17. Penny
Penny
En cuanto pongo un pie fuera de mi piso, veo un par de Converse desgastadas saliendo al felpudo que hay enfrente del mío. Alzo la vista para encontrarme con la sonrisa torcida de Matt.
No debería confesar que he evitado toparme con Matt, pero mentiría si dijera que no contengo el aliento y quito el volumen al televisor cuando llama a la puerta.
En cuanto se enteró de que estaba ingresada en el hospital, se convirtió en Florence Nightingale.
Se siente culpable porque no se dio cuenta de que me fui de la boda, aunque en realidad es culpa mía porque no le avisé.
A pesar de que ya estoy haciendo vida normal y de que la herida ya no es más que una pequeña marca, sigue viniendo a ver cómo me encuentro y a traerme la cena. De la comida gratis sí que no me quejo.
Decido aprovechar la ocasión para desviar el tema del estado de mi salud.
—¿Qué le pasa al del 8B? Está todo el día igual.
Menos mal que no duermo, porque el vecino que está entre el piso de Matt y el mío no deja de poner música malísima a todas horas.
A mi amigo se le ilumina la mirada cuando bajamos por la escalera.
—¿Quieres que te cuente una cosa loquísima?
—Siempre.
—Llevo casi cinco años viviendo aquí y no tengo ni la más remota idea de quién ocupa ese apartamento.
Salimos a los adoquines helados que refulgen bajo un cielo sin nubes. Me detengo en seco para mirarlo.
—¿En serio?
Matt se desliza unas gafas de sol por la nariz.
—Como lo oyes. Ni me lo he encontrado en el descansillo ni he visto cartas ni paquetes a su nombre en el buzón.
—Alza la vista hacia el edificio y después baja el volumen de la voz—.
No te lo pierdas. Una vez, vine de fiesta con un colocón de la hostia y la música me daba muy mal rollo.
Entonces, cogí un vaso y lo pegué a la pared.
Conoces ese truco, ¿no? Para escuchar mejor lo que pasa al otro lado.
Asiento.
—Bueno, pues resulta que por debajo del ruido de la música escuché el de un taladro.
Contengo una carcajada.
—¿Qué dices?
—Te lo juro. A las tres de la mañana. ¿Qué cojones haces taladrando a las tres de la mañana?
Empezamos a caminar por la calle Mayor contra el fuerte viento que nos azota. El sol ya se está poniendo en el horizonte, vertiendo un tono anaranjado sobre los adoquines del suelo.
—Me parece que deberías dejar la hierba.
—Estoy de acuerdo. En fin, ¿qué tal en el trabajo? ¿Ha dicho algo de mí Anna?
Aún no he tenido el valor de decirle que es una zorra despiadada. Y no lo haré mientras me siga dejando empanadillas en la puerta de casa.
—Anda ya, tú mereces algo mejor —digo sin darle mayor importancia al asunto—. Un tío como tú podría ligarse a Beyoncé si quisiera.
Pone los ojos en blanco.
—Ya, crucemos los dedos para que me haga match en Tinder.
Cuando llegamos al final de la calle todavía me estoy riendo. Estamos a punto de irnos cada uno por su lado cuando se fija en mi muñeca.
—Oye, ¡menudo relojazo!
Estiro el brazo y el Breitling me guiña un ojo, como si compartiésemos un chiste secreto.
Después de mal dormir, me desperté a media tarde llena de llamas de venganza.
Anoche, Raphael me provocó un torbellino de emociones.
Sentí una ira irracional al ver que estaba con una mujer, confusión cuando me consoló durante la tormenta, y después excitación cuando me puso el muslo entre los míos.
Su presencia abarrotó la cabina de teléfono y se coló por los poros de mi piel, y detesto que no sea tan fácil de limpiar como su loción para después del afeitado.
Llevo puesto su reloj y sé que no es solo para chincharlo, sino también porque si juego con él evito pensar en Martin O’Hare y en el hecho de que haya dicho por las noticias que piensa tomar cartas en el asunto.
Se me da genial hundir las cosas malas hasta lo más profundo de mi estómago, siempre y cuando tenga alguna distracción.
Raphael Visconti es una distracción de lujo.
Gracias a este flamante reloj, hoy llego a tiempo, así que encuentro la lancha del personal amarrada al embarcadero al llegar al puerto.
Cuando uno de los matones hasta el culo de esteroides me ayuda a embarcar, me deshago en sonrisas y en charla insulsa.
El ceño de Anna se convierte en una sonrisa socarrona cuando Claudia le susurra algo al oído, pero entonces el motor cobra vida y me resulta imposible que me importe lo más mínimo.
Cierro los ojos y me regodeo en el aire salado, en la libertad del pelo alborotado, las mejillas mojadas y la nariz insensible.
Supongo que como método de traslado al trabajo este no está nada mal. Además, no creo que Martin O’Hare me busque en medio del Pacífico, ¿verdad?
El rugido del motor se convierte en un estertor y, cuando abro los ojos, me topo con una mirada más afilada que una aguja e igual de capaz de reventarme el corazón, que tengo hinchado como un globo de helio.
Raphael está en la plataforma, ofreciendo un claro contraste de líneas negras con elementos dorados bajo el sol invernal.
Es ancho y alto y, aunque nos separan quince metros de fuertes corrientes, su presencia me acaricia el alma como la llama de un Zippo que baila demasiado cerca de un escape de crudo.
