Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 12. Rafe
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12. Rafe

Rafe

Whisky templado, apuestas altas y algún que otro beso de la fortuna son las señas características de una fiesta de Raphael Visconti, como la que está teniendo lugar esta noche.

A pesar de los rumores y de la algarabía que siempre rodean estos eventos a los que cedo mi nombre, esa sencilla tríada me ha amasado una fortuna en la industria del ocio nocturno.

Todo lo demás no son más que banalidades y buen márquetin.

Esta es la primera noche de pruebas. Hay una buena multitud y el ambiente es eléctrico y despreocupado.

Fluye la bebida y flotan las risas. Nadie diría que los Visconti están al borde de una guerra civil ni que hace menos de una hora tomé la decisión de liquidar a los accionistas mayoritarios de Miller detesto haberme reído a carcajadas al verla. La irritante marca de carmín que dejó en un pañuelo de papel también la detesté.

Sin embargo, lo que más me irrita es lo bien que le sienta el uniforme, y, aún peor, el hecho de que todos los hombres de sangre caliente en este barco, excepto el planchabragas de mi hermano mayor, estén claramente pensando lo mismo que yo.

Nunca había visto a ninguno de los aquí presentes levantarse a pedir una consumición a la barra, como unos plebeyos en la tasca del pueblo.

A estos hombres no les hace falta ni levantar la vista para pedir que les rellenen el vaso, porque cuando el líquido baja de un cierto nivel, alguien viene a cambiárselo por uno nuevo.

Sin embargo, ahora mismo estoy viendo a dos Visconti y a tres de mis antiguos socios haciendo cola en la barra, esperando como bobos a que les sirva Penélope.

Lo achacaría a que es carne fresca, pero cuando la mirada se me vuelve a desviar de nuevo hacia ella, resulta evidente que aprecio su atractivo.

Antes, en el balcón, escuché a uno de mis empleados comentar que se parece a Jessica Rabbit, y aunque no le pago para que babee por mis chicas, no le falta razón.

Tiene unos ojazos azules que parecen haber engañado a todo el mundo excepto a mí.

Su piel pálida adopta un tono carmesí con el más mínimo insulto.

Las pecas de la naricita se le juntan en una sola cada vez que la frunce.

Y ese cuerpo..., no quiero ni pensarlo. Parece haber salido de uno de esos pósteres de los años cincuenta.

El uniforme, en los cuerpos de las otras chicas que trabajan para mí, parece un vestidito negro elegante.

Sin embargo, ella parece una estríper haciendo de camarera guarrilla en una despedida de soltero.

Sin embargo, no es solo su aspecto lo que me tiene conmocionado, sino cómo lo usa para salirse con la suya.

Como en estos momentos, por ejemplo. Tiene las manos apoyadas sobre la barra y mira a Marco con una sonrisita en los labios, como si le estuviesen pasando por la cabeza un millón de pensamientos lascivos.

Evidentemente, el imbécil de mi primo segundo se lo está tragando con patatas y seguro que está convencido de que se la va a llevar a la cama esta noche.

Pero yo sé la verdad: no tiene el más mínimo interés en lo que hay debajo de ese traje, sino en lo que tiene dentro de la cartera.

¿Que cómo lo sé? Pues porque cuando se sentó a mi lado el jueves pasado y se quitó el abrigo de pieles como si se estuviese muriendo de ganas de mostrarme su cuerpo, yo casi me lo creo también.

Casi no, me lo creí. Le entregué mi apreciado reloj, ¿no?

Supongo que tiene sentido. A los mafiosos nos atrae el peligro, y esta chica lo encarna.

Me saco la ficha de póker del bolsillo y la hago girar entre el pulgar y el dedo índice, como si fuera a salvarme de las garras de la irritación que se me están clavando en la piel.

Yo nunca me irrito, pago a gente para que se irrite por mí.

Sin embargo, la forma en que esta nueva empleada está mirando al zoquete de mi primo me pone de mala leche.

No pensaba ofrecerle un trabajo, por muy amablemente que me lo hubiese pedido Nico.

Una chica bocazas con un vestido robado no es, que digamos, carne de empleada, pero cuando me encontraba apagando fuegos en el hospital, entró en mi habitación con una herida feísima en la cabeza y se me tensaron los pulmones.

