23. Rafe
Rafe
Por muchos contratos que revise y por muchos whiskies que me tome, no soy capaz de librarme de la erección que amenaza con reventarme los pantalones. Ni de ella.
No esperaba que me siguiera el juego, sobre todo cuando este implicaba desnudarse para mí.
Y ahora está en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. Tengo la silueta de su cuerpo grabada en la parte interior de los párpados; el calor húmedo de su coño a fuego en mi muslo. Y eso por no hablar de ese brillo travieso que tenía en los ojos..., que me tiene la polla secuestrada.
Su aroma, su sonrisa, su soberbia. Todos me revolotean como una tormenta a punto de estallar, y la puerta de mi despacho no sirve para protegerme de ella. Resulta patético, pero me alivia saber que hoy no le toca trabajar.
Más o menos.
Suelto una carcajada amarga y me reclino contra la silla.
Me resultaría divertido lo ridículo de la situación si no fuera porque no tiene ni pizca de gracia.
Siempre que Penélope se me ha colado bajo la piel ha sido por mi culpa.
Fui yo el que abrió la puerta de los vestuarios otra vez, a pesar de que la primera ocasión ya había descubierto que lo que me encontraría al otro lado era algo que no sabría manejar.
Fui yo quien apartó el asiento del volante con la certeza de que si descubría de qué tono eran sus pezones ya no habría vuelta atrás.
Ahora estoy pagando mi propia impulsividad, pues tengo que llevar a cabo todas las reuniones del día por teléfono porque cada vez que pienso en ella mi cuerpo reacciona como el de un niño de doce años que ve tetas por la tele.
Debería... hacer algo al respecto. Pajearme con rabia en el baño que tengo aquí detrás. Sin embargo, aunque ella no lo supiera, Penélope me volvería a ganar y, a pesar de esta extraña obsesión que tengo con ella, preferiría clavarme una navaja en el ojo que dejar que me venciese.
Aunque solo son las diez de la mañana, me sirvo otro whisky . Ruedo los dados en la palma de la mano. En el despacho hace frío y no se oye ni un susurro, a excepción del runrún de los motores y del silbido de un aspirador proveniente del piso inferior.
Siempre queda la opción de tirármela y ya está, pero no es tan fácil. Tendría que seguir mis propias reglas y, para poder usar sus muslos a modo de orejeras, primero debería sacarla a cenar.
Cosa que no va a suceder. Jamás podría armarme del suficiente encanto como para convencerla de que saliese conmigo, y, además, ¿de qué podríamos hablar?
Si es una salvaje, por el amor de Dios. La he visto comer y, sin lugar a dudas, saldría del restaurante con un Rolex y dos coches menos.
Ya he tenido que pagar el estriptis más caro de mi vida.
Suelto una risa sardónica contra el vaso de whisky antes de volver a dejarlo y deslizarlo hasta el otro extremo de la mesa.
El único punto positivo es que cree que el amor es una trampa. No me tendría que preocupar de que esperase que esto fuese más allá de una sórdida noche.
No. Si me fuera a tirar a Penélope, tendría que hacerlo sin alardes.
Nunca he tratado así a una mujer, pero, al fin y al cabo, tampoco había amenazado a ninguna con darle un martillazo en la cabeza.
Según parece, Penélope tiene la costumbre de circunvalar la capa de encanto para sacar la parte más oscura de mi ser.
De pronto, se abre la puerta de mi despacho con tal ímpetu que solo puedo asumir que alguien le ha dado una patada. Se me va la mano a la Glock que tengo al lado del MacBook, pero cuando alzo la mirada, vuelvo a dejar el arma sobre la mesa con un suspiro.
Vaya manera de bajarme la erección.
Gabe. Opaca el dintel como un demonio de los que aparecen en las pesadillas. A su espalda, veo dos pares de piernas trajeadas tendidas en el suelo en un ángulo extraño.
—Tus hombres no saben proteger ni una contraseña —gruñe.
Murmuro una blasfemia entre dientes, pero he de admitir que parte de razón sí que tiene.
Tengo a veintitrés guardias salidos de las fuerzas especiales y ninguno ha sido capaz de impedir que un hombre llegase hasta mí.
Vale que ese hombre es Gabriel Visconti y que dudo que un muro de acero de tres metros de ancho fuera capaz de detenerlo, pero aun así.
Entra en el despacho. Se ríe de las fotos que tengo enmarcadas en la estantería, en las que se me ve cortando cintas y sosteniendo cheques gigantes, y agarra la botella de whisky .
—¿Quieres un poco de proteína en polvo para acompañarlo?
—Ya me he tomado tres batidos hoy. —Agarra un vaso y me mira con los ojos entrecerrados—. ¿Dónde te metiste anoche? Si siempre eres la estrella del baile.
«Me pasé las horas respondiendo correos electrónicos desde el móvil con la banda sonora de los ronquidos de Penélope».
Finjo aburrimiento.
—Ahora os veo a todas horas. Además, a Benny apenas le quedan dedos, y ya me estoy cansando de ver cómo se los rompes.
—Ojalá pudiera decir lo mismo de mi mujer.
—Miro por encima del hombro de Gabe para descubrir la presencia de Angelo en el pasillo.
Con una expresión de ligero desagrado, pasa por encima de las piernas de mis guardias caídos y cierra la puerta con un golpe de talón—. Gabe la ha convertido al sadismo.
