19. Rafe
Rafe
La nicotina y la brisa marina no me ayudan a calmar la irritación que siento en la nuca.
Me da igual. No fumo para calmarme, sino para procrastinar. Me limpio la neblina de la barbilla y doy otra calada tan perjudicial para mí como el gemido de cierta pelirroja contra la palma de mi mano y exhalo hacia el horizonte azul marino.
Estoy irritado por un millón de motivos, y solo la mitad tienen algo de racional, y nada más que uno requiere mi inmediata atención.
Me saco la baratija que tiene Blake por cartera del bolsillo de atrás, la abro y me río de la foto de su carné de conducir.
La encontré tirada al pie de la escalera de caracol, seguramente porque la dejó ahí Penélope.
No había nada en su interior, aparte de una tarjeta de crédito de prepago y un condón.
Al lanzarla por la borda, sigo con aquel pensamiento impulsivo en lo más hondo de la mente: debería lanzarlo a él también.
Por eso, ahora mismo he decidido encargarme primero de Penélope antes que de él.
Por mucho que me avergüence admitirlo, no puedo asegurar que no le fuese a meter el cañón de mi Glock en esa boca de baboso que tiene.
De pronto recuerdo a Penélope de puntillas, mirando a mi nuevo empleado como si lo que más le apeteciese en la vida fuera besarlo.
Se me ha quedado la imagen grabada en las retinas.
Todavía me asombra cómo deslicé la mano hacia la pistola, y, por un instante, supe lo que es vivir la vida de Angelo o de Gabe, en la que la violencia nace de la impulsividad y las consecuencias no existen.
Ya sabía que era una ladronzuela, pero ahora he descubierto que es peor de lo que pensaba; se le da muy bien.
Se ve que tiene experiencia. Si yo tuviese veintipocos años y me siguiera gustando el peligro, al verla trabajar habría perdido la cabeza.
Y a pesar de que mentiría si dijera que no me impresionó un poco, y también me puso algo cachondo, tengo que centrarme en los negocios, no andar por ahí persiguiendo a delincuentes adolescentes.
Apoyo la cabeza contra la pared exterior del yate. Saco otro cigarro de la cajetilla y acerco el Zippo a la punta.
«No». Apago la llama con un gesto de la muñeca. Si me fumo otro cigarrillo, le daré tiempo a ponerse el vestido de recambio.
Bajo cubierta, oigo el leve zumbido del secador de pelo por debajo de la puerta del vestuario. Reúno todo el autocontrol del que dispongo, la abro y recorro la hilera de taquillas hacia los lavabos.
Me detengo despacio. Me paso la mano por la garganta.
Hamburguesas pringosas, marihuana, dormir la mañana de los domingos.
Solo porque ansíe algunas cosas que sé que son malas para mí no quiere decir que tenga que ceder a la tentación.
Debería haber aplicado la misma norma férrea al ver a Penélope en ropa interior y medias, porque no creo que exista nada que me siente peor que esto.
Cuando me paro detrás de ella, empiezo a notar el peso de una mala decisión en los pantalones.
Dios santo. La última vez que la vi así, me tuve que sentar a mi escritorio con una erección tremenda que me negué a aliviar, y casi consigo convencerme de que no podía ser real. Que los nueve whiskies que me había tomado habían alterado el recuerdo de su cuerpo semidesnudo.
Por desgracia, cuando recorro la mirada por la curvatura de sus nalgas, la palidez de su piel y la silueta de su tanga, oculto por las medias, me doy cuenta de que no había imaginado nada.
Ella ni siquiera se inmuta cuando me oye entrar, y eso me pone y me irrita a partes iguales.
Me pregunto si se quedaría ahí plantada, con esa misma indiferencia pintada en la cara, si hubiese entrado uno de mis esbirros en vez de yo.
Le vuelvo a mirar el culo. Confirmado: lleva tanga. Pendiente de confirmación: si es de encaje como su sujetador. Y si podría arrancárselo con los dientes.
El secador deja de zumbar. Alzo la vista hacia los halógenos del techo y me acaricio el alfiler de cuello. Tras un largo y profundo resoplido, soy capaz de fingir indiferencia para no parecer un pervertido.
Ella me mira a los ojos a través del espejo.
—¿Sabes que en un trabajo normal seguir a las empleadas al vestuario se consideraría acoso sexual?
Suelto una carcajada seca que ni siquiera me curva los labios.
