Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 9. Penny #3
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9. Penny #3

Una oleada de carcajadas incómodas. No me cabe duda de que ninguna proviene de Raphael, y esta sospecha queda confirmada cuando oigo su voz, más dura ahora.

—No te he preguntado sobre el último trimestre, Clive. Lo que quería saber es qué pensáis hacer de cara al próximo.

El denso silencio se ve interrumpido por un susurro de papeles. Alguien carraspea.

—S-sí, por supuesto, señor. Phillip, ¿te importaría seguir tú? Creo que tienes más competencias en este asunto...

Excusas dolorosas y números sacados del éter me entran por una oreja y me salen por la otra; lo único que se queda atrapado en el espacio que las separa es la calma satinada del tono de Raphael.

Suena muy normal. Muy... empresarial. Me pregunto si los hombres sentados a la mesa conocen la verdad o si, igual que los demás habitantes de esta costa, creen que es un perfecto caballero.

Me pregunto si sabrán que fue armado a la boda de su hermano. Me pregunto si en estos momentos lleva esa misma pistola encajada en la cinturilla de los pantalones mientras se recuesta en su enorme silla de cuero.

Por un motivo que desconozco, esa idea me resuena en el centro mismo de mi ser de una forma completamente inapropiada.

Aprieto los párpados para deshacerme de ella y, cuando los vuelvo a abrir, agudizo la mirada para buscar el interruptor de la luz.

Lo encuentro a unos centímetros de mi cabeza y, cuando lo acciono, una iluminación suave y amarillenta inunda la estancia. Lo que veo me llena de confusión.

Una encimera de mármol negro con dos lavamanos. Una ducha enorme en la esquina, y, en el medio, una bañera aislada, del tipo que imagino que usaría María Antonieta.

Estoy en un cuarto de baño, no en un vestuario. En un cuarto de baño privado.

Me dirijo al centro de la estancia, atravesando nada más que aire saturado de un familiar aroma a cedro.

La alcachofa de la ducha gotea a mi espalda.

Cuando miro el reflejo distorsionado que me devuelve el espejo empañado, se me ralentiza el pulso y se me instala una leve lujuria entre las piernas.

No solo se trata de un cuarto de baño privado, sino que es de Raphael Visconti, y se acaba de duchar en él.

Madre mía. Esta imagen no debería hacerme la boca agua, pero así es.

No debería provocarme un subidón ni endurecerme los pezones debajo del vestido mojado.

A pesar de que él mismo me ha indicado que entre, me parece peligroso estar aquí.

Demasiado íntimo. Como si acabara de cruzar la línea enemiga y se me hubiese permitido acceder a lo que allí sucede.

Y, evidentemente, no puedo evitar imaginarlo desnudo.

Como en un trance, paso los dedos por la condensación que se acumula en la superficie de mármol de la encimera.

Agarro la esquina de una toalla húmeda con el puño.

Cojo botes de champú que parecen caros y recorro la vista por las etiquetas francesas que tienen pegadas.

Sin embargo, debo admitir que el libro de francés para dummies que leí hace unos meses no me ayuda a descifrar lo que pone en ellas.

Todo está ordenado y en su sitio, al contrario que mi baño.

Incluso puede que haya dejado una toalla húmeda en el suelo del de Atlantic City.

Cuando doy con la loción para después del afeitado, me la llevo a la nariz y aspiro larga y profundamente. La fragancia me marea, me afecta como una especie de licor en ayunas. Suelto una risita por la nariz y me regaño a mí misma por ser tan patética.

Si no es más que un hombre, por el amor de Dios.

Y ni siquiera me gusta. Además, todos los tíos se ponen loción después de afeitarse, la mayoría se decantan por las marcas de mierda que venden en el todo a cien, y aun así huelen bastante bien.

Estas lociones están diseñadas para atraer a las mujeres, y es evidente que no soy inmune a su efecto.

Me aparto de la encimera aunque solo sea para despejarme la mente.

Vale, tengo que dejar de examinar el cuarto de baño de Raphael como si de una escena del crimen se tratase y cambiarme de ropa.

Me quito el vestido mojado y lo tiro en el lavabo hecho un gurruño. Menos mal que tengo que llevar uniforme, porque este es el único vestido profesional que tengo.

Les doy un golpe de secador a las medias, lo que también sirve para ahogar durante unos instantes la aburrida cháchara que llega de la sala de reuniones; después saco el uniforme de la bolsa y me lo pongo.

Es un vestido. Corto y negro, con un fruncido debajo del pecho. Lleva las palabras «Signora Fortuna» bordadas en seda plateada en el pecho, lo que me da a entender que ese es el nombre del yate.

Es un vestido muy mono y el tacto me indica que debe de ser caro.

No obstante, al mirarme en el espejo, me percato de que el peinado y el maquillaje no van acordes con la elegancia del atuendo.

Sospecho que el pelo va a resultar imposible domarlo sin lavarlo y secarlo como es debido, así que me apaño con un pase rápido de secador y una cola de caballo.

