Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 9. Penny
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9. Penny

Penny

Lunes por la tarde, la hora dorada. El imponente acantilado de Devil’s Dip se alza a mis espaldas y, enfrente, el sol anaranjado desciende sobre el horizonte mientras sus rayos atraviesan la refulgente superficie del mar para acariciarme la cara.

A pesar de que el frío me quema las orejas y me congela las pestañas, siento el calor emergiendo de mi interior, porque hoy voy a reconducir mi vida. Esta vez de verdad.

Me he pasado el fin de semana en el hospital, atrapada bajo las sábanas sin nada más que hacer que contemplar el techo blanco y comer las chocolatinas que me traía Wren.

Eso me concedió el espacio mental suficiente como para darme cuenta de que el jueves pasado, cuando llegué a Devil’s Dip, me bajé del autobús con mal pie.

Ese último timo antes de enderezar el camino fue como cuando los adictos al crac se meten un último pico antes de dejarlo. Como ponerme un palo en las ruedas.

La segunda oportunidad me llegó en forma de as de picas, y pienso aferrarme a ella con las dos manos. Incluso he puesto la carta en la puerta de la nevera, y cada vez que entro a la cocina a por algo de picar, me sirve para recordar la suerte que tengo.

Sin embargo, y por desgracia, también me recuerda el roce del pulgar de Raphael Visconti sobre mi cuello.

Una ráfaga de viento me azota la nuca y me provoca un escalofrío por la espalda. Con los dedos helados, me saco el móvil del bolsillo y echo un vistazo a la hora.

Las 17.55.

De repente siento que se me hace un nudo de pánico en el estómago.

«Mierda». Raphael me dijo que me presentase en el puerto pesquero a las seis de la tarde con un currículum, y que no llegase tarde.

No me hace falta comprobar Google Maps por enésima vez para saber que estoy en el emplazamiento correcto; el pestazo a pescado podrido y la sangre que ensucia los dos embarcaderos zarrapastrosos que se adentran en las aguas me lo dejan meridianamente claro.

Sin embargo, no veo ningún bar pijo ni ningún restaurante por aquí, ni siquiera un local en el que tuviese sentido que hubiera un puesto libre para mí.

Para cerciorarme por completo, giro sobre mí misma con lentitud y observo los restos calcinados del puerto, que queda a mi derecha, las paredes irregulares del acantilado, a mi espalda, y después me detengo en el punto exacto en el que había empezado: contemplando el océano Pacífico, confusa.

¿Me habrá engañado? Ostras, esa posibilidad ni se me había pasado por la cabeza.

Siento que la irritación, acompañada de unas semillas de humillación, me empieza a brotar en el estómago y suelto una palabrota entre dientes.

«Que le den».

Detesto tener que depender de un hombre. Y, entre todos los hombres, ¿por qué decidí depender del que tiene la sonrisa más parecida a la de un tiburón?

Atrapo un suspiro helado entre los dientes y deslizo la mirada hacia el único destello de vida: un hombre que se encuentra amarrando una lancha oxidada al fondo de uno de los embarcaderos.

Al menos puedo preguntarle si estoy donde debería estar.

Mientras recorro el tambaleante embarcadero me hago otra promesa.

Si Raphael Visconti me la ha jugado, llevaré a cabo el plan que he trazado: me retiraré del juego, venderé el reloj y me piraré a Canadá.

—Disculpe. —Espero que me responda, pero es en vano. Carraspeo y aprieto los puños dentro de los bolsillos—. Eh, una pregunta tonta, ¿sabe si por aquí hay un bar o algún otro negocio propiedad de Raphael Visconti? Estoy intentando...

—Has perdido el barco.

Apenas escucho su voz grave por culpa de la fuerza del viento.

—¿Perdone?

Encoge los hombros, irritado, y deja de tirar de la cuerda que sostiene con las manos.

—Que has perdido el barco —vuelve a gruñir.

Frunzo el ceño a la espalda de su chubasquero amarillo. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Que no he llegado todo lo pronto que Raphael quería y que por eso ha retirado la oferta de empleo?

—No lo entiendo.

Otro gruñido. En esta ocasión, gira la cabeza hacia la izquierda.

—La lancha del personal zarpó hace cinco minutos.

Ah. Hablaba en sentido literal, no metafórico. Pero... ¿cómo que lancha del personal? Sigo su mirada y, cuando distingo lo que él está viendo, me siento incluso más confundida.

Un yate. Grande, brillante, de los que salen en los vídeos musicales de los raperos y en los documentales de gente megarrica que se da la gran vida en el sur de Francia.

No es más que un puntito en el azul del horizonte, imposible de detectar desde tierra debido a la forma del acantilado, que sobresale en la zona izquierda.

Sin embargo, desde el final del embarcadero puedo verlo en toda su pretenciosa y apabullante gloria.

Poco a poco voy cayendo en la cuenta de que no llegué a preguntarle a Raphael qué tipo de empleo tenía en mente para mí.

Dado que me citó en Devil’s Dip, supuse que sería un trabajito humilde de cara al público, pero ahora que contemplo el megayate que se desliza por el Pacífico, ya no lo tengo tan claro.

