Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 10. Penny
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La combinación de moqueta suave de color crema y paredes de caoba se extiende por todo el yate, entre medias, una obscena ostentación de riqueza prolifera como las bacterias en una placa de Petri.

En el vestíbulo hay sofás italianos con mantas de cachemira.

El aroma a tabaco y a secretos pende del aire en la sala de los puros, que está oculta tras una estantería falsa de la biblioteca.

La zona del bar, que tiene una barra de mármol y taburetes de cuero leonado, se podría confundir con la recepción de cualquier hotel de cinco estrellas de no ser por el vaho que emana el jacuzzi que hay tras las puertas dobles.

Bajo cubierta, una red de pasillos estrechos y estancias de formas extrañas conforman la zona del servicio, en cuyo centro late una cocina brillante con bastante espacio de almacenaje y con suficientes fuegos como para alimentar a un país no muy grande.

Laurie me explica que el personal se divide en dos clases: el de servicio y el personal fantasma.

Nosotras formamos parte del primer tipo, que es el que se encarga de que las personas que hay a bordo del barco se lo pasen bien, mientras que el personal fantasma se ocupa de que el yate funcione a las mil maravillas.

Estos son el capitán, los ingenieros y el personal de cubierta, que, a excepción del primero, se alojan en la parte más profunda del barco.

—Impresiona, ¿no? —me pregunta Laurie al abrir una puerta que da a lo que parece ser otro balcón más. Ya es noche cerrada, hace frío y la costa no es más que una sombra de tinta salpicada de luces titilantes.

Para ser sincera, no es que me impresione demasiado.

De hecho, me parece bastante desagradable que, durante la mayor parte del año, este yate permanezca amarrado en algún puerto europeo glamuroso mientras que hay millones de personas que no son capaces de conseguir un techo para dormir.

Y lo peor es que este capullo no tiene solo un barco, sino dos.

Sin embargo, me muerdo la lengua y me fuerzo a asentir con la cabeza.

—Sí que impresiona, sí.

Sigo a Laurie entre mesas y estufas de pie hacia una escalera en penumbra.

Suelto un pequeño gruñido porque ¿cómo cojones es posible que haya otra cubierta más por encima de esta?

Subimos por la escalera hasta otra terraza, y Laurie se saca una llave del bolsillo para abrir las puertas correderas que nos vuelven a permitir acceder al interior.

—Esta ya es la última parada, te lo prometo —me dice mientras se pasa el dorso de la mano por los labios—. Menos mal, porque mi estómago ya no aguanta más caminatas.

Al entrar, siento el abrazo del calor y de la suave melodía de jazz que me roza la cara. Estudio la estancia y me aplaca una sensación de nostalgia y familiaridad.

Sillas bajas alrededor de mesas de terciopelo verdes. Cuadrados rojos y negros y el ronroneo sensual de una ruleta al girar.

—Hay un casino a bordo —digo sin afectación, desviando los ojos hacia la barra en forma de media luna y fijándolos sobre el hombre que está secando vasos tras ella.

—Por supuesto que sí; es el barco de Raphael Visconti —responde Laurie en un tono seco con el que pretende aplastar cualquier otra pregunta posible—. Aquí es donde vamos a trabajar esta noche.

Le clavo la mirada, asombrada y teñida de un leve pánico.

—¿En el casino?

—No, en los retretes del fondo —dice sin inmutarse—.

¡Pues claro que en el casino! Te colocaré detrás de la barra porque acabo de echarle un ojo a tu currículum y eres la que más experiencia tienes en este campo.

—Confunde mi expresión con nervios y añade—: No te preocupes.

Hoy solo vendrán familiares y amigos, así que puedes tomártelo como una vuelta de calentamiento.

No se inaugurará de verdad hasta Año Nuevo, así que tienes tiempo de ir aprendiendo cómo funciona esto. Ven, que te presento a Freddie.

Charlo un rato con el barman, formulo y respondo preguntas mundanas que salen de mi boca, y también de mi cerebro justo después de entrar. No puedo concentrarme en esta conversación insulsa porque no soy capaz de quitarme de la mente el pánico que se cierne sobre mí.

Aunque esté intentando empezar de cero, esta vida se parece demasiado a la que pretendo dejar atrás y no me gusta ni un pelo.

Dentro de nada esta estancia se llenará de relojes enormes y carteras a rebosar, y la tentación, en toda su gloria cálida y ardiente, manará de las paredes como la condensación.

Uno de mis propósitos era no volver a pisar un casino en lo que me queda de vida.

No porque no quiera, porque quiero, y mucho, sino porque la tentación de hacer el mal es demasiado intensa.

Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta. Fuerzo una sonrisa cuando Freddie suelta un chascarrillo malo acerca de lo mucho que beben los Visconti.

Cuando la cháchara termina por diluirse, Laurie mira el reloj y vuelve a acompañarme a la planta de abajo, al vestuario, que es la primera puerta a la izquierda, para que me prepare para mi primer turno.

Al entrar, nos recibe una vaharada de perfume caro y risas entre las taquillas de madera.