Después de limpiarme el rímel de las mejillas, saco la bolsa de maquillaje, me aplico un pintalabios rojo y me pongo un par de pendientes plateados que no recordaba haber metido en ella.

Doy un paso atrás y admiro mi obra improvisada.

Siento un placer familiar en la columna vertebral; siempre me ha gustado mucho arreglarme.

Supongo que es porque siempre ha formado parte de mi rutina nocturna.

Quitarme los rulos y el albornoz y ponerme el último vestido que había robado.

Después, ponerme un poco de pintalabios y algo de perfume antes de salir de mi apartamento de mierda y dirigirme a algún casino pijo con la intención de desplumar a algún tío.

Ay. Qué tiempos aquellos.

Le doy un beso a un pañuelo de papel para retirar el exceso de pintalabios, dudo antes de tirarlo a la basura.

Se me enciende una chispa de travesura en el cuerpo y decido dejarlo sobre la encimera.

No sé por qué, pero estoy segura de que no voy a tirarlo.

En Psicología criminal para dummies leí un capítulo entero en el que se explicaba que los asesinos en serie, como Jack el Destripador o el Asesino del Zodiaco, dejaban cartas en la escena del crimen para provocar a la policía.

Pues, a pesar de que me acaba de conseguir un empleo, yo soy incapaz de resistirme y necesito cabrear un poco a Raphael.

Es algo inofensivo, una marca roja en un pañuelo de papel, pero pensar que va a entrar y va a verlo entre sus perfectas pertenencias y que eso lo va a hacer fruncir el ceño me provoca una sensación de superioridad muy tonta.

Busco otra cosa con la que trastear para prolongar el subidón. Se me va la mirada a la condensación del espejo y, con una alegría contenida, paso el dedo por la superficie.

Sin dejar de sonreír para mí misma, me guardo la ropa húmeda en el bolso y me dirijo a la puerta. Cuando mis dedos rozan el pomo, la voz grave y lenta de Raphael atraviesa el hueco que deja la madera y me toca el pecho.

Trago la densidad que tengo en la garganta, pues aún no estoy lista para abandonar este recinto húmedo ni el aroma masculino que flota a mi alrededor.

Vuelvo a fijar la mirada en el frasco de loción para después del afeitado. Sin pensar, me la acerco al cuello y me aplico su fresco contenido. También en las muñecas. Y detrás de las orejas. Lo siento crepitar contra el calor de mi piel, y ese efecto me deja sin respiración.

No estoy segura de qué me hace querer llevarme un recuerdo de este hombre para el resto de la noche.

A lo mejor, igual que el beso en el pañuelo y el dibujo del espejo, no es más que una mínima forma de ponerme por encima de él sin romper la promesa que me he hecho de ser buena persona.

No es más que otra muesca en mi cinturón.

O tal vez el golpe que me di en la cabeza el otro día me haya provocado una contusión de efecto retardado.

Me guardo mis pertenencias debajo del brazo, enderezo la espalda y vuelvo a entrar en la sala de reuniones.

Mantengo la vista clavada al suelo y me pego a la pared para dejar atrás la mesa llena de trajes, intentando ahogar el incesante parloteo sobre expectativas de los accionistas y balance de cuentas.

Siento que una mirada me arde en la nuca y sé que solo puede provenir de un hombre. Al llegar a la puerta, este interrumpe el monólogo del otro sin tan siquiera disculparse.

—Penélope.

Mi nombre completo se desliza por encima de la mesa y me roza la espalda.

Me estremezco. No solo porque la única persona que me llamaba por mi nombre de pila era mi padre, a menudo con un tono suplicante y desesperado, cuando quería que fuese a la tienda a robarle otra botella de whisky Jim Beam, sino porque me recuerda al cálido aliento con olor a sambuca y a las sedosas amenazas emitidas junto con un suave roce de las puntas de sus dedos sobre mi mano.

Por patético que suene, no puedo darme la vuelta para mirarlo, así que clavo la vista en la puerta que tengo delante.

—¿Sí?

El clic de un bolígrafo. El gruñido del cuero de la silla al reclinarse.

—Preséntate en mi despacho diez minutos antes de empezar el turno.

«Por favor». La ausencia de esas palabras reverbera en el vacío que hay dentro de mi caja torácica y forma un nudo de irritación. No puedo evitar pensar que debería haber escupido en el bote de champú francés.

Sin embargo, con todo el tema de las segundas oportunidades y de encarrilar mi vida, simplemente cuadro los hombros y me obligo a asentir con la cabeza.

—Sí, señor.

Al salir al pasillo, robo una mirada por encima del hombro a través del hueco de la puerta que se cierra. Veo una arruga en su ceño perfecto, un tic en su marcada mandíbula. Una chispa en su mirada oscura como la boca de un lobo al deslizarse por mis muslos.

Otra grieta en la fachada y otra muesca en mi cinturón.