12. Rafe #2
Rory se hunde en la silla, se enrosca un rizo en el dedo y me mira. Yo me termino el whisky para prepararme. Allá vamos.
—Y bien..., ¿te acompaña la suerte esta noche, Rafe?
—Nada de blackjack , Rory.
—Anda, una mano nada más. —Busca a Angelo con la mirada—. ¿O es que eres un gallina?
Se me curvan los labios.
—Estoy aterrado, querida.
El mes pasado Rory empezó a jugar al blackjack de los Visconti con los guardaespaldas de Angelo.
Es muy parecido al blackjack normal, pero se juega contra un oponente, en lugar de contra la banca.
Supongo que no se ha percatado de la relación que tiene su racha ganadora con el hecho de que sus oponentes sean empleados de mi hermano, porque cuando quiso jugar conmigo, se sorprendió mucho de su derrota.
También perdió la siguiente partida, y todas las que la siguieron.
Ahora me debe trescientos mil dólares de su marido y parece que no quiere dejar de intentar recuperarlos.
Evidentemente, no tengo intención de cobrarme esa deuda, pero me resulta igual de divertido verla mosquearse.
—Vale —suspira. Mira con curiosidad la lámpara veneciana que pende sobre nuestras cabezas—. Qué yate tan bonito. ¿Lo desgravas por usarlo como local de fiestas?
—¿Trabajas para la poli, Rory?
Suelta una carcajada desenfadada.
—No, solo pretendo entablar conversación con mi nuevo cuñado.
—¿Cuñado? Si estuviste a punto de ser mi tía hace un par de meses.
La camarera le pone dos vasos delante y trae un whisky para mí. Ella se decanta por el cóctel, pero se lo alejo y le doy un toquecito al agua con el anillo.
—Primero tómate esto.
Arruga la nariz, pero no protesta. Tres tragos más tarde, deja el vaso sobre la mesa y me vuelve a dedicar toda su atención.
—¿Y bien?
—¿No te apetece conocer a tu otro cuñado mejor?
Se inclina sobre la mesa para darle un manotazo desmadejado a Gabe en el hombro.
—Si este y yo ya somos íntimos.
—¿Ah, sí? —No me imagino a Gabe formando un vínculo con nada que no sea una moto o un arma de fuego, así que mucho menos con la rubia amante de los pájaros que se ha echado Angelo de mujer.
—Sí. Me ha ayudado a construir un refugio para aves en el jardín. Y también excavó el estanque. —Se acerca a mí para susurrarme una cosa—. Además, la semana pasada, me dejó disparar con su...
—¿Qué te tengo dicho? —interrumpe Gabe, que levanta la mirada de las cartas con el ceño fruncido.
Rory hace como si se cerrara la boca con una llave imaginaria.
—Uy, se me había olvidado. Gabe dice que eres un soplón.
Se me levantan las comisuras de los labios; paso un brazo por el respaldo de su silla y me zambullo en la conversación.
—¿Eso dice?
—Ajá. —Le da un trago al cóctel de vino—. Dice que correrás a chivarte a mi marido como un cerdito.
—¿En serio?
—Sip. Y que no se habla con soplones.
Gabe asiente para mostrar su aprobación, tira la jota de diamantes en la mesa y le tiende el puño a Rory para que se lo choque. Ella obedece, pero enseguida se estremece de dolor y se guarda la mano en el regazo cuando piensa que nadie la está mirando.
Yo tomo un sorbo de whisky y dejo el vaso entre risas. No obstante, esas carcajadas se desvanecen al oír una risotada que atraviesa el casino y me impacta en la mandíbula como un puñetazo. Aprieto los dientes, miro hacia la barra y detecto de dónde proviene.
Otra cosa más que no me gusta: que su risa es el sonido más estridente del mundo. Además, ¿qué será eso tan gracioso? Si está hablando con Nico. Este no dice ni tres palabras seguidas, y sería incapaz de contar un chiste ni aunque lo leyera en un sobrecito de azúcar.
La miro con un velo de desprecio. Se le caen algunos mechones de pelo sobre los hombros cuando echa la cabeza hacia atrás para volver a reír.
Si no la hubiese contratado para satisfacer mis supersticiones, esta chica no duraría ni el primer turno, y no solo porque le he apostado cincuenta dólares a que no conseguía superar esta noche.
Lo dejaré estar, pero solo hasta que haya confirmado que no es mi carta de la perdición.
Después permitiré que regrese al agujero inmundo del que haya salido.
La llamé a mi despacho para intentar ofrecerle una ramita de olivo, por aquello de mantener la paz durante el poco tiempo que pase aquí, pero en cuanto entró con el ceño fruncido, en ese uniforme, a punto estuve de partir la ramita en dos.
Resulta irritante, pero mentiría si dijera que no me despierta un cierto interés.
Aparte de su habilidad para los trucos de barra más viejos que el catarro y la egocéntrica suposición de que la suerte la acompaña siempre, apenas sé nada de ella.
Nico me contó que sus padres trabajaron en el Gran Casino Visconti cuando ellos eran críos y que Penny se largó del pueblo al cumplir los dieciocho.
Me paso el pulgar por el labio inferior y niego con la cabeza. Dieciocho, madre mía, de eso hace solo tres años. No es más que una cría, así que no sé qué hago mirándole el dobladillo del vestido, y mucho menos imaginando lo que tendrá debajo.
Elijo un tema un poco menos erótico en el que pensar.
Nadie se presenta en el Cove con un vestido robado y una maleta un jueves por la noche.
Trama algo, y ardo en deseos de saber qué.
Le colé una tarjeta de Sinners Anonymous en el bolsillo del abrigo y otra entre las páginas de la Biblia que había en su habitación del hospital por si acaso resultaba ser católica, cosa que dudo.
Al revisar las grabaciones el domingo, espero encontrar un secreto perverso de su parte.
Como si de pronto se percatase de que la estoy mirando, Penélope deja de reír de pronto. La fachada de niña inocente se desvanece y me observa irritada.
No soy de los que apartan la mirada, aunque no me guste lo que veo.
Ella ni se inmuta. Tampoco cede terreno.
No me suele poner la insolencia, pero, madre mía, le veo el puntito.
Nico está inclinado sobre la barra, hablándole al oído, pero ella no aparta los ojos de los míos.
Nos miramos durante lo que me parecen varios minutos, que probablemente no hayan sido más que unos segundos, antes de que se lleve las manos lentamente a la cola de caballo para abrirla en dos y tirarse del pelo.
Se me escapa un resoplido de los labios. Joder. Es un gesto muy inocente. He visto a muchísimas chicas apretarse la cola así, pero, no sé por qué, verla a ella me hace sentir un calor intenso en la entrepierna.
Para el caso, podría haberme tirado de la punta de la polla.
Aprieto las muelas y miro las botellas de alcohol que tiene detrás de la cabeza durante un segundo para recuperar la compostura.
Cuando vuelvo a fijarme en ella, veo que me sigue mirando, pero ahora con una sonrisita de superioridad en los labios.
Entonces una irritación picajosa y caliente se me cuela por el cuello de la camisa.
Ha sido un juego corto y silencioso, y ha jugado sucio para vencerme.
Un subidón eléctrico y perverso sigue a la irritación.