Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 16. Rafe #2
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16. Rafe #2

—La suerte no existe, Penélope. Ni la buena ni la mala ni todo lo contrario. No sé cuántas veces voy a tener que demostrártelo.

Ahora abre el otro ojo y me ofrece una mirada incrédula.

—Eres el rey de los casinos. ¿Cómo es posible que no creas en la suerte?

—Porque soy una persona lógica. —Mentira—.

Creo en la ciencia de la probabilidad y en la estadística.

Todos los seres humanos del planeta tienen las mismas posibilidades de sacar un seis.

Es pura matemática. Dios santo, seguro que también te pintas las uñas según lo que te indica el horóscopo y no sales de casa cuando Mercurio está retrógrado.

Ella frunce el ceño.

—Qué gracioso. —Baja la mirada hacia el paraguas que tengo al lado y veo una cierta travesura en sus ojos—. Pues entonces, ábrelo.

—¿Qué?

—Si es verdad que no crees en la suerte, «ni en la buena ni en la mala ni en todo lo contrario» —se burla, con una voz grave, que supongo que pretende imitar a la mía—, abre el paraguas.

Me paso la lengua por los dientes. Alzo la vista para mirar la lluvia que martillea en el techo. Joder, me ha pillado. Antes preferiría jugar a la ruleta rusa que abrir un paraguas en un espacio cerrado. No sé si la cabina cuenta, pero no pienso arriesgarme.

El siguiente rayo no podría haber llegado en un momento más oportuno.

Penélope, demasiado distraída con la conversación sobre las supersticiones, se olvida de contar el tiempo que pasa entre el relámpago y el trueno y este último la pilla desprevenida.

Suelta un gritito. Me planta una mano sobre el pecho para estabilizarse.

Se me tensan los músculos bajo el peso de su palma.

A lo mejor es porque ya son más de las tres de la madrugada o a lo mejor es que he perdido hasta el último ápice de cordura, pero le cubro la mano con la mía.

—Chis —murmuro, encogiendo los dedos sobre su mano—. Enseguida pasará.

Con los ojos como platos, desliza la mirada por mi camisa hasta nuestras manos.

Su respiración pesada llena las cuatro paredes de la cabina.

El vaho que emanan nuestros cuerpos se eleva y repta por el cristal hasta que nos impide ver lo que sucede al otro lado.

Ahora solo existimos Penélope y yo, aquí dentro, prudentes y empapados, temblando demasiado cerca el uno del otro.

Siento un suave veneno bajo la piel, irritante y caliente.

¿En qué estaría yo pensando? Entré en esta cabina como si me estuviese dando un paseo dominical.

Como si no me estuviera encerrando en una caja de metro y medio por dos metros cuarenta con una chica en cuyo cuerpo semidesnudo he pensado al menos una vez por cada hora que ha pasado en estos últimos tres días.

Ahora ¿qué me separa de ese sujetador de encaje? Un par de capas de ropa que podría arrancarle del cuerpo en menos de diez segundos. O de cinco, si me sintiese... temerario.

La lujuria me restalla como una corriente eléctrica que me baja hasta la punta de la polla.

A tomar por el culo el tema de la reina de corazones.

Aunque no sea mi carta de la perdición, no me hace ningún bien.

Me perjudica el autocontrol y la imagen pública.

La chispa de desafío en sus enormes ojos azules provoca que me entren ganas de arrancarme la máscara caballerosa y devorarla entera.

Me aclaro la garganta, le suelto la mano, en parte porque esta camisa es de Tom Ford y en parte porque la suavidad de su palma contra mi pecho me está poniendo cachondo.

—Si es verdad que te crees una chica con suerte, juguemos a un juego.

Entrecierra los ojos, la cautela se convierte en interés.

—¿Cuál?

Contengo la gracia que me hace lo incapaz que es de ocultar su emoción y me saco un dado del bolsillo de los pantalones. Lo tiro al aire, lo cojo y pongo la mano hacia arriba con el puño cerrado.

—Adivina qué número ha salido. Si aciertas, admitiré que la suerte te acompaña.

Enarca una ceja sarcástica.

—¿No te hace falta nada más que eso para creerme?

Pues claro que no, pero otro rayo acaba de iluminar el cristal que tiene al lado de la cabeza y ni se ha inmutado.

—Así es.

—Y ¿yo qué gano?

—El derecho a regodearte.

Pone los ojos en blanco.

—¿Y qué más?

Suelto una risotada.

—Cien pavos.

Otro trueno que le pasa desapercibido.

—Cuatro.

—¿Seguro que no te lo quieres pensar mejor?

—No tengo que pensar nada; lo sé.

De pronto caigo en la cuenta de en qué reside el inmenso atractivo de esta chica.

Aparte de que es la definición misma de mi tipo hasta el más mínimo detalle, es su confianza lo que se me clava bajo la piel.

Raya en la soberbia; eso en sí mismo me presenta un reto.

Parece que anhelo la satisfacción de borrarle esa arrogancia por todos los métodos que tengo a mi alcance.

Estiro los dedos.

Me mira a los ojos, los suyos danzan de alegría, los míos no pueden creer lo que ven.

«Vamos, no me jodas». Con una sonrisita socarrona que ardo en deseos de borrarle de la cara, quizá con los labios, tiende la mano ante sí.

