Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 16. Rafe
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16. Rafe

Rafe

—¿Te has enamorado alguna vez?

Contemplo la lluvia que cae por mi ventanilla y contengo un suspiro. Esta mujer no ha parado de preguntarme estupideces toda la noche.

«Si estuvieses en el corredor de la muerte, ¿qué elegirías como última cena?».

«Si fueses un ingrediente de una pizza, ¿cuál te gustaría ser?».

«¿Preferirías ser una fresa con mente humana o una persona con mente de fresa?».

Ahora mismo, preferiría ser una persona que estuviese en cualquier lugar excepto en este coche. Sin embargo, le dedico una sonrisa amable y niego con la cabeza.

—Me temo que no, Cleo.

Antes de volver a prestar atención a la carretera, detecto un destello de emoción en sus pupilas. «Respuesta incorrecta».

El brillo de la pantalla de su móvil se le refleja en la cara, y el repiqueteo de sus dedos al escribir ahoga el murmullo del villancico ochentero que suena por la radio. Apostaría lo que sea a que está dando la última hora de nuestra cita a sus amigas por el chat grupal.

A veces me planteo si no sería más sencillo hacer como todos los demás miembros de mi familia: follar y olvidar sin clemencia.

Sin embargo, solo de pensar en hundir la polla en una mujer cuyo apellido soy incapaz de recordar me parece...

poco civilizado. Es algo más propio de los animales del zoo, o de mis primos, no de los hombres de verdad.

No, yo prefiero someterme a la tortura de sacar a una mujer a cenar antes de llevármela a la cama, a pesar de que, la mayoría de las veces, me importa una mierda la conversación que llena el aire por encima de la mesa del restaurante.

Angelo cree que esa dilación les da a las mujeres falsas esperanzas de que la relación va a ir más allá de un simple polvo. Yo no estoy de acuerdo; no pienso casarme, y desvelo mis intenciones desde el minuto cero.

Siempre extiendo la misma advertencia a toda mujer con la que salgo.

Les ofreceré una cena a la luz de las velas y un comportamiento de príncipe encantador mientras escucho sus monólogos con una sonrisa intrigada en los labios.

Después, cuando ya hayan empapado mis sábanas de seda con su sudor y hayan gemido sus más perversas intenciones a mi oído, jamás volverán a saber de mí.

Nunca hay una segunda cita. Ni en un millón de años. No obstante, la mayoría de las mujeres se toman esta regla tan inquebrantable como el acero como un reto. Y la que ocupa el asiento del copiloto de mi coche ahora mismo no es una excepción.

Detengo el coche ante la escalera de entrada de la casa de Cleo, en la calle Mayor, y apago el motor. Con ese silencio, la tormenta que truena en el exterior parece incluso más intensa.

—Gracias por una velada encantadora —digo sin afectación.

Siento la anticipación restallando bajo el vestidito negro que lleva mi acompañante. Deslizo la mirada hacia sus manos, que están agarrando el dobladillo. Ahogo otro suspiro.

Normalmente, en este punto, pasaría un brazo por detrás del reposacabezas. Deslizaría una mano por su muslo y murmuraría contra sus labios si no me va a invitar a tomar un café. Sin embargo, no sé por qué, hoy no me apetece en absoluto.

A lo mejor es que los negocios no me han ido muy bien esta semana y eso me ha dejado molido, o quizá porque en realidad no me importa descubrir lo que tiene debajo del vestido.

Bajo su sorprendida y atenta mirada, me paso una mano por la boca y apoyo la cabeza contra el asiento.

A lo mejor tengo que salir con otro tipo de chicas.

Llevo nueve años decantándome por morenas tan similares que sería incapaz de distinguirlas en una rueda de identificación ni aunque me amenazasen con una pistola.

De hecho, las escojo porque no son mi tipo.

Me resulta sencillo follar y olvidar. Buscarme a una chica de mi tipo resultaría... peligroso.

El siguiente rayo me ofrece una imagen de cabello pelirrojo y lencería de encaje.

Dios santo. De pronto me sube un calor por el cuello de la camisa y me veo impelido a abrir la puerta del coche y plantarme bajo la lluvia.

Al rodear el vehículo por detrás, veo que Blake me mira desde la berlina blindada que tengo aparcada detrás.

Me guiña un ojo, forma un círculo con una mano y desliza el dedo índice en su interior para después volver a sacarlo.

Ah, el símbolo universal de echar un polvo.

Me reiría si proviniese de Griffin o de otro de mis esbirros, pero este capullo está colgando de un hilo después de lo que pasó con Benny. Abro la puerta del acompañante para Cleo y me percato de que se queda sin respiración cuando me inclino hacia ella, pero finjo que no me he dado cuenta.

Solo voy a coger un paraguas.

Extiendo la mano y fuerzo otra sonrisa.

—Permíteme.

Al resguardo de la lluvia, damos los cinco pasos que nos separan de la puerta de su casa en silencio.

—Bueno —susurra, mirándome como un cervatillo paralizado por la ansiedad—. Ya hemos llegado. ¿Te apetecería... subir a tomar un café o algo?

Son las tres de la mañana, no exagero cuando digo que no ha parado de darme la chapa con las preguntitas, y mentiría si dijera que follármela por detrás sobre sus sábanas de poliéster mientras contemplo el papel pintado de motivos florales que hay detrás del cabecero de su cama no me pone cachondo.

