Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 11. Penny
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11. Penny

Penny

Me resulta más sencillo apartar de mi mente los comentarios maliciosos de mis compañeras mientras atravieso pasillos estrechos y subo escaleras de caracol, porque tengo un asunto mucho más urgente en el que pensar, uno que me está esperando en una estancia detrás del puente de mando.

«Preséntate en mi despacho diez minutos antes de que empiece el turno». No me lo pidió por favor, lo que supongo que indica que estoy metida en un lío, pero, en realidad, en las pocas interacciones que he tenido la desgracia de tener con él, jamás ha utilizado un lenguaje muy educado.

Siento los nervios vibrar contra las paredes del estómago cuando llamo tímidamente a la puerta de caoba. Casi de inmediato me llega su voz grave y aterciopelada por debajo de la madera.

—Adelante.

Cierro las sudorosas palmas de las manos en puños y me recuerdo que debo mantener esta bocaza mía cerrada antes de entrar.

Raphael está sentado al borde de la mesa, con los antebrazos sobre las piernas y una ficha de póker rodando entre sus anchos dedos. Alza la mirada desde el suelo, la desliza como un rayo láser por mis piernas y sobre mi pecho para acabar clavándomela en la cara.

La ficha de póker deja de girar.

—¿Ese es el uniforme que te ha entregado Laurie?

Con el corazón desbocado, consigo asentir con la cabeza.

Sus ojos vuelven a recorrerme el cuerpo y se oscurecen con cada centímetro cuadrado que escrutan. ¿Por qué tengo la sensación de que está evaluando todos mis atributos en una escala del uno al diez? Y ¿por qué me parece que no estoy sacando muy buena nota?

Y ¿por qué me decepciona?

Cuando sus ojos se detienen sobre mis muslos, esboza una sonrisita tensa y después se incorpora y murmura algo que no llego a comprender. No estoy segura, pero me ha parecido algo del estilo de «Madre mía».

Siento pinchazos en la nuca cuando lo veo dirigirse a la esquina más alejada del despacho y darme la espalda para mirar por las puertas dobles que enmarcan el mar embravecido. Se mete las manos en los bolsillos y se le tensan los hombros.

Siento una mezcla de vergüenza e irritación en las mejillas, porque con cada segundo que pasa, me resulta más evidente lo que está pensando.

Que no encajo en el modelo de chica a la que suele contratar. Ahora se está planteando cómo coño va a ser capaz de despedirme sin que lo denuncie por discriminación laboral.

Justo cuando el ansia por mandarlo a la mierda está a punto de sobrepasar la necesidad de mantener el empleo, se da la vuelta y me pilla desprevenida con una expresión mucho más suave y una orden de dos palabras.

—Ven aquí.

Lo que me pide el instinto es fruncir el ceño y negar con la cabeza, porque sigo abochornada por haber sucumbido a su llamada en la boda. Sin embargo, al mismo tiempo su tono me hechiza y provoca que mi corazón se olvide de latir.

Qué ridiculez. ¿Su atractivo radicará en esto precisamente? No en su aspecto ni en su carisma, sino en el talento que tiene para dar órdenes toscas de tal forma que consigue que quieras cumplirlas, en vez de abofetearlo.

«Ven aquí. Siéntate en mi cara. Gime mi nombre más alto, Penélope».

Se me mueven los pies antes de que mi cerebro haya dado el visto bueno. Me detengo delante de él, lo bastante cerca como para sentir el calor que emana su cuerpo.

No sabía que un cubito de hielo pudiese irradiar calor.

Me quedo helada cuando veo que estira la mano y me coge de la mandíbula.

Mi cabeza se mueve a su antojo, hacia arriba y hacia la izquierda, de modo que me quedo mirando la luna que brilla sobre un cielo exento de estrellas.

Su mano es grande y está caliente, a excepción del frío metal del anillo que reposa sobre mi pómulo.

