8. Penny #4
Me pican los ojos por el esfuerzo que tengo que hacer para no ponerlos en blanco.
Por mucho que me raspe la columna la socarronería que me late en el interior, sé que no le falta razón.
Aunque los Visconti no sean los dueños directos de los negocios del pueblo, tienen sus pegajosas manos metidas en todas las ollas, de una forma o de otra.
—¿Me estás ofreciendo un empleo o algo?
—O algo.
«¿Cómo?». El cambio de tono es tan repentino que me provoca un latigazo cervical. Entrecierro los ojos e intento descubrir a qué narices está jugando. A lo mejor me ha quedado el cerebro dañado a causa del golpe, pero en este momento no sé si está de broma o no.
—¿Por qué me parece que estoy a punto de caer víctima de una red de trata de blancas?
Raphael suelta un corto suspiro.
—Me ofendes. Todos mis negocios están dentro de la legalidad.
Abro la boca, pero la vuelvo a cerrar para dejar el insulto atrapado entre mis labios. Estoy muy tensa, así que prefiero no arruinar las posibilidades de encontrar un empleo si, lo que es mucho decir, esto resulta no ser una broma.
—¿Cuál es el truco?
Veo que algo en la mirada de Raphael recobra la vida.
—Creí que no me lo ibas a preguntar nunca. —Se pasa dos dedos por el labio inferior, pero ni así consigue ocultar esa suave sonrisita—. Quiero que juegues a un juego conmigo.
A pesar de tener los huesos doloridos y el corazón hastiado, esa orden aviva las brasas que tengo en la boca del estómago. ¿Un juego?
Antes de que pueda preguntarle por las normas y las apuestas, él se pone de pie y se acerca a mí de dos zancadas.
Se me para el corazón de golpe. Lo tengo tan cerca que me quedo envuelta en su fría sombra. Tan cerca que la suave tela de sus pantalones está a punto de rozarme las rodillas desnudas, lo que me recuerda lo ridículo que es este camisón de hospital y que no llevo prácticamente nada debajo.
De inmediato, me aferro a las ruedas de la silla, pero cuando intento recular, no me muevo. «¿Qué pasa?». Miro hacia abajo y descubro que una puntera de un zapato Oxford está bloqueando uno de los neumáticos.
Alzo la mirada en el momento justo para ver a Raphael meterse una mano en el bolsillo y sacar una baraja de cartas. Las sostiene justo encima de mi línea de visión con su mano enorme y bronceada y, cuando da un golpecito con el pulgar en la base del paquete, veo un destello de color en su manga.
«¿Eso es lo que yo creo?».
—Elige una carta.
La orden me despeja cualquier rastro de dudas del cerebro.
—¿Cómo?
Abre la baraja en forma de abanico.
—Elige una carta.
—Vale, pero ¿cuál? —bufo—. ¿A qué juego vamos a jugar?
—Si te lo tengo que volver a pedir, no te va a gustar ni un pelo.
Su voz es suave como la mantequilla, pero a estas alturas ya sé que no puedo dejar que me engañe. Mis dientes capturan mi labio inferior y me quedo mirando las cartas como si hubieran hecho algo para cabrearme.
«Piensa, Penny».
Vale, de acuerdo. Hay una probabilidad entre cincuenta y dos de que elija la carta que él quiere. Y si lo hago, no tengo ni idea de si se lo tomará como algo bueno o como algo malo. Y eso si tiene una carta en mente.
A tomar por el culo.
Sin pensármelo ni un segundo más, le doy un golpecito a la tercera carta empezando por la derecha. Raphael se tensa y después, como a cámara lenta, la saca de la baraja. Con un golpe de muñeca, recoge el resto de la baraja y se la guarda en el bolsillo.
Lo miro a la cara y nuestras miradas chocan durante cinco largos e insoportables segundos. Al final, él aparta la vista para observar la carta. Sigue sin demostrar expresión alguna, ni interés tampoco.
Le late la mandíbula. Se le hinchan las aletas de la nariz.
Después hace algo que me pilla por sorpresa incluso más que cuando soltó aquella carcajada. Se agacha, me coge por el cuello y me arrebata todo el aire de los pulmones como si fuese suyo.
Abro los labios para soltar un grito ahogado y, en ese momento, siento que un objeto duro se me cuela entre ellos.
El punzante sabor a tinta sobre la lengua. Los duros y afilados cantos de cartón contra las comisuras de la boca.
Sin embargo, me distrae demasiado el calor que siento en el lóbulo de la oreja y el rudo roce de su mandíbula sobre mi mejilla.
—El lunes a las seis de la tarde en el puerto pesquero —me susurra al oído. Me pasa el pulgar por el lugar donde me late el pulso en el cuello, lo que me provoca un indeseado temblor entre las piernas—. Trae el currículum y no llegues tarde.
Una brisa fría me recorre el pecho cuando se vuelve a incorporar. Rodea la silla de ruedas y se encamina hacia el pasillo sin siquiera mirar atrás. Yo lo observo sin creerme lo que acaba de pasar y con el corazón martilleándome en el pecho mientras el convoy de hombres trajeados lo siguen.
Cuando dejo de escuchar las fuertes pisadas y oigo un portazo, suelto un gruñido ahogado. Con manos temblorosas, me saco la carta de la boca y la observo.
Tardo unos segundos en permitirme soltar una risita temblorosa. «Victoria». Me vibra en la sangre, mezclado con un cóctel de adrenalina y alivio.
El as de picas.
La carta más afortunada de toda la baraja.
He vuelto.