Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 14. Penny
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14. Penny

Penny

—¿Estás bien, Pen? —Laurie, sentada en el banco del vestuario, aparece en mi campo de visión y rasga la charla de chicas que nos rodea.

—Mejor que nunca.

—Oye. —Cierra mi taquilla de un codazo—. No me mientas. ¿Qué te pasa?

«Ay, Laurie, pues no sé. Tal vez que nuestro jefe me ha apretado las tetas y me ha provocado quemaduras de tercer grado en la piel con sus manos».

Evidentemente, eso no se lo digo. En parte porque no tengo ni idea de cómo reaccionaría Laurie a una afirmación tan ridícula y en parte porque no estoy del todo segura de que no haya sido una ensoñación febril.

Salió de entre las sombras como una pantera negra, me tensó la espalda y me arrebató el aliento.

A juzgar por las miradas asesinas que llevaba toda la noche lanzándome, esperaba que me tirase por la borda, o como mínimo, que pasase por mi lado sin más.

Jamás me habría imaginado que se detendría a ponerme su chaqueta sobre los hombros.

No sé qué me sorprendió más, si su caballerosidad o el hecho de que dejase las manos ahí quietas.

Dios santo, ¿a quién pretendo engañar? No se quedaron quietas, y con solo recordarlo se me perla la piel de unas gotas de sudor frío.

Rozarme los pechos con los nudillos sí que pudo ser por accidente, vale.

Aunque la posibilidad de que no fuera intencionado no evitó que se me endureciesen los pezones.

Sin embargo, cuando esos enormes puños se convirtieron en palmas que se deslizaron por debajo del pecho y me agarraron con fuerza, casi pierdo la cabeza.

Sus manos ardían como hierro al rojo vivo sobre mi piel, y joder, aunque solo me dio un leve apretón, fue suficiente para saber que nadie podría sobrevivir a una noche en su cama.

Siento una mano fría sobre la muñeca. Bajo la mirada para toparme con los ojos de Laurie, llenos de preocupación.

—¿Te están dando problemas las chicas?

Ahogo una carcajada y me saco el vestido por la cabeza.

—No, tranquila. Al que creo que no le caigo demasiado bien es a Freddie.

—Pues por él no te preocupes, porque Rafe lo acaba de despedir.

Aprieto la tela entre las manos.

—¿Cómo? ¿Por qué?

Laurie se encoge de hombros, le ha llamado la atención algo que hay a mi espalda.

—Si he aprendido algo de trabajar para los Visconti es que hacen lo que les da la santa gana. A veces sin razón alguna; otras, por cualquier nimiedad. Puede que pusiera hielo en el whisky , y ya sabes que aquí eso es un sacrilegio.

Doblo el vestido, pero, por dentro, me martillea el corazón.

Cuando Freddie me pidió que preparase un martini de vodka y yo le devolví una mirada vacía, descubrió que había mentido en el currículum.

Se fue cabreando más y más con cada cóctel que no conocía y con cada copa que se me escurría entre los dedos, hasta que me relegó al escalafón más bajo: recoger vasos.

Es un poco capullo, pero se le da bien su trabajo y se pasó la noche entera apagando los fuegos que mi incompetencia iba prendiendo. ¿Por qué lo habrá despedido Raphael?

—¿Vienes, Pen?

Alzo la mirada y veo que Laurie y las demás se han puesto su ropa de calle y llevan los bolsos y los abrigos colgados al hombro.

—¿Adónde?

Ella señala el techo con la barbilla.

—Vamos a tomar algo en el bar de arriba antes de que zarpe el barco de los empleados.

—Ah. —Me miro el sujetador y las medias—. Subo en un rato.

Las chicas salen del vestuario y, cuando me quedo sola, cierro los ojos y reposo la frente contra el frío metal de la taquilla. No sirve para apaciguar las llamas que me lamen la piel.

«¿Qué narices me pasa?». La ira me anuda el estómago por motivos que no me convienen.

Debería enfadarme porque me tocase sin permiso, y me asombra no estarlo, porque a los diez años me hice la promesa de que, si un hombre volvía a manosearme sin consentimiento, le mordería la mano hasta que manase sangre de ella.

Pero no, estoy enfadada porque me gustó. Porque quería más. Me enfurece que, justo cuando sus meñiques se deslizaron por debajo de mi sujetador, dejé caer cuatro copas de cerveza y también todas mis defensas férreas.

Sentir sus manos sobre mi cuerpo me hizo sentir vulnerable, que es precisamente lo que él quería. No se regodeó, pero aun así yo lo sentí gotear por encima de mi hombro, caliente y pegajoso como el sirope, e igual de difícil de limpiar.

La mera idea de ponerme a charlar con Anna y con Claudia, la zorra que dijo que no tenía ninguna posibilidad, sin lanzarme a su yugular me parece del todo imposible. Pienso tardar todo lo humanamente posible en vestirme y rezar para que nadie venga en mi busca.

Me aparto de la taquilla, me dirijo al lavabo y me echo agua helada en la cara.

Algunas chicas han dejado sus neceseres al lado del espejo, de modo que rebusco en el estuche del maquillaje de Anna y encuentro un limpiador que parece costar más que el alquiler de mi piso.

Me echo seis pegotes en la mano y tiro otros diez por el desagüe, y procedo a retirarme el maquillaje.