Dios. Siento un calor que se extiende por mi bajo vientre y, a pesar de que intento que no se me note nada en la cara, sé que él siente mi pulso latiendo un poco más rápido en las venas del cuello; y también nota que se me vuelve más densa la respiración contra el dorso de su mano.

—¿Qué tal la cabeza?

—Bien —respondo antes de apartarme de su mano.

No intenta retenerme y esboza una sonrisita bastante socarrona.

No sé en qué estaba pensando al creer que quería que me tratase como a las otras mujeres.

No me gusta este aspecto de su personalidad.

Bueno, ni este ni ninguno. Me confunde, me deja desconcertada, como si al salir de casa en una mañana de febrero me encontrase con una ola de calor abrasador.

—Siéntate.

—Prefiero quedarme de pie.

Finge que no me ha oído y coge una hoja de papel de su escritorio. Empieza a leerla.

—Penélope Price.

Se me hunde el corazón al darme cuenta de que está leyendo mi currículum arrugado.

El que redacté de madrugada bajo las luces blancas de la cafetería de Devil’s Dip.

Es una red de mentiras impresa a una cara en un folio A4, y me cosquillean los dedos de las ganas que tengo de arrebatárselo de las manos.

Da un par de pasos por la estancia y gira el documento hacia la plateada luz de la luna que se cuela por los cristales.

Sus ojos verdes refulgen al pasearse de derecha a izquierda.

—¿Trabajaste de camarera en la coctelería del hotel Hurricane, en Atlantic City?

Se me tensa el pecho. Asiento. Mierda. A las tres de la mañana, embriagada de cafeína y de azúcar, me pareció una gran idea poner en el currículum el nombre del hotel que quemé.

Como ya no existe, no hay forma de comprobar si trabajé allí o no.

No es la mentira más gorda que hay ahí escrita, pero sí la más atrevida.

Técnicamente sí que pasé seis meses trabajando allí, solo que al otro lado de la barra, tomando cócteles tropicales servidos en cáscaras de coco y sacándoles las primas por viaje a hombres de negocios con trucos de bar.

—Qué interesante —dice Raphael mientras se acaricia la mandíbula—. El hermano del propietario es amigo mío. Cuéntame, ¿qué te pareció trabajar para Thomas? Se dice que es bastante tirano.

Me mira y en sus ojos veo un reto. A pesar del malestar que siento, me reconcome la irritación, porque sé que está intentando ponerme en evidencia.

—Tan amigos no seréis, porque se llama Martin.

El colgante de plata que llevo al cuello me crepita sobre la piel sudorosa. ¿Que cómo sé eso? Porque me lo ladró a la cara justo antes de reventarme la cabeza contra la pared del callejón de al lado del casino.

Raphael me mira con una diversión perversa antes de volver a centrarse en las mentiras que sostiene entre las manos.

—En efecto, así es.

Comienza a caminar en círculos, sin dejar de leer. Detesto ser tan consciente de cada lenta y pesada zancada. Sentir cada impacto contra el suelo como un latido en la caja torácica. Los segundos me parecen minutos, y cuando la tensión resulta insoportable, mi voz desesperada rasga el silencio.

—¿Qué es lo que pasa? —suelto—. ¿Ya me he metido en un lío?

Me dedica una sonrisa tensa y, tomándose todo el tiempo del mundo, se hunde en la silla de cuero y se da la vuelta para mirarme. Gracias al rayo de luz de luna que le atraviesa la cara, tengo la desgracia de pillarlo mirándome el dobladillo del vestido y pasarse la lengua por los dientes.

Me resulta desagradable, sin lugar a dudas, pero también me deja un poco sin aliento el hecho de ser el objeto de su atención.

—Penélope, creo que hemos empezado con mal pie.

—Se inclina hacia delante, reposa los antebrazos sobre los muslos y me mira con los ojos entrecerrados—.

Si vas a trabajar para mí, nuestra relación debería ser más...

—Se muerde el labio inferior y me vuelve a repasar los muslos con la mirada—. Profesional.

