Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 21. Penny #3
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21. Penny #3

Suspiro y comienzo a caminar por el suelo ajedrezado. Varios pares de ojos me siguen, pero solo durante un rato, porque después se centran en el caballero de metro noventa y tres que tengo detrás.

Solo con mirar por encima de mi hombro puedo comprobar que jamás había pisado este local. O probablemente ningún establecimiento que sirve la comida en bandejas de plástico. Se queda parado en el felpudo, con las manos en los bolsillos, observando su entorno con una diversión mal contenida.

Una chica rubia sale de detrás del mostrador y me mira con los ojos muy abiertos.

—¡Hola! Me llamo Libby y soy vuestra camarera. —Se dirige a mí, pero tiene el cuerpo mirando hacia el capullo que tengo al lado—. ¿Vais a comer aquí o queréis coger algo para llevar?

—Comeremos...

Sin embargo, Raphael no me deja terminar antes de soltar una orden sedosa.

—Para llevar.

Siento que se me tensa la mandíbula a causa de la irritación, y de pronto noto una sensación de peligro en el pecho.

Comer aquí me parece más... seguro. Las potentes luces y la gente y las cámaras de seguridad evitan que pasen cosas malas.

Tanto el instinto como el deseo de supervivencia me dicen que no debería desaparecer en la penumbra con Raphael Visconti, aunque la excitación nerviosa que siento me suplique lo contrario.

—Pues que sea para llevar —suelto entre dientes.

Libby toquetea varias teclas en el ordenador.

—Y ¿qué os apetece tomar?

Recito el pedido que llevo repitiendo casi a diario desde que regresé a Devil’s Coast. La camarera traga saliva y alza la mirada antes de decir:

—¿Y para usted, señor Visconti?

—Nada, muchas graci...

—Para él la hamburguesa con queso doble, con patatas y bebida. Con extra de beicon y extra de queso. —Me muerdo el labio mientras pienso y repaso la carta retroiluminada que tiene Libby sobre la cabeza—. Y un batido de chocolate. Extragrande.

Un gruñido me roza la nuca y me hace sonreír.

—Eeeh, vale... —Vuelve a teclear, después me dice cuánto costará todo y yo me doy la vuelta para dejar la espalda apoyada contra el mostrador. Raphael me mira el escote, que emerge del hueco de mi abrigo empapado, y después se centra en mi dulce sonrisa.

—¿Sí?

—Saca la pasta, papaíto.

Conteniendo una sonrisa, se saca la cartera. Me roza el brazo con el suyo al lanzar unos cuantos billetes sobre el mostrador.

—Más impuestos.

—Ah, no, señor, la cuenta ya cubre los impuestos...

—Más impuestos —repito, sin apartar la mirada de Raphael.

Con un lento movimiento negativo de la cabeza, planta otros veinte dólares sobre el mostrador.

—Más propina.

—Pero si esto ya cubre más que de sobra...

—No te preocupes, Libby —digo alegremente—. El señor Visconti es asquerosamente rico.

Siento una gran satisfacción en el estómago, en parte porque disfruto del más mínimo triunfo sobre Raphael y en parte porque la risa que se le escapa de los labios y flota por encima del mostrador es tan grave como auténtica.

Nos llega la comanda en una bolsa de papel con manchas de grasa, y Raphael la coge como si estuviese llena de caca de un perro que no es suyo.

Cuando la campanita de la puerta vuelve a repicar sobre nuestras cabezas, se oye un abrupto «¡Esperad!» desde el otro lado del local que me hace volver la cabeza.

Una camarera se me acerca a toda velocidad. Deja la cafetera sobre una mesa y me coge del brazo con ternura.

—¿Estás bien, cielo?

Parpadeo.

—¿Qué? Ah, sí. No me ha secuestrado, tranquila...

Su risa nerviosa y la mirada llena de sospecha que le dedica a Raphael me dejan con la palabra en la boca.

—No lo digo por eso. Es que hace un par de noches te fuiste a toda velocidad, como si te encontrases mal. —Mira por encima del hombro y baja la voz—. No te habrá sentado mal algo que has comido aquí, ¿verdad?

Entonces caigo en la cuenta de lo que me está hablando. El jueves por la noche, cuando entraron aquellas chicas borrachas y yo me percaté de que mi venganza flambeada fue el peor error de mi vida.

Aún puedo enfocar la sonrisa de la camarera, pero las baldosas y los sofás rojos empiezan a dar vueltas.

Siempre me pasa lo mismo. Cojo las cosas malas que me suceden en la vida, como las preocupaciones, el miedo o los traumas, y los aplasto hasta que quedan reducidos a un paquete muy compacto, que procedo a guardar en una parte tan profunda de mi ser que se me olvida su existencia.

Después asoman sus feas cabezas cuando veo las noticias o si me quedo sola con mis pensamientos demasiado tiempo.

Siento que una mano fuerte me agarra por la cintura y que una voz grave y sedosa me acaricia la oreja.

—¿Te encuentras bien, Penny?

«Penny». Me obsesionaría con que Raphael me haya llamado por un nombre que no es Penélope y sin ese tonito condescendiente suyo si no tuviese una ola de pánico escalándome por la garganta.

Me la trago, fuerzo una sonrisa y una mentira para acompañarla.

