Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 9. Penny #2
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9. Penny #2

Lo saco del bolso. Laurie es preciosa, incluso echando la primera papilla. Es una chica negra de ojos marrones, pestañas larguísimas y la cola de caballo más perfecta que he visto en la vida. Parece un poco mayor que yo, pero no llega a la treintena.

—Tranquila, sobreviviré —digo con diversión. Le miro la mano, que tiene bien aferrada a la barandilla—. ¿Te encuentras bien?

—Pues claro que no; estamos a media milla de tierra firme y no sé nadar —murmura. Después se aparta del mar y se agarra la barriga—. Pero ya me acostumbraré. No me queda otra, porque a causa de la explosión del puerto, ahora tendremos que trabajar en este yate hasta Dios sabe cuándo.

Deslizo la mirada hacia el horizonte, observando el último de los rayos del sol hundirse entre las nubes de tormenta, enfriando los colores del firmamento.

—¿Ah, sí?

—Ven, que tengo mucho que contarte.

Sigo sus pasos trastabillantes por la cubierta y me detengo en la proa del barco, donde convergen las dos cubiertas laterales. Seguro que tiene un nombre, pero yo la única embarcación que he pisado en la vida es un ferri.

El viento parece soplar con mayor intensidad aquí arriba, y no deja de azotarme el pelo mojado ni de congelarme los huesos. Laurie se hace oír por encima de su rugido con una palmada.

—A ver, Coastal Events...

—¿Qué es Coastal Events?

Entrecierra los ojos.

—¿En serio? ¿Cómo narices has conseguido este empleo?

—Niega con la cabeza, como si no le interesara una mierda oír mi respuesta—.

Coastal Events es la filial de Devil’s Coast de la agencia de eventos de Raphael.

La otra filial es Vegas Events, y, en fin, ya te imaginas dónde está ubicada esa.

En fin, aquí en Coastal proveemos personal y espectáculos a la mayor parte de las fiestas de los Visconti.

Las partidas de póker del Hollow, los cumpleaños del Cove, las bodas del Dip... , ya te vas haciendo una idea.

Se da la vuelta para mirar al mar y de pronto me percato de que la vi en la boda.

Era la que llevaba un portapapeles e iba por ahí ladrando órdenes a los camareros que no se movían lo bastante rápido.

Alza un dedo tembloroso para señalar la costa.

Sigo la dirección que indica hasta quedarme mirando el acantilado, velado por una fina capa de humo que aún mana del puerto.

Como a mitad de camino hay un agujero del tamaño de un cráter cuyos bordes están calcinados por el humo.

—Rafe quería establecer un emplazamiento más permanente aquí en su terreno, justo ahí.

Acababan de instalar las ventanas cuando reventó el puerto.

Según parece, la explosión causó un montón de daños estructurales y debilitó los cimientos, así que van a tardar siglos en reconstruirlo.

—Ambas nos quedamos mirando el agujero unos segundos.

Hace que parezca que el acantilado está soltando un alarido agónico—.

Así que este yate es una solución temporal.

—Madre mía, ¿quién puede tener tanto dinero como para tener un yate disponible para usarlo como bar temporal?

Laurie se ríe.

—Rafe tiene dos.

Niego con la cabeza, incapaz de creérmelo. No puedo evitar pensar que debería haberle sacado mucho más que ese Breitling cuando tuve la oportunidad. Pero no, esa no es forma de pensar para una chica que está encarrilando su vida.

—Oye, Penny. —Me doy la vuelta y veo que Laurie está observando el charco de agua que se me ha formado a los pies—. ¿Has venido nadando?

—El trayecto ha sido un poco accidentado —murmuro mientras me escurro el dobladillo del abrigo de piel falsa. De él caen gotas gordas sobre la cubierta—. ¿Puedo secarme en algún sitio?

—Claro, tenemos un vestuario a bordo. —Al ver que frunzo el ceño, añade—: Este yate es enorme. Voy a buscarte un uniforme; después de que te adecentes un poco te lo enseño todo.

Se dirige a la cubierta lateral y entra por una puerta. Yo la sigo y me adentro en una pequeña lavandería. Laurie se da la vuelta y señala mis botas con un dedo acusador.

—Es obligatorio ir descalza —ladra—. Quítate las botas. Y el abrigo también. Ya me encargo yo de secarlo mientras trabajas.

Me quito las botas y el abrigo y se los entrego.

Ella deja el calzado en una balda que hay bajo la encimera y tira la prenda en una secadora.

Esta se pone en marcha y, durante unos instantes, Laurie se queda mirando el tambor que da vueltas.

Justo después, se lleva una mano al estómago y sale corriendo.

—Tengo que irme —gruñe al pasar por mi lado para volver a la cubierta—. Tienes el uniforme sobre la encimera, y el vestuario es la primera puerta a la...

Las instrucciones se ven interrumpidas por una náusea, y entonces Laurie asoma la cabeza por la borda para dar de comer a los peces.

En fin. Al oír los gemidos guturales de Laurie a mí también se me revuelve el estómago, así que decido rebuscar entre las bolsas que hay sobre la encimera hasta dar con una que tenga uniformes de mi talla.