«¿Pretendía ofrecerme un trabajo en un barco?».

—¿Cómo coño quieres que lo sepa yo?

Parpadeo y vuelvo a mirar al pescador. Sin darme cuenta, he planteado esa pregunta en voz alta. Niego con la cabeza y miro la pantalla del móvil. En ese momento entro en pánico.

—¿Habría posibilidad alguna de que me llevase hasta el yate?

El hombre se queda quieto. Gira la cabeza como una puta lechuza. Me estudia con la mirada, escruta las medias y el vestido hasta clavar la vista en mis ojos. Es evidente que le gusta lo que ha visto, porque enarca una de sus pobladas cejas y me pregunta:

—¿A cambio de qué?

Abro la boca, pero la vuelvo a cerrar enseguida para tragarme la respuesta sarcástica que se me había colado en la lengua.

Nop. He recibido una segunda oportunidad de convertirme en una persona buena y normal, y eso también implica controlar esta bocaza mía.

En lugar de responderle «A cambio de no tirarte al agua de una patada y rezar por que no sepas nadar», fuerzo una sonrisa y pestañeo.

—A cambio de recibir la satisfacción de ayudar a una mujer bonita que se encuentra en apuros. —Entrelazo los dedos de las manos y añado—: ¿Porfi? Me estaría haciendo un gran favor.

Me sostiene la mirada durante un segundo antes de ponerse en pie, lo que le provoca un dolor de huesos generalizado.

—Vale, sube.

«Hombres...». Por una vez en la vida, me alegro de que sean todos iguales.

Me agarra con rudeza del antebrazo para sostenerme mientras me subo al bote.

Me siento en un banco frío y húmedo mientras él suelta amarras y toquetea los instrumentos de navegación.

Al poco rato, el motor retumba bajo mi culo y salimos disparados cortando las olas.

Me asalta en la cara y el pelo una mezcla de agua helada y viento, por lo que aprieto los párpados y me encojo alrededor del bolso que llevo sobre el regazo para intentar que no se me moje.

Pero es en vano; cuando el ronroneo del motor baja de revoluciones hasta que no es más que un suave ralentí, estoy empapada.

El pelo me cae como babosas por el cuello, y estoy casi segura de que llevo hasta las bragas mojadas.

Ah, y cuando vuelvo a comprobar la pantalla del móvil descubro que llego diez minutos tarde.

«Esto sí que es empezar con mal pie, Penny».

La lancha se acerca a un embarcadero flotante que hay en la popa del yate y el pescador se toma su tiempo para ayudarme a subir a la plataforma para que pueda alcanzar la escalera que lleva a cubierta.

Cuando sus huesudos dedos se deslizan un poco demasiado hacia abajo por mis caderas, ladro un desagradable «No me jodas».

Su respuesta es igual de poco ortodoxa, y antes de que pueda subir al primer peldaño, él enciende el motor de la lancha y emprende el camino de regreso hacia el puerto.

«Será cabrón».

Me aferro a la resbaladiza escalera con el bolso echado al hombro, uso toda la fuerza que me queda en los brazos, que no es mucha, para alzarme hasta el siguiente.

Desde aquí veo un poco por encima del borde de la plataforma, y fijo la mirada en un par de pies descalzos, aunque con medias.

Subo la mirada y veo unas piernas largas y esbeltas, una falda ridículamente corta y unos labios rojos alrededor de un cigarrillo.

Unos ojos, tan familiares como felinos, se clavan sobre los míos. Es Anna, la chica de la que está colgado Matt. Da una última calada, despacio, antes de tirar la colilla manchada de carmín al mar que tengo a mi espalda.

—Llegas tarde —me dice con un tono frío antes de darse la vuelta sobre los pies descalzos y atravesar unas puertas dobles a grandes zancadas.

Pues vaya. Parece que sigue dolida porque interrumpí su conversación con Raphael.

Suelto otra palabrota entre dientes, subo a duras penas arrastrándome hasta la cubierta y me pongo de pie.

Sopeso la posibilidad de seguir a Anna, pero el charco de agua salada que se me forma a los pies me indica que atravesar esas puertas me acarreará más problemas si cabe.

En cambio, deambulo por la cubierta y voy mirando por los ojos de buey en busca de alguien, quien sea, que me pueda dar la más mínima indicación de lo que hago a bordo de un yate en pleno diciembre.

Un poco más allá, me encuentro con una chica que está embebiéndose del fulgor de la luz de seguridad.

Y también vomitando por la borda.

Al acercarme, me mira de lado y se limpia la boca con un pañuelo de papel que lleva en la mano.

—Por favor, no me digas que eres Penny.

Miro la masa verde que se desliza por el casco del yate.

—¿Te pillo en mal momento?

Suelta una carcajada irónica, abre una botella de agua y se la bebe de cinco avariciosos tragos.

—Perdona, cielo. Yo soy Laurie, la mano derecha de Raphael. Te saludaría como es debido, pero me da miedo que cualquier tipo de movimiento me vuelva a provocar el vómito. ¿Has traído el currículum?