18. Rafe
Rafe
Benny está en la lancha neumática, de pie, con los brazos extendidos y los pies alineados con los hombros. Tiene un cigarrillo apagado en los labios, y casi podría caldear este gélido día de diciembre con la mirada.
— Cazzo —gruñe cuando Griffin le pasa una de sus gordas manos por la parte interior de la pernera del pantalón—. Si me querías tocar la polla, no tenías más que pedirlo.
—Primero tendría que ser capaz de encontrarla —le devuelve Griff.
Suelto una risotada de condescendencia, que no hace más que profundizar el ceño de mi primo.
—¿No te fías de mí, cugino ?
—Es parte del protocolo, Ben.
—¿También me vas a pedir que ponga el culo en pompa y que tosa?
Sonrío.
—Eso depende. ¿Llevas algo escondido ahí dentro?
Griffin me dedica un breve asentimiento y se aparta de Benny, dándole así el visto bueno para embarcar en mi yate. Lo ayudo a subir a la plataforma con una mano y le doy una palmada en la espalda con la otra.
Él se alisa la pechera de la camisa y se cruje el cuello.
—Llevo tiempo sin verte en tierra firme. ¿Ahora vives aquí?
Asiento.
—Es un poco más lujoso que los hoteles del Dip, ¿no te parece? Además, así no puedes presentarte en mi puerta cuando te venga en gana con putas y whisky .
Benny suelta una risotada.
—Por desgracia, hoy solo te traigo malas noticias.
Se me desploma el corazón en el pecho. «Cómo no». Parece que últimamente no hay más que malas noticias. Cada vez que cojo el teléfono o que abro un correo, cae otro ladrillo de mi imperio.
Benny entra en la sala, coge una botella de Smugglers Club de detrás de la barra y desaparece por la escalera de caracol. Lo encuentro en el comedor de la tripulación, rebuscando con su mano escayolada entre las cajas de pizza y los envoltorios de bocadillos que tienen disponibles mis empleados.
—No puedes decirme que traes malas noticias y después ponerte a zampar como un cerdo —digo con frialdad, y le indico que se siente a la mesa de la esquina.
Empieza a mordisquear un trozo de pizza y echa a andar hacia la mesa. Cuando llega, tira un sobre de manila fino delante de mí. Lo abro y recorro la mirada por una lista de nombres conocidos. La mitad están tachados con un sencillo trazo de pluma.
—¿Qué es esto?
—La lista de invitados VIP para la partida de póker del jueves. —Aparta una silla de una patada y se deja caer en ella—. Diez de los mejores se han echado atrás.
Benny, Tor y yo llevamos años organizando una partida de póker el último jueves de cada mes en el Hollow.
Tor trae a tres jugadores del Cove; yo, a diez de Las Vegas, y Benny todo lo que cualquier multimillonario con demasiado dinero y muy poco sentido de la moralidad pueda desear.
Como Tor se ha desvanecido de la faz de la tierra, y aún no ha dado noticias —el muy cabrón—, Benny y yo hemos decidido seguir adelante los dos solos por primera vez en sabe Dios cuánto tiempo.
Aprieto las muelas, pero mantengo la expresión indiferente.
—Déjame adivinar: todos han pillado un virus horrible.
Sonríe ante mi sarcasmo.
—No te falta razón, cugino . Dante siempre ha sido una bacteria inmunda.
Alzo la mirada de la lista para centrarla en sus ojos.
—¿Qué ha hecho?
—Según parece, va a organizar una partida en el Cove. El mismo día, a la misma hora. Ha llamado a los jugadores más potentes y les ha ofrecido fichas a mitad de precio y doblarles las ganancias. —Se recuesta contra la silla para contemplar mi reacción mientras se sigue zampando la porción de pizza.
Yo niego con la cabeza.
—Me extraña que estos hombres hayan aceptado su oferta.
Y lo digo con toda la confianza del mundo. Nuestros clientes no vienen a nuestras partidas por el precio de las fichas, sino por mí. Estos tipos llegan de todo el mundo para tener la oportunidad de sentarse a mi mesa. Me paso la mayor parte de la noche firmando fichas más que apostando con ellas.
—En efecto. Es de cajón que tampoco van a ir a la partida de Dante. Sin embargo, al llamarlos para suplicarles que cambiasen de planes, ha dejado claro que hay problemas en la familia Visconti. Y por eso han preferido no involucrarse.
Tamborileo un dedo contra el hoyuelo que tengo en la barbilla y clavo la mirada en la lámpara que hay encima de la cabeza de Benny.
—¿Dónde piensa celebrarla?
—En el Portafortuna. El nuevo garito que ha abierto en la zona norte.
—Siempre está la opción de volarlo por los aires.
Es un poco más que una reflexión en voz alta, pero se me escapa de la boca antes de que pueda darle una segunda vuelta.
Benny suelta un silbido.
— Dio mio . ¿Con quién estoy hablando, con Rafe o con Gabe? Joder, si hasta hace un segundo me sorprendía que no hubieses obligado a Salvaje y a Dante a firmar un tratado de paz para mantener la calma en la costa.
