía una reunión con Rafe y un carcamal que no conozco.

Me enteré de que trabajabas esta noche y decidí acortar la clase de vuelo para hacerte compañía.

—Estira el cuello para mirar hacia el almacén y emite un suspiro dramático al tiempo que le da unos golpecitos a la baraja que hay sobre la barra.

Después menea el cuaderno que tiene en la mano—. ¡He practicado!

No me di ni cuenta de que Angelo estaba presente a causa de lo mucho que me distrajo el acento irlandés y el calor del guiño de Raphael. Contengo una carcajada y me pongo detrás de la barra.

—Espero que lo hayas hecho en privado.

—Por supuesto. Angelo cree que de golpe y porrazo me ha dado por la jardinería, porque me escondo en la caseta de las herramientas.

—Abre la baraja y pone los ojos en blanco—.

Como si hubiese alguna planta en invierno.

Ah, por cierto, ¿qué planes tienes para el sábado?

Hay una partida en el Hollow; ¿te apetece venir para ver cómo gano a Rafe?

Antes de que pueda contestarle, sale un hombre del almacén con la cara oculta detrás de una caja de cerveza. La deja en el suelo, recupera la verticalidad y me mira con incredulidad.

—Joder. ¿Estoy viendo un fantasma?

Tardo unos segundos en caer en la cuenta de quién es: Dan.

Dan el de «Pásame el martillo».

—Estoy vivita y coleando —digo sin inmutarme—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Normalmente trabajo en The Rusty Anchor, pero me saco un sobresueldo haciendo de camarero personal para Rafe. —Encoge un hombro y sonríe—. Cuando me dice ven, lo dejo todo.

Tengo que apretar los dientes para no poner los ojos en blanco. Tener un camarero personal no hace más que confirmar su estatus como el imbécil más pretencioso del año.

Dan empieza a meter las cervezas en la nevera y se ríe para sí mismo.

—No me puedo creer que te persiguiera con un martillo.

El grito de Rory me hace arder las orejas.

—Ya, ni yo que se lo dieras.

—Oye, si el jefe pide, el jefe recibe.

—A ver, alguien va a tener que ponerme al tanto de lo que está pasando —dice Rory, con una excitación ahogada en la voz—. ¿De qué estáis hablando?

—Esta timó a Rafe en el Blue’s Den y se quedó con su reloj. Fue una locura.

Rory me mira a los ojos y después al reloj que llevo en la muñeca.

Siendo sinceros, me queda fatal. Es demasiado grande y, aunque lo llevo apretado al máximo, no deja de deslizarse por la muñeca y siempre acabo con la cara en la zona del pulso.

No sé por qué me lo pongo cada mañana. Retiro el brazo de la barra y me lo escondo a la espalda, a modo de defensa.

—¿Cómo que lo timaste? —susurra.

—No es eso. Solo jugamos a un juego y le gané el reloj.

—Se lo ganaste —repite, con una mirada traviesa y sabionda—. Y ahora lo llevas puesto.

—Así es —respondo con el ceño fruncido.