21. Penny
Penny
Las siguientes dos horas pasan como un remolino de cerveza y apuestas.
Con cada movimiento de la muñeca, los reyes y las reinas me dan la bienvenida al lado oscuro con sus sonrisas desabridas.
Mientras avanza la noche y el cielo se va oscureciendo tras los cristales, estos nos devuelven nuestro propio reflejo, el de las luces de Navidad y el de la vida que dejé atrás.
Tengo que recordarme que solo estoy de visita.
Se abre la puerta y entra una silueta trajeada. Trae consigo algo más frío que el viento de diciembre.
—Alerta marital —farfulla Rory entre dientes, retirando las cartas y saludando a su esposo con una sonrisa encantadora.
Angelo Visconti aparece detrás de ella, la agarra por la garganta con una mano y le aprieta la cabeza contra su pecho.
Me quedo mirando sus nudillos destrozados y los ojos me suplican que aparte la vista, porque me parece una escena demasiado íntima para estar contemplándola.
Desciende los labios hacia el moño de su esposa y su atención se clava sobre mí.
—Has hecho una amiga.
—Ya éramos amigas de antes, bobo. —Por triste que parezca, esta afirmación me calienta el corazón—. Te presento a Penny.
—Ya la conozco.
—¿Ah, sí?
«¿Ah, sí?».
—Sí, te pilló chupándome la polla en el almacén del yate de Rafe.
Rory se pone roja como un tomate e intenta apartarse de Angelo para agarrarlo por la cara. Él se ríe, le sostiene los brazos a los costados sin mayor dificultad y le planta un beso delicado en la coronilla.
—Me las pagarás —sisea Rory, conteniendo una sonrisa abochornada.
—Encantado.
¿Por qué cojones estoy sonriendo como una imbécil?
Sin embargo, la diversión se torna en algo más parecido a los celos sin saber por qué.
No sé cómo va a ser mi felices para siempre, pero seguro que no incluye la presencia de un hombre.
Aun así, no puedo evitar que se me forme una frase amarga detrás de los párpados. «Ojalá fuera yo».
Me levanto, me pongo el abrigo y al alzar la mirada de la descolorida moqueta observo que Angelo me sigue mirando con una sonrisita que destila una perversa diversión.
De pronto siento una especie de déjà vu bajo la piel.
No porque haya vivido este preciso instante antes, sino porque se parece muchísimo a su hermano.
Es una copia ligeramente desviada del original.
Angelo es todo lo que Raphael Visconti quiere aparentar que no es.
Sus poros exudan autoridad y peligro, pero, al contrario que su hermano, él lo acepta. No intenta distraer a nadie de ello con labia y gemelos de diamante.
No. Es crudo, rudo. Barba de varios días y cuellos abiertos. En teoría, esta versión del mafioso debería dar más miedo, pero no. Al menos en lo que a mí respecta, porque sé que, si Angelo quisiera matarme, me pegaría un tiro en la cabeza y seguiría con su vida.
Raphael lo convertiría en un juego. Como un gato con un ratón herido, me pasaría de una garra a la otra hasta aburrirse y, entonces, le encargaría el trabajito a uno de sus empleados.
A pesar de que las últimas súplicas a Dios de mi padre me siguen atormentando, tengo claro cuál de las dos opciones elegiría.
Angelo mira por encima de mi hombro.
—Tayce, le pediré a uno de mis hombres que te acompañe a casa.
—Vale —sisea ella, bajándose del taburete y colgándose la chupa de cuero del hombro—. Me encanta usar el Uber Visconti. Ventanillas tintadas, asientos reclinables y botellitas de agua en el reposabrazos central. Un sueño hecho realidad.
Rory frunce el ceño.
—Nosotros no tenemos botellitas de agua en el coche.
—Porque has llenado la consola central de chuches, nena —responde Angelo. Después, me mira y dice—: A ti también te acompañará a casa uno de mis hombres.
—Te lo agradezco, pero no hace falta. —Cojo el bolso y me lo cuelgo del hombro. Todos los ojos se ciernen sobre mí y acabo por ceder bajo la presión de la incomodidad—. Vivo a diez minutos. Iré caminando.
Angelo entrecierra los ojos.
—De eso nada. Ya son más de las doce.
No puedo evitar reírme.
—No me pasará nada. Pero gracias de todas formas.
Rory contiene una sonrisa, como si quisiese decir algo, pero se lo hubiera pensado mejor.
Bajo el calor de la mirada de Angelo, intercambio unas palabras de despedida y números de teléfono con las tres chicas y me dirijo hacia la puerta a buen paso.
En parte porque hacer nuevas amigas me ha subido la moral y en parte porque tengo la sensación de que, de un momento a otro, uno de los gorilas de Angelo va a salir de entre las sombras para agarrarme.
Me percato de que hay más matones en el aparcamiento.
Hombres trajeados apoyados contra berlinas y exhalando humo de cigarrillo hacia el cielo nocturno.
Evito sus miradas, meto la barbilla en el cuello del abrigo y me dirijo hacia la calle principal.