—Esa chica siempre ha sido una sádica —opina nuestro hermano, que procede a beberse la copa de un trago.
Angelo lo mira y yo me limpio la sonrisa de la cara con el dorso de la mano.
—¿A qué debo el placer, hermanos?
Angelo se tira de las perneras hacia arriba para sentarse en el sillón orejero que tengo en frente. Me mira a los ojos, en los que detecto irritación.
—Te has olvidado de que teníamos una reunión hoy.
Es verdad. Supongo que me distrajo el recuerdo de Penélope clavándome los dientes en el bíceps mientras se corría contra mi pierna.
«Mierda». He estado tan centrado en Penélope que me avergüenza admitir que no he pensado ni un poco en la guerra con el clan del Cove.
Si he de ser sincero, incluso olvidé la existencia de Dante.
Las últimas noticias que tengo es que Angelo y Cas solicitaron reunirse con Dante en el Hollow un par de días después de la explosión.
Él se presentó en casa de Cas con un cuerpo de seguridad y se sentó a la cabecera de la mesa tan manso como un pajarillo.
Un auténtico gen de sangre caliente habría asumido la responsabilidad del ataque, pero Dante no.
Puto imbécil. Una cama bien hecha tiene más de mafioso que él.
—¿Yo? Jamás —digo con parsimonia, y me reclino en la silla con una sonrisita perezosa. Después me dirijo a Gabe—: ¿Qué tal va la partida de ajedrez?
Su mirada me dice todo lo que tengo que saber. Es perversa y peligrosa, y me pregunto cuántos hombres se han meado encima al sentirla sobre ellos. Se saca un mechero del bolsillo y, con un gesto de la muñeca, enciende la llama.
—Agujas en el cuello. Ataques al corazón. Frenos cortados.
Asiento lentamente y no dejo de mirar la llama que danza bajo su barbilla y que emite sombras sobre los rasgos de su cara. No me parecería impropio de mi hermano prenderle fuego a mi despacho, solo para echarse unas risas.
—Lo veo productivo.
La llama se apaga y vuelve a hundir la mirada ardiente de mi hermano en la oscuridad. Planta las palmas de las manos sobre mi escritorio con tal ímpetu que me tira la mitad del whisky que me quedaba en el vaso.
—Es un juego de niños. No aguanto más. Estoy perdiendo la cabeza. Necesito más, necesito algo... —Suelta un resoplido grave—. Algo que me sirva para acallarlo todo.
«¿Cómo ha dicho?».
Aún estupefacto por ese estallido, le lanzo una mirada a Angelo, que se limita a poner los ojos en blanco con expresión aburrida. Me da la impresión de que no es la primera vez que oye esta cantinela.
Por lo que sea, creo que es preferible cambiar de tema.
—Bueno, yo aún no he tenido noticias de Tor.
Ahora es Angelo el que me mira fijamente, con los ojos muy oscuros.
—Ya. Dante tampoco.
Se me tensa la columna vertebral por sí sola.
—¿Qué dices?
—Lo que oyes. No volvió al Cove después de la explosión. He llamado a Donatello, pero él tampoco ha tenido noticias suyas.
«Hostia». Sus palabras se me clavan en el pecho y me impulsan contra el respaldo de la silla. Habría apostado los dos yates a que Tor no habría elegido a Dante por encima de nosotros. Pero esto de desaparecer... No lo sé. Me parece incluso peor.
Tres fuertes golpes en la puerta me interrumpen el pensamiento. La pistola de Gabe sale volando de la cinturilla de su pantalón, y el ruido es tan ensordecedor que incluso Angelo hace amago de sacar la suya.
—Tranquilos —suspiro—. Por si no os habéis dado cuenta, estamos en un yate en medio del océano Pacífico. La única amenaza a la que nos enfrentamos aquí es una indigestión. —Señalo la puerta con la barbilla—. Adelante.
Griffin entra en mi despacho y solo con verlo caminar ya auguro que trae malas noticias.
Es viejo y calvo y ha visto demasiadas cosas desagradables en este mundo como para que casi nada lo haga apresurarse.
Verlo avanzar tan deprisa me provoca un pinchazo en la nuca, y de pronto me pongo en pie para echar mano de mi arma yo también.
Se detiene detrás de Angelo.
—Hay una emergencia.
Gabe retira el seguro.
—Me la pido.
Griffin mira a ambos lados con desagrado.
—Esto no os concierne, ni a vosotros ni a vuestros matones. —Vuelve a mirarme y añade—: Se ha producido un ataque en el Lucky Cat.
Se me sobresalta el corazón al oírlo pronunciar el nombre de mi casino de Las Vegas. Tomo una bocanada de aire con sabor a whisky , apoyo las palmas de las manos sobre la mesa y suelto entre dientes:
—Voy a necesitar un poco más de información.
—Una furgoneta blindada se estrelló contra el vestíbulo y sus ocupantes desplumaron todos los cajeros automáticos en menos de dos minutos. Se llevaron unos seis millones en efectivo, por lo que parece.
—¿Ah, sí? Y ¿dónde se habían metido tus hombres? —gruñe Gabe.
Angelo suelta un silbido.
—¿Quién puede ser tan imbécil?
Griffin decide ignorar a mi hermano, el insolente.