23. Rafe #2
—Nadie de la costa oeste. Ha tenido que ser obra de una banda con pocas luces de otro estado.
—Me la pido —repite Gabe en voz baja, después se acerca a Griffin y se cruje los nudillos.
—Ni hablar —gruñe Griffin—. Tus matones y tú la andáis liando por toda la costa, y eso a mí me da lo mismo.
Sin embargo, Raphael es un hombre de negocios de éxito, y parte de mi trabajo es mantener intacta esa reputación.
Nos ocuparemos nosotros, y lo haremos sin montar escándalo.
—Lo señala con un dedo y Gabe se lo mira como si se estuviera planteando arrancárselo a dentelladas—.
Por cierto, ya he visto lo que le has hecho a Clive.
—Se vuelve para decirme—: Me dejó su cabeza en el maletero del coche con una sombrillita de cóctel en la boca.
Contengo una carcajada.
Griffin niega con la cabeza, con la mandíbula tensa de irritación.
—Creía que eras más sofisticado, jefe.
Y lo soy. O al menos suelo serlo. El estilo de eliminación de Griffin siempre me ha servido para mis propósitos. Es discreto, elegante y, como no deja cadáveres, es más complicado que el crimen se relacione conmigo. Sin embargo, el detalle de la sombrillita de cóctel es de una ironía encantadora.
Cuando el silencio cubre el despacho, la información que me ha desvelado Griffin se me asienta en los hombros, densa como la lava.
Me estoy calentando, así que decido abrir una de las puertas dobles que dan a la cubierta.
Tras ellas, el cielo helado se derrite sobre las aguas oscuras y, a través de ese pequeño hueco, entra el sonido de las olas rompiendo contra el casco.
Ignoro los tres pares de ojos que tengo clavados en la nuca, me meto las manos en los bolsillos y apoyo la cabeza contra el cristal.
El Lucky Cat. Serán cabrones. De los cuarenta y ocho casinos que poseo, tenían que robar en el primero que abrí.
Hace diez años no era más que una caja con cuatro ruletas prestadas, y no era capaz de atraer a clientes ni pidiéndoselo de rodillas.
Pagaba el sueldo de los empleados con los billetes que sacaba de las máquinas tragaperras.
Era un antro, pero me encantaba; me sigue encantando.
Es el único de mis casinos en el que entró mi madre.
Ella estaba acostumbrada al lujo y, aun así, se sentó a la barra con sus mejores galas y se tomó un lemon drop como si estuviese en el Ritz.
La emoción me estrangula y tenso el cuello para contrarrestarla. El vaho de mi aliento que entela el cristal es lo último que veo antes de cerrar los ojos.
—Gabe.
Unas fuertes pisadas abandonan mi despacho.
Cuando me doy la vuelta solo hay dos pares de ojos mirándome, cada uno con una expresión diferente. La mirada de Griffin arde de rabia, mientras que la de Angelo muestra una velada diversión.
Regreso hacia mi mesa. Apoyo los nudillos sobre ella.
—¿Griff?
Él me observa a modo de respuesta.
Señalo con la cabeza al par de piernas que hay en el pasillo.
—Tíralo por la borda antes de que se despierte.
Mi hermano enarca una ceja, pero no dice ni mu.
El estupor de Griffin desaparece tras el cristal cincelado cuando alzo el vaso de whisky para terminármelo de un trago.
El contenido me abrasa la garganta y aviva las llamas que me arden en el pecho.
Cuando lo oigo tambalearse sobre la mesa, Griffin ya se ha ido y Angelo tiene una foto enmarcada de nuestra madre en la mano.
Su mirada se suaviza. Sin apartar los ojos de ella, murmura:
—Si mamá estuviera viva, diría que estás teniendo una racha de mala suerte.
Sus palabras me arañan la piel como papel de lija, mucho más de lo que él se piensa.
—Sí, a mamá le gustaban mucho esas patrañas.
Si no fuese mi hermano y yo me permitiese ensuciarme las manos, le borraría esa sonrisita de los labios con un gancho de derecha. En cambio, me siento en el sillón orejero y le lanzo una mirada educada.
—¿Algo más? Tengo cosas que hacer.
Él se rasca la mandíbula, pensativo.