—Estaba un poco pachucha, nada más.

Raphael me quema la mejilla con sus ojos entrecerrados mientras me sostiene la puerta abierta.

Me martillea el corazón solo de pensar en la amenaza de interrogatorio que me espera en ese coche cuyo interior huele a loción para después del afeitado, pero al final él se limita a sentarse en el asiento del conductor con aire indiferente y a ponerme la bolsa de comida sobre el regazo.

—¡Oye, cuidado con el libro!

Mira el lomo de color amarillo canario y pone el coche en marcha.

— HTML para dummies —comenta—. Según tengo entendido, es una de las mejores obras de Shakespeare.

Contengo una respuesta ácida y miro por la ventanilla entelada cómo va desapareciendo la calle Mayor. El cartel de The Rusty Anchor destella hacia la izquierda, y después nos volvemos a dirigir hacia la carretera donde me encontró Raphael.

Siento un pinchazo bajo la piel.

—¿Adónde vamos?

Me mira con un punto de diversión en las pupilas.

—A un sitio donde nadie te oiga gritar.

«Ah». Aun sabiendo, o más bien intuyendo, que no es algo más que una broma macabra, se me encoge la garganta.

Se instala un silencio tenso en el coche durante unos minutos.

La bolsa que llevo sobre el regazo emana un delicioso aroma a comida grasienta.

La radio emite una de esas canciones navideñas tan pegadizas que suelen poner a todas horas en estas fechas, y Raphael tamborilea con sus gruesos dedos sobre el volante al ritmo de la música.

Al fin, nos detenemos enfrente de la antigua iglesia que hay en lo alto del acantilado. Ha arreciado la lluvia, y no se ve nada por el parabrisas. Raphael apaga el motor y el silencio repentino me hace pitar los oídos.

Carraspeo. Me deslizo un poco hacia la puerta.

Con un rápido vistazo a mis piernas, Raphael se quita la chaqueta, me coge la bolsa de papel del regazo y me cubre con la prenda.

Cuando me roza los muslos con su cálida mano siento como si me atravesase una corriente de electricidad estática que me deja sin respiración.

—Quítate el abrigo, está húmedo.

Hago lo que me pide. Él lo tira al asiento de atrás antes de volver a encender el motor para poner la calefacción.

Resulta evidente que achaca mi malestar a estar atrapada en un coche con él a baja temperatura.

La verdad es que tengo de todo menos frío.

A pesar de que estoy calada hasta las bragas, me siento arder.

Y mi sangre no hace más que caldearse cuando Raphael se desabrocha el cinturón de seguridad y ladea el cuerpo para prestarme toda su atención.

El peso de su mirada se hunde en mi mejilla. Para intentar que no me doblegue, desenvuelvo la hamburguesa y le doy un mordisco. Me baja un reguero de kétchup por la barbilla y cae con un plop sobre el envoltorio.

Raphael suelta una carcajada.

—Tienes la cara sucísima. —Alza una mano y durante un momento completamente ridículo creo que me la va a limpiar.

Sin embargo, como era de esperar, no es así. Dios, ¿por qué iba a hacerlo? Simplemente pone el codo en el reposabrazos y se pasa dos dedos por los labios.

A pesar de que ha sido una estupidez creer que iba a tocarme, que no lo haya hecho me provoca un escalofrío de decepción en la espalda. Lidio con ella de la única forma que sé: comportándome como una capulla.

Rebusco en su chaqueta y saco el pañuelo de seda que lleva en el bolsillo de la pechera para limpiarme la boca con él.

—Gracias.

La mueca que se le pinta en la boca consigue que el mundo vuelva a ser como debe.

—¿No tienes hambre?

Me mira como si le hubiese propuesto salir a bailar bajo la lluvia, desnudos.

—¿Te parece que pueda comer esa porquería?

Automáticamente, bajo la mirada hacia los abdominales que medio esconde su camisa mojada y aparto los pensamientos intrusivos que se me agolpan en la mente con un mordisco extragrande de hamburguesa. «Ni de coña».

—Entonces ¿de qué te alimentas? ¿Desayunas la sangre de cuarenta vírgenes cada mañana o algo?

Sonríe.

—O algo.

—Siempre sospeché que eras un vampiro.

Me vuelve a recorrer las piernas con la mirada y añade algo que me detiene el corazón.

—Tengo una pregunta.

Dejo de masticar. Miro hacia la manilla de la puerta, pero justo entonces oigo un clic que la cierra, como si Raphael pudiese leerme la mente. Dirige su atención al parabrisas, se recuesta en el asiento y se pasa la mano por la garganta.

—¿Por qué no duermes por las noches?

Se me cae la hamburguesa en el regazo con un ruido sordo.

—A lo mejor es que yo también soy una vampira.

—Penélope.

Su voz rodea mi nombre como un abrazo y me obliga a cerrar los ojos. Está cargada de la tormenta perfecta de impaciencia y suavidad, y supongo que por eso precisamente se me escurre la verdad entre los labios.

—Por la noche pasan cosas malas —susurro.

Se le tensa la mandíbula, pero no me mira.

—¿Como cuáles?

«Como que un hombre adulto me arrastre a un callejón oscuro y me levante el vestido». Decido dar otro ejemplo, uno que duela menos.