Le planto el billete en la palma con más fuerza de la necesaria. Por suerte, se lo guarda en el bolsillo, en vez de en el sostén.

Su excitación pende en el aire. Se recuesta contra el cristal, exponiendo la suave curva de su garganta, y después me mira entre sus densas pestañas.

—¿Al mejor de tres?

Me río.

—No tientes a la suerte, chica.

—Venga ya. Puedes permitirte perder unos cuantos billetes más. Eres billonario, tienes dos yates y una puta isla en el Caribe. —Señala la calle con la cabeza—. Seguro que tienes mil pavos en calderilla en el salpicadero de tu coche.

Entrecierro los ojos.

—¿Me has buscado en Google o algo?

El aire se mueve al compás de su risa. No me gusta cómo sabe; cómo la siento en los pantalones.

—O algo —susurra.

Mierda.

Me sostiene la mirada durante más rato del que debería. La sonrisa socarrona enseguida se le cae de los labios hasta que no le queda ni un ápice de humor en su preciosa cara.

«¿En serio me ha buscado?». ¿Por qué será que eso me provoca una oleada de placer perverso por todo el cuerpo? Supongo que es porque implica que ha pensado en mí.

Dudo que lo haya hecho de la misma manera que yo en ella, no obstante.

Semidesnuda y embadurnada de crema hidratante.

Esa imagen se reproduce detrás de mis párpados por enésima vez. Antes de que pueda evitarlo, recorro el espacio que nos separa y apoyo la palma de la mano en el cristal, encima de su cabeza.

Se tensa cuando me acerco. Después, cuando el siguiente trueno hace temblar la cabina, suelta una exhalación cálida y temblorosa contra la base de mi cuello. La noto como un plomo en las pelotas, y aprieto un poco más fuerte la mano contra el cristal.

Clavo la mirada en las tarjetas dobladas de los taxistas y de las putas baratas y le formulo una pregunta que más me valdría callar.

—¿Te has enamorado alguna vez, Penélope?

No sé por qué se lo pregunto. Supongo que en parte porque ha sido una de las últimas cuestiones que me planteó mi cita y en parte por la leve curiosidad que me provoca.

A veces, cuando una chica vuelve a su lugar de origen, es porque le han roto el corazón, o al menos eso me han dado a entender las películas romanticonas de mierda que veía mi madre en esta época del año.

Los ojos de Penélope escalan hasta los míos y los escrutan con una expresión cautelosa.

—¿Es otro juego?

Niego con la cabeza.

—Entonces la respuesta es no.

Una leve llama de alivio titila como una vela en la oscuridad de mi pecho. Qué ridiculez. No debería importarme una mierda si esta chica ha estado enamorada o no. Y no me importa.

—¿Por qué no?

Creo que ya conozco la respuesta de antemano. A los veintiún años no se tiene edad para enamorarse. Sin embargo, para mi sorpresa, levanta la barbilla, me mira a los ojos y me dice algo que no esperaba.

—Las mujeres no se enamoran, caen en la trampa.

Exhalo y me aparto de la pared para intentar alejarme del aroma embriagador de su champú de fresa, y también del calor húmedo que emana su abrigo de piel al rozarse contra mi pecho.

Sin embargo, aun apoyado contra la fría puerta de entrada, me resulta imposible alejarme de ella.

Será un tapón de metro y medio, pero llena el espacio como nadie y espesa y endulza el ambiente de tal manera que parece estar a punto de estallar por las costuras.

¿Quién le habrá hecho daño? Un chico de su edad. Un chavalete con granos que vive en el sótano de sus padres, sin lugar a dudas. Durante un breve y estúpido instante, me planteo si debería hacerle daño yo a él.

—Qué hastío destila esa opinión, Penélope.

—¿Y tú? —Bajo la mirada del techo lluvioso hacia la fuente de la voz de Penélope—. ¿Te has enamorado alguna vez?

Me río. No le puedo contar la verdad. No se la puedo desvelar a nadie, ni siquiera a mis propios hermanos. Porque, en tal caso, debería admitir otra cosa, algo de más peso.

Elegí el rey de diamantes, no el rey de corazones.

Es más sencillo tirar de la misma respuesta que le di a Callie. ¿O era Cora?

—Me temo que no, Penélope.

Suelta un aliento grave y lento que se me cuela en la caja torácica y llena el hueco que alberga. Ella se muestra indiferente, ilegible, pero en sus ojos brilla algo cálido.

Cuando me mira, el corazón me martillea contra las costillas.

Me caen gotas de lluvia en los zapatos, procedentes de su cabello, y emiten un plop alto y pegajoso.

En el exterior, los coches recorren los adoquines mojados de la calle Mayor, sus neumáticos emiten un siseo deslizante y sus faros iluminan los cristales empapados.

Lanzan un brillo amarillento y fragmentado sobre la cara de Penélope.

Bajo la vista hacia sus labios carnosos, que tiene abiertos, y después hacia la curvatura de su garganta, que se mueve al tragar.

—Ha pasado la tormenta —susurra.

—Hace cinco minutos.

Da un paso hacia mí y se guarda el libro bajo el brazo.

—Debería irme ya.

Se me tensa la mandíbula al sentir que me roza el pecho con el suyo. Cuando se percata de que no me he apartado, se tensa y me mira con cautela.