Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 14. Penny #2
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14. Penny #2

Trago saliva y cuadro la mandíbula en un intento, fallido, de ignorar la electricidad estática que me recorre los pezones.

—Pues sí.

Él se lame los labios y asiente despacio con la cabeza. Después, tras mirar al techo para estabilizarse, baja la cabeza para fijar la mirada en mi pecho.

«Por fin». Esas palabras se me cuelan en la mente sin querer, con todo el patetismo que conllevan, y por eso aprieto las muelas para intentar apartarlas de mi cabeza.

¿Desde cuándo soy del tipo de chica que anhela atención de un hombre al que no pretende desplumar?

Sin embargo, por mucho que intente razonar, la cabeza no para de darme vueltas.

Intento ralentizar el ritmo de mi respiración mientras él no deja de repasarme las tetas con los ojos, desde el borde del encaje del sujetador hasta el dinero de las propinas que llevo ahí guardado.

Cuando suelta un resoplido divertido, siento el calor de su aliento en el escote y se me va directo y pesado a la entrepierna.

—A los clientes pareces haberles gustado, al menos —dice con suavidad, arrastrando la mirada de los billetes con las caras de Hamilton y Jackson que me asoman del sostén hacia la mía. Se le endurecen las pupilas con algo que soy incapaz de descifrar—. No sé por qué será.

Se me instala la irritación en las paredes del estómago. «Menudo capullo». Preferiría que me llamase puta a la cara antes que insinuarlo de esa forma tan aterciopelada. Se endereza y da un paso atrás, pero no sin rozarme la cadera con la mano al separarla de la encimera.

Apenas me toca, pero me roba el aliento y me obliga a apoyarme más contra el lavamanos para evitar un bamboleo involuntario. Dice algo, pero no lo oigo, estoy demasiado distraída por el fuego que me ha provocado su mano.

—¿Qué?

Enarca una ceja. Bajo la mirada y veo que me tiende un billete de cincuenta dólares.

—¿A qué viene esto?

—Has superado tu primer turno. —Me mira a la cara, aburrido—. Contra todo pronóstico.

Ostras, y lo que me ha costado. Es muy raro que se me olvide una apuesta, sobre todo una que estaba convencida de que iba a perder.

Debería sentirme mucho más arrogante por haberle sacado la pasta a Raphael Visconti, pero el triunfo no me resulta tan dulce esta noche.

Estoy demasiado distraída, demasiado enfebrecida.

Me agarro a la encimera para intentar bajar la temperatura de mi piel.

—Ya te avisé de que soy una chica con suerte.

Otra vez ese desdén. Raphael se lo limpia del labio inferior con el pulgar de una mano y me entrega el billete con la otra.

—Cógelo —me dice con brusquedad.

Pasa un segundo de silencio. Trago saliva y alzo las palmas a ambos lados de mi cuerpo. Están cubiertas de la crema hidratante cara de Anna.

Raphael junta las cejas, confuso, y mira de una mano a la otra antes de fijarse en el fajo de billetes que tengo en el sostén. Entonces cae en la cuenta y se le cubren los rasgos de una capa de asimilación.

Se le tensa la mandíbula. Se pasa una mano por el pelo y suelta un resoplido.

Yo, por mi parte, no me atrevo a respirar.

No puedo. Estoy demasiado apabullada por el peso de los «y si» y de los «quizá».

Me vibran los pezones de anticipación, y de pronto siento un latido en el clítoris, rápido y enloquecedor.

Sin embargo, él niega levemente con la cabeza. Vuelve a alzar la mirada para buscar mis ojos. No tiene ni rastro de humor en las pupilas, son todo oscuridad y peligro.

Dudo que nada bueno pueda sobrevivir en su interior.

—Eso no sería nada caballeroso por mi parte, Penélope.

—No eres un caballero —susurro de vuelta.

La tensión restalla como una corriente eléctrica. Es tan densa que si sacase la lengua podría saborearla.

Raphael se pasa los dientes por el labio inferior e intensifica la mirada.

—Parece que te obsesiona el hecho de que no sea un caballero. —Da un paso adelante, despacio, sin soltar el billete que sostiene entre los dos—. Más te vale sacarte esa idea de la cabeza.

La parsimonia de sus palabras no me engaña; sé que tiene más de amenaza que de sugerencia.

Aun así, la siguiente frase se me escapa de los labios antes de que pueda considerar las consecuencias.

—De acuerdo, acepto que eres un caballero. —Entrecierro los ojos—. Con todos menos conmigo.

Él se queda quieto. Cierra el puño de la mano libre antes de metérsela en el bolsillo del pantalón.

—¿Quieres que sea caballeroso contigo, Penélope?

Mi corazón se salta un latido. No puedo concentrarme, apenas si puedo ver. El aire es demasiado denso y mi pulso, demasiado estruendoso. Me siento borracha y colocada al mismo tiempo, estoy perdiendo el control. A lo mejor por eso hago la tontería de negar con la cabeza.

Rafe suelta un siseo entre los labios abiertos. Es bajo y lento, y no me gusta cómo me chisporrotea contra la piel. Sin embargo, después traga saliva. Mira al techo y suelta una risotada amarga. Me cae encima como una llovizna helada y me cubre de decepción y de humillación.

Tira el billete sobre la encimera, y mi corazón cae con él.

Raphael se aleja y se mira en el espejo que hay a mi espalda.

—Ah, por cierto, bonita polla.

Parpadeo para salir del trance lujurioso en el que me encontraba.

—¿Qué?

—La de mi espejo —dice con una sonrisa sardónica y sarcástica—. A tamaño real.

Se me cierra la garganta.

—¿Ah, sí?

«No mires, no mires, no mires».

Bajo la vista hacia sus pantalones.

«No me jodas».

Su risa me moja entera, pero no es para nada suave. Me rasca en lugares que no debería, y sé que cuando esté mirando al techo de mi habitación a las cinco de la mañana voy a seguir pensando en ella.

Con una sonrisa tensa, se da la vuelta y se encamina hacia la puerta. Detesto que haya ganado esta ronda, así como la anterior, y en un intento de igualar el marcador, se me escapa el sarcasmo de la boca antes de que pueda impedirlo.

—¿Algo más, jefe?

Se detiene. Se cruje los nudillos.

«Victoria». Aunque solo la puedo saborear unos segundos antes de que su voz, suave y calmada, corte el aire del vestuario y me asalte.

—Ten cuidado al llamarme jefe cuando vas medio desnuda, Penélope —dice con parsimonia—. Porque puedo tomármelo como lo que no es.

La puerta se cierra de un portazo más fuerte de lo normal y el eco reverbera en el hueco que tengo en el pecho.

Adiós a la risa. En lo que voy a pensar a las cinco de la mañana es en esto.