Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 21. Penny #2
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21. Penny #2

—Penélope, mides metro y medio y seguramente no sepas dar un puñetazo ni aunque te vaya la vida en ello. Sube a mi coche antes de que te eche sobre mi hombro y te dé unos azotes en el culo por haber tenido que mojarme por tu culpa. —Una sonrisa tensa y burlona atraviesa la lluvia—. Por favor.

Me suelta con un empujón airado y después se aparta para dejarme pasar.

«En fin».

Con la sangre retumbándome en los oídos y con una ligera conmoción, avanzo hacia el coche.

Apenas he puesto el culo en el asiento de cuero cuando la puerta se cierra de un portazo.

Cuando Raphael atraviesa el parabrisas de lado a lado como una exhalación, comienzo a sentir el peso de una mala decisión sobre los hombros.

Detecto el origen de esa sensación de inmediato.

El aroma cálido y masculino que pende entre las paredes de este Clase G.

Tras haber cometido el error de aplicarme su loción para después del afeitado el lunes pasado, tuve que estar una hora de reloj en la ducha frotando para quitármela de encima, y no me apetece volver a sentirme ebria de él de nuevo.

Huele a peligro, y no me gusta el calor que me provoca en ciertas partes del cuerpo.

El malestar no hace más que incrementarse cuando Raphael se sube al asiento del conductor. Mira al frente en silencio, pero la rabia que exuda su piel tatuada ruge. Me apoyo contra la fría ventanilla para intentar alejarme de ella.

—Cinturón.

Solo dice eso antes de poner el coche en marcha y salir pitando entre la lluvia.

Quizá debería haber echado a correr y que fuera lo que Dios quisiese. Ahora que me veo aquí sentada, con el recuerdo de su mano contra mi cuello, me parece que tal vez hubiera sido la decisión más acertada.

En cambio, me aferro al libro que tengo sobre el regazo y me centro en los limpiaparabrisas, que trabajan como locos.

En la radio suena un villancico, aunque apenas se oye. Mi pelo gotea sobre el reposabrazos con un repiqueteo rítmico. Por el rabillo del ojo veo la mirada irritada de Raphael mientras se clava en el charquito que he formado.

—Estos asientos son de cuero de Napa.

—Y mi jersey es de algodón.

—¿Qué?

Encojo un hombro.

—Creía que estábamos mencionando telas que no me importan una mierda.

Tras un segundo, suelta una risotada grave y niega con la cabeza. Mi corazón late varias veces antes de que su voz vuelva a rozarme la piel. Esta vez la noto más calmada.

—En serio, Penélope. No deberías pasear por ahí tú sola por la noche. Las chicas guapas a veces no vuelven a ver la luz del sol.

Parpadeo, ignoro ese mensaje de seguridad ciudadana y, en cambio, me centro en el leve subidón que estoy sintiendo bajo la piel.

—¿Me acabas de llamar guapa?

Se le tensa la mandíbula.

—Ya sabes que lo eres.

—¿Ah, sí?

Ahora le estoy prestando toda mi atención. Miro sus nudillos, que aferran con fuerza el volante y, al ver cómo se le retuerce el rey de diamantes que tiene en el antebrazo, siento que se me estrangulan los pulmones.

—Pues claro que sí. Si no, no te pasearías en bragas para atormentarme —murmura con un tono de amargura.

A pesar de las circunstancias en las que me encuentro, no puedo evitar que el triunfo me lama las paredes del corazón.

Rodeo el plástico que recubre el libro que tengo entre los dedos y finjo que no me ha afectado.

—Si apenas me miraste.

—Porque soy un caballero, Penélope.

Deslizo la mirada hacia su pecho. Tiene la camisa empapada y casi puedo ver las oscuras sombras que oculta esa tela tan cara. Una grieta en su armadura que me corta el aliento solo de pensar en lo que esconderá.

Reduce la velocidad del coche. Alzo la mirada, confusa, y me encuentro atrapada en sus pupilas.

—¿Te gustaría que te hubiese mirado?

—Eeeh..., ¿qué?

Se lame los labios y veo que se le oscurece la expresión.

—Acabas de decir que apenas te miré —dice en voz baja—. ¿Te habría gustado que te hubiera mirado?

Me da un escalofrío que me ralentiza la siguiente respiración.

Se me pone la piel de la nuca de gallina, y no tiene nada que ver con haberme mojado con la lluvia, sino con la expectación, caliente y pesada, que danza entre las cuatro paredes de este coche.

Se me cuela bajo la piel, permea mis pulmones y me imposibilita fingir indiferencia.

Decido cambiar de tema. Me parece lo más seguro.

—¿Cómo sabías que ibas a encontrarme aquí?

Tras un par de segundos, la mirada de Rafe deja de quemarme la mejilla y vuelvo a sentir el ronroneo del motor debajo de las nalgas.

—Mi hermano me llamó para decirme que una de mis chicas andaba suelta.

«Mis chicas».

Dos palabras que me agradan tanto como me irritan. No sé cómo habría reaccionado si las hubiese dicho en singular.

No me puedo quitar de encima el malestar que me provoca ser consciente de que hay un peligro inminente, así que dirijo la mirada hacia el asiento de atrás como si esperase ver salir del maletero a un lacayo trajeado.

—¿Hoy no te has traído a ninguno de tus siervos?

Raphael sonríe y mira por el retrovisor.

