13. Rafe
Rafe
Paso por al lado de la mesa de Clive justo cuando se sienta con una sonrisa socarrona en la cara. No tengo intención de hablar con él, pero descubro que mis pies se detienen a su lado de todos modos.
Apoyo los nudillos sobre la mesa y me agacho hasta que mi cuerpo emite una sombra negra sobre su mirada cautelosa.
Phillip, que está sentado a su lado, se aparta siete centímetros a la izquierda.
—Eh..., ¿va todo bien, señor Visconti?
Le noto el miedo en la voz, porque, aunque Clive forma parte del lado legal de mi vida, que está plagado de reuniones con accionistas, lazos rojos y cheques gigantescos, es consciente de lo que sucede al otro lado.
En el lado sórdido, tenebroso, donde la sangre italiana corre caliente e impulsiva por nuestras venas.
Donde los mafiosos apuestan con dedos rotos y uno puede acabar con el cuello roto por un asunto aparentemente trivial, como por ejemplo pedir un cóctel agitado a una camarera tetona.
—¿Qué tomas, Clive? —pregunto con calma, sin dejar que me vacile la sonrisa.
Veo una gota de condensación deslizándose por el vaso, que impacta contra la mesa con un sonido estruendoso.
—Un margarita helado.
Se me tensa la mandíbula y entran dos pensamientos en mi mente.
El primero es que ningún barman con más de un día de experiencia serviría un margarita en una copa de vino.
El segundo es que, desde que conozco a Clive, que son ya muchos años, jamás lo he visto beber nada que no sea un vodka con soda. Y mucho menos pedir un cóctel de los que tienen que agitarse a mano.
Nos quedamos mirándonos unos segundos y me descubro conteniendo la sorprendente necesidad de darle un puñetazo en la mandíbula.
Es un impulso pasajero, pero noto que se me estremece la mano.
Dios. No he pegado a nadie desde que abrí mi primer casino, hace ya casi diez años.
La última vez que sucedió fue justo antes de una reunión con un inversor en potencia que, al ver mis nudillos ensangrentados, se levantó del asiento.
Lo que me dijo por encima del hombro no se me ha olvidado en la vida.
«Un matón y un hombre de negocios solo se diferencian en una cosa, chico. Uno tiene sangre en sus propias manos, mientras que el otro la tiene en manos ajenas».
Al mes siguiente, contraté a Griffin. Llevo desde entonces sin sentir la satisfacción de un hueso roto bajo mis puños.
Noto que un par de ojos se me clavan por encima de la calva de Clive. Levanto la vista y veo a Gabe mirándome por encima de las cartas que sostiene en la mano. Enarca una ceja. Apenas mueve un músculo, pero si proviene de él, eso basta para acabar con la vida de alguien.
Me detengo. Me muerdo la mejilla por dentro y sopeso su oferta tácita.
Los mandamases de Miller & Young se han ganado a pulso el primer puesto en mi lista negra.
El jueves pasado comenzó a bajar su valor en bolsa, y lleva toda la semana sin recuperarse.
He tenido que traer aquí a toda la plana de directivos de la empresa para descubrir el porqué de ese descenso.
Resulta que están investigando al director financiero por malversación de fondos, y ninguno de estos idiotas tuvo los cojones de coger el teléfono para contármelo.
Ya les llegará su sanmartín a su debido tiempo, pero, como ya es marca de la casa de Griffin, desaparecerán entre susurros, no entre explosiones. Un silenciador en la sien en un aparcamiento vacío. Unos frenos defectuosos en plena autopista.
No es que me crea por encima de los métodos más sádicos.
De verdad que no. Es solo que mantengo esa vertiente de mi personalidad amarrada en corto.
Solo la saco a pasear una semana al mes, cuando mis hermanos y yo jugamos a nuestro juego.
En cuanto este termina, le pongo el bozal y vuelvo a delegar mis problemas.
Vuelvo a eliminar con eficacia, en vez de asesinar con ostentación.
Respondo a Gabe con una negación reticente. Este, sin inmutarse, continúa con la partida de cartas, y yo devuelvo la atención a Clive con una sonrisa más falsa que un billete de tres dólares.
—Que lo disfrutes.
Cuando oye mi anillo repiquetear contra la mesa se estremece.
Fuera, en la terraza, me oculto entre las sombras hasta que llego a la zona más alejada, donde el ruido de la diversión apenas me alcanza.
El cielo está oscuro, y el mar aún más. Las olas, fuertes e implacables, alzan una neblina de gotitas cada vez que impactan contra el casco del yate, y me chisporrotean contra la piel.
Apoyo la espalda contra la barandilla y enciendo un cigarrillo.
Exhalo el humo hacia una luz naranja de seguridad.
Cada calada desata otro nudo de los que se me habían formado entre los hombros, y ahora que he puesto terreno de por medio con el...
asunto ese, veo lo trivial que es. Incluso diría que es ridículo.
Entre todos mis locales tendré unos doce mil empleados, y nunca he considerado a ninguno de ellos más que un número en una hoja de gastos.
Penélope no es más que eso: un gasto. Una cifra en una hoja de cálculo, como todas las demás chicas.