—Esto es un pelín más grave que una disputa entre borrachos en el Whisky Under the Rocks, Ben.
—Mmm. Además, por mucho que quisieras, te resultaría imposible acceder al Cove. Según me cuentan mis fuentes, Dante ha colocado un cordón de seguridad en la frontera que ríete tú de los aeropuertos. Cacheos completos, control de equipajes, todo eso y más.
Me doy la vuelta cuando oigo a Benny sufrir una arcada. Se saca algo de la boca con los dedos escayolados y lo tira sobre la mesa.
—¿Eso es un puto trozo de piña? —exclama, mirando la masa amarillenta con asco—. ¿En mi puta pizza?
Sonrío contra el dorso de la mano.
—No era para ti, pedazo de gordo.
Le vibra el móvil y sube los escalones de dos en dos para cogerlo.
De nuevo, Penélope confirma el dicho de que, si piensas en el demonio, este hará su aparición. La veo entrando en la cocina a través de la puerta que hay al otro extremo de la estancia y deteniéndose delante del fregadero. Se le entrecierran los ojos al ver la pila de platos sin lavar.
—¿Son todos de anoche?
El chef Marco se acerca y le tira un delantal.
—Sí. Normalmente se lavan al final del turno.
—Entonces ¿qué hacen aquí todavía?
Él se encoge de hombros. Saca un cigarrillo de la cajetilla y se lo coloca en la comisura de los labios.
—Órdenes del jefe.
Penélope se pasa los dedos por la cola de caballo.
—Será hijo de puta —gruñe.
Apoyo los codos sobre la mesa con una cálida sensación de satisfacción en el cuerpo.
—He matado a gente por decir cosas menos horribles sobre mi madre, Penélope.
Se le tensan los hombros de repente y se da la vuelta para mirarme a los ojos. La sorpresa de verme sentado entre las sombras se convierte en odio, que después cristaliza en algo aún más travieso.
Sin dejar de mirarme, abre el grifo del agua caliente, echa un chorro de jabón en el fregadero y dobla los codos, imitando el gesto de remangarse unas mangas que no tiene. Bajo la vista hacia el reloj que se le desliza por el antebrazo, mi puto reloj, y se me oscurece el humor.
—Seguro que era una mujer maravillosa —dice con dulzura antes de hundir las manos en el agua jabonosa.
Me recuesto contra el banco y oculto la diversión detrás de los nudillos.
Le pedí a Laurie que mantuviera a Penélope en tareas alejadas de los invitados bajo la excusa de que las nuevas deberían aprender a hacer de todo, pero en realidad es porque aún faltan unos días para que lleguen los uniformes nuevos.
No es tanto un castigo por hacerme dudar de mis principios anoche, sino más un tema de supervivencia.
Con todo lo que está pasando en mi trabajo, no sé si podré hacer acopio de autocontrol si tengo que pasar otra noche viéndola preparar cócteles para mis invitados por encima de mi mano de póker.
Aun así, darle la noche libre al lavaplatos fue una jugada rastrera. Y he de reconocer que hundir mi Breitling en un bol lleno de jabón con una sonrisa sexi es el contraataque perfecto.
Sin embargo, jamás le permitiré ganar la guerra. Y mucho menos ahora que sé que llama a Sinners Anonymous .
Como por ensalmo, escucho unos pasos de zapatos reforzados por encima de mi cabeza y después por la escalera.
Mis hombres aparecen como una jauría de lobos hambrientos y van directos hacia la pizza y los bocadillos que hay servidos en la mesa. Les dedico un gesto con la cabeza cuando me dan las gracias en tropel. Blake se zampa un gran bocado y me ofrece un gruñido de aprobación.
—¿Es tu cumpleaños o algo, jefe?
«¿Este es imbécil o qué?». Celebré los treinta y cuatro hace tres meses en una isla privada de las Maldivas. Con el párpado temblando, consigo devolverle una sonrisa tensa.
—Es que las Navidades me ensalzan el ánimo.
A través del mar de espaldas anchas y trajes elegantes, veo a Penélope restregar los platos de anoche. Cada pocos minutos se detiene para apartarse mechones de la cara con un resoplido y para enjugarse la frente con el hombro.
Tras apretar el código de rellamada en la cabina, me faltó tiempo para volver al yate. Pretendía sentarme al escritorio con una copa de whisky en una mano y la polla en la otra y dejar que los pecados de Penélope se derramasen por los altavoces.
No tuve suerte. Según parece, Penélope usa el servicio como un puto diario.
Solo para hablar por hablar. Deja pequeñas anécdotas de su día a día, reflexiones insulsas sobre el libro que está leyendo, o resume conversaciones que ha mantenido con su vecino.
Por irónico que parezca, la única llamada que me despertó la curiosidad fue la que realizó desde la cabina: «Cogí tres libros prestados de la biblioteca y no voy a poder devolverlos».
