Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 20. Penny
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20. Penny

Penny

B AR RESTAURANTE T HE R USTY A NCHOR .

Al cartel que hay encima de la puerta del local le faltan la mayoría de las vocales, y el traqueteo que emite la R me está provocando una migraña. Frunzo el ceño, desbloqueo el móvil y vuelvo a consultar la página de TripAdvisor.

Nop. No es una alucinación. Es el bar mejor valorado de todo Devil’s Dip. Madre mía, ya sé que no se debe juzgar un libro por la portada, pero creo recordar que las páginas son igual de cutres.

«¿En serio Wren trabaja aquí?». No tiene pies ni cabeza. Ella es un rayo de sol, y este sitio, en fin...

Echo un ojo al aparcamiento, que no es más que un descampado de gravilla con dos camionetas Chevy bajo una farola rota.

Parece la escena de un crimen.

«No te pases, Penny». No sé de dónde me viene este esnobismo repentino por las apariencias, si en mi apartamento de Atlantic City vivía una familia de arañas debajo del fregadero.

Desvío la mirada hacia el cielo nocturno. La verdad es que no es más que una excusa para no entrar, porque solo de pensar en atravesar esa puerta y tener que mostrar la versión más agradable de mí misma para hacer amigos me parece... triste.

Pero ¿qué otra opción me queda? Necesito tener amigos. Las chicas normales los tienen. No puedo ni pensar en acercarme a Anna ni a las de su calaña, y tampoco pasarme los días mirando la pintura blanca de las paredes de mi apartamento.

Ayer mismo tuve que llamar cuatro veces a Sinners Anonymous solo para hablar con alguien.

Además, Wren me invitó a venir. En el hospital me dijo que siempre tendría un taburete reservado los martes por la noche. Aunque seguramente me lo dijese solo por quedar bien...

Bueno, la verdad es que Rory también me invitó. Mi primera noche de trabajo. Aunque no sé si cuenta porque estaba tan borracha que tuvieron que acostarla en uno de los camarotes. A lo mejor la invitación fue cosa del alcohol.

A tomar por el culo. Voy a entrar.

En cuanto pongo un pie en el interior del local, el calor me abraza como una manta. Durante un instante, se me cierran los ojos, pero me obligo a volver a abrirlos para examinar el entorno.

Si este local estuviese en el centro de una gran ciudad, se le describiría como rústico o de estilo desenfadado. Sin embargo, dudo que el agujero en el techo o el cubo que hay colocado justo debajo sean para decorar. Así como la mancha sospechosa que hay en el suelo.

The Rusty Anchor sigue teniendo las mismas páginas que antaño; solo que plagadas de decoraciones navideñas cutres.

Tras exhalar un suspiro nervioso, paso por delante del grupito de hombres barrigudos encorvados sobre cervezas a medio beber y me siento en un taburete frente a la barra. Tras esta no hay nada más que unas cuantas botellas de licor, y al otro lado, solamente yo.

Ni Wren, ni Rory, ni ninguna otra chica con la que compartir un par de pantalones vaqueros.

Tamborileo con los dedos sobre la madera de la barra.

Me mordisqueo el labio inferior. Busco alguna forma de vida que no pase de los setenta años y, de pronto, me quedo helada al ver el tarro de las propinas.

La mala costumbre de mis años de moralidad cuestionable me empuja a hundir los dedos en él y sacar unos cuantos billetes, en cambio, me guardo la mano en el regazo y suelto una carcajada amarga.

«Esto es ridículo».

Mejor me vuelvo a la cafetería, me pido una hamburguesa y empiezo con HTML para dummies ...

—¡Penny! —A mi espalda oigo que alguien chilla mi nombre. Me doy la vuelta para ver a Wren emergiendo de un trastero con una caja de vasos sobre los antebrazos—. Ay, madre. ¡Qué alegría verte por aquí!

Siento un alivio enorme en el pecho cuando me entierra bajo una pila de preguntas, como qué tal estoy, cómo tengo la herida de la cabeza y si me estoy adaptando bien a la vida en Devil’s Coast. Cuando termina, deja la caja de vasos y me llama para que me acerque.

—Ven, Rory y Tayce están aquí.

Sigo su brillo dorado hasta el recodo más alejado del bar, donde veo a Rory con una chica a la que no conozco sentadas al lado de un árbol de Navidad. Entre ambas hay una baraja de cartas, un bol lleno de chuches y dos botellines de cerveza.

—¡Penny! —Rory se levanta de un salto y me lanza los brazos al cuello. Aun con un moño despeinado y vestida con un chándal Nike, está preciosa—. Me alegro de verte. —Me coge de los hombros y me aleja un poco para mirarme a los ojos—. El lunes pasado no hice nada... bochornoso, ¿verdad?

A ver, la pillé chupándole la polla a su marido en el almacén, pero no hace falta sacarlo ahora a colación.

