Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 13. Rafe #2
51%

13. Rafe #2

Joder, cómo me irrita. Me entran ganas de tirarla por la borda solo por lo que me imagino que lleva debajo del vestido.

«Ya basta. Si acaba de alcanzar la edad legal para beber».

Estoy ardiendo y a punto de encender otro cigarrillo para intentar aplacar la media erección que se me está formando en los pantalones cuando de pronto veo que deja de recoger vasos.

Con los que ya tenía en brazos en equilibrio precario, atraviesa la terraza hasta acercarse a la barandilla y mira la oscura silueta de la costa.

Cierra los ojos e inclina la cabeza hacia la luna.

No soy capaz de apartar los ojos de ella.

Sus densas pestañas se posan sobre sus pálidas mejillas.

Los soplidos rítmicos de condensación se escapan de entre sus labios carnosos antes de que se los lleve el mismo viento que hace bailar su coleta larga y roja.

Siento que me arde algo en el pecho, algo indeseado, desagradable, pero el sentido común lo apaga como un soplido extingue una vela.

No es la reina de corazones; le falta refinamiento para serlo. No, solo es un engañabobos con un cuerpo de escándalo. Peligrosa, sin duda, pero solo para imbéciles débiles como mis primos y mis empleados de seguridad, no para un hombre como yo.

El suelo gruñe bajo mis pies cuando emerjo de entre las sombras, y de pronto, Penélope se queda helada.

Abre los ojos, pero no me mira. En cambio, mantiene la vista clavada en el mar y tensa la mandíbula, como si supiera, tan solo por el sonido de mis pisadas, que la silueta que tiene a su lado es la mía.

Una diversión rastrera me llena al acercarme más a ella.

Tengo la intención de ignorarla y volver al interior.

De tratarla como un gasto más en mi hoja de cuentas y no como una mujer cuya ropa interior me intriga.

Sin embargo, al pasar, cometo el error de mirarle el brazo y me percato de que tiene la carne de gallina.

Entonces oigo que le castañetean los dientes.

Me cago en todo.

Como ese tembleque patético no cesa, me quito la americana y se la coloco sobre los hombros.

A pesar del dramatismo de sus estremecimientos, se queda quieta y callada al sentir mi tacto. A lo mejor es porque ya la he amenazado de muerte más de una vez, o quizá porque tengo las solapas agarradas con los puños y los nudillos apoyados sobre las suaves curvas de sus pechos.

En mi caja torácica explota un fuego artificial plagado de irritación y lujuria a partes iguales cuando noto la textura de la tela que hay debajo de su vestido con el dorso de la mano.

«Ya sabía yo que era de encaje».

Estoy más caliente que un horno y sentir la calidez de su espalda contra mi pecho no hace más que avivar el fuego. «¿Ha dado un paso atrás ella o he avanzado yo uno?».

No sé de quién es la culpa, pero ahora noto los latidos de su corazón detrás de su columna vertebral y no me gusta que el mío se esté acompasando a su ritmo.

Escucho una voz en mi cabeza que me dice que me aleje.

Me advierte de que no soy mejor que mis primos, esos pervertidos, porque usar la caballerosidad como excusa para tocarle las tetas a una chica es algo típico de Benny.

Sin embargo, me quedo donde estoy. Observo por encima de la cabeza de Penélope cómo sus labios abiertos pintan la noche con su aliento blanco y entrecortado. Uno. Dos. Tres. Cada respiración, irregular y rasposa, restalla como electricidad estática por toda mi polla.

No me quiero imaginar cómo sería sentir ese aliento contra mi cuello mientras le quito la insolencia a embestidas.

Al pensar eso, me agarro aún más fuerte a las solapas de la chaqueta y, en consecuencia, le hundo aún más los nudillos en las tetas. De pronto, las nubecillas de vaho dejan de salir.

Un silencio pesado y tangible nos envuelve.

En algún punto de la proa del barco, Benny suelta un grito y Rory se ríe.

Yo no puedo ni sonreír, pero ese alboroto provoca que Penélope se estremezca contra mi pecho y que gire la cabeza tan rápido que su coleta me impacte en los labios, lo que me obliga a saborear su champú de fresa.

—¿Qué ha sido eso? —susurra.

Se me bloquea la mandíbula.

—A Benny le han roto los dedos.

—Ah.

Tarda un segundo en girarse para volver a mirar al océano. Yo no puedo evitar bajar la cabeza para volver a sentir su cabello contra mis labios.

«Dios, soy más bobo que mi hermano».

Inhalo su aroma y, en esta ocasión, percibo algo más que el olor a fresa y a laca. Algo familiar. Mío.

La realidad me clava las garras en la piel: se ha puesto mi loción para después del afeitado.

Debe de habérsela aplicado en mi baño, antes o después de dibujar una polla enorme en el espejo y de besar un pañuelo con los labios pintados.

