Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 15. Penny
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15. Penny

Penny

La cafetería de Devil’s Dip abre las veinticuatro horas del día durante todo el año.

Para los insomnes es un paraíso lleno de hamburguesas y café amargo.

Ya han pasado tres días desde mi primer turno en el yate, y me he pasado todas las noches sentada en un sofá pegajoso bajo los implacables fluorescentes con un ejemplar de Mercado inmobiliario para dummies delante.

He releído el primer renglón del primer capítulo innumerables veces.

No puedo pasar de ahí, y no solo porque sé que jamás seré una de esas mujeres que se ponen traje de chaqueta para ir al trabajo y pegan carteles con su foto en las paradas de autobús, sino porque, tal como predije, las palabras de despedida de Raphael no dejan de repetirse en bucle en mi mente.

«Ten cuidado al llamarme jefe cuando vas medio desnuda, Penélope. Porque puedo tomármelo como lo que no es».

Cómo apretó el puño. Cómo cuadró los hombros. Cómo tensó la mandíbula cuando se dio la vuelta para mirarme. Esa imagen es tan visceral que si miro la oscuridad por la ventana acabo viendo su silueta en la noche.

Conseguí saborear la victoria durante unos instantes, pero él ganó la batalla definitivamente.

Qué patética soy. ¿Será que estoy tan salida y soy tan inmadura que un apretón de tetas, un simple roce y una amenaza educada logra que las mariposas de mi estómago se desempolven las alas?

La camarera me rellena la taza y tomo un trago de café antes de que se enfríe con la intención de que la quemazón me distraiga de la energía nerviosa que me vibra en el pecho.

No lo consigo.

A mi espalda oigo tintinear la campanita que hay encima de la puerta, siento una ráfaga helada en la espalda seguida de una cálida risa.

Me doy la vuelta y veo que entra en el local un grupito de chicas.

Tendrán más o menos mi edad y, teniendo en cuenta los gorritos de Papá Noel y el taconeo irregular que resuena sobre el suelo de linóleo, acaban de salir de una fiesta navideña.

La que lleva el vestido brillante planta las palmas de las manos sobre el mostrador.

—¡Dame todo lo que tengas!

Las carcajadas resuenan por toda la cafetería, los camareros sonríen y los tres clientes solitarios que hay esparcidos por el resto de las mesas también.

—Ahora en serio —gruñe una chica que lleva una falda roja mientras abraza a su amiga por la cintura—. Tenemos que estar en el trabajo dentro de tres horas, y lo único que puede chuparnos el vodka del estómago son una buena ración de hamburguesas y patatas fritas.

Me siento como una huerfanita contemplando una cariñosa estampa familiar por la ventana de una casa el día de Navidad, observo el intercambio desde mi mesa hasta que se me desvanece la sonrisa porque el vacío que siento detrás del esternón se hace más denso.

Parece que acabe de ver a la familia abriendo los regalos delante de la chimenea y me haya dado cuenta poco a poco de que el calor y la felicidad que hay en el interior de ese hogar no puede atravesar el cristal para llegar hasta mí.

La realidad es que estoy a la intemperie y no tengo nada.

Seguro que comparten pantalones y se confiesan sus obsesiones con hombres que las odian.

Tomo aliento para anclarme de nuevo a la realidad y vuelvo a mirar a la pared.

Ignoro la sonrisa lastimera que me dedica el anciano del fondo y me centro en contemplar las camisetas de fútbol americano autografiadas que hay detrás de una lámina de plexiglás y las fotografías de famosos de segunda o tercera fila dándole la mano al propietario del local.

—Oye..., ¡sube el volumen!

Me giro para ver a la chica de la falda roja lanzándose por encima de la barra para coger un mando a distancia. Sigo la dirección en la que señala con la mirada y descubro un televisor destartalado que hay en una de las paredes.

«Noticias de última hora». Estas palabras, en letras rojas y blancas, parpadean debajo de una mujer de aspecto sombrío. Lleva una bufanda de cachemira al cuello y está plantada delante de un edificio calcinado con un micrófono ante los labios.

La chica sube el volumen al máximo.

—Estoy ante el casino Hurricane, cuyo propietario ha solicitado al Departamento de Bomberos de Atlantic City que detengan la investigación de la causa del incendio que sufrió hace una semana.

—La reportera comprueba los datos que lleva escritos en una hoja de papel—.

Nos encontramos con el dueño del establecimiento en persona, Martin O’Hare.

—La cámara abre el plano para desvelar al hombre que está a su lado—.

Martin, ¿podría explicarnos por qué ha decidido interrumpir la investigación?

De pronto siento un escalofrío helado por la piel que me congela el cuerpo entero. El instinto me dice que corra, pero estoy pegada al asiento de plástico. No puedo más que mirar esos ojos y escuchar esa voz que me son tan conocidos y dejar que el pánico me suba por la garganta.