—Nada en absoluto.

Parece aliviada, y a continuación me acompaña hacia su mesa.

—Te presento a Tayce —dice Wren. Al sentarme, miro a los ojos de esa chica morena. Lleva un gorro de lana y chaqueta de cuero, y la verdad es que creo que la reconozco del yate a ella también.

—Tayce es tatuadora, vive en Devil’s Cove y es..., esto...

—Un misterio —culmina Tayce, dedicándome un guiño—. ¿Y tú, pelirroja?

Bajo el peso de tres pares de ojos, me empieza a dar vueltas la cabeza en un intento, fallido, de salir airosa con algo interesante. «Me llamo Penny, soy una ladrona y le prendí fuego a un casino en Atlantic City porque su dueño me echó del estado».

Eso me da que sería un poco más apropiado para intentar hacer amigas en la cárcel, cosa que no descarto, porque Martin O’Hare ha dicho que sabe que la pirómana es una mujer.

He enterrado el pánico bajo todos los órganos y he evitado encender la televisión para que el miedo no asome la cabeza por ella.

—Pues me llamo Penny, tengo veintiún años y trabajo en el Signora Fortuna.

Qué patético ha sonado.

—Ah, entonces estás trabajando para Rafe —comenta Wren, y por cómo le brillan los ojos comprendo que recuerda la conversación que mantuvimos en el hospital—. ¿Ya lo consideras un caballero?

«Caballero». Esa palabra me desata muchas emociones, me provoca recuerdos de bocas amordazadas, chasquido de gomas y amenazas envueltas en seda. Estoy empezando a sudar bajo el abrigo de piel falsa, así que me lo quito y lo dejo sobre el respaldo del taburete.

Rory coge un puñado de M&M’s, se los mete en la boca y me acerca el bol para que me sirva.

—¿Cómo es trabajar para mi cuñado?

Aprieto los dientes.

—No lo veo demasiado a menudo.

Se ríe mordisqueando como un conejito.

—¿En serio? Porque él a ti sí.

Cinco palabras de poca enjundia, pero que me arrebatan todo el aire de los pulmones. Lo más sensato sería no decir nada, eso lo sé. Pero el picor que siento en la garganta no me permite mantener la boca callada.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Cuando fui al yate, no te quitaba los ojos de encima.

Siento pinchazos en las mejillas y eso me desmorona la fachada de indiferencia que intentaba mantener. Por suerte, Wren se inclina hacia delante, le da un golpecito en el brazo a Rory y dice:

—¡Déjala tranquila! ¿No ves que se está poniendo roja?

—Ya veo, ya —dice Rory con una sonrisita de sabelotodo—. Vale, cambiamos de tema. ¿Cómo es trabajar con esas chicas malas?

Me río y agradezco el cambio de tema.

—Laurie es maja, y Katie también. Sin embargo, hay una chica...

—Anna —dicen Rory y Wren al unísono, y ponen los ojos en blanco.

—¿La conocéis?

—Fuimos juntas a clase. —Frunzo el ceño. «Qué raro». En tal caso, debería haberla reconocido yo también—. Era una persona horrible entonces y lo sigue siendo ahora. —Rory se inclina hacia mí y le veo un secreto en esos ojos ambarinos—. ¿Te cuento algo interesante?

—Claro.

—Sus incisivos superiores son falsos.

Parpadeo.

—¿En serio?

—Me estaba criticando en el baño de una discoteca, Tayce la oyó y se los arrancó de un puñetazo.

Las tres se ríen, y yo me giro hacia Tayce, anonadada. Desliza el pulgar por el lateral de la baraja y encoge un hombro.

—Si criticas, pillas —dice sin inmutarse.

Me la quedo mirando demasiado rato, entre alucinada e intrigada. Antes de que pueda darle otra vuelta al tema, Wren toma la palabra.

—¿Alguien quiere una cerveza?

Asiento con la cabeza y ella se me queda mirando con los ojos entrecerrados.

—¿Has venido en coche?

—¿No?

—Vale, de acuerdo.

Se mete en el almacén y Rory detecta la confusión en mi mirada. Enarca una ceja y señala el cartel que hay encima de las botellas de licor. Agudizo la vista para leer lo que pone. Está amarillento, tiene las esquinas dobladas, pero creo que puedo descifrar el mensaje desvaído:

«Con la segunda copa tendrás que entregar las llaves del coche al personal del bar. Y no vale ninguna excusa ni se hace excepción alguna».

Esta última parte está en negrita, subrayada y seguida de una retahíla de signos de exclamación.

—Wren es una santurrona. Eso no supera el límite legal para conducir.

—¡Eh, que te he oído! —nos llega desde el almacén. Unos segundos después, aparece Wren, con el ceño fruncido en broma y tres botellines de cerveza en las manos—. No hay nada de malo en ser buena, Rory. Deberías probarlo.