Con otra calada, me prometo que, durante el poco tiempo que pasará la pelirroja trabajando para mí, no me costará más que dinero contante y sonante, y no la cordura.
Aunque se apriete de esa forma la coleta.
—Ay, Angelo, por el amor del azor, que no soy una niña.
La voz de Rory, suave y con un deje de vino blanco, flota a través de la noche y desvía mi atención hacia las puertas que hay al otro extremo de la terraza. Enseguida la veo salir a zancadas, con mi hermano pisándole los talones como una sombra oscura y protectora.
—No te pienso permitir que lo presencies, urraca.
¿O no te acuerdas cuando te pasaste tres días llorando porque una paloma se estrelló contra el parabrisas de mi coche?
No pudiste pegar ojo porque te traumatizó el ruido que hicieron sus huesos al quebrarse.
¿Sabes lo mucho que suenan los huesos humanos?
—Benny no es un pajarito inocente —replica. Intenta dirigirse hacia la cubierta lateral, pero Angelo la coge de la muñeca y la gira para pegársela al pecho.
—Él no, pero tú sí —murmura, y se agacha para darle un beso en la frente—. Eres mi pajarito, y no quiero que te pongas triste.
—Vale, de acuerdo —suspira Rory, apoyándose contra sus pectorales. Se quedan así abrazados unos instantes hasta que ella aparta la cabeza y señala el océano.
—Garza real, ¿has visto eso?
—¿El qué? —gruñe Angelo, llevándose la mano hacia la parte trasera del pantalón, donde sé que guarda el arma.
—Estoy casi segura de haber visto una ballena jorobada.
—¿En serio?
—¡Sí! Mira.
Señala por encima de la barandilla, hacia el oscuro abismo. Mi hermano se desenreda de ella y agudiza la mirada hacia el horizonte.
—No veo... La madre que me parió.
Se da cuenta demasiado tarde de que Rory, con los tacones en la mano, ha echado a correr por la cubierta hacia el interior. El viento transporta su alegre comentario de despedida.
—¿Ballenas jorobadas en diciembre? No seas bobo, cariño.
Yo suelto una carcajada, y Angelo me mira desde el otro extremo de la terraza, con los ojos negros de irritación. Imito un chasquido de látigo, lo que lo cabrea aún más. Farfulla algo entre dientes y después me saca el corte de mangas y echa a correr por la cubierta detrás de su mujer.
Sin dejar de sonreír, me doy la vuelta, tiro la colilla al mar y apoyo los antebrazos sobre la barandilla. Solo pasan unos pocos segundos de paz antes de que el ruido de otro vaso roto me haga tensar los hombros y me borre la sonrisa de la cara.
Me llevo la mano a la mandíbula. Ya van cuatro.
A mi derecha, la puerta por la que el personal puede salir del bar a la terraza se abre de par en par. De ella emanan luz blanca e irritación.
—Sal de mi vista un ratito, ¿vale? —sisea Freddy. Yo desvío la mirada hacia allí. Él mantiene la puerta abierta y le lanza una mirada asesina a Penélope, que sale hacia la terraza.
Ella mira alrededor, observando las mesas y las sillas vacías con asombro, antes de darse la vuelta para encararlo.
—Y ¿qué pretendes que haga aquí?
—Yo qué sé, Penny. Recoger vasos vacíos, limpiar ceniceros. Tareas que realizan los bármanes de verdad.
Penélope da un paso al frente, pero Freddy le cierra la puerta en las narices.
Da un portazo un poco demasiado fuerte para mi gusto, y siento que se me acumula la irritación, fría y rígida, bajo la piel.
Supongo que será mi faceta de caballero.
No me gusta ver cómo un hombre, sobre todo un empleado mío, trata a una mujer así, aunque esta no sea santo de mi devoción.
No se me pasa por alto mi propia hipocresía al recordar que hace un par de horas le dije a esa misma chica que debería haberle dado un martillazo en la cabeza.
Igual que cuando saqué la pistola en medio de la boda, eso tampoco fue muy típico de mí.
Siempre he tenido mucho autocontrol, es algo que me ancla, y, aun así, cuando Penélope entra en mi campo de visión, las leyes de la gravedad parecen dejar de existir.
Siento una posesividad desconcertante, que se me anuda al cuello como una horca. Siento como si me perteneciera solo para cabrearme con ella. Que no debería provocar la ira de nadie más. Y mucho menos la de mi puto barman.
Se aparta de la puerta y empieza a recoger vasos de las mesas.
Los sostiene con el brazo libre mientras avanza.
Siento que el torso se me gira a su paso, como si estuviese atado a su cuerpo, y me obliga a observar el dobladillo de su vestido elevándose por sus muslos y la tela de su escote apartándose de su pecho cada vez que se agacha.
Con cada movimiento, siento una oleada de irritación.
Con cada mirada a esas piernas y cada destello del sujetador.
Negro. Cómo no. Seguro que es de encaje.
Seguro que no le hace juego con las braguitas, y, hablando de ellas, seguro que son obscenas.
Un tanga de hilo dental que podría romperse con los incisivos o, en cambio, de esos que apenas cubren el coño.