Enrojezco al ver cómo esboza con esos labios tan carnosos la palabra «profesional».

Derrocha insinuación, como si llevásemos acostándonos en secreto unos tres meses.

Algo que, evidentemente, no sucedería ni en un millón de años.

En parte porque preferiría clavarme una aguja de tejer en un ojo y en parte porque seguro que Raphael estaría encantado de buscar la más afilada del mundo para dicha tarea.

Además, si los rumores son ciertos, para él las mujeres son de usar y tirar...

Me deshago de ese pensamiento con un estremecimiento ahogado.

—No entiendo lo que quieres decir.

—Bueno, creo que te has llevado una impresión equivocada de mí.

—¿Cuál?

—La de que no soy un caballero.

Suelto una carcajada fea y cargada de incredulidad.

Rebota contra las paredes del oscuro despacho y cae sobre la cara de póker de Raphael.

Esta es todo líneas rectas y pestañas pobladas, y si la viese al otro lado de la mesa del casino, no sé si podría seguir apostando, incluso aunque tuviese una escalera real en la mano.

—Es que no lo eres.

Le veo una diminuta llama de diversión en las pupilas.

—¿Ah, no?

—Tienes dos yates.

—La reina de Inglaterra tiene ochenta y tres.

Parpadeo.

—Eres un Visconti.

—Igual que Nico, y él parece caerte bastante bien.

—¡Vas armado!

Se pasa dos dedos por el labio inferior, en un intento, vano, de ocultar una sonrisita.

—Es una pistola falsa, Penélope.

—Los cojones.

—¿Qué quieres saber de ellos?

Nuestras pupilas chocan. Las mías arden de irritación, las suyas hierven de satisfacción.

Salgo de esa trampa magnética. Es verdad que me caldea la sangre, pero no pienso dejar que me engañe tan fácilmente como a las chicas del vestuario.

En cambio, miro hacia el pomo dorado con el anhelo de poder abrirlo con la mente.

—Penélope.

Aprieto los dientes al oír mi nombre salir de su boca sobre un puto cojín de seda. Odio sentirlo en los oídos como cachemira y que, al mismo tiempo, me restalle como una corriente eléctrica entre las piernas.

Preferiría sacarme los ojos que utilizarlos para mirarlo, pero acabo sucumbiendo. Él me escruta la cara y desliza las manos hacia el espacio vacío que tiene delante. Primero con las palmas hacia abajo, después, con un giro lento y sensual de las muñecas, pone las palmas mirando al techo.

Suaves, bronceadas. Dedos gruesos y largos con un anillo que vale más que mi puta alma.

Odio cómo pronuncia mi nombre, pero detesto aún más verle las manos.

Dios. Se me entrecorta la respiración y, a pesar de que sé que no debería, se me llena la cabeza de imágenes de los dedos de Raphael tirándome del pelo.

Resulta sórdido, pero me pica la curiosidad por saber si los rumores son ciertos y es verdad que le gusta tirar del pelo cuando folla.

Me puedo imaginar sin problema la parte previa, la de la cena regada con buen vino, y no dudo de que sea capaz de sacar el encanto a relucir como por ensalmo, pero me parece demasiado refinado como para follar tan duro.

—¿Ves sangre en estas manos, Penélope? —Frunzo el ceño como toda respuesta. Él enarca una ceja, a la expectativa, y yo me obligo a negar con la cabeza—. Jamás la verás. ¿Sabes por qué? Porque soy un caballero.

Con aspecto satisfecho, se recuesta en la silla y junta las yemas de los dedos debajo de la barbilla.

—¿Borrón y cuenta nueva?

Su socarronería se me impregna en la piel como la fiebre y me entran ganas de bañarme en agua helada para deshacerme de esa sensación. A estas alturas, diría lo que sea, haría lo que sea, con tal de que me dejara marcharme.

—De acuerdo. Agua pasada. Dibujemos una raya en la arena. Lo que tú quieras —respondo.