—Por si no te habías dado cuenta, esto no es un trabajo normal.
Le veo un destello divertido en los ojos.
—¿Pagas impuestos?
Miro los billetes que le asoman del sujetador.
—¿Y tú?
Cuando se ríe, veo que se le sonroja el cuello ligeramente, y a pesar de que tanto la apariencia como el sonido de su cuerpo vibran como un cable pelado por toda mi polla, no le devuelvo la sonrisa.
Se cuelga el vestido del brazo, se aparta del lavabo y echa a andar hacia los cubículos que hay a mi espalda.
— Touché , jefe.
Impulsividad. Violencia. Su descaro se despeña por un barranco porque no puedo evitar estirar una mano y enganchar un dedo en la cinturilla de sus medias. Ella se detiene tambaleándose y su siguiente respiración borbotea a través de la abertura de su boca.
Mi polla late al ritmo de una ducha que gotea.
—¿Qué te había dicho sobre llamarme «jefe» cuando vas medio desnuda, Penélope?
Su forma de tragar saliva me azuza las llamas de la irritación.
No me percaté de lo mucho que me cabreaba verla hasta que decidí tomar cartas en el asunto.
Verla inclinada sobre la encimera, paseándose dando saltitos por ahí.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo y que estaba poniéndome muy difícil hablar en serio con ella.
Soy un hipócrita de mierda; lo sé. Decidí fumarme un cigarrillo solo para asegurarme de pillarla a medio vestir. Además, en lo más hondo de mi ser, con quien estoy enfadado es conmigo mismo, porque si Penélope puede engañarme con sus movimientos y con sus risitas, sé que no soy mejor que mi lacayo.
A pesar de que el calor de la suave piel de su cadera me queme los nudillos, recupero la compostura suficiente para mirarla.
—Cuéntame, ¿dónde aprendiste a ser una ladronzuela tan rastrera?
Se le abren los ojos como platos.
—¿Cómo dices?
—Vi cómo te trabajaste a Blake. ¿Qué te tengo dicho, Penélope?
Si quieres trabajar para mí, debes comportarte como una dama.
Te advertí que nada de timos, nada de vestidos robados.
Si hubiera sabido que también te dedicabas a birlar carteras, lo habría añadido a la lista.
—Se me oscurece la mirada—. ¿Qué eres, un animal salvaje?
Me mira la mano, como si acabara de percatarse de que la tengo enganchada como un pez a una caña de pescar y se hubiese detenido a mi lado por voluntad propia.
Cuando sus ojos azules se vuelven a clavar en los míos, detecto una suavidad recién adquirida.
Soy más sádico de lo que pensaba. La más mínima pizca de vulnerabilidad me recuerda que es un taponcete y que no llegaría al final de las taquillas si yo decidiera impedírselo. Tal como no habría escapado de la cabina si no me hubiese apartado.
Esta chica tiene la apariencia de su lado, y también ayuda que mis negocios estén yéndose a pique, pero es imposible que sea mi reina de corazones.
La rapidez de sus réplicas, el amor por lo ajeno y la dureza de su mirada me irritan, pero no me doblegarían ni en broma.
Acabaría con ella antes de permitírselo.
Un día se la intentará colar al hombre que no debe, a uno con menos... paciencia que yo, y eso es justo lo que conseguirá. Esa idea me desliza una capa de malestar bajo la piel.
—Contesta a lo que te he preguntado. —Mi voz ha perdido la dureza de antes—. ¿Dónde aprendiste a robar carteras?
Su aliento, cálido y superficial, me roza la garganta.
Aprieto la mano que me queda libre para formar un puño y agarrar con ella la ficha de póker que llevo en el bolsillo del pantalón, y después aparto la vista para intentar aligerar el ambiente.
«Está demasiado desnuda para mantener esta conversación».
Cuando fijo la vista en la taquilla de Laurie, que está justo detrás de su cabeza, su voz suave me roza los oídos y su contestación me resultan tan inesperada como su tono.
—Lo estoy intentando —susurra.
Vuelvo a mirarla a los ojos y me cago en la puta, me arrepiento al instante, porque no descubro el sarcasmo que esperaba, sino un rubor rosa en su rostro y un labio inferior adelantado en un mohín. No debería saber cómo es acariciárselo con el pulgar. Y mucho menos desear volver a hacerlo.
—¿Cómo que lo estás intentando?