—El lunes perdiste cuarenta mil. Has perdido Miller & Young, y tu mejor amigo se ha desvanecido de la faz de la tierra en circunstancias sospechosas. Mmm.
—¿Qué? —salto, y la insinuación de su tono me calienta aún más. Detrás de los párpados solo puedo ver una cabellera pelirroja y una carta de la baraja.
—Que creo que coincido con mamá.
«Podrás tener todo el éxito del mundo, pero la reina de corazones te postrará de rodillas».
Solo por si acaso Penélope resulta ser la reina de corazones, no debería haberle dejado frotarse contra mí.
Me rasco la mandíbula. Me encojo de hombros.
—Son cosas que pasan.
—Ya, claro.
—Pírate, anda.
Con una risotada, se pone de pie y su sombra se extiende sobre mi mesa.
—Míralo por el lado bueno, hermano. Es tu momento favorito del mes.
Frunzo el ceño.
—¿Ah, sí?
—¿Me estás tomando el pelo?
En medio del silencio, caigo en la cuenta. «Pues claro que sí». Normalmente elegimos a los Sinners Anonymous el último domingo de cada mes, pero como este año coincide con el día de Navidad, lo hemos cambiado a este domingo.
No me puedo creer que se me haya olvidado.
Sinners Anonymous es mi bebé, una carta de amor al sádico que vive en lo más profundo de mi pecho.
Es el mejor juego, y una vez al mes, mis hermanos y yo nos reunimos para revivir la mejor parte de nuestra infancia.
Aquellos tiempos más sencillos, antes de que nuestro padre matase a nuestra madre y Angelo se lo cargase a él como venganza.
—Estoy en ello —digo, alisándome el alfiler de cuello. Alzo la barbilla cuando recuerdo lo que tenía que preguntarle—. ¿Vas a estar por aquí mañana?
—Depende.
—Tengo una reunión con Kelly, y me gustaría que asistieras.
De inmediato, a Angelo se le amarga la expresión.
—Sabes que detesto que trabajes con los irlandeses.
—Detestas que trabaje con cualquiera que no venga de una familia cuya nonna tenga una receta secreta para la salsa Alfredo.
Cuando se trata de negocios, no discrimino.
Si mis socios son inteligentes y pueden proporcionarme dinero y presentarme a gente importante, me da igual de qué familia provengan.
Kelly será O’Hare, pero yo lo tengo en buena estima.
Tenemos tres negocios juntos en Las Vegas, un casino, un bar y un hotel boutique , y llevamos ocho años trabajando maravillosamente bien juntos.
—¿Qué quiere y por qué tengo que estar yo presente? —gruñe Angelo.
—Tiene... la costumbre de ambicionar cosas que no le pertenecen —digo con una sonrisa tensa—. Hay que dejarle claro que el Dip tiene dueño.
Mi hermano asiente con la cabeza.
—De acuerdo. Pero no quiero que llores si recibe un tiro en la frente.
Pongo los ojos en blanco.
—No lloraré.
Angelo me deja solo en el despacho con una botella de whisky casi vacía y la cabeza llena de pensamientos violentos.
Ansiando algo más fuerte que me ayude a distraerme, decido elegir los tres pecados del mes para la reunión del domingo.
Abro el portátil, me dirijo a la carpeta de Sinners Anonymous y pulso play.
Uno a uno, los pecados van llenando el silencio de la estancia.
Es la misma historia de siempre. Confesiones atribuladas de accidentes de tráfico desde el arcén de la autopista.
Balbuceos ebrios e ininteligibles de gente cuyos demonios salen a la luz a las tres de la mañana.
Sin embargo, de vez en cuando aparece un pecado que me provoca una sonrisa perversa y un subidón de energía.
Hoy, no obstante, no están ejecutando su cometido como de costumbre. Por eso abro la carpeta donde he guardado las llamadas que he eliminado de la red compartida.
Deslizo un cigarrillo fuera de la cajetilla y me lo coloco en la comisura de la boca. Paso la llama del Zippo por debajo.
Entonces me recuesto, cierro los ojos y dejo que el parloteo de Penélope me permee la piel como un ungüento.
Si voy a hundirme hasta el fondo, al menos que su voz me haga compañía en el descenso.