Me dispongo a rodear el escritorio, pero al pasar por el lado de Raphael, él estira la mano para cogerme de la muñeca.

Dios. De pronto siento que se me drena la sangre de la cabeza y solo puedo mirar el lugar que me está sujetando.

No está apretando, como sí hizo en la boda, pero surte el mismo efecto que entonces: dejarme clavada en el sitio.

Es firme. Potente. A ver, podría escurrirme si quisiera con una simple sacudida de la mano, pero cuando su pulgar se mueve ligeramente sobre el pulso de mi muñeca y se me nubla la vista, sé que no lo haré.

Cuando su voz me roza la piel sudorosa, noto que tiene un punto de aspereza.

—Si soy un caballero, tengo que pedirte a ti que seas una dama.

Parpadeo.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que no quiero que robes más vestidos ni hagas más jueguecitos estúpidos.

Su mirada me abre un boquete en la mejilla y provoca que se tense más el nudo que siento en la garganta.

—Pues entonces más te vale subirme el sueldo.

En fin, a tomar viento el propósito de mantener la bocaza cerrada. Al menos me he podido contener más de lo habitual. Mi insolencia me recuerda que ni siquiera sé cuánto me va a pagar: hasta donde yo sé, el salario podría ser caramelos y alabanzas.

Me aprieta un poco más, lo que confirma lo que yo ya sabía. Durante estos cinco minutos ha estado actuando, representando el papel del Raphael que quiere que vea la gente. Esta actitud calmada no es más que una fachada, y le cuesta tanto mantenerla ante mí como a mí mantener la bocaza cerrada.

—Van a venir hombres mucho menos amables que yo a este barco, Penélope.

—¿Amable dices? Pero si me atacaste con un martillo.

—Podría haber sido peor.

—¿Ah, sí?

—Ajá —dice con parsimonia, y su mirada vuelve a brillar—. Podría habértelo estampado en la puta cabeza.

El veneno que escupe me deja sin respiración y tardo medio segundo más de lo habitual en recomponerme. Cuando lo consigo, aparto la muñeca de sus dedos y me llevo la mano al pecho; esbozo un mohín, como si me hubiese ofendido esa gilipollez repentina.

—Au. Eres tan grande y das tanto miedo que creo que me he meado en las braguitas.

—¿También son robadas?

—Creo que será mejor que no hablemos de mis bragas. No querrás ponerte palote en mitad de la jornada laboral, ¿verdad?

Entrecierra los ojos, pero veo un resquicio de diversión en su mirada.

—Duras palabras de una persona que necesita un empleo.

Titubeo. A pesar de que tengo el estómago plagado de semillas de furia, el buen juicio me indica que debería callarme la boca. No deja de ser mi jefe, mal que me pese, y necesito el dinero.

De acuerdo.

Enderezo la espalda. Le lanzo una mirada dócil y hago como que no me cabrea ver el triunfo que le baila detrás de las pupilas.

—Tienes razón —digo con toda la dulzura que puedo—. Disculpe mi insolencia, caballero. Acepto el borrón y cuenta nueva, desde ya mismo.

Vislumbro una diminuta sonrisita en sus labios antes de girarme para dirigirme hacia la puerta. Al girar el pomo siento que su voz suave como el sirope me roza las terminaciones nerviosas. Murmura desde las sombras, pero las percibo como si las hubiese gritado con un megáfono.

—Apuesto a que no duras ni una noche.

Tenso los hombros, y un estremecimiento demasiado familiar me recorre la espina dorsal.

—Te apuesto veinte dólares a que sí.

—Subo a cincuenta.

Me paso la lengua por los dientes, siento la irritación, caliente y amarga, creciendo en mi interior.

—Sí, señor.

El encanto de la libertad y un brillo naranja me bañan al abrir la puerta que da al puente de mando.

—Penélope.

Se me cierran los ojos. Casi.

—Se dice «Sí, jefe».