—Dejar atrás las estafas. Tú ibas a ser la última...
Fijo la vista en sus ojos mientras ella deja la frase en suspenso. Aprieto los dientes y digo con frialdad:
—Como te atrevas a llamarme «víctima», Penélope, te juro que será lo último que hagas.
Me dedica una sonrisa torcida.
—Pues entonces te llamaré «objetivo».
Le tiro de la cinturilla de las medias y la suelto, con fuerza, para intentar sorprenderla.
Qué tonto soy; el gemido que se le escapa de los labios me impacta en la punta de la polla.
Vuelvo a hundir el dedo entre la goma y la piel, esta vez aún más hondo, y noto que la oscuridad me llena cuando rozo su tanga con la yema del dedo.
Padres muertos, actitud descarada. Es la receta perfecta para una pecadora, si es que he visto alguna.
Qué no daría por poder hincar los dientes en esa piel suave y saborear todos sus pecados.
Por tirarle de la coleta y deleitarme con cada confesión que haga contra mi almohada mientras le doy por detrás.
Se me cuela la lujuria bajo la piel como un picor que soy incapaz de rascar. Carraspeo en un intento, fallido, de ignorar el calor de su mirada sobre mi rostro.
«Esto es ridículo». Es lo mismo que pensé hace un rato, cuando me marché del garaje donde guardo las motos de agua con cien pavos menos. Esta tía siempre consigue arrastrarme a lugares apartados y logra que se me nuble el juicio de tal manera que se me olvida dónde está la puerta de salida.
La única forma que tengo de mantenerme firme cuando estoy con ella es ser un capullo.
—Inténtalo mejor —digo entre dientes. Vuelvo a sacar el dedo de sus medias y el agradable chasquido que emite la goma elástica me recuerda al de un cinturón—. Guárdate las manos en tus propios bolsillos, Penélope.
—De acuerdo, jefe...
La agarro de la mandíbula con más ímpetu del que pretendía. Estoy demasiado alterado, demasiado excitado, como para arrepentirme.
—No te hagas la listilla conmigo. Blake es un pardillo; más tonto que una piedra. Pero te aseguro que no te saldrías con la tuya si te enfrentases a una persona con medio cerebro y una Glock en la cinturilla del pantalón.
Frunce el ceño y siento con el pulgar que tensa el músculo de la mandíbula en una expresión desafiante.
—Te apuesto a que sí.
Me quedo mirando esos labios un segundo de más.
«Te apuesto a que sí». Dios santo, no la conozco más que desde hace una semana y ya sabe qué palabras tiene que decir para clavarme las uñas en la piel.
Me resulta imposible rechazar una apuesta, pero, como pretendo mantener un poco la profesionalidad, cierro la boca y le alejo la mano de la cara.
Doy un paso atrás y aprieto el puño. Me dirijo a la salida. No pretendo detenerme hasta llegar a la oscuridad de mi despacho, donde el calor de su piel y el olor de su champú de fresa no pueda contrarrestar mi fuerza de voluntad, pero su voz, baja y rasposa, pronuncia mi nombre.
Se me tensa el estómago. Me giro para mirarla a la cara. Ese maldito rostro, tan hermoso, tachonado de rasgos que obligan a los hombres a hacer tonterías, como seguirla a vestuarios a sabiendas de que la encontrarán en medias y ropa interior de encaje.
—Si Blake es una víctima fácil, ¿qué eres tú? —Se saca una cartera de debajo del vestido.
«Me cago en mi vida».
La sostiene como un trofeo, y las iniciales «RV» refulgen en letras doradas bajo los focos del techo. Mi propio nombre, burlándose de lo mucho que me he dormido en los laureles.
Con una sonrisa perezosa, la abre y comprueba su contenido. Saca un billete de cien dólares y se lo guarda en el sostén.
—Esto es por ganar la apuesta. —Saca otros cien—. Más impuestos. —Ladea la cabeza como si estuviese pensándoselo mejor y saca otro billete más—. Más propina.
Observo con una perversa diversión cómo tira mi cartera sobre el banco y me dedica una sonrisa empalagosa.
—Un placer hacer negocios contigo, jefe.
Se mete en un cubículo y me deja con un subidón indeseado bajo la piel y media erección en los pantalones.
Contengo una carcajada.
Esta tía no es la reina de corazones, sino el diablo en persona.
Por desgracia, no puedo afirmar que no la seguiría al infierno.