Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 22. Penny
72%

22. Penny

Penny

Parpadeo.

—¿Cómo?

—Que me lo demuestres —repite, impertérrito.

Me atraviesa un escalofrío. A pesar de que en su expresión no hay ni un ápice de humor, no puede estar hablando en serio. ¿Pretende que le haga un estriptis?

Es otro juego. Igual que cuando me encerró en la cabina de teléfono con su envergadura eclipsante y sus amenazas sedosas, con esta artimaña pretende amilanarme. Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta, estiro la espalda y le clavo la mejor mirada de indiferencia que puedo.

—Estás comiendo.

Baja la ventanilla y lanza la hamburguesa hacia la noche.

Vuelvo a tragar saliva.

—¿Aquí?

Asiente.

—Pero si no hay sitio.

Sin decir ni una palabra, mete la mano en el hueco que hay al lado del asiento y lo echa hacia atrás para ganar espacio entre sus rodillas y el volante.

Lo bastante grande como para que me ponga a menear las caderas en él.

Me tiembla el aliento y de pronto percibo una erupción de mariposas en mi barriga.

Joder, ojalá los mafiosos tuviesen coches más pequeños, como un Smart o un Mini Cooper.

—No te va a salir gratis.

Vuelve a quedarse mirándome en silencio.

Desliza la mano en el compartimento de la puerta y tira un fajo de dinero sobre mis patatas fritas.

Observo el montón de billetes de cien dólares agarrados con una goma elástica.

Madre mía, aquí hay por lo menos mil pavos, mucho más de lo que podría haber soñado ganar en una sola noche, y mucho menos por un solo baile.

Sin embargo, este no es un baile cualquiera, ni un hombre cualquiera.

Aprieto la mandíbula, cuadro los hombros y lo miro a la cara.

—¿Va en serio?

—Y tanto.

La calefacción del coche ronronea. Wham! canta algo sobre las Navidades pasadas por la radio. Me seco el sudor de las manos en la americana de Raphael e intento no desmayarme.

La lluvia impacta contra las ventanillas con más fuerza que nunca, pero seguro que no tanto como mi corazón. Cada latido que suena dentro de mi pecho emite un estallido que me recorre el sistema nervioso y crea una réplica exacta en mi clítoris.

Preferiría sacarme los ojos a perder contra Raphael, así que supongo que no me queda más remedio que seguirle el juego.

—Vale. —Esa palabra se me desliza entre los labios y eclosiona en el espacio que nos separa.

El clic que emite mi cinturón de seguridad al desabrocharse me recuerda que ya no hay vuelta atrás, a no ser que Raphael admita que estaba de broma.

Sin embargo, la tensión que le restalla por todo el cuerpo me indica que eso no tiene pinta de suceder—. Sin tocar.

Cuando tiro mi cena y su americana al asiento de atrás para incorporarme, veo que aprieta los puños sobre sus muslos.

—Conozco las reglas de las estríperes, Penélope.

No me cabe duda. No creo que sea la primera vez que una estríper le baila en el regazo, pero eso no impide que me invada una oleada de celos. Ni tampoco que lo pise sin querer al colocarme encima de él.

Suelta un siseo, que yo percibo en toda la longitud de mi columna vertebral.

Aunque la idea de quitarme la ropa empapada para Raphael a tan pocos centímetros de su cuerpo me embriaga, tengo la cabeza lo bastante fría como para ponerme de espaldas a él.

Si tuviera que ver cómo me recorre el cuerpo con la mirada, no sé si sería capaz de sobrevivir.

Me agarro al volante con una mano y subo el volumen de la radio con la otra.

—Para bailar se necesita música —susurro.

Cuando la melodía llena el ambiente, Raphael deja ir un suspiro divertido. Sé por qué. Driving Home for Christmas no es que sea un éxito de los clubes de estriptis.

Sabiendo que no puedo retrasarlo más, me centro en el vaho que entela el parabrisas y desciendo hasta que noto que tengo los muslos en contacto con el regazo de Raphael.

Cuando deslizo el culo hacia delante, hacia sus rodillas, siento el roce de mis vaqueros contra la lana cara de sus pantalones de traje y enarco la espalda.

A pesar de que me tiemblan las manos, me deslizo la camiseta por la cabeza con la fluidez de la mantequilla derretida. Siento que los muslos que tengo debajo de mi cuerpo se tensan, y el suave siseo que se le escapa a Raphael me pone los pezones duros.

Espoleada por el calor de una mirada impaciente sobre mi espalda, levanto el culo del regazo de Raphael con un movimiento lento y sensual.

Las reservas que tenía respecto a mirarlo se ven sobrepasadas por un cóctel vertiginoso de lujuria y adrenalina y, de pronto, necesito ver la expresión que tiene en la cara.

Miro por encima del hombro y cuando mis ojos se topan con los suyos, me olvido de respirar.

Tiene la mandíbula tensa y el cuerpo rígido, como si no se atreviera a mover ni un músculo.

El peligro que le baila en los ojos me excita y me asusta al mismo tiempo; no hay ni un ápice de esa fachada caballerosa en esos iris. Ya no.

