22. Penny #2
Pierdo la sensación en todo el cuerpo. Me yergo lo justo como para lanzar la tarjeta de crédito al asiento del copiloto, no pienso olvidar ese número pin, y me vuelvo a sentar en su regazo.
Se me queda mirando, a la espera. Tardo tres respiraciones agitadas en encontrar el valor suficiente como para quitarme el sujetador.
Se lo tiro a la cara, y cuando una de las copas de encaje se le desliza por la barbilla, veo que exhala lentamente.
En sus hombros crece la tensión mientras contempla mis pechos desnudos con hambre en la mirada.
Con cada centímetro que recorre, siento que me pesan un poco más, que están cada vez más sensibles con cada impacto de su respiración.
Ladea la cabeza. Tensa los bíceps para recolocar las manos detrás de la cabeza.
Asiente.
—Continúa.
Con el coño latiéndome de excitación, me echo hacia atrás para agarrarme a sus rodillas y así poder volver a deslizarme hacia delante, prendiendo un reguero de éxtasis por su muslo a mi paso.
Evidentemente, nunca me había frotado así con ninguno de los clientes del club de estriptis.
Habría preferido contraer la peste antes de entrar en una sala VIP y tomar parte en ninguna de esas... actividades fuera de carta.
Sin embargo, Raphael no es un cliente cualquiera, y yo ya no soy estríper. Resulta innegable que hay algo entre nosotros, sea lo que sea. Es algo inflamable, y seguro que si le acercamos una cerilla volará en pedazos.
El siguiente movimiento de cadera me provoca otro gemido en lo más hondo de mi ser. Raphael entrecierra los ojos y se le tensa la mandíbula al percatarse de algo.
—¿Estás húmeda, Penélope?
Asiento, abochornada.
Desliza la mirada hacia el punto en el que mi tanga confluye con sus pantalones.
—Apártate la ropa interior. Déjame un recuerdo de este momento.
El subidón que me está provocando la fricción es demasiado intenso como para negarme. Me aparto las bragas y me regodeo en el calor de la fascinación que le veo en la mirada mientras me restriego contra su muslo.
La presión que siento entre las piernas no hace más que incrementar su intensidad con cada movimiento, con cada roce del bulto de Raphael contra la parte superior de mi clítoris.
—Joder —me susurra al oído cuando deslizo las manos por el hueco de sus codos y me agarro del reposacabezas para colocarme mejor—. ¿En serio vas a correrte encima de mí?
«¿Qué clase de pregunta es esa?». A lo mejor sería capaz de descifrar el tono con el que la ha planteado si no tuviera el pulso retumbándome en los oídos; si mi cuerpo no estuviese gritando la necesidad de descargar la presión.
Estoy cachonda, desesperada, llena de vapor y de pensamientos depravados.
No cuento con la capacidad para responder a esa pregunta, eso por descontado.
Cedo al movimiento inesperado que siento bajo el clítoris y le hinco los dientes en el bíceps para dar rienda suelta al orgasmo que me lame el cuerpo como un incendio forestal.
Después de unos segundos llenos de estrellitas, el subidón se asienta a mi alrededor como el polvo. Me derrito sobre su pecho, una tormenta frente a su calma, un fuego frente a su hielo, para recuperar el aliento.
Cuando voy recuperando la compostura poco a poco, me doy cuenta de que no se ha movido. Ni ha respirado. Con incomodidad y sintiendo las ardientes ascuas de la vergüenza en la garganta, me aparto de él y lo miro a los ojos.
No muestran ninguna expresión. Su color no se modifica en lo más mínimo, ni siquiera cuando me tiende mi sujetador. Ni cuando me deja la camiseta sobre el regazo. Me la pongo con el corazón desbocado, aunque ahora por otro motivo muy distinto.
Siento que los nervios me pinzan la piel mientras me vuelvo a colocar en el asiento del acompañante y me empiezo a poner los vaqueros y los zapatos con incomodidad.
Él se me queda mirando.
—¿Qué? —susurro. Ojalá esa pregunta no me hiciese sonar tan vulnerable.
Sin mediar palabra, me vuelve a colocar su americana sobre las piernas y devuelve la atención a la lluvia que cae sin cesar sobre el parabrisas. El coche recobra vida, los faros emiten una luz ambarina entre los fragmentos de agua y una canción navideña, muy alegre, llena el ambiente.
Me quedo mirando la guantera, con una densidad nueva en la garganta, incapaz de ignorar el pánico que se me instala en el corazón como un ancla.
Ya había estado en una situación similar; dos veces.
Solo me he acostado con dos hombres y los dos me engañaron.
Se rieron cuando los insulté, se inclinaron por encima de la mesa y fingieron un interés que no sentían cuando, con dos copas de vino encima, se me soltó la lengua y se me desmontaron las defensas.
En ambas ocasiones, les dejé que me follaran sin miramientos en el asiento trasero de su coche, y no volví a saber más de ellos.
Y aquí estoy otra vez, sentada en silencio, encogida en el asiento del copiloto. Me resulta demasiado familiar.
Sin embargo, una mano cálida y firme se me posa en el muslo por debajo de la americana. Miro a Raphael, pero él no aparta la vista del hueco que queda entre los limpiaparabrisas y se centra en manejar el volante con la palma de la otra mano.
—Si se te ocurre desnudarte para otro hombre, morirá atropellado.
Siento calor en un lado de la cara y, cuando me giro para buscar la oscuridad, percibo el aroma a cuero y a hombre.
De pronto se me hielan las venas y el instinto me obliga a erguirme de un salto.
Miro con ojos desenfocados los bajos rayos del sol que se cuelan por el parabrisas.
Estamos aparcados delante de mi apartamento.
Es pronto; se nota por la escarcha que cubre los Papás Noel y por cómo tiemblan los dueños de las tiendas que aguardan a que se abran las persianas automáticas.
«¿He pasado la noche en el coche de Raphael?
Mierda». Giro la cabeza, que me duele bastante, para encontrarlo en el asiento del conductor, respondiendo a un correo electrónico desde el móvil.
No se ha cambiado de ropa, sigue con los mismos pantalones y la misma camisa que llevaba anoche.
A la fría luz del día, la tinta que le cubre los brazos parece demasiado real. Siniestra.
—¿Por qué no me despertaste? —susurro mientras me paso una mano por el pelo.
Él no alza la mirada de su teléfono.
—Ojalá lo hubiera hecho, porque roncas como un burro.
—Qué va.
Suelta una carcajada fácil, deja el móvil en el posavasos y me dedica una sonrisa suave.
—¿Te sonrojas así por todo? —Antes de que le pueda responder, estira una mano y me pasa el pulgar por el hoyuelo que tengo en la barbilla—. Tranquila. Te quedaste dormida y consideré que, si descansabas bien al menos una noche, después no la liarías tanto en el trabajo.
Me sostiene la mirada durante un rato antes de inclinarse hacia mí para abrirme la puerta.
—Ahora lárgate antes de que te arranque las amígdalas con mis propias manos.