8. Penny #3
El pulso se me desboca; mis doloridos músculos se preparan para el impacto. Durante tres latidos estruendosos, me encuentro atrapada por su mirada.
Después, hace algo inesperado.
Se ríe.
Una risa suave. Oscura. Tan tierna como un beso en la clavícula. De ese sonido no puede salir nada bueno.
—¿Estás obsesionada conmigo, Penélope?
Una leve diversión amortigua su tono de voz, pero también escucho algo en él que me pone los nervios de punta.
—Sí, precisamente por eso estoy ingresada en el hospital —respondo con sarcasmo.
Le brilla la confusión en la mirada, que después se le oscurece aún más.
Me traza un sendero parsimonioso por el cuello.
Se me corta el aliento cuando siento que carboniza la tela del camisón del hospital, y cuando se detiene como un peso pesado sobre mi regazo, el calor que siento en el vientre aumenta medio grado más.
Es pura irritación, simple y llanamente.
Porque, aunque estoy acostumbrada a que los hombres me miren con bastante menos ropa que la que llevo ahora, hay algo en su mirada, clínicamente objetiva, que provoca que se me tense la mandíbula.
—Estabas allí. —Veo cómo se le hinchan las narinas antes de que las oculte tras los nudillos. Cuando vuelve a hablar, parece hacerlo solo para sí mismo—. Pues claro que estabas allí.
—¿Qué pasa, crees que fui yo la que voló el puerto por los aires o algo?
Vuelve a mirarme a los ojos. Un aire pensativo emborrona la permanente diversión que hay tras su mirada.
—O algo.
En mi interior se desata un incendio mezcla de irritación y frustración, por lo que suelto un suspiro tembloroso y dirijo la atención a los fluorescentes que recorren el pasillo.
Es evidente que él sabe que yo no tuve nada que ver con la explosión, de haber sido de otra forma, no tendría una pila de dinero para sobornos en la mesilla de noche, pero detesto que la sospecha que se destila de su tono de voz, aunque sea falsa, refleje la que yo siento.
Es patético, pero solo de pensar en que puede que haya perdido la suerte me da más miedo que nada en este mundo. Más que las amenazas de los dueños de los casinos de Atlantic City, y más que el hecho de que me dé alcance el mayor de mis pecados.
—¿Un amuleto de la suerte?
Una voz que trasluce un desprecio helado rompe el silencio. Bajo la mirada del techo y veo que Raphael me está mirando el colgante con desdén. Sin darme cuenta, estaba paseando el colgante por la cadena, de un lado al otro.
—No —miento. Después estiro la espalda y vuelvo a mentir—: No necesito amuletos. Ya tengo bastante suerte.
La voz me sale ronca y patética, a causa de la desesperación que se entrelaza con cada sonido. Es evidente que a la única persona a la que estoy intentando convencer es a mí misma.
—Ya me lo habías dicho, sí. —Se pasa la lengua por el labio superior mientras señala el vendaje que tengo en la frente con la barbilla—. Sin embargo, a mí no me lo parece.
Me trago el pincho que se me ha clavado en la garganta.
—Tengo suerte de seguir con vida.
Desliza su mirada, oscura y caliente, hacia la mía.
—De momento.
El silencio se traga el oxígeno que había entre nosotros.
No puedo apartar la mirada. Esa amenaza sutil, elegante, me la entrega en bandeja de plata y sobre un almohadón de terciopelo.
No me cabe duda de que la llevaría a cabo si lo provocara.
¿Por qué narices todos los habitantes de este sitio creen que es un caballero?
¿Por qué consideran que es diferente del resto de su familia, de sus hermanos?
Supongo que los vecinos de esta zona tendrán los suficientes dedos de frente como para distinguir un lobo con piel de cordero, ¿o no?
Se me tensa la mandíbula al percatarme de la verdad. Lo que pasa es que no se comporta así cuando hay otras personas presentes.
De pronto, caigo en la cuenta.
—Esto es por lo del reloj —anuncio, con una alegría contenida en mis doloridos huesos—. Por eso me odias tanto. Tu frágil ego masculino no puede soportar que una mujer te haya vencido.
No recibo la reacción que esperaba. Solo otra carcajada.
—Esa es buena, pero no.
Veo la ficha que brilla con cada vuelta que le da; me provoca. Cuando la última gota de mi autocontrol se disuelve, señalo con la barbilla a los idiotas trajeados que se pasean por el pasillo.
—¿Me dejas elegir?
Él enarca una ceja, sin dejar de darle vueltas a la ficha de póker.
—¿Puedo elegir cuál de tus lacayos acabará con mi vida? Porque será uno de ellos, ¿verdad? Me parece evidente que un caballero como tú no se arriesgaría a mancharse de sangre ese traje tan bonito.
No me devuelve más que una sonrisa educada, pero la oscuridad que le veo en los ojos me indica que tiene la mente en otro lugar. A través de las paredes blancas se oye el pitido de las máquinas y, en algún punto del pasillo, el resoplido y las salpicaduras de una cafetera.
Al final, se adentra en el rayo de sol y la silenciosa calma de sus ojos verdes brilla bajo la luz.
—Se comenta que estás buscando empleo en Devil’s Dip.
Entrecierro la mirada. ¿De dónde ha venido eso?
Solo existen dos personas que le podrían haber pasado esa información: Rory y Nico.
Descarto a Matt porque dudo que fuese capaz de mantener una conversación con Raphael Visconti durante el tiempo suficiente para decirle eso sin correrse en los calzoncillos.
—Sí, pero no quiero trabajar para tu familia.
Una diversión perversa le tira de los labios.
—Imposible.