Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 12. Rafe #3
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12. Rafe #3

Será boba. Ella aún no sabe que yo no juego a juegos, sino que los invento.

Me muero de ganas de que coja el teléfono para jugar al juego más estimulante de todos.

Me apunto la tarea de meterle una tarjeta de Sinners Anonymous en la taquilla y después vuelvo a hacerle caso a mi cuñada mientras una camarera me rellena la copa.

Toca volver a ser un caballero.

—Lamento que no hayas podido ir a Fiyi, Rory.

—Meh —dice, y se encoge de hombros—. Prefiero quedarme aquí para ver cómo le reventáis la cabeza a Dante.

Se me queda la copa a mitad de camino de los labios.

Benny me dedica una mirada que parece decir: «Ya te lo había dicho».

Sé lo que está pensando: los del Hollow creen que la nueva esposa de Salvaje es una psicópata.

Dicha teoría cobró fuerza hace un par de noches durante una partida privada en Whisky Under the Rocks, cuando Castiel nos dijo que había ido a cenar a su casa con su prometida rusa poco antes de la boda.

Cas comentó que debería cambiar de cocinero porque la lasaña estaba seca, y resultó que la había preparado Rory.

Le dedicó una sonrisa dulce y le dijo que no hacía falta que se disculpara, pero después del postre, cuando Cas se dirigió a su Lamborghini para marcharse, se encontró con que tenía todos los neumáticos rajados y una carita enfadada rayada en la luna trasera.

Cuando se lo comentó a Angelo, él lo desestimó con un gesto del dedo y una amenaza helada.

Le dijo a nuestro primo que su querida esposa jamás sería capaz de hacer una cosa así, y que, si se le ocurría volver a sacar el tema, iban a tener un problema.

A mí Rory me cae bien. Consiguió que mi hermano volviese a Devil’s Coast, odia a Dante tanto como yo y, si es verdad que le rajó las ruedas a Cas, me parece una hazaña graciosísima.

A pesar de que a los mafiosos nos atrae el peligro, solemos casarnos con mujeres sumisas.

Resulta refrescante estar sentado al lado de una esposa de la Cosa Nostra que no se limita a mirar a la servilleta que tiene sobre el regazo y a contestar solo cuando se le habla.

—¿Qué pasa, que Penny se te ha meado en los cereales del desayuno?

No me doy cuenta de que estoy mirando a Penélope hasta que Rory me plantea esa pregunta. La mitad de la estancia la está observando porque está meneando una coctelera con tal vigor que están a punto de salírsele las tetas del escote.

Se me acumula el calor en la entrepierna al imaginarla dando botes sobre mi polla con el mismo entusiasmo.

Dios santo. Me recuesto contra el respaldo de la silla, agarro la ficha de póker con una mano y me paso el dorso de la otra por la boca en un intento de ocultar la irritación.

Me molesta muchísimo saber que mi erección es una entre una docena en esta sala.

Y que todas han sido provocadas por ese numerito.

Me trago el whisky que me queda en el vaso y le dedico a Rory una sonrisa tensa.

—Ah, veo que conoces a mi nueva empleada.

—Pues sí. Me cae muy bien. Me hacía compañía por las noches cuando trabajaba en la cafetería de Devil’s Dip.

Enarco una ceja.

—¿Durante el turno de noche? ¿Es una vampira o qué?

En vez de reírse, Rory baja la vista hacia la mesa. Resigue las líneas blancas y traga saliva.

—Le costaba conciliar el sueño después del asesinato de sus padres.

Entrecierro los ojos.

—¿Cómo dices?

—Sí, sucedió cuando teníamos unos catorce años más o menos.

Yo empecé a trabajar en la cafetería a los dieciséis, y ella venía casi todas las noches.

—Se pasa una mano por el brazo, como si le hubiera entrado un frío repentino—.

A mí me pasó lo mismo cuando murió mi madre, pero solo me duró unos meses.

Supongo que no se le puede poner fechas al duelo.

Nico no me contó nada de eso.

Me trago esta nueva información con un sorbo de whisky , pero el licor no me ayuda. Lo noto en el pecho, incómodo. En estos lares, a la gente solo la matan los Visconti, y únicamente matamos a los empleados por traidores o por ladrones.

Seguro que de tal palo, tal astilla.

—¿Por qué la estás mirando?

Suelto un bufido.

—No la estoy mirando, Rory. Es su primer día de trabajo; la estoy observando para asegurarme de que no sea —«mi carta de la perdición»— una incompetente.

Rory se encoge de hombros, pero se le pinta una sonrisa maliciosa en los labios.

—A mí me parece que se le está dando bastante bien.

Sigo la trayectoria de su mirada y veo a Penélope vertiendo un líquido amarillento en una copa y deslizándosela hacia mis exsocios de Miller & Young.

Suelta una risilla afeminada y después coloca una sombrillita y una pajita retorcida en el cóctel.

A modo de agradecimiento, Clive le entrega un puñado de billetes y una tarjeta de visita.

Se me tensa el estómago. Madre mía, hoy estoy de un humor de perros.

—Disculpa, cuñadita.

Antes de que Rory pueda volver a suplicarme que eche una partida de blackjack de los Visconti con ella, me pongo en pie y me encamino hacia las puertas dobles. Necesito fumarme un cigarro en un sitio oscuro y frío para recomponerme.

En un sitio en el que la risa de Penélope no me caldee la sangre.