Doblo una esquina y me topo con una manada de chicas apoyadas sobre una hilera de lavabos de mármol.

A algunas las reconozco, como por ejemplo a Anna, a la que vi en la boda, y a otras de los veranos que pasé de niña en el Cove.

—¿De qué andáis cotilleando, señoritas? —dice Laurie mientras se descuelga mi bolso del hombro y lo mete en una taquilla marcada con mi nombre. Qué lujo—. Y no me respondáis que «de nada» porque Katie tiene la cara roja como un tomate.

Miro a una chica rubia a los ojos y sonrío. Laurie tiene razón; está sonrojada al máximo.

Otra rubia se levanta para subirse un par de medias hasta su diminuta cintura.

—Estamos debatiendo.

Laurie sonríe.

—¿Sobre qué, si se puede saber?

—No acabamos de ponernos de acuerdo sobre el tipo de chica que le gusta a Raphael. Katie y yo creemos que le van las rubias explosivas, pero Anna opina que solo le gustan las morenas.

Por su forma de pronunciar el nombre de Anna, con mucha afectación, me siento un poco mejor por haber interrumpido su conversación con Raphael en la boda.

La interpelada se inclina sobre el lavabo para volver a aplicarse el lápiz de labios.

—No es que lo crea, es que lo sé. Tengo una amiga que lleva más de un año trabajando en uno de sus casinos de Las Vegas y dice que siempre lleva a una morena del brazo.

—Bueno, lo que está claro es que le gustan las chicas con más de una neurona, así que vosotras quedáis todas descartadas —murmura Laurie.

Pasa un segundo, y después se dobla por la mitad y aprieta los dientes—.

Hala, otra vez al baño. Nos vemos en el recibidor para la reunión de inicio de turno dentro de quince minutos.

—Sus pasos apresurados resuenan sobre las baldosas y después se oye un portazo a lo lejos.

—Pobrecita Laurie —dice Katie antes de volver a centrarse en Anna—. En fin, a mí me parece que tu opinión, más que una certeza, es un deseo.

—Pues claro que lo es —responde Anna demasiado rápido—.

Le tengo echado el ojo, y me da igual que le vayan las rubias, las morenas o —me mira a través del espejo con desagrado— incluso las pelirrojas; más os vale no entrometeros en mi camino, porque desde ahora mismo, os advierto que me lo he pedido.

Las chicas sueltan una risita. A mí me arden las mejillas y se me tensa la lengua con un comentario desagradable.

Me acuerdo del as de picas que tengo pegado en la puerta de la nevera y empiezo a buscar mi estuche de maquillaje dentro de la taquilla y a rebuscar en su interior para dar con los polvos.

Las chicas buenas aceptan los cumplidos malintencionados con entereza, o bien los comentan con sus amigas cuando tienen la oportunidad. No se ponen a tirarse de los pelos.

—Yo creo que él también te ha echado el ojo —admite la otra rubia mientras se rocía bastante perfume como para activar la alarma antiincendios—. Aunque eso da igual, porque seguro que el rumor ese es verdad.

—¿Cuál? ¿El de que no sale más de una vez con la misma chica? —interviene otra de las allí presentes, que aparece en ropa interior—. Yo me lo creo. Este se va a quedar soltero hasta los ochenta años.

—E incluso entonces, todas querríamos tirárnoslo.

Unas carcajadas juveniles se elevan en el aire como el vaho de la ducha y no sé por qué, pero eso me irrita.

No me podría importar menos la vida amorosa de Raphael Visconti, pero el hecho de que sea de los que ven a las mujeres como de usar y tirar es la guinda que remata el pastel de soberbia y no hace más que empeorar toda esa labia y esas sonrisas de tiburón.

—¿Sabes lo que creo yo? —dice la de la ropa interior—. Me parece que le mola la nueva.

La risa se corta en seco, y el peso de cinco pares de ojos se clava sobre mi espalda.

Silencio. La ira restalla en el ambiente como electricidad estática, y entonces llega una nueva intervención de la chica en ropa interior.

—Ni de puta coña.

Su voz es baja y suave como el sirope, pero atraviesa el vestuario y me tensa la columna vertebral.

Suspiro, cierro los ojos y apoyo la frente en el marco de la taquilla.

No estoy acostumbrada a estar entre mujeres malintencionadas.

En realidad, entre mujeres de cualquier tipo.

Con mi madre solo compartía buenos momentos en las raras ocasiones en las que estaba sobria.

Aparte de eso, solo me hablaba para quejarse de que mi existencia había arruinado tanto su figura como su relación con mi padre.

En el instituto, después de la muerte de mis padres, las chicas con las que comía me empezaron a tratar como si tuviera la lepra.

Las únicas amigas que he tenido fueron las estríperes con las que trabajé varios meses.

Eran muy majas y me apoyaban mogollón, y eran las primeras en salir en mi defensa con sus tacones de veinte centímetros en ristre cuando algún cliente se pasaba de la raya.

Sin embargo, las estríperes, al igual que las timadoras, van donde las guía el dinero.

Se trasladan de bar en bar, de ciudad en ciudad, y acabamos por perder el contacto.