Desvío la mirada por encima de su cabeza y la clavo al otro lado de la calle.

Por mucho que me fastidie, sé exactamente por qué no me apetece subir a su piso, y no tiene nada que ver ni con los negocios ni con que estoy harto de las morenas.

Sin embargo, ese motivo es tan ridículo que casi me entran ganas de subir para demostrarme a mí mismo que no es real.

Otro relámpago ilumina la calle Mayor. Reverbera en toda la superficie reflectante, como los charcos que hay en el asfalto, los escaparates y el cristal de la enorme cabina de teléfonos que hay allí al fondo. Un destello rojo, este de verdad, me roba la atención, y agudizo la mirada hacia él.

No puede ser verdad.

—¿Rafe?

Vuelvo a mirar a Claire. ¿O era Clara? Como sea. Cuando no soy capaz de recordar sus nombres, las llamo cariño y ya está.

—Lo siento mucho, cariño, pero mañana madrugo.

Se le desvanece la sonrisa esperanzada.

—¿No vas a subir?

No, voy a pasar de que me chupes la polla para cruzar la calle y comprobar que no estoy alucinando.

—Créeme, cariño, me fastidia más a mí que a ti. —Otro relámpago, otro destello pelirrojo y de ojos azules. La siguiente estupidez que sale de mi boca la achaco a la distracción momentánea que sufro en ese momento—. Tenemos que repetir otro día.

Me arrepiento justo cuando se me escapa de los labios, y mucho más cuando veo que se le iluminan los ojos más que la avenida principal de Las Vegas. Me apresuro a excusarme, espero hasta que ha cruzado la puerta de su casa y después cruzo la carretera.

Al acercarme a la cabina de teléfono, clavo la mirada en unas pupilas a través del cristal empapado. No sé por qué, pero siento que se me prende la irritación en el pecho. ¿Cómo es el dicho? ¿Algo de que si mentas al demonio, este va y aparece?

Pues hoy el demonio está empapado y aferrado a un libro amarillo contra el pecho.

Cierro el paraguas y estiro la mano para coger la manilla de la puerta. Al otro lado del cristal, Penélope hace lo mismo. Ver cómo intenta sostener la puerta resulta patético, y apenas noto resistencia alguna cuando la abro de un tirón.

Meto el pie en el hueco, apoyo los brazos contra el marco de metal y me permito recorrer la mirada por su cuerpo.

Está calada. El abrigo de piel parece un perro abandonado de uno de esos anuncios de las protectoras de animales, y tiene el pelo tan mojado que ha pasado de un tono cobrizo a uno oxidado.

—¿Qué haces por ahí tan tarde? ¿Estabas trabajando en la esquina y te pilló el chaparrón?

Silencio.

Entrecierro los ojos al ver el pánico que tiene grabado en el rostro.

—¿Qué pasa?

Sigue sin contestar. Reviso la calle vacía y a continuación entro en la cabina, cerrando la puerta a mi espalda. Le sujeto la barbilla.

—No te lo voy a preguntar dos veces, Penélope.

Se le escurre una exhalación entre los labios cuando un rayo inunda la cabina de luz. Siento que se le tensa la mandíbula contra mi pulgar y de pronto me percato de lo que está pasando.

Bajo la mano y suelto una carcajada.

—¿Te dan miedo unos rayitos de nada? Anda ya, la probabilidad de que te caiga encima es de una entre un millón.

Ahora se ríe ella. Una risa estridente y amarga que rebota en las paredes y hace que me dé cuenta de lo pequeña que es la cabina.

—Te acompaño a casa.

—No me apetece andar.

—Pues entonces te llevo en coche. Estamos a treinta segundos de tu apartamento, vaga.

—Márchate.

Me limpio la diversión de la cara con el dorso de la mano y me apoyo contra la puerta para escrutarla.

Cuando el siguiente rayo vuelve a iluminar la cabina, veo que se le tensan los hombros de la anticipación y que aprieta los dedos para formar puños a ambos lados del cuerpo.

Abre los labios para contar los segundos en suspiros ahogados, y cuando llega a siete, el trueno rebasa sus hombros encogidos.

Al temblar se le menea el colgante de plata, que suelta un destello.

Gruño.

—Increíble.

Abre un ojo y me mira.

—¿El qué?

Señalo el colgante con la cabeza.

—Te crees que eres una entre un millón. —No intento siquiera ocultar el gesto de poner los ojos en blanco—. ¿Cómo de egocéntrico hay que ser para creer...?

—No soy egocéntrica. —Se lleva las manos temblorosas al colgante a modo de defensa—. Tengo suerte.

—Claro, porque que te parta un rayo es una suerte que te cagas.

Niega con la cabeza mientras desliza el trébol por la cadena.

—La suerte no va solo de que te pasen cosas buenas, sino de tener las probabilidades de tu lado. Todos los dados tienen un seis, ¿no? Cualquiera puede sacarlo, pero las personas con suerte tienen más probabilidades que la media.

—Y, con esa lógica, las personas con suerte tienen también más probabilidades de que las parta un rayo —respondo, sarcástico.

Ella asiente y yo suelto un bufido sarcástico.