—En primer lugar, deseo extender mi más sentido agradecimiento a los miembros del Departamento de Bomberos de Atlantic City por el esfuerzo dedicado a esta investigación.

Dicho esto, y teniendo en cuenta que los recursos públicos son pocos y que los empleados están saturados, hemos tomado la decisión de buscar otra vía para no sangrar a los contribuyentes.

—¿Quiere decir con eso que planea tomarse la ley por su mano?

Martin suelta una risotada ronca.

—Eso nos hace quedar como unos matones, Claire.

—Bueno..., la verdad es que suena un poco siniestro; ¿no cree? ¿Por qué no aceptan que se encarguen del asunto las autoridades competentes? Al fin y al cabo, hay un pirómano en potencia suelto.

Martin esboza una sonrisa tensa.

—Como ya he dicho, no queremos derrochar ni más tiempo de los inspectores ni más dinero de los contribuyentes. Tenemos la suerte de contar con los recursos suficientes como para contratar a una empresa privada y, por respeto a nuestros conciudadanos, eso es lo que vamos a hacer.

—¿Qué sucederá cuando el investigador privado dé con el culpable?

Martin mira directamente a cámara. Su mirada atraviesa el televisor y se clava en mi piel sudorosa.

—¿Quién ha dicho que sea un hombre?

Se me nubla la mirada como si tuviese vida propia, mientras que la de Martin, omnisciente, es tan afilada como un cuchillo.

El informativo emite unas imágenes del casino en llamas, iluminando el cielo nocturno como un infierno anaranjado.

El salvaje incendio calcina ladrillos rojos.

Ahí está: el epítome de mi personalidad, impulsiva y amargada, en toda su gloria.

Y aquí estoy yo, contemplándolo desde una puta cafetería con una taza de café delante.

Dios santo, pero ¿qué me pasa? Estoy obsesionada con un monstruo con piel de satén y regodeándome en mi desgracia por no tener amigos y casi se me olvida que soy una puta fugitiva.

Actúo como si no hubiese metido toda mi vida en una maleta para subirme al primer autobús que me alejase de la hecatombe que causé.

Martin O’Hare lo sabe. Sabe que le prendí fuego a su casino, y lo único que espero que no sepa es adónde me largué después de encender la cerilla.

—Oye, chica..., ¿estás bien?

Se me aproximan lentejuelas, taconazos y vocerío, y hasta que no dejo un billete de veinte sobre el mostrador y miro a los ojos preocupados de una camarera no me doy cuenta de que me he levantado y me dirijo hacia la salida.

—Mejor que nunca —digo con la voz tomada justo antes de salir a la calle.

La noche queda iluminada por unas decoraciones navideñas bastante horteras.

Bastoncitos de caramelo rojos y blancos refulgen en los escaparates de las tiendas, y hay unos Papás Noel hinchables atados a unas farolas que me saludan bajo una capa de escarcha.

Cuando resbalo sobre el hielo que hay en la acera, me detengo y suelto un bufido blanco al cielo.

Maldita sea. No quiero irme a casa, porque las estancias son demasiado pequeñas para albergar el enorme tamaño de mi pánico.

«Tus pecados te acabarán dando alcance, pequeña P. Es lo que siempre pasa».

Supongo que eso ya lo sabía mucho antes de encender la cerilla, tirarla en una botella de vodka y dejarla a la entrada del bar del Hurricane.

Por eso me embarqué en esta gran misión.

No porque quisiera buscar una forma de ganarme la vida más decente que los timos, sino porque sabía que eso no era más que una puerta de entrada a una adicción.

En cuanto me enganchase, acabaría cayendo en lo más hondo del pecado.

Y aquí estoy; en menos de tres años he pasado de aligerar carteras a quemar edificios.

No debería haberme permitido caer tan hondo. Debería haber enderezado mi vida hace mucho tiempo.

Siento una corriente eléctrica en la piel y, al mirar al cielo, me cae la primera gota de lluvia sobre el labio superior con un pesado plop. Después cae otra, y otra más. En unos segundos, se desata una tormenta en los cielos, como si a Dios se le hubiesen caído todas las canicas de su colección.

De pronto un relámpago rasga el cielo y pego un bote del susto.

«Joder. No me hace falta más».

Aguanto la respiración, aprieto el libro contra el pecho, hundo la barbilla en el cuello del abrigo empapado y echo a correr hacia el refugio más cercano: la cabina de teléfonos que hay delante de la panadería. Entro en ella y apoyo la espalda contra la puerta.

A los pocos segundos llega el estruendo del trueno, que reverbera en las paredes de la cabina. Ahogo un grito y el aire húmedo y cargado se me queda atascado en los pulmones. ¿Aguantarán las piernas por mí?

De todos los momentos en los que podía desatarse una inusual tormenta costera, ¿tenía que ser justo ahora?

Cuando otro relámpago ilumina la cabina, busco algo con lo que distraerme.