Rory suelta una carcajada sombría y me encanta sentirla sobre la piel.

—En fin, voy a hacer pis.

Cuando se baja del taburete, veo una sombra desplazándose por detrás de las luces de Navidad. El corazón me da un bote en el pecho y estiro las manos para agarrarme del borde de la barra.

—Aguilucho moteado, Gio. Me parece que puedo ir al baño sin que me rajen el cuello, ¿no?

De entre las sombras aparece una mole en forma de hombre, trajeado y de cara pétrea.

—Yo me limito a seguir las órdenes del jefe.

Rory suelta un suspiro.

—No os caséis con un mafioso si disfrutáis de mear en paz, chicas.

Atraviesa las puertas batientes y estoy casi segura de que la veo dándoles un empujón desde dentro para que se vuelvan a abrir y golpeen al guardaespaldas en el culo cuando se da la vuelta para plantarse delante de ella.

Se me calientan las puntas de los dedos y, al alzar la mirada, caigo en la cuenta de que Tayce no les quita ojo de encima. Sigo la trayectoria de su mirada.

Permanezco con la mano aferrada a la barra y se me han puesto blancos los nudillos.

Suelto los dedos y me coloco la mano sobre el regazo, pero ya es demasiado tarde.

Tayce se incorpora en el asiento, se pasa la lengua por los dientes y enarca una ceja micropigmentada.

Automáticamente, busco a Wren con la mirada, con una necesidad repentina y desesperada de que su actitud desenfadada corte la tensión que se ha formado entre nosotras, pero está en el otro extremo, atendiendo a un anciano.

—Estás huyendo de algo.

Sabía que no podría evitarlo. Sentí su densidad en el ambiente antes de que las palabras emergieran de la boca de Tayce. Sin embargo, eso no evita que el corazón se me ponga a dar botes como una piedra sobre la superficie de un lago.

Doy un trago de cerveza fría y dejo el botellín con cuidado sobre la barra.

—No sé de qué me hablas.

Clinc. Bajo la vista y veo que el cuello de su botella ha impactado contra el de la mía.

—Brindo por ello.

Siento una mezcla de confusión y calor en las venas y, aunque no soy capaz de mirarla a la cara, siento que hemos conectado mediante un extraño vínculo de camaradería.

Habremos intercambiado unas tres palabras más o menos, pero en el denso silencio he podido oír las palabras que hemos callado.

Pecados, remordimientos, pasados oscuros y nombres falsos.

La historia que le leo en los ojos refleja la mía propia.

A lo lejos se oye la descarga de una cisterna. El agua de un grifo corriendo. Una puerta que impacta contra una pared a mi espalda y entonces Rory aparece en escena.

—Oye, ¿no serás por casualidad una maestra del blackjack ?

Esa pregunta me pilla desprevenida. Carraspeo y miro con sospecha la baraja de cartas que tiene Tayce en la mano, como si el rey de picas de repente fuese a abrir la boca y contarles todos mis secretos.

—No, ¿por qué lo preguntas?

—Vaya. Es que tengo que ganar a Rafe.

Siento algo desagradable creciendo en mi pecho y me obligo a mantener una expresión neutra para que no se me note en la cara.

—¿Y eso?

—Es el único que no me deja ganar.

Contengo una carcajada.

—¿Por qué te dejan ganar los demás?

Ella frunce el ceño, como si acabara de plantearle la pregunta más tonta de la historia.

—Pues porque estoy casada con Angelo Visconti.

Desvío la mirada hacia el muro de músculo que no la deja ni a sol ni a sombra. Razón no le falta.

—Pero, como es evidente, Rafe no le tiene miedo a su hermano y juega para ganar. Ya le debo casi trescientos mil dólares.

—Se los debe Angelo —la corrige Tayce.

Rory se encoge.

—Ya, pero él todavía no lo sabe. Esperaba no tener que decírselo.

Había planeado aprender a jugar superbién y recuperar las pérdidas antes de que Rafe intente cobrarse la deuda.

—Se le oscurece la mirada ambarina y veo algo ligeramente más siniestro de lo que deja entrever su silueta angelical—.

Además, daría lo que fuera por borrarle esa sonrisita de suficiencia de la cara. Aunque solo fuese una vez.

«Y yo».

De pronto me siento traviesa. Siento la impulsividad latiéndome en las sienes y mi boca se pone en funcionamiento antes de que mi cerebro le pueda decir que se calle.

Le cojo la baraja de las manos a Tayce. La corto por la mitad y empiezo a barajar. El sonido me impacta como un chute de heroína.

—¿Se te dan bien las matemáticas, Rory?

Me mira las manos con intensidad.

—Sí, estoy estudiando para ser piloto.

—¿Y guardar secretos?

Se le curvan los labios.

—Se me da de perlas.

—Pues entonces te puedo enseñar a ganar todas las partidas que juegues.