21. Penny #4
—A mis padres los mataron de noche. —Miro el reloj que hay en el salpicadero—. A las cuatro menos veinte de la madrugada, para ser exactos. Es una hora a la que uno debería estar despierto y alerta, no dormido.
Asiente lentamente. No soy capaz de leer la expresión que se le pinta en la cara, incluso agudizando la vista, pero de lo que estoy segura es de que no le sorprende.
Supongo que habrá investigado mi pasado antes de ofrecerme un empleo, y, además, los hombres de su calaña consideran la muerte como parte del mobiliario; un elemento que siempre está presente y que es fácil de obviar.
—¿Y no puedes estar despierta en tu apartamento?
—No.
Le brilla la irritación en la mirada.
—No eres inmune a los secuestros, Penélope.
Veo que volvemos a decir mi nombre así.
Al menos hemos desviado la conversación del tema de mis padres. Bebo un sorbo del batido y me encojo de hombros.
—No te olvides de que soy una chica con suerte. Te lo demostré en la cabina de teléfono.
—No tienes suerte —me suelta.
En vez de salirle con un comentario como respuesta, rebusco en los bolsillos de su americana y encuentro una moneda. La sostengo entre ambos mientras se me dibuja una lenta sonrisa en los labios.
—¿Cara o cruz?
Suspira, se apoya en el reposabrazos y oculta el interés tras los nudillos.
—A ver, ¿qué apostamos?
—Si ganas, te devuelvo el reloj. —Le paso la muñeca por delante de la cara y el reloj se desliza sobre mi piel—. Si gano, te tienes que comer la hamburguesa.
—Cara.
Impulso la moneda con el pulgar y observo cómo da vueltas en el aire hasta caer sobre el reposabrazos central. Miro el resultado y me río. Le lanzo la bolsa grasienta al regazo.
— Bon appétit .
Él frunce el ceño. Desenvuelve la hamburguesa con las puntas de los dedos, pero entonces me percato de que me ha salido el tiro por la culata, porque cuando agarra la hamburguesa con ambas manos y me clava la mirada en toda el alma al darle un mordisco de dimensiones ridículamente grandes, siento que una lujuria ardiente y punzante se me fija en la boca del estómago y me crepita en el clítoris.
Dios mío, si no es más que una hamburguesa. Sin embargo, al ver lo pequeña que parece entre sus manos, ver sus antebrazos tatuados tensándose y la forma primitiva en la que hunde los dientes en el pan, me hace pensar en qué más cosas comerá de esa manera.
Con la cabeza medio volando, abro la ventanilla y me giro ligeramente para respirar hondo. Estoy a punto de repetir la maniobra cuando siento el calor de una mano que se cuela debajo de la chaqueta para agarrarme el muslo y vaciarme los pulmones.
«Pero ¿qué...?».
Bajo la mirada para descubrir que el libro se está deslizando hacia el reposabrazos central. Raphael lo abre, le arranca una página y la usa para limpiarse la boca.
Me quedo boquiabierta.
—Eso...
—¿Sí?
—Eso es un libro.
—Soy consciente, Penélope. —Arruga la página y la tira dentro de la bolsa de la comida. Cuando mi mandíbula no recupera su posición original, me ofrece un gesto de indiferencia con los hombros y se mete una patata frita en la boca, entera.
—No me pareció que fueras a devolverlo.
Entrecierro los ojos.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Porque pone que es «Propiedad de la Biblioteca Pública de Atlantic City» en el lomo.
Ah, sí, es verdad.
—¿Para qué lees esas mierdas? ¿Quieres trabajar en una empresa de informática?
—No creo.
—¿No crees?
No sé por qué he elegido contestar la verdad en vez de ofrecerle un comentario sarcástico, porque los neandertales que tratan los libros como meros objetos no merecen ni un gramo de honestidad.
—Es un... juego.
Suelta una risotada grave.
—No me sorprende.
—Entro en la biblioteca, cierro los ojos y elijo un libro para dummies al azar —continúo, sin hacerle ni caso—. Y caiga donde caiga mi mano, ese libro me lo tengo que leer.
—¿Por qué?
—Porque, como ya te he dicho, estoy intentando reconducir mi vida —digo con exasperación en la voz.
Bajo el calor de su mirada curiosa, me aliso la camiseta y respiro hondo—.
Ando en busca de algo que me interese. Algo en lo que pueda labrarme un porvenir.
—Lo miro de lado—. No quiero pasarme la vida entera trabajando para ti.
Se le acumula la risa debajo de la lengua, pero aprieta los labios para intentar aplastarla. Con el siguiente mordisco que le da a la hamburguesa, a mí me provoca otro calentón.
—¿Por qué crees que vas a encontrar una carrera profesional en un libro para dummies ?
—Son ilusiones, más que nada —admito—. He probado otros empleos, pero aún no he dado en el clavo.
—¿Como cuáles?
—Pues he trabajado en una ventanilla de autoservicio, de dependienta en un centro comercial, de estríper, de recepcionista...
Dejo de hablar cuando siento que el antebrazo de Raphael se tensa al lado del mío.
—Estríper.
Lo dice con un tono de voz tranquilo. Demasiado para mi gusto. No es más que una palabra, tres sílabas de nada, pero me permea la piel y me cristaliza la sangre. Me resulta casi imposible fingir indiferencia cuando alzo la vista para mirarlo a los ojos, pero eso no significa que no lo intente.
—Sí.
La oscuridad que le roza las paredes de los iris resulta inquietante.
—Fuiste estríper.
Esta vez no puedo más que asentir con la cabeza.
Percibo que algo preocupante le atraviesa la mirada como un destello. Se pasa los dientes por el labio inferior y alza los ojos hacia el techo del coche.
Cuando vuelve a mirarme, tiene los ojos más negros que un vertido de petróleo, e igual de peligrosos.
—¿Se te daba bien? —me pregunta tenso.
Aprieto la mandíbula como signo de desafío.
—Sí.
Él suelta un resoplido perverso. Se recuesta en ese asiento tan enorme, se acaricia la mandíbula y me recorre el cuerpo con esos ojos que todo lo ven.
Cuando vuelve a fijar la mirada en mi cara, tengo todas las terminaciones nerviosas a flor de piel y los pulmones apenas siguen el ritmo de mi respiración entrecortada..
—Demuéstramelo.