16. Rafe #3
Noto una sensación familiar en las venas. Es algo perverso y peligroso y no debería encontrarse en mi riego sanguíneo un jueves cualquiera. Las ideas sádicas que están asomando la cabeza desde lo más hondo de mi cerebro tampoco deberían estar ahí.
Inclino la cabeza hacia un lado. Me meto las manos en los bolsillos y aprieto los puños.
—¿Y si no te dejo salir?
Es una pregunta, no una amenaza.
Tal vez.
Sea lo que sea, no debería haber salido de mis labios.
Ella frunce el ceño, pero eso no le basta para ocultar la oleada de miedo que le pasa por sus ojos de cervatillo. Alza la barbilla y dice:
—Te apartaré de un empujón.
Me deslizo un dedo por la boca para ocultar lo mucho que me divierte esa contestación. ¿De dónde sacará esta tía la confianza? Si la cabeza no le llega ni al tercer botón de mi camisa, por Dios bendito. Si quisiera... hacerle lo que me viniese en gana, no podría hacer nada para impedirlo.
Bajo la piel me vibran la excitación y la inquietud a partes iguales.
—Y ¿cómo pretendes hacer eso?
«¿Qué cojones estás haciendo, Rafe?». Parece que cada vez que hablo con esta chica la conversación se vuelve un juego.
Sin embargo, esta charla tiene más tintes de venganza.
Por ponerse mi loción para después del afeitado.
Por negar con la cabeza cuando le pregunté si quería que me comportase como un caballero.
Quiero ponerla tan incómoda como ella a mí.
Aunque este jueguecito me parece más arriesgado que tirar los dados o una apuesta de medio pelo.
Y, además, no puedo asegurar que vaya a salir victorioso.
«A tomar por el culo».
Además, asustar a las mujeres por pura diversión tampoco es lo mío.
Al menos de esta manera. Estoy cansado y cachondo y, seguramente, al borde del delirio por la falta de oxígeno en este cubículo.
Estoy a punto de apartarme con una risotada cuando Penélope me dirige una mirada rápida a la zona de debajo del cinturón.
Se me caldea la sangre. Qué tonta ha sido.
La primera regla de cualquier juego es evitar que el oponente descubra tus intenciones.
He de admitir que es muy rápida. Pero yo lo soy más.
Cuando levanta la rodilla para clavármela en la entrepierna, yo hago lo mismo.
Deslizo mi rodilla entre sus muslos y la inmovilizo contra la pared.
Con el corazón bombeando la adrenalina que me provoca la victoria, aplasto su cuerpo con el mío y una risa triunfal me reverbera en lo más profundo de mi garganta.
—Demasiado lenta, Penélope. ¿Y ahora qué?
No me contesta, y con cada segundo que se arrastra entre nosotros, siento que la conciencia va hincándome sus garras cálidas y punzantes en la piel.
Siento sus uñas afiladas clavadas en mi bíceps.
Su aliento como vaho en la nuez. El calor de su coño sobre mi muslo, y el pulso rápido e intermitente que late en su centro.
«Mierda».
Observo una gota de agua deslizándose por el cristal y respiro lenta y profundamente. No consigue enfriar la lujuria que me corre por las venas.
«Ni se te ocurra, Rafe».
No pienso hacerlo. No voy a hundir más el muslo entre sus piernas con la esperanza de que la fricción la haga gemir. No la voy a agarrar de la nuca para alzar sus labios hacia los míos y así explorar el sabor de esa boca que nunca se calla.
Resultaría sencillísimo, claro está. Estamos aislados del mundo exterior por una mezcla de calor corporal, agua de lluvia y oscuridad. Podría tirarme a esta chica en un abrir y cerrar de ojos, sin sacarla a cenar, y nadie, excepto ella, yo y mi propia conciencia lo sabríamos.
De repente, Penélope mueve las caderas y su coño se desliza un centímetro por mi muslo.
Se me tensa el estómago.
—Para.
Es una advertencia nítida, articulada por el hueco que dejan mis dientes apretados.
Ella vuelve a moverse, esta vez con mayor intención. Sus cabellos mojados me cosquillean la garganta cuando alza la barbilla.
—Y si no ¿qué?
No es más que un susurro, pero cargado de una insolencia que me encantaría arrancarle de las cuerdas vocales. Lo que me está provocando ese tono de voz en la polla debería ser ilegal.
Con la sangre bombeándome tanto en las sienes como en la polla, se me llena la mente de pensamientos perversos y la lengua se me amarga al sentir el sabor de las malas decisiones.
Debería alejarme de esta tía. No me va a traer nada bueno, sea mi carta de la perdición o no. Sin embargo, si me marcho, perderé el juego que he empezado.
Y odio perder.
No. Es demasiado joven, y yo soy su jefe. Hago acopio de todo el autocontrol del que dispongo, me aparto de ella y salgo a la calle.
Clavo la mirada en un Papá Noel medio deshinchado que cuelga de una farola , me recoloco los pantalones y me aliso la camisa.
Respiro profundamente el aire húmedo de diciembre.
Aprovecho la lluvia que sigue cayendo para enfriarme un poco.
Se me van aclarando las ideas y voy retomando el sentido común lentamente.
Madre mía, me he pasado bastante de la raya. Supongo que la proximidad forzosa y el comportamiento pueril acaban con el buen sentido hasta del hombre más cabal. Aun así, debería disculparme; no ha sido forma de tratar a una dama, incluso aunque dicha dama sea Penélope.
Oigo que la puerta de la cabina se cierra de un portazo y que unos pasos retumbantes se alejan en la dirección opuesta. Me meto las manos en los bolsillos y doy alcance a Penélope mientras se dirige hacia su apartamento como una apisonadora.
—Penélope.
Me ignora y no aparta la mirada de los charcos que plagan la calle.
—No tienes por qué acompañarme a casa, ¿sabes?
—Son las tres de la mañana.
—No soy tu chica. —Se para en seco y se da la vuelta para mirarme. Busco un rastro de miedo en sus ojos, pero, para mi sorpresa, no encuentro nada de eso en sus iris de color azul—. Por cierto, ¿qué pasó con tu cita? ¿No te invitó a subir a tomar un café?
A pesar de que me sigue latiendo la polla en los pantalones, me asalta la diversión.
—¿Eso es lo que hacen las damas? ¿Invitar a los hombres a un café en su casa?
Ella traga saliva. Agarra el libro con más fuerza y desliza la mirada por mi camisa hasta más abajo del cinturón, para dejarla clavada en mi polla. El calor de sus ojos me obliga a cerrar los puños con más fuerza alrededor de la ficha de póker que llevo en el bolsillo. «Que Dios me ampare».
—No sabría decirte —susurra, deteniéndose delante de una puerta verde—. No soy una dama.
Y después, sin tan siquiera despedirse, desaparece por la puerta y cierra de un golpe tras de sí.
Me quedo mirando la madera sin poder creer lo que acaba de pasar y, después de unos segundos, alzo la vista al cielo y suelto una carcajada sin pizca de gracia.
«Esta tía no puede ser de verdad».
Al pasar al lado de la cabina de teléfono, noto que algo lento e instintivo se me cuela por el cuello de la camisa y me detiene en seco.
«No puede ser».
Antes de que pueda pensármelo dos veces, me cuelo en el interior del cubículo y cojo el teléfono. Aprieto el código de rellamada.
Cuando una voz conocida, porque la he creado yo mismo, atraviesa la línea, se me escapa una carcajada que llena el aire más que cualquiera de los susurros ahogados de Penélope.
«Que empiece el juego, niñata estúpida».