—¿Te crees que no me puedo ocupar de mis asuntos yo solito, Penélope? —Me mira de lado y roba un vistazo a mi pecho—. ¿Te crees que no puedo ocuparme de ti?

Esas preguntas están muy afiladas, a pesar de que su tono no lo desvela.

Las siento fluyendo por mi torrente sanguíneo como un chorro de aceite en una corriente de agua, deslizándose por mis venas y haciéndome estremecer.

Es ilegible, impredecible y, por una vez en la vida, me gustaría que me tratase con la misma educación que le dedica al resto de la gente.

—Bueno, la pistola que llevas es falsa, ¿no?

Suelta una ruda carcajada. Apoya la nuca contra el reposacabezas.

—Ah, sí. Por supuesto que sí.

Gira el volante con la palma de la mano y me percato de que estamos entrando en la calle Mayor. Siento un pinchazo de decepción en el pecho. Lo que resulta irónico teniendo en cuenta que hace solo unos minutos no quería subirme a este coche.

De pronto, noto que el cinturón de seguridad se me clava en el cuello a causa de una fuerza que me impulsa hacia delante. Ahogo un grito, extiendo las manos para agarrarme del salpicadero y me giro para mirar a Raphael.

—Si intentabas matarme, ha sido patético.

Sin embargo, él está demasiado concentrado en lo que hay al otro lado de mi ventanilla como para contestarme. No le queda ni un gramo de caballerosidad en la cara.

—¿Por qué está abierta la puerta de tu edificio?

No es una pregunta y no piensa esperar a que nadie se la responda. Sisea unas palabras malsonantes entre dientes, se saca la pistola «falsa» de la cinturilla del pantalón y se dispone a abrir la puerta del coche.

Lo agarro del antebrazo y se detiene en seco. Ambos nos quedamos mirando mis dedos; a él se le tensa la cara de irritación y yo noto que el bochorno se me graba en las facciones.

Cambio de postura sobre el asiento de piel de Napa.

—Tranquilo, siempre está abierta.

Desliza la mirada desde mis dedos hasta el reloj que llevo en la muñeca. No sé por qué no me lo he quitado, pero mentiría si dijera que ha sido un descuido. Su peso y su calor provocan que sea imposible no sentirlo.

—¿Cómo que siempre está abierta?

—Pues eso, que está rota. —Me mira como si acabase de llamar puta a su madre—. Pero no pasa nada, la puerta de mi apartamento se cierra con llave.

—La puerta de tu apartamento se cierra con llave —repite, burlándose—. Madre mía. —Saca el móvil del reposabrazos central y la luz que emite la pantalla ilumina la furia de sus rasgos.

Mis dedos se elevan cada vez que se le tensan los tendones del antebrazo mientras lo veo escribir un mensaje, y de pronto me embriaga la consciencia de que no debería tener la mano ahí, así que la aparto.

Él no se da ni cuenta. En cambio, lanza el móvil al portavasos y vuelve a arrancar el coche.

—Ahora vienen a arreglarla.

Parpadeo.

—¿Cómo que ahora?

Él asiente, haciéndome poco caso.

—Pues claro. ¿O te crees que no puedo conseguir que venga un cerrajero a estas horas de la noche?

Una sonrisa irónica le agudiza los hoyuelos. Al ver cómo se pasa los dientes por el labio inferior, siento como si me soplase ligeramente sobre el clítoris.

—Es una de las ventajas de ser asquerosamente rico, Penélope.

Ahí está. Ya han vuelto las sonrisas de superioridad y las respuestas ingeniosas, y a pesar de que pongo los ojos en blanco, me alivia volver a pisar terreno conocido.

Apoyo la cabeza contra la ventanilla.

—Bueno, pues gracias. Me puedes dejar en la cafetería para esperar allí a que lo arreglen.

Mira la hora en el reloj del coche. Falta poco para la una de la madrugada.

—¿Tienes hambre?

«Siempre tengo hambre».

—Un poco.

Con un perezoso encogimiento de hombro, vuelve a poner la mano sobre el volante, gira en el siguiente cruce y deja el coche de cualquier manera encima de la acera que hay delante de la cafetería.

—Yo diría que no se puede aparcar aquí —murmuro entre dientes, comentario que le provoca una sonrisa perversa a Raphael.

El brillo amarillento de la cafetería se cuela entre las gotas de agua que anegan el parabrisas y sé que en su interior me espera la seguridad en forma de patatas fritas y batidos azucarados.

Abro la puerta y, por desgracia, Raphael hace lo mismo.

Se me tensan los hombros.

—¿Tú también vienes?

—No, si te parece me quedo aquí a juguetear con mis pelotas.

Cierra la puerta a su espalda y unos segundos después aparece delante de mí. Se ha puesto la americana. Apoya las palmas de las manos sobre el techo del coche y se inclina con impaciencia y los ojos entrecerrados.

—No tengo toda la noche, Penélope.

«En fin».

Al entrar en la cafetería, la campanita de la puerta repica sobre mi cabeza y siento el calor acariciándome la piel de la cara. Me detengo sobre el felpudo y entrecierro los ojos por la intensidad de las luces del local, que contrastan con la oscuridad que me envolvía afuera.

Hablando de oscuridad, siento el pecho húmedo de Raphael pegándose a mi cabeza cuando se me acerca por detrás. Sus labios me rozan la oreja y la llenan de una orden ardiente.

—Avanza.