No entiendo por qué eso me hace hervir la sangre más de lo debido.

A lo mejor es porque lleva toda la noche pavoneándose por ahí y poniéndoles ojitos a todos los hombres que pisan este yate mientras huele a mí.

A lo mejor es porque ahora me huele a un lío de una noche. Las mujeres hacen cosas muy raras a la mañana siguiente. Usan mis productos, me roban una sudadera..., lo que sea para conseguir que la noche no llegue a su fin.

«¿Por qué coño querrá oler a mí?».

Me tiemblan los dedos por las ganas de agarrarla de la coleta, echarle la cabeza hacia atrás y oler el perfume directamente de la fuente: la suave curvatura de su cuello.

Sin embargo, en ese instante recuerdo cómo se tiró ella misma del pelo detrás de la barra y la mirada triunfante que le curvó el arco de cupido cuando no me quedó más remedio que apartar los ojos de ella.

No se ha puesto mi loción para después del afeitado porque le apetezca oler a mí. No, la lleva porque sabía que eso me iba a cabrear.

Está jugando a otro juego tácito y peligroso. Solo que este no lo va a ganar.

La más pérfida de las diversiones me llena el pecho, y empiezo a bajar las manos por las solapas de la chaqueta muy despacio. Después, las abro para plantar las palmas directamente debajo de sus pechos.

Joder. Podría fingir que esto no es un ejercicio extremo de autocontrol, pero estaría mintiendo. Ya la he tocado mucho más de lo que debería, pues, a fin de cuentas, es mi empleada, y sé que el remanente del calor y de la suavidad de su piel me va a acompañar hasta bien entrada la madrugada.

Sin embargo, cuando hincha los pulmones y deja caer la cabeza hacia atrás, que impacta con un suave golpe contra mi pecho, sé que la tengo en la palma de la mano. Ahora me toca ignorar el pulso enloquecedor que me late en la polla e ir a por todas.

Me centro en la silueta de la costa y deslizo los dedos hacia arriba para rozar la parte baja de su sujetador y sentir el peso de sus pechos entre los pulgares y los índices.

Después, con tanta delicadeza como me permite la impulsiva sangre de los Visconti, aprieto.

No es más que un apretoncito suave, pero Penélope ahoga un grito y, a los pocos segundos, se oye el estruendo de cuatro copas de cerveza al impactar contra la cubierta.

«Ya van ocho».

Ella suelta un taco entre dientes, se aparta de mí y se inclina por encima de la barandilla.

Con una sonrisita en los labios, me acerco a ella y agarro la baranda con los puños a ambos lados de su cuerpo para atraparla.

Me agacho para rozarle la oreja con los labios y ver el rubor que se le extiende por el cuello. Contengo las ganas de hundir los dientes en su piel suave y, en cambio, me concentro en mantener la voz calmada para dedicarle unas palabras de despedida.

—Me irrita hasta cómo tiemblas.

Y así, me aparto de la barandilla y la dejo ahí plantada, envuelta en mi americana.

Total, no me hace falta. Estoy tan acalorado que, de vuelta al casino, me tienta quitarme los gemelos en forma de dado y remangarme la camisa, pero eso para mí es impensable cuando estoy en presencia de gente de negocios.

Laurie pasa por mi lado, portapapeles en mano, y la cojo por la muñeca. Me mira a los ojos con desconfianza.

—Esto no puede ser bueno —suspira.

—Cambia el uniforme.

Frunce el ceño y se mira su propio atuendo.

—¿Por qué?

«Porque este apenas le cubre las nalgas a Penélope».

Me late una vena en la sien.

—Porque no es adecuado para el invierno. Compra unos pantalones o algo.

Se encoge de hombros.

—De acuerdo. Como tienen que bordar el logotipo del yate y toda la pesca, tardarán unos cuatro días en llegar, pero los tendremos listos para la inauguración.

Le dedico un asentimiento de cabeza y me dirijo hacia Gabe. Está en el extremo más alejado de la barra, vendando los dedos machacados de Benny. Al acercarme, me mira a los ojos con gran diversión.

—¿Te ha ido bien la conversación?

Puto Gabe. A veces me parece que pasó tanto tiempo en paradero desconocido porque fue a que le implantasen ojos en la nuca.

No he conocido a nadie con tanta habilidad para meterse en la vida de todo el mundo y, al mismo tiempo, pasar de todo y de todos olímpicamente.

Ignoro la pregunta y me decanto por coger su copa de whisky y bebérmela de dos grandes tragos.

—He cambiado de opinión, hermano.

Mira el vaso vacío y después desvía los ojos hacia Clive, que está sorbiendo su margarita.

—Ya me parecía a mí —murmura.

Después, con una sonrisita silenciosa, vuelve a centrarse en vendarle a Benny el dedo meñique bien pegado al anular.