Me retuerzo el pelo para escurrir el agua y después, bajo la titilante luz de la bombilla, reviso a ver si se me ha mojado el libro.

Por suerte, está forrado porque es de la biblioteca.

La ironía de que me importe me provoca una carcajada que se funde con el siguiente trueno.

Me estoy volviendo loca.

Cierro los ojos y reposo la cabeza contra la puerta unos segundos.

Dentro de la cabina, mi respiración genera un amargo dióxido de carbono, y en el exterior, la cortina de agua distorsiona las luces rojas y blancas.

Cierro los ojos para no ver el siguiente rayo.

Cuando pasa, los vuelvo a abrir y detecto algo pegado en la pared de detrás del teléfono.

Algo que me suena mucho. Parpadeo para agudizar la mirada y después me lanzo a cogerlo.

Una tarjeta de color negro mate con letras doradas y un número impreso en cifras de un negro sedoso. Se me escapa otra carcajada, solo que esta no es tan amarga.

« Sinners Anonymous ».

Recuerdo con gran nitidez la noche en la que encontré la primera tarjeta de Sinners Anonymous que vi en mi vida.

Tenía trece años, estaba escondida en el baño del Gran Casino Visconti porque Nico no había venido.

La tarjeta estaba enganchada en el espejo, unos treinta centímetros por encima de mi reflejo.

No sé qué me llevó a guardármela en el bolsillo, pero eso hice.

Esa misma noche, mientras observaba los destellos de los faros de los coches iluminando el techo de mi cuarto, de pronto recordé que la tenía guardada. Entonces, bajé a hurtadillas al piso de abajo y me senté en el sillón orejero al lado de mi padre, que estaba catatónico en el sofá, y llamé.

La voz femenina sonaba robótica, y aun así era la más dulce que había oído en la vida. No me interrumpió, como hacía siempre mi madre. No me gritó, como mi padre. Me dio pie a abrirme con ella. Me dio la sensación de que por fin tenía a alguien con quien hablar.

Durante los siguientes cinco años usé ese servicio de contestador automático a modo de diario. Era mi refugio anónimo, un lugar en el que me quejaba de las ebrias discusiones de mis padres y en el que comentaba los trucos que iba enseñándome Nico.

Sé que no es una persona real, pero me sentí un poco culpable al abandonar esa voz femenina al mudarme a Atlantic City.

Acaricio las letras en relieve con el pulgar y me muerdo el labio inferior. Es la tercera tarjeta que me encuentro desde que volví a Devil’s Coast. La primera fue en mi apartamento, y la segunda estaba metida entre las páginas de la Biblia que había en mi habitación del hospital.

Cuando cayó sobre las sábanas rasposas, se me ocurrió una idea, que es la misma que se me está colando en la mente ahora mismo.

Los creyentes confiesan sus pecados, ¿no?

Pues tal vez si yo hiciera lo mismo, no sentiría que me tiran de los tobillos para intentar arrastrarme a lo más profundo de los infiernos.

A lo mejor si uso el contestador automático para su función principal, dejaré de escuchar el rugido del fuego a mi alrededor con cada latido de mi corazón, y también de oler a quemado cada vez que me giro demasiado rápido.

Por desgracia, yo no creo en Dios. ¿Dónde estaba Dios cuando le reventaron la cabeza de un tiro a mi madre? ¿Y cuando mi padre lo llamó a gritos desde una esquina de la cocina?

Dios no los salvó, ni a mí tampoco. Lo que me salvó fue la suerte. Lo sentí en el cálido y pesado colgante que llevo al cuello. El cuerpo entero se me llenó de estrellas fugaces, herraduras y números siete, no de la voz del tipo que vive en el cielo.

Sin embargo, eso no me impide coger el auricular ni pegármelo a la oreja mientras me estremezco a causa de un nuevo relámpago. Antes de que me dé cuenta, estoy mirando el teclado y marcando un número de sobra conocido.

Contengo la respiración durante los tres tonos de llamada.

Clic.

—Ha contactado con Sinners Anonymous —dice mi vieja amiga—. Por favor, deje su pecado después de la señal.

Me quedo callada. Suelto una pesada exhalación y me paso una mano por el pelo empapado. Tengo el pecado ahí mismo, clavado en el fondo de la garganta, demasiado denso y dañino como para salir. Crece, se hincha, y de pronto me cuesta respirar porque me bloquea todo el cuello.

¿Por qué me parece que me va a juzgar? Si ni siquiera es real, por el amor de Dios.

Bajo la mirada al libro que tengo en la mano. A la pegatina que tiene en el lomo: «Propiedad de la Biblioteca Municipal de Atlantic City».

Suelto una risita temblorosa y vuelvo a alzar la mirada hacia la lluvia que martillea en el techo de la cabina.

—Cogí tres libros prestados de la biblioteca y no voy a poder devolverlos.