El bote impacta contra un parachoques, el capitán trajeado lo amarra al embarcadero y Raphael da un paso adelante. Sus gemelos en forma de dado me dedican un guiño y veo que se guarda una ficha de póker dorada en el bolsillo del pantalón.
—Buenas tardes, señoritas —dice con elegancia y una sonrisa satinada que deja a la vista sus hoyuelos.
A mi alrededor se extiende un coro de risitas. Me doy la vuelta y suspiro al viento, deseando que me lleve de vuelta a la costa. O mejor a Canadá.
—Permite que te ayude.
Ese tono sedoso, junto con mi propia curiosidad, me obligan a volver la cabeza lo justo para observar cómo Raphael se remanga los pantalones y le tiende una mano a Katie. La ayuda a subir a la plataforma sin esfuerzo y suelta una risita cuando esta se cae contra su pecho.
—No me cabe duda de que está mal visto beber antes de venir al trabajo, Katie —bromea—. Esta vez lo dejaré pasar, ¿vale?
Él le guiña un ojo, ella se sonroja y yo me planteo si de verdad será tan horrible morir ahogada en el mar.
Claudia se coloca al frente a base de empujones y tiende la mano.
—Vaya, vaya. ¿Quién es el afortunado? —dice Raphael con parsimonia, pasándole el pulgar por el anillo de diamante.
—Ese no es el dedo en el que se coloca el anillo de compromiso, señor Visconti. —Suelta una risita y alza la otra mano en el aire—. Es en este. Y, como puede ver, está completamente libre.
Raphael le dedica una sonrisa perezosa.
—Uf. Menos mal. Has estado a punto de romperme el corazón, Claudia.
Me arde la sangre, así que aparto la mirada hacia el mar e intento con todas mis fuerzas hacer oídos sordos a la charla insulsa y al tonteo vergonzoso que está sucediendo a mi espalda.
Aparte de Laurie, que le ha dado una palmada en el hombro y se ha ido derecha al baño más cercano, las demás chicas no deben de tener más que tres neuronas entre todas, porque mira que creerse la patética actuación de Raphael Visconti...
Su encanto es igual que su loción para después del afeitado: embriagador. Sin embargo, cuando te acercas mucho a la fuente, como me pasó a mí anoche, se desvanece el efecto y puedes ver la realidad: que no es más que un velo satinado que oculta el peligro que tiene debajo.
—Penélope.
Cuando su voz me roza la nuca, la siento más fría que antes, y eso me obliga a cerrar los ojos. Noto una energía nerviosa bajo la piel.
Cuando lo vi en la maleta esta mañana, me pareció que sería una idea maravillosa ponerme su reloj, pero ahora, al tener a su antiguo propietario a unos metros de mi espalda, me flaquea el valor.
Enderezo la columna vertebral y me doy la vuelta. Por desgracia, no queda nadie más en el barco, y a no ser que me apetezca volverme a casa nadando, solo tengo una forma de desembarcar.
Raphael mira por encima del hombro al escuchar que una puerta se cierra tras él. Cuando sus ojos vuelven a dirigirse hacia mí, son cinco tonos más oscuros.
—No tengo todo el día.
—Y yo no tengo ninguna extremidad rota. No necesito ayuda, gracias.
Me mira un segundo de más, después centra la atención en un punto por encima de mi cabeza y extiende la mano. Puede fingir apatía tanto como le plazca, pero ese tic que le he visto en la mandíbula indica que preferiría que le sacasen las muelas a pulso antes que yo la aceptase.
—No sería demasiado caballeroso de mi parte no ofrecerte mi ayuda —dice con sarcasmo.
Como si se hubiera acordado de otra cosa que lo cabrea, recorre con la mirada el costado de mi muslo, suelta un siseo caliente y vuelve a mirar por encima de mi cabeza.
—Y tampoco sería muy apropiado de tu parte bajarte del barco enseñando medio culo.
—No hagas como si no me lo hubieses visto nunca —replico. Se me acelera el corazón al recordar cómo me devoró con la mirada en el vestuario.
—Yo sí, pero mis empleados no —dice con hielo en la voz—. Y prefiero que siga siendo así.
En este momento me percato de que no está mirando por encima de mi cabeza solo para evitar mirarme a los ojos, sino que está fijando la vista en algo.
En alguien. Me doy la vuelta y veo que el capitán tiene los ojos clavados en mis muslos, perdido en sus pensamientos.
Al sentir el peso de dos pares de ojos, se sobresalta y aparta la mirada rápidamente.
Suspiro. «Hombres».
—Arriba. Ya.
Jolines. Bajo la vista para mirar la enorme mano que tengo bajo las narices. Venas azules bajo una piel aceitunada y uñas bien acicaladas. Se me escapa un suspiro tembloroso mientras mi mente se desvía hacia dos posibles escenarios.
Que esa mano se deslice por la curva de mi cadera.
O que me agarre de la garganta.
Suave. Dura. Y, para mi desgracia, una tan excitante como la otra.
Carraspeo para intentar recobrar algo de autocontrol, deslizo el pulgar y el índice alrededor de su muñeca, entre la correa de su reloj y el puño de su camisa. Le aparto la manga y desvelo lo que ya sabía que tenía ahí.
Tatuajes, y no pocos.