17. Penny #2
Al igual que su encanto, su loción para después del afeitado y sus sonrisas luminosas, sus trajes de diseño no son más que otro velo que oculta la oscuridad que pugna por escapar.
Los guardaespaldas. Los yates. La soberanía de una costa entera.
Es tan evidente que Raphael es malvado que me pregunto si todas las mujeres que lo miran con corazones en los ojos deciden no verlo.
«¿Cómo voy a ser buena si me obsesiona algo tan malo?».
Con el corazón en la garganta, rozo unas letras en italiano con el pulgar.
Acaricio la esquina de un joker. Siento entre los muslos una mezcla de curiosidad y lujuria, en parte porque no me impide levantarle un poco más la manga y en parte porque ansío saber hasta dónde le llegan los tatuajes.
¿Hasta el codo? ¿Hasta el hombro? ¿O le cubren todo el cuerpo escultural y bronceado como secretos pecaminosos ocultos bajo un manto de Brioni?
Alzo la vista para ver que me está mirando y que una curiosidad le suaviza los rasgos.
—A mí no me engañas —murmuro.
No me dura mucho la soberbia, pues me la sacude de la cara un destello verde y dos fuertes manos sacándome del bote.
Se me cuelan bajo las axilas y me transportan como una muñeca de trapo por encima de la plataforma hasta dejarme encima del garaje donde guarda las motos de agua.
Mi espalda impacta contra algo duro y me preparo para el golpe que está a punto de recibir mi cabeza.
Sin embargo, ese crac no llega, porque Raphael me cuela una mano bajo la coronilla y amortigua el golpe, mientras con la otra me tapa la boca para ahogar el grito que suelto.
«Me cago en todo». Estoy aplastada contra el rincón más oscuro y silencioso de todo el yate, y a pesar de su silueta sofisticada, no tengo del todo claro que el animal que me está atrapando esté domesticado.
Siento el pulso en los oídos, aunque la intensidad de la adrenalina que me incendia el cuerpo casi lo anula. Estoy jadeando, pero el divertimento que veo en las pupilas de Raphael me indica que él está disfrutando de cómo le humedece la mano mi temblorosa respiración.
—Déjame...
Detecto un destello de incertidumbre tras su fachada imperturbable y siento que me agarra con más fuerza todavía por la mandíbula para ahogar mi protesta. A pesar de que apenas ha movido un músculo, la insinuación es aún más potente que cuando me apretó las tetas o cuando me pegó el muslo al coño.
Da un paso adelante y, así, me oculta la única salida que tengo disponible.
—¿No te has enterado, Penélope? —murmura—. Las pelirrojas no deberían hablar al subir a un barco. Es... —Se calla de pronto. Echa los hombros atrás y corrige su sonrisa—. Poco apropiado.
Se me tensa el coño al oír esas dos últimas palabras. Él debe de haberse dado cuenta, porque responde a mi gemido ahogado contra su mano con un firme tirón del pelo. «Madre mía».
Con una sonrisita perezosa, me busca los ojos, que tengo entrecerrados, como para admirar el frenesí al que me ha lanzado. Sus ojos bajan por mi cuello antes de volver a subir para mirarme con aprobación.
—Por mucho que me duela admitirlo, me resultas atractiva cuando estás amordazada.
Dios santo bendito. El clítoris me late al ritmo que marca su provocación, y mis pezones ansían sentir la fricción de su pecho.
Tengo una mano caliente sobre la boca, unos dedos gruesos enredados en el pelo, y el aroma a cloro mezclado con ese olor tan suyo clavado en las narinas; estoy cayendo en el oscuro abismo del purgatorio sensorial y Raphael Visconti está mirando por el borde, esperando pacientemente a que impacte contra el fondo.
Siento que, si no salgo con uñas y dientes, moriré a merced de sus enormes manos y de su sonrisa socarrona.
Le aprieto la mano con la cabeza para ganar un milímetro de distancia con la otra palma. Saco la lengua, plana, y lamo.
Despacio. Descuidadamente. Siento que emano vaho con cada milímetro de piel que lamo.
El rostro de Raphael cambia cuando se da cuenta de lo que estoy haciendo, y el humor que mostraba su mirada se apaga como un interruptor que nos traslada a la edad de hielo.
Ralentizo la respiración. Se me enciende la sensación de victoria.
Veo que se le forma una sonrisa en los labios, pero en esta ocasión es fría y calculada.
Cargada de malas intenciones, todas y cada una de ellas dirigidas a mí.
Antes de que pueda girar la cabeza para forzarlo a que me suelte, él me quita la mano de la boca y me la desliza por la mejilla, con fuerza, humedeciéndome la piel sudorosa con mi propia saliva.
«¿Qué cojones hace?». Es una venganza pueril, pero el peso de su mano deslizándose sin fricción por los ángulos de mis pómulos me provoca un estremecimiento en las terminaciones nerviosas del clítoris.
Dios, es tan sórdido, tan obsceno..., un fetiche que ni siquiera sabía que me ponía.
Antes de separar la mano de mi barbilla, engancha el pulgar sobre la curva de mi labio inferior para dejarlo ahí plantado.
Se me olvida respirar. Se me olvida sentir.
Estoy demasiado concentrada en la perversa fascinación que le nubla la mirada cuando desliza el pulgar por toda la superficie de mi labio.
Tendré la cara empapada de mi propia saliva, pero noto una extraña satisfacción detrás de mis doloridos pechos.
He estado en presencia de bastantes hombres hambrientos como para reconocer esa mirada.
Por muchos tatuajes pecaminosos, yates y fortuna que posea, ahora soy yo quien tiene la mano ganadora.
Voy a ganar esta partida.
Me lo demuestro al darle un mordisco en el dedo cuando lo coloca en el centro de mi labio. Tras un destello de irritación y un siseo caliente, Raphael alza los ojos para mirarme.
Después de tres irregulares latidos de mi corazón, él recupera la compostura lo suficiente como para retirar el dedo de mi boca y ponerlo en el hueco de mi barbilla.
—Apuesto a que muerdes al follar —dice pensativo, como si estuviese hablando solo en vez de conmigo.
Se me para el corazón.
—Yo te apuesto cien pavos a que te la he puesto dura —respondo.
No sé por qué digo eso. Quizá es que estoy borracha de lujuria y de ilusiones.
Sin embargo, en mis palabras parece residir el antídoto que necesitaba Raphael para recomponerse.
Se suelta de mí y da un paso atrás. Se mira la mano mojada con una cierta diversión, se saca el pañuelo del bolsillo de la chaqueta y se lo pasa entre los gruesos dedos.
Tras un último vistazo, Raphael se ajusta los gemelos y se da la vuelta.
—Eres una perra, Penélope —dice sin darle mayor importancia por encima del hombro—. Debería plantearme sacrificarte.
—No serías el primero que lo intenta.
Se detiene y se gira para mirarme.
—¿Y qué pasó?
—Que mordí al veterinario.
Silencio. Después, una carcajada, perversa y peligrosa, flota hasta acariciarme la piel como un viejo amante. El placer que me provoca se dirige directo a mi centro y se clava como un peso en mis bragas empapadas.
Justo cuando Raphael sale del garaje y de mi vista, escucho un leve golpe en la cubierta. Con las piernas temblando, me acerco para ver qué se ha caído.
Ahora me toca a mí reírme, aunque es una risa más nerviosa que la de Raphael.
Cinco billetes de veinte sujetos con un clip plateado.