Respiro para calmarme y no le quito los ojos de encima cuando empiezo a deslizarme los vaqueros por las caderas. Su mirada sigue cada movimiento de mi cuerpo, hasta los tobillos, y después vuelve a subir por los muslos hasta llegar al hilo negro de mi tanga.

Me descalzo y tiro los zapatos y los pantalones entre los pedales del coche para después volver a descender hacia su regazo.

Ahora siento el roce de sus muslos contra la piel desnuda, y esa cálida y suave tela me acaricia las zonas más sensibles del cuerpo de tal forma que se me hace la boca agua y me tiembla el bajo vientre.

Es tan animal, tan poco caballeroso, que anhelo oírlo de nuevo.

Por eso me deslizo un poco más hacia atrás, hasta que la punta de su polla hinchada se cuela entre mis nalgas.

«Joder. La tiene dura. La tiene muy dura».

Al percatarme de eso siento una corriente eléctrica en el centro de mi ser y un calor húmedo en el forro de mis bragas.

«Me estoy volviendo loca». Se me acelera el corazón y me deslizo sobre la erección de Raphael con cada movimiento de la cadera.

Podría ahogarme en el sonido de su respiración entrecortada; hundirme en la dureza de sus músculos.

Siento que un dedo rugoso se cuela bajo la tira de mi tanga. El chasquido que provoca y el escozor que siento donde me impacta la goma me provocan un gemido.

—Ya sabía yo que tus bragas iban a ser ridículas —gruñe.

Ahogo un grito, miro al techo y dejo que se me cierren los ojos.

—Creía que habías dicho que conocías las reglas de las estríperes. Deberías saber que tocar conlleva una multa.

Una brisa fresca me roza la oreja y, cuando abro los ojos, veo que otro fajo de billetes impacta contra el parabrisas y cae sobre el salpicadero.

Siento el movimiento de los músculos bajo mi cuerpo, y entonces, un aliento cálido y áspero me acaricia la garganta.

—Date la vuelta, Penélope.

No tengo aliento suficiente como para elaborar una respuesta ingeniosa, así que me yergo sobre mis piernas temblorosas y me giro de cara a él.

No estoy preparada para comprobar cómo me mira.

Sus pupilas destilan tal intensidad que casi me violenta.

Su mirada me quema el cuerpo cuando recorre el sendero que va desde mi cadera hasta mi bajo vientre.

—Preciosa —murmura, más para sí mismo que para mí, pero, aun así, me estremezco bajo el peso de sus palabras.

«Raphael Visconti cree que soy preciosa».

Me asola una oleada de confianza que me marea, por lo que me agarro a su reposacabezas y desciendo lentamente hacia su regazo.

No obstante, no sale como yo esperaba; me tropiezo con uno de mis zapatos descarriados y me caigo de espaldas contra el volante.

Suelto un alarido cuando oigo el ruido del claxon, pero Raphael se inclina para agarrarme antes de que me vuelva a caer.

Unas manos grandes, calientes y avariciosas se deslizan por mi espalda para sujetarme.

Una cabellera negra me hace cosquillas en la garganta y una carcajada se desliza por mi escote y me provoca dolor en los pezones.

La broma que suelta Raphael me vibra contra la clavícula e incendia todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.

—Estoy empezando a pensar que quizá te he pagado demasiado.

—Sin reembolso —le susurro, con una sonrisa danzando en mis labios al restregar el clítoris contra su polla palpitante. Dios, está tan caliente y tan dura que sé que me podría correr con mucho menos.

La parte más lasciva de mi mente empieza a imaginar, pero los dedos que se me cuelan entre la goma del sujetador me devuelven a la tierra.

Raphael me mira entre esas densas pestañas suyas.

—Quítatelo.

—Eso se paga aparte.

El chasquido que provoca cuando saca el pulgar de debajo de la goma me arquea la espalda de placer. Con la mandíbula apretada, me recorre la mirada por la garganta y vuelve a subir hacia mis labios abiertos.

—Pues ya te lo quito yo.

—Eso cuesta más aún.

Otra vez ese gruñido animal; se me tensa el coño a su alrededor y, joder, cuánto me gustaría que fuese tangible. Hundo los dedos en el reposacabezas y siento unas cuantas respiraciones entrecortadas sobre el pecho. Alzo la mirada entrecerrada al techo y siento un peso repentino sobre el regazo.

Me muerdo el labio inferior para contener una sonrisa porque ya estoy familiarizada con el peso de su dinero.

—Con eso no basta.

Otro golpe sordo, más fuerte que el anterior, sobre mi vientre. Niego con la cabeza.

—Ni por asomo...

Mi fanfarronería queda ahogada cuando los gruesos dedos de Raphael me agarran del pelo de la nuca y tiran hasta dejarme mirando hacia el techo. Abro la boca para protestar, pero de pronto siento que en ella se me cuela algo frío y suave.

Al principio, creo que es una carta de la baraja, pero al sacarla compruebo que se trata de una tarjeta de crédito negra.

Miro a Raphael a los ojos.

—El código pin es cuatro, ocho, cuatro, dos —dice sin alterarse. Entrelaza los dedos detrás de la cabeza y se recuesta en el asiento. Su mirada destella como un cartel de peligro—. Ahora, quítatelo.