Las tres respiraciones pausadas que precedieron a la confesión parecían indicar que no era eso lo que pretendía desvelar.
A pesar de todo, revisar la retahíla de reflexiones personales soporíferas no fue en vano: descubrí un dato interesante sobre Penélope, que es que odia la pizza de jamón y piña y que los bocadillos de atún le provocan arcadas.
Que es exactamente lo que les he ofrecido hoy para comer a mis empleados.
—¿Dónde dejamos los platos, jefe?
Me paso la lengua por los dientes con malicia.
—En el fregadero.
Una estampida de trajes y músculos atraviesa la puerta para plantar una montaña de platos sucios en el fregadero.
Penélope se los queda mirando, sin poder creer lo que ven sus ojos, cada plato cae en el agua jabonosa con un sonoro plop.
La espuma se desliza por la puerta del armario para acabar acumulándose en un charco en el suelo.
Sus ojos trazan esa trayectoria antes de clavarse en la hilera de zapatos brillantes que regresan al comedor de la tripulación.
—¡Eh! ¿Adónde os creéis que vais? —Su ladrido no recibe más que unas cuantas sonrisas burlonas a modo de respuesta—. ¡No pienso lavar vuestra mierda! ¡Volved y hacedlo vosotros mismos!
Los hombres se disipan, todos menos uno: Blake. Se aparta del marco de la puerta, contra el que estaba apoyado, y entra en la cocina para dejar el plato sobrevolando el agua del fregadero.
Penélope da un paso al frente.
—No seas capullo. —Otro paso más—. En serio.
El plato impacta contra la superficie con tal ímpetu que le empapa el vestido entero.
Se me tensa el estómago, pero no me muevo de mi rincón. Tanto mis ojos como los de Penélope recorren su vestido y sus medias. Ambos están empapados. Respira agitada, aprieta los puños y se gira para mirar a mi lacayo.
—¿Ya naciste siendo un cabronazo o te volviste así porque te pegaban en el cole y tu padre no te quería?
Se me elevan las comisuras de los labios y siento que se me forma una carcajada en el pecho. ¿De dónde habrá sacado esta tía esa boquita tan traviesa?
Blake da un paso al frente.
—Siempre te queda la opción de quitártelo, cielo.
Se me oscurece la visión, pero obligo a todos los músculos de mi cuerpo a quedarse donde están. Me paso dos dedos por los labios y observo cómo maneja la situación Penélope.
La veo parpadear.
—¿Cómo has dicho?
—Que podrías quitarte el vestido mojado. A mí no me importaría.
Me pitan los oídos por la sangre que se me está acumulando en la cabeza. ¿Por qué cojones tengo la mano encima de la pistola que llevo en la cinturilla del pantalón? Es ridículo. Yo no soy así.
Aprieto la mandíbula para no abrir la boca, cierro los puños y los apoyo sobre la mesa. Le clavo una mirada tan ardiente a Penélope en la mejilla que me sorprende que no haya combustionado, pero parece no sentir su calor. Se lame los labios, como si estuviese planteándose algo.
Al final, traga saliva y lo mira con los ojos entrecerrados.
—¿Cómo has dicho que te llamabas?
—Blake. Te devolvería la pregunta, pero todos los hombres que están a bordo de este barco saben quién eres.
Penélope se ríe. ¡Se ríe! Su risa reverbera por la cocina, accede al comedor de la tripulación y me azuza como una puta picana. Aprieto más los puños, siento aún más el peso de la pistola, como si quisiera recordarme su presencia.
—Anda ya, eso no es verdad.
Se me escapa un gruñido de los labios cuando le da un golpecito juguetón en el pecho.
—En serio —dice él con parsimonia, acariciándole la barbilla con la mano para inclinarla hacia su cara—. Eres preciosa. ¿Te lo había dicho alguien?
Una neblina roja inunda el comedor como una tormenta de arena en el desierto.
«A tomar por el culo». Le voy a pegar un tiro en la frente y a lanzarlo por la borda atado a unos ladrillos.
Sin embargo, cuando estoy a punto de levantarme, veo que Penélope le desliza la mano en el bolsillo y me detengo en seco.
—¿Preciosa? Sí, me lo han dicho alguna que otra vez —dice con dulzura, sin apartar los ojos de su víctima.
Mientras él se ríe y comenta que le gustan las chicas con confianza en sí mismas, ella le saca la cartera del bolsillo entre el pulgar y el índice.
Se la coloca detrás de la espalda y se hace a un lado.
—En fin, más me vale ir a cambiarme. —Se da la vuelta y se desliza por la puerta que hay al otro extremo de la cocina, ignorando la patética pregunta de Blake que la persigue sin alcanzarla: «¿Nos vemos luego?».
Este se pasa una mano por la cabeza rapada y suelta una sonrisa lasciva para después largarse del comedor de la tripulación por la escalera de caracol.
Una vez me quedo solo, con la única compañía de mi corazón frenético, no soy capaz de decidir a cuál de los dos seguir primero.