Esta noche las calles están tiesas de escarcha y la amenaza de lluvia me provoca un escalofrío en la espalda.
A pesar de no ir bien ataviada para la lluvia y de que mi abrigo de piel falsa huele a perro cuando se moja, decido dar un paseo.
¿Por qué no? Sé que hoy, precisamente esta noche, no voy a tener el gusto de experimentar el milagro del sueño.
En vez de tomar la calle Mayor, giro a la izquierda y comienzo a ascender hacia lo alto del acantilado.
Agacho la cabeza para intentar contrarrestar el viento que me pincha en los ojos y clavo la mirada en la acera. Observo que no tarda mucho en convertirse en una carretera estrecha y que se apaga la luz anaranjada de las farolas.
Entonces es cuando empieza a llover.
No es el rocío romántico que esperaba, sino unas gotas frías y acristaladas que se me clavan como agujas sin clemencia alguna. De esas que se te introducen en la piel y te congelan los huesos, haciéndote estremecer incluso semanas después con el mero recuerdo.
Cuando otro carámbano en miniatura se me cuela por el cuello del abrigo, contengo una palabrota y me detengo.
La carretera que tengo delante se ha convertido, no sé cómo, en un agujero negro desde la última vez que levanté la vista de mis Dr. Martens.
No hay ni una farola, ni una casa a la vista, y seguir adelante me parece una decisión que solo tomaría la imbécil de turno que se muere al principio de toda peli de miedo.
Le doy la espalda al viento y regreso sobre mis pasos. A lo mejor las cuatro paredes de mi apartamento tampoco están tan mal.
No he dado ni tres pasos cuando un fulgor blanquecino me ilumina por la espalda y extiende mi sombra. Alumbra también los charcos que hay bajo mis botas, y cuando el rugido del viento impacta contra el gruñido airado de un motor, sé que me acecha un peligro.
Un sedán enorme de color oscuro pasa por mi lado. Frena en seco delante de mí y gira en el último minuto para bloquear ambos carriles de la carretera.
«Uf, qué mala pinta tiene esto». Me detengo a regañadientes y me trago el pánico que me bloquea la garganta.
En Defensa personal para dummies había un capítulo entero en el que se hablaba de secuestros.
Una de las estadísticas que se me quedaron grabadas es que, si un secuestrador consigue meterte en su coche, tus probabilidades de supervivencia caen en picado, hasta menos del tres por ciento.
«Tres por ciento».
Con las malas pasadas que me está jugando la suerte últimamente, no puedo enfrentarme a esos números.
El corazón me martillea en el pecho y rebusco en el bolso a ver si encuentro algo, lo que sea, para defenderme.
Mantengo la compostura lo bastante como para darme de cabezazos contra una pared mentalmente por ser tan idiota.
Cuando vivía en Atlantic City, siempre llevaba una navaja encima.
Nada del otro mundo, una automática que podía sacar si me encontraba en un aprieto.
Sin embargo, la abandoné en el cajón de la mesilla de mi viejo apartamento, y lo único que llevo en el bolso ahora mismo son las llaves de casa y un libro.
Veo que la puerta del conductor se abre de golpe y que de ella emerge una silueta oscura.
Suspiro, consciente de que no tengo la suficiente coordinación para asegurarme de clavarle las llaves en ningún órgano vital.
Saco HTML para dummies y rezo por que sea lo bastante voluminoso como para dejar sin sentido a mi atacante si se lo estampo en la cabeza.
Una silueta negra atraviesa la lluvia y se abalanza hacia mí. Al cruzar el rayo de luz que emiten los faros del coche, veo que se trata de Raphael.
Me entra un sudor frío. «¿En serio es él?
». Se le parece mucho, pero lo veo más grande, más aterrador.
No solo porque los faros le aumentan la envergadura y le oscurecen la expresión borrascosa, sino porque no lleva más que unos pantalones de traje negros y una camisa blanca, con las mangas arremangadas hasta los codos.
Bajo la vista hacia el hueco que queda al aire entre la camisa y el reloj. Las formas geométricas y las letras que lleva tatuadas se retuercen cuando aprieta los puños. Presenciar esto me provoca un subidón en el centro mismo de mi ser.
Hoy ha dejado caer la fachada caballerosa.
Se detiene a unos metros de distancia. Señala el vehículo con el pulgar por encima del hombro.
—Súbete al coche.
El veneno que destila su voz me hace dar vueltas.
—¿En tu coche? Ni en broma. Acabaré tirada en una cuneta.
—Andas deambulando por ahí a medianoche, Penélope. Parece que quieras acabar en una cuneta.
—No hace falta que te preocupes por mí. No me pasará nada.
Da un paso al frente; yo reculo.
—Sube al coche.
—Si me lo pides por favor.
Estoy temblando de frío y tengo las botas anegadas de agua, pero, aun así, me quedo aquí plantada, como la definición andante de una chica que decide pegarse un tiro en el pie.
Raphael hunde la cabeza entre los hombros y se pellizca el puente de la nariz. Después, alarga una mano para agarrarme del cuello con tal velocidad que me deja sin aliento.