Es triste admitirlo, pero la amistad es lo que más anhelo.

A lo mejor es porque cuando mis padres se caían redondos en el sofá a dormir la mona, agotados tras un día de alcohol y discusiones a gritos, yo me sentaba en la alfombra delante de la tele a ver Uno para todas con el volumen apagado.

Deseaba con todas mis fuerzas tener un círculo de amistades como ese.

Amigas con las que quejarme de mis padres y que me invitasen a dormir a su casa los sábados para no tener que oírlos discutir al otro lado de las paredes de mi habitación.

En cambio, lo único que tenía era el contestador automático de Sinners Anonymous y, también, a Nico.

Por mucho que lo quiera, no es lo mismo.

Claro que le agradezco mucho que me enseñase a desabrochar un Rolex con los ojos cerrados, pero también habría estado bien que alguien me enseñase a hacerme los ojos de gato o a comprar un sujetador de mi talla.

Aprendí a colocarme un tampón con un tutorial de YouTube, y todavía hoy sigo sin saber hacer una trenza.

Oigo un ruido a mi lado y al abrir los ojos veo a Katie, que se sienta en el banco a mi lado. Me mira con una sonrisa avergonzada.

—No le hagas caso; es que tiene la regla.

Pongo los ojos en blanco y me dirijo hacia los espejos para retocarme el corrector que me he aplicado en la herida de la cabeza.

Debe de pensar lo mismo que todas las demás.

Se le nota en la mirada. No soy como ellas.

No mido metro ochenta ni tengo el cuerpo que solo se consigue comiendo nada más que lechuga y haciendo cien abdominales antes de acostarse.

Sin embargo, me importa una mierda, porque a mí me encanta mi cuerpo.

O, bueno, al menos soy imparcial. Nunca he podido pagar las facturas preocupándome por la barriguita que se me descuelga por encima de la goma de las bragas.

Obsesionarme con que no me rocen los muslos no me ha ayudado a obtener una mano ganadora en el blackjack .

Y juzgar a otras mujeres por su aspecto tampoco ha hecho que el mío sea perfecto por arte de magia.

—Penélope, ¿verdad?

Aprieto los dientes y deslizo la mirada hacia el reflejo de Anna para asentir. No sé por qué, pero esboza una sonrisita y vuelve a centrarse en aplicarse el maquillaje.

Noto pinchazos en la piel a causa de los insultos velados, pero me centro en empolvarme la nariz y en retirarme un pegote de rímel. Fingir que no me importa nada me resulta sencillo, hasta que la conversación pasa a un nivel de obscenidad aún mayor y se me ponen las mejillas de color carmín.

—¿Por qué creéis que solo le gusta hacerlo por detrás? —cavila la de la ropa interior.

—Supongo que porque le gusta usar el pelo a modo de riendas —responde Anna, apartando su larga melena detrás de los hombros para darle un toque dramático a sus palabras—. He oído que le gusta darle bien duro. Es algo que me pone a mil, sobre todo teniendo en cuenta lo caballeroso que es.

La de la ropa interior me mira a través del espejo.

—¿Y tú qué opinas, chica nueva?

«Yo opino que agradezco que este vestuario tenga una iluminación tan tenue y también llevar ya una buena capa de maquillaje en las mejillas». Cierro la caja de los polvos y le sostengo la mirada.

—Opino que prefiero preguntárselo a él directamente.

—¿Cómo?

—Como lo oyes. ¿Dónde queda su despacho?

—Pero...

—¿Dónde queda su despacho? —repito con calma.

El silencio se extiende desde las taquillas hasta los lavabos. Lo rasga la risa de Katie.

—Detrás del puente de mando.

—Gracias, Katie —le digo, y me dirijo hacia mi taquilla para guardar mi estuche de maquillaje.

Después la cierro de un portazo más fuerte de lo necesario.

Antes de salir dando zancadas, le clavo una mirada intensa a Anna—.

No te preocupes, también le preguntaré si las prefiere rubias, morenas o incluso pelirrojas.

—Sin esperar a que responda, dirijo mi ira hacia la de la ropa interior—.

Y ¿qué era lo que querías saber tú? ¿Si le pone agarrarlas del pelo?

Se lo preguntaré de tu parte. —Me rasco la cabeza como si estuviese pensando e ignoro cómo se le descuelga la mandíbula—.

Ah, y tenías otra duda más, ¿verdad? ¿Cuál era? ¿Si le gusta la asfixia erótica?

—Yo no he dicho...

—Sí, eso era. Y también escupirles a sus parejas en la boca. Perfecto. Ahora mismo vuelvo y os informo. ¡Chao!

Les dedico una despedida con la mano por encima del hombro e ignoro el ahogado «¡Espera!» que oigo a mi espalda.

Ya en el pasillo, me apoyo en la pared para respirar hondo. Dios santo, ojalá existiese un libro para dummies en el que se explicara cómo lidiar con chicas malas en el trabajo sin que te despidan.

Una cosa me ha quedado bien clara: no voy a compartir ni los tejanos con estas chicas durante todo un verano.