La cojo y salgo por la puerta que da al interior, que conduce a un pasillo estrecho.

Bajo mis pies siento una moqueta mullida de color crema, y unos paneles de madera de caoba me rozan el hombro húmedo.

Madre mía, si la zona del servicio es así de lujosa, no me quiero imaginar cómo será el resto del yate.

Cuando llevo recorrido medio pasillo, me detengo ante dos puertas enfrentadas.

La comida de Laurie decidió hacer su aparición antes de que me pudiera decir si el vestuario quedaba a la derecha o a la izquierda, así que me da que voy a tener que dejarlo al azar.

Elijo la puerta de la derecha, giro el pomo dorado y atravieso el umbral.

Mis pies descalzos pasan de la alfombra suave a un duro suelo de madera pulida.

Parpadeo bajo el fulgor amarillo de las lámparas de pared y de repente siento el peso de una decisión mal tomada en el pecho.

Doce pares de ojos se posan sobre mí, pero solo uno tiene el poder de atravesar la mesa de juntas para caldear mi fría piel.

Su mirada, verde e indiferente, empieza a recorrerme desde abajo, los dedos de los pies, después pasa por el dobladillo del vestido empapado y a continuación se endurece a la altura del colgante en forma de trébol de cuatro hojas que llevo al cuello.

Como si mirarme a los ojos fuese un favor que se le hace a un amigo a regañadientes, se desliza el bolígrafo entre los dientes y al fin fija la vista sobre mis pupilas.

—¿Sí?

Una sencilla palabra que, al salir de los labios de Raphael Visconti, parece una gota de condensación deslizándose por el lateral de un vaso congelado.

¿Qué narices está haciendo aquí? De entre todos los negocios que tiene, ¿por qué ha de estar en este?

Me siento como una imbécil por pensarlo.

Es evidente que tiene todo el derecho del mundo de estar aquí; al fin y al cabo, este yate es suyo.

Esto ha sido culpa mía, por haber asumido que no me lo encontraría y por no estar preparada para que me asaltase esa mirada de acero.

Se me acumula un malestar ardiente en la piel. No porque haya irrumpido en una reunión empapada y descalza. Ni siquiera porque parece una reunión muy seria, a juzgar por las caras solemnes y los trajes elegantes.

No, es porque la presencia de Raphael es electrizante.

Aunque esté callado y quieto, la energía emana de su cuerpo desde la cabecera de la mesa de juntas y restalla entre las paredes de caoba.

Es una fuerza invisible, y estoy segura de que sería capaz de sentirla incluso aunque me acurrucase en el rincón más oscuro.

No puedo apartar los ojos de él; supongo que estará acostumbrado a que le pase eso.

Su aspecto, como siempre, es tan elegante como su tono.

Corte de pelo degradado recién hecho, afeitado apuradísimo.

Su piel bronceada le cubre los pómulos que desembocan en una mirada perezosa que me incendia la sangre.

El traje que lleva es el que lo caracteriza, americana negra, camisa blanca, alfiler de cuello dorado, y lo lleva como una armadura.

Enarca una ceja.

Yo niego con la cabeza.

—Me he equivocado —murmuro antes de dar un paso húmedo atrás y golpearme la cabeza contra la puerta. El impacto no ha sido fuerte, pero el golpe reverbera en el silencio y yo me encojo de la vergüenza al mismo tiempo que alguien inspira con intención.

La expresión de apatía de Raphael se mantiene impertérrita.

—¿Te has perdido?

—No. —«Sí». Sostengo en alto la bolsa en la que llevo el uniforme—. Solo estoy buscando un sitio para cambiarme de ropa.

Nadie que no ostente un poder de verdad como él podría dejar que el silencio marinase tanto tiempo. Me caen seis gotas de agua del dobladillo del vestido antes de que Raphael se saque el bolígrafo de la boca y lo utilice para señalar la puerta por encima del hombro.

Once pares de ojos me siguen mientras atravieso la sala de reuniones hasta la puerta que hay al otro extremo.

Ninguno de ellos son los de Raphael; él está demasiado ocupado escribiendo algo en una libreta de cuero y haciendo como si yo no existiese.

Sin embargo, al pasar, veo que desliza la mirada hacia mis pies y que se le tensa un músculo en la mandíbula.

Yo atravieso la puerta y la cierro tras de mí. Una vez dentro, apoyo la espalda contra la fría madera con la intención de esperar a que se me ralentice el pulso. No le da tiempo, porque a los pocos segundos, la voz grave y sedosa de Raphael se cuela por debajo de la puerta.

—Disculpad la interrupción, caballeros. Clive, por favor, continúa.

Otra voz, más mayor y menos pulida.

—Por supuesto, señor. Como iba diciendo, el mayor reto al que nos hemos enfrentado este último trimestre ha sido el aumento exponencial de los gastos de producción.

Eso nos ha obligado a ajustar los precios, generando un aumento de un cuatro coma nueve por ciento, medida que no dudo que convendrá conmigo en que es bastante impresionante, teniendo en cuenta el estado actual de las cosas.