Había estado allí, en el puerto, y, de pronto, la palabra «coincidencia» perdió todo su poder tranquilizador.

La lógica que tan lejos me ha conducido en la vida me dice que el tema de la carta de la perdición no es más que una tontería.

Y, aunque no lo fuera, es completamente inviable que esta locomotora hacia la destrucción sea la mujer que me predijo la pitonisa.

Sin embargo, la lógica solo llega hasta cierto punto, y por eso, bajo el pretexto de hacerle un favor a mi primo, le ofrecí un empleo.

Fue una decisión puramente egoísta. Soy un hombre muy ocupado, y tengo que deshacerme de la paranoia que me dice que este tapón pelirrojo me va a llevar a la perdición.

Necesito confirmar que lo del reloj y la explosión del puerto no han sido más que meras coincidencias.

A pesar de lo ridículo que me pareció, no pude evitar pedirle que escogiera una carta de la baraja.

Si hubiera sacado la reina de corazones le habría pegado un tiro en la frente. Sin embargo, no fue así. Eligió el as de picas, entre todas las cartas. La más afortunada de la baraja. En parte me alivió, pero también me cabreó haber avivado esa creencia egocéntrica de que la acompaña la suerte.

Miro de reojo el colgante en forma de trébol de cuatro hojas, estiro la espalda y doy un trago al whisky .

No puede ser mi carta de la perdición. Si lo fuese, toda mi existencia estaría en llamas.

Cierto es que llevo perdidos quince mil dólares porque no he ganado ni una sola mano esta noche, y también que voy a cortar la relación comercial con uno de mis negocios más lucrativos a causa de la mierda de reunión que he tenido hace un rato, pero son cosas que pasan.

—Mierda.

Un siseo perverso emana de los labios de Benny y yo sonrío contra el borde del vaso de whisky .

Gabe acaba de echar un joker sobre la mesa, y ahora Benny tiene la mirada clavada en el dorso de sus dedos tatuados, como sopesando cuáles le hacen menos falta durante las próximas dos a ocho semanas.

Como le resulta imposible decidir, niega con la cabeza y recoge las cartas de la mesa.

—Al mejor de tres.

—No te va a salir gratis —responde Gabe. Finge estar aburrido, pero sé que se muere de ganas de romperle un par de huesos a nuestro primo.

—¿Cuánto?

—Otro dedo.

Benny se para a pensar y después suelta un asentimiento monosilábico antes de repartir otra mano.

Será idiota. Debería saber que Gabe no se limita a romper dedos, sino que los machaca con su martillo favorito.

Por el rabillo del ojo veo que se abre la puerta del baño de señoras y que de él sale Rory dando tumbos.

Se detiene, parpadea al ver la fila de chicas que hay esperando a la entrada y alza la mano a modo de disculpa.

Unos segundos más tarde aparece Angelo por la puerta, alisándose la corbata con una mano e intentando peinarse el cabello alborotado con la otra.

Niego con la cabeza. Últimamente, incluso Benny es capaz de guardarse la polla en los pantalones más tiempo que Salvaje, y eso es mucho decir.

Es un tonto enamorado, no un capo a punto de entrar en guerra.

Angelo me mira a los ojos y me dedica un guiño antes de darle una nalgada a su mujer y atravesar las puertas que dan a la terraza, donde Cas se está fumando un cigarrillo bajo una estufa de pie. Rory se alisa el vestido rojo y camina entre las mesas hasta acercarse a la silla que tengo al lado.

—Ay, jilguero —murmura cuando sus tacones ceden bajo su peso. Antes de que caiga de cara sobre la mesa, alargo la mano para cogerla del brazo y sentarla en la silla—. Estos zapatos me están matando. Me he acostumbrado a llevar deportivas en vez de tacones.

—Y también a beber zumo de naranja en vez de cócteles de vino, ¿no?

Alza la vista y entrecierra los ojos como si estuviera mirando al sol. Tiene una sonrisita bobalicona en los labios.

—¿Has dicho cóctel de vino?

Entre risas, llamo a la camarera más cercana y le pido otra ronda, y también un vaso de agua.