Cuando me seco la cara con la toalla, oigo unos pasos pesados por encima del agua corriente y se me ponen los pelos de la nuca de punta.

«Es obligatorio ir descalzo».

A menos que seas un invitado. O, en fin, el hombre que establece las normas.

Me tenso. Alzo la mirada hacia el espejo para ver una silueta emergiendo desde detrás de la hilera de taquillas.

Camisa blanca. Alfiler de cuello dorado. Rasgos marmóreos.

Raphael Visconti dobla la esquina mirando el móvil. Da tres pasos hacia los lavamanos antes de detectar mis pies descalzos y detenerse en seco.

Clic. El sonido que hace su móvil al bloquearse. Noto que la irritación le cubre el rostro, pero cuando se guarda el teléfono en el bolsillo y alza la mirada hasta mis ojos, detecto también esa diversión omnisciente y omnividente.

Nos quedamos mirándonos durante tres latidos alterados, y siento el remanente de su roce bajo el pecho como un sarpullido desagradable.

—Estás en el vestuario de mujeres.

—No estoy ciego, Penélope.

—Bueno, pues no es muy caballeroso por tu parte entrar en el vestuario de mujeres, ¿no te parece?

Su mirada se oscurece unos cuantos tonos, y sus ojos van trazando un sendero electrizante por mi cuello y por mi clavícula hasta posarse sobre el colgante con forma de trébol.

Después bajan hacia el escote durante medio segundo ahogado antes de volver a subir hacia el collar.

Si hubiese pestañeado, no lo habría visto.

Dios, cómo me gustaría haber pestañeado.

—Las chicas con suerte no rompen ocho vasos en su primer día de trabajo.

Ahí está. Supongo que vamos a obviar el hecho de que estoy prácticamente desnuda. Solo llevo puesto el sujetador, las braguitas y un par de medias negras; sin embargo, la expresión de Raphael es tan imperturbable como si estuviese esperando el autobús.

Pues a ese juego apático podemos jugar los dos, aunque solo lo sienta uno.

A pesar de que el cuerpo me vibra de anticipación, pongo los ojos en blanco en una maniobra perfectamente ensayada antes de sacar la crema hidratante del neceser de Anna y aplicármela en la cara.

—¿Te has perdido? —le pregunto, desbordando aburrimiento.

Él se apoya contra las taquillas y le dedica una mirada perezosa al reloj.

—Buscaba a otra persona.

«A otra persona». La irritación me rasga el pecho como papel de lija y me pongo crema hidratante por la piel de la zona, como si eso fuera a ayudar a calmar la quemazón.

—No está aquí —respondo.

Le brillan los ojos.

—¿Quién?

Silencio. Me muerdo la lengua para no exponer la brecha que ha creado en mi armadura de indiferencia, porque no soportaría que viese el monstruo enfadado que hay debajo, que en realidad no debería estar ahí.

Evidentemente, asumo que ha venido a ver a Anna, y al imaginar que ha entrado en el vestuario para encontrarse con ella en ropa interior me anima aún más a lanzarme a su yugular.

Van pasando los segundos, cada uno como una gota sobre mi piel, al estilo de la tortura china. Me resulta casi imposible continuar fingiendo que todo me resbala cuando hay un hombre de metro noventa y tres con manos calientes y enormes a menos de un metro de distancia.

Me irrita lo elegante que va siempre. Es casi medianoche, lleva nueve whiskies encima, se los he contado, y su americana está hecha un gurruño en lo más hondo de un congelador de la cocina.

Lo sé porque la he dejado yo ahí. Aun así, está tan fresco como una mañana de invierno.

La raya del pantalón está tan marcada que podría cortarme la piel y sospecho que no sería capaz de encontrarle una arruga en la camisa ni con la ayuda de una lupa.

Seguro que plancha hasta las sábanas. Bueno, o más bien se las plancha uno de sus esbirros.

Me echo más crema en las manos para tener algo que hacer. Justo cuando estoy a punto de soltar una contestación arrogante solamente para horadar la tensión que me pesa sobre la cabeza, veo que una oscura sombra se cierne sobre el lavabo.

Me entra el instinto de supervivencia. Raphael se mueve rápido, pero yo lo soy más, porque aún recuerdo cómo me atrapó contra la barandilla como si de una herida abierta se tratase, y me niego a volver a quedar en una posición tan vulnerable.

Me doy la vuelta y apoyo la espalda contra la encimera justo cuando sus manos se colocan a ambos lados de mi cuerpo.

Mi mirada impacta con la suya. Se le levantan las comisuras de los labios. A mí se me tensan los pulmones.

«Esto no ha sido buena idea».

Respiro agitada y veo que se le marcan los hoyuelos cuando intensifica la sonrisa de superioridad. Su mirada busca la mía.

—¿Qué tal el primer día?

Me encojo ante ese tono tan educado y profesional que me hace cosquillas en la nariz; contrasta con el calor embriagador de su cuerpo rozándose contra mi pecho.

Creo que nunca había estado tan cerca de un hombre vestida con tan poca ropa y charlando de naderías.

Y, para más inri, su camisa me roza los pezones cada vez que respiro.

Mierda. Tenía que haber elegido justo hoy un sujetador sin relleno.